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14 mayo 2020

COVID-19 y la crisis de la atención privatizada

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La crisis actual ha puesto de manifiesto la importancia de disponer de sistemas de atención médica de calidad y asequibles. Este asunto se ha convertido en un tema de máximo interés para la opinión pública y que debe ser abordado por los responsables políticos. Es de esperar que tanto el personal médico que se bate en primera línea de la pandemia como sus familias, además del reconocimiento a su heroicidad, sean también objeto de compensaciones financieras y profesionales. Sin embargo, un tema que está pasando mucho más desapercibido es el de aquellos que, siguiendo con la manida metáfora bélica, están dando la cara, literalmente, en el frente doméstico, está pasando mucho más desapercibido. Un grupo que incluye, por ejemplo, a las personas al cuidado de ancianos, especialmente en una situación como la actual, que ha desbordado la capacidad tanto de hospitales como de clínicas. Sin embargo, en este artículo vamos a centrarnos en las experiencias de un grupo social (bastante amplio) al que pertenecemos sus autores: el de los padres que llevan más de un mes haciendo malabarismos para conciliar sus responsabilidades laborales y familiares en sus casa, una situación que podría prolongarse durante muchos meses más, y que tal vez vuelva a darse si este tipo de pandemias se convierte en parte de nuestras vidas.

Durante esta crisis, muchas personas se han visto obligadas a confinarse en sus hogares y cuidar de sus hijo, atendiendo a sus necesidades educativas, sin dejar de cumplir con sus obligaciones laborales.

Ante la ausencia en la agenda pública de ningún tipo de referencia a los desequilibrios estructurales sobre lo que se considera trabajo ‘productivo’ frente a ‘reproductivo’, y las consideraciones de género que entran en juego en este asunto, es hora de acometer un proceso de reflexión social capaz de provocar un cambio de políticas. El tiempo es, desde luego, un privilegio del que carecen quienes alternan una actividad profesional con el cuidado de los hijos. Para estas personas (sobre en el caso de los padres solteros), el tiempo es un bien precioso que se gestiona con sumo cuidado. Sin embargo, para muchos, la crisis ha supuesto un paso de una situación “difícil de gestionar” a “casi imposible”. Por supuesto, para aquellos que tenemos y conservamos un trabajo (a pesar de que nuestras perspectivas y oportunidades laborales se reduzcan cada mes que nos vemos obligados a invertir en la educación/cuidado de nuestros hijos, dada la tremenda competitividad del mercado laboral), el estrés es mucho menor que para aquellos y aquellas que lo han perdido; personas que en muchos casos también realizan labores de cuidado (cuidando niños, limpiando casas, cuidando de enfermos o como profesores por horas) y que en muchas ocasiones son mujeres, a menudo inmigrantes. Ambos grupos – el de aquellos y aquellas cuidan de otros por un salario, a duras penas, digno y el de aquellos que atienden a sus propias familias sin esperar remuneración alguna – se han visto particularmente afectados por esta crisis. Esta es solo otra coyuntura más que expone cómo funciona una máquina capitalista en continuo proceso de aceleración.

Nuestro propósito aquí no es dejar constancia de una letanía de quejas, sino compartir una reflexión sobre cómo la desigualdad que hemos descrito, y que la COVID-19 ha exacerbado, puede convertirse, como dice Arundhati Roy, en un portal hacia una sociedad que, tanto en términos sociales como económicos, otorgue el reconocimiento que merecen este tipo de labores de cuidado, así como su aportación clave a la sociedad, más allá de opciones personales.

La privatización de los servicios de cuidado

Quizás la primera distinción que quepa establecer es entre el cuidado de uno mismo y la atención a los demás. Entre principios y mediados de marzo de este año, el número de personas infectadas con Covid-19 se ha disparado en todo el mundo. El miedo era palpable. El distanciamiento social se convirtió en una obligación. Las aerolíneas cancelaron vuelos sin previo aviso. Y todos hicimos lo que haría cualquiera cuando cae presa del pánico, lo que hemos visto en innumerables películas de género post-apocalíptico: nos pusimos a comprar como locos. Papel higiénico. Jabón de mano. El resultado de este afán por protegernos a nosotros mismos, supuso un retroceso hacia a una especie de mentalidad anárquica, fronteriza, que dejó a los más vulnerables, a los que necesitaban que les cuidáramos, y a sus cuidadores, en una situación de desprotección. Los médicos y las enfermeras se quedaron sin equipos de protección individual; los ancianos, los más susceptibles de sufrir complicaciones por el virus, quedaron todavía más “expuestos”.

La crisis de salud causada por la COVID 19 ha dejado en evidencia los problemas de los sistemas sanitarios de todo el mundo.

En el contexto individualista de la protección de uno mismo, el relato más deprimente de las manifestaciones más egoístas ha ido dejando paso a otras más rarificadas. En estos momentos, nuestros hogares deberían ser utopías de reflexión. Espacios en los que detenernos y dedicar tiempo a pensar sobre nosotros mismos como consumidores,, participantes y potenciadores del capitalismo tardío. Se trata de una reflexión adecuada y oportuna, pero también de un lujo que sólo pueden permitirse quienes dispongan de tiempo para ello. Para los padres con hijos, el ‘hogar dulce hogar’ se ha convertido en una distopía del caos. Quizás a esta percepción de la situación como ‘caótica’ estén contribuyendo las concepciones egoístas de autoprotección y otras manifestaciones sociales inevitables, que la crisis está poniendo claramente de relieve, como el creciente coste de los seguros de salud (‘tu salud es tu problema’) y el lujo percibido y la cosificación de la crianza de los hijos (‘tu decidiste tener hijos’ o ‘nadie debería tener hijos si no dispone de una situación financiera y profesional totalmente segura’, algo que, para muchos, nunca sucede).

Hoy por hoy, es difícil imaginarse a nadie planteándose tener hijos sin disponer de algún sistema institucional de cuidado infantil; nadie había elegido tener hijos en estas condiciones. Y, sin duda, probablemente vayamos viendo menores tasas de natalidad infantil entre profesionales a medida que la cultura de la competitividad se recrudece; o, al menos, mientras no cambien las percepciones sobre las labores de cuidado y su función social, tanto nivel personal como institucional. Necesitamos cambios de política para proporcionar ventajas e incentivos reales a los cuidadores, ya que de lo contrario van a quedarse descolgados en esta carrera despiadada que es el capitalismo, junto con las personas vulnerables (niños, ancianos, enfermos) a las que cuidan.

Desigualdad de género

En todas las labores de cuidado hay un marcado componente de género. El retroceso en las prácticas de igualdad de género durante la crisis COVID-19 ha sido uno de los primeros problemas diagnosticados elocuentemente desde perspectivas feministas y sobre los que la ONU ha puesto el punto de mira. La fragilidad de los patrones de trabajo y de cuidado más igualitarios (en los que se ha avanzado más y de manera más consistente en aquellas sociedades que no han experimentado crisis políticas ni financieras durante las última décadas) ha quedado expuesta desde el principio frente a las circunstancias concretas, como quién disfruta de una situación más segura y tiene un trabajo mejor remunerado, de quién se espera que trabaje más horas y sin descanso, o quién tiene más facilidad para transmitirle a su empleador que tiene una disponibilidad limitada debido a sus responsabilidades de cuidado. Aunque muchas parejas se han distribuido el trabajo doméstico de una manera equitativa, ha sido casi inevitable caer en estereotipos y suposiciones de género, especialmente a la hora de comunicar determinadas situaciones en un contexto profesional.

Nursing is a historically feminized professionNursing is a historically feminized profession
Históricamente, las mujeres han desempeñado mayoritariamente las labores de cuidado.

Pero ¿cómo puede revertirse esta tendencia tan alarmante? O, mejor dicho, ¿cómo puede desmantelarse este bastión de la desigualdad de género, el del trabajo doméstico y el de las labores de cuidado, visto lo que la crisis está poniendo de relieve? No disponemos de recetas claras, pero cabe esperar que, por un lado, tras meses en casa trabajando y cuidando hijos, muchos hombres se den cuenta de lo que implican las labores diarias de cuidado y de su importancia, y que esto les motive para cambiar sus hábitos de trabajo y desarrollar una conciencia sobre otros tipos y condiciones de trabajo. Por otro lado, si comienzan a valorarse más, tanto desde un punto de vista social como monetario, las labores de cuidado, ello debería animar a muchos más hombres a plantearse su dedicación a este tipo de tareas como una opción – y a hablar de ello. Y esto supondría un paso clave para el desarrollo de culturas de trabajo ‘más amables’, basadas en la cooperación, y para generar un abanico más amplio de capacidades y logros.

Cuando sopesemos las posibilidades que nos brinda esta situación de precariedad, debemos reflexionar sobre las lecciones que podemos aprender de nuestras experiencias de vulnerabilidad (reales o potenciales), de nuestras necesidades en cuanto a labores de cuidado y nuestra dependencia de ellas, y de esta necesidad de ser más polifacéticos, de asumir más tareas, que se nos ha impuesto en nuestro día a día. Si queremos una sociedad donde no sólo tengan cabida estas experiencias y conocimientos, sino que se aprovechen como palanca para avanzar, una sociedad que valore la variedad de talento de todos sus miembros y su capacidad para desempeñar distintas ocupaciones, deberíamos aprovechar esta situación para comenzar, desde este mismo instante, a reflexionar y para desarrollar propuestas de políticas.

Ksenia Robbe

(Profesora adjunta, Cátedra de Cultura y Literatura Europea, Universidad de Groninga)

Hamish Williams

(Investigador asociado, Cátedra de Cultura y Literatura Europea, Universidad de Groninga; investigador becado por la Fundación Humboldt, Universidad Friedrich Schiller de Jena)

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