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Artículo del libro ¿Hacia una nueva Ilustración? Una década trascendente

Desigualdades de género: problemas «pasados» y futuras posibilidades

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Este capítulo habla de los progresos en cuestiones de género en un contexto global y, en concreto, de los avances o ausencia de ellos en igualdad de género durante la última década. Tras reflexionar sobre cómo abordar uno de los problemas sociales, económicos y políticos más acuciantes en los próximos diez años y en el futuro en general, considera los efectos de los cambios políticos, sociales y económicos acaecidos en las vidas de las mujeres (y también de los hombres) en los contextos global y cotidiano. Por último, se ocupa de cómo individuos y colectivos combaten y cuestionan las desigualdades de género e intentan corregir las causas y consecuencias de los desequilibrios de poder basados en el género.

Como punto de partida, debo admitir que abordar todos los aspectos del género y las correspondientes desigualdades queda fuera del alcance del presente artículo. Por lo tanto analizaré argumentos que sostienen que, alrededor del mundo, siguen existiendo relaciones de poder de género en varias áreas concretas, como la educación y la violencia. Dichos argumentos sugieren que la desigualdad de género es visible tanto en la esfera privada como en la pública (sobre todo en sus aspectos económicos, políticos y sociales), y aducen pruebas empíricas para algunos de los ejemplos de desigualdad de género más apremiantes. Empezaré por analizar los argumentos que defienden que las desigualdades de género siguen estando arraigadas y no desaparecen con el paso del tiempo ni en función del lugar o la cultura y compararé su validez con la de argumentos alternativos que sostienen que las relaciones de poder de género (y las correspondientes desigualdades) se están debilitando poco a poco. Además, por su notable protagonismo en el entorno académico, incluiré en el debate el concepto de interseccionalidad, referido a la interacción de las variables de clase, sexualidad, raza y etnia, por ejemplo, en relación con las experiencias de género de las personas. El estudio de caso del activismo internacional de las mujeres servirá de marco para el ulterior análisis de estas cuestiones y para abordar algunas de las preguntas planteadas.

Concluiré exponiendo que el estudio de la desigualdad en relación con las identidades, las relaciones y las experiencias debe complementarse con el examen, relativamente reciente, del estudio de los hombres y las masculinidades, a fin de enriquecer el marco teórico de género, con la consiguiente repercusión positiva en el análisis, todavía muy necesario, de las experiencias exclusivas de las mujeres. También argumentaré que, tanto para el futuro análisis académico del género como de las experiencias de género cotidianas en un contexto global, establecer la agenda de una sociedad futura más igualitaria exige vincular el género más estrechamente a otras desigualdades, como las étnicas y las sexuales. Por otra parte, reflexionaré sobre la creación de nuevos vínculos entre el mundo académico y algunas formas recientes de activismo en un contexto internacional.

Para algunos, las desigualdades de género se están reduciendo en todo el mundo. Dorius y Firebaugh, en su estudio de 2010, examinaron las tendencias mundiales en la desigualdad de género. Usando datos para investigar la evolución en la desigualdad de género en las últimas décadas y en varias áreas, como la economía, la representación política, la educación y la mortalidad, llegaron a la conclusión de que se puede observar un descenso de las desigualdades de género, con independencia de religiones y tradiciones culturales, aunque atenuado por el crecimiento de la población; no en vano, el crecimiento demográfico es mayor en países donde la desigualdad de género es más evidente. Sin embargo, incluso los estudios optimistas como este reconocen que:

Hay dos razones para moderar el optimismo respecto al futuro de la igualdad de género en el mundo. En primer lugar, como es obvio, porque nada garantiza que las tendencias actuales vayan a continuar. En segundo, porque la desigualdad de género se puede interpretar como un proceso en dos etapas que podríamos resumir coloquialmente como «primero, entrar en el club y, después, conseguir la igualdad dentro de este». La mayoría de indicadores que analizamos en esta obra se centran en conseguir «entrar en el club»: matricularse en la universidad, incorporarse a la población económicamente activa o convertirse en miembro del parlamento nacional. La paridad de género en estos indicadores es solo parte de la historia, porque, por citar un ejemplo, los hombres y las mujeres están entrando en mercados laborales muy segregados por sexos, al menos en los países industrializados (Charles y Grusky, 2004; Dorius y Firebaugh, 2010, p. 1959).

Hay abundantes pruebas para refutar tanto este como otros enfoques con una perspectiva lineal del progreso en materia de género. El reciente World Inequality Report (WIR, 2018; Avaredo et al., 2018), una evaluación sistémica de primer orden sobre la globalización en términos de desigualdad de renta y de riqueza, documenta un incremento acentuado de la desigualdad económica mundial desde la década de 1980, pese al sólido crecimiento de muchas economías emergentes. Es precisamente en este contexto donde hay que situar cualquier análisis de las desigualdades de género. Por supuesto que los hombres pobres, los hombres de color y los hombres homosexuales, por nombrar solo algunos grupos no compuestos por mujeres, se ven afectados por la discriminación económica racial y sexual. Sin embargo, en general, son las mujeres las que llevan la peor parte de la pobreza, la desigualdad en el mercado de trabajo y la violencia, por ejemplo. De hecho, en el mundo las mujeres ganan, de media, el 24% menos que los hombres (UNWomen, 2015).

Manifestación en Santiago de Chile para exigir el fin del machismo y de la violencia de género. Fue convocada el 6 de junio de 2018 por un movimiento de universitarias nacido tras el fallo del juicio en España de La Manada en el que los cinco hombres que violaron a una joven de dieciocho años fueron condenados de abuso y no de violación.

Hablando sobre un libro suyo reciente (Campbell, 2014a), la escritora y periodista británica Beatrix Campbell (2014b) atribuye a este tipo de pensadores liberales un exceso de optimismo cuando consideran que ya se atisba el camino hacia la igualdad de género; lo considera un pensamiento en gran medida ilusorio. Campbell define el momento actual como una era de «neopatriarcado» en que las sociedades se caracterizan por la violación, la trata sexual y la lucha, sin éxito, por la igualdad salarial. Con anterioridad, en 2014, argumentaba con rotundidad que, en la primera década del presente siglo, de hecho, las condiciones reales que consideraba necesarias para poner fin a las desigualdades entre sexos habían dejado de existir:

En esta era de igualdad de género percibida, el poder y el privilegio social del hombre se articulan de una nueva manera. No hay un camino evolutivo hacia la igualdad, la paz y la prosperidad. El nuevo orden mundial ni es neutral ni es inocente respecto el sexismo: lo moderniza. Las masculinidades y las feminidades se hacen y se rehacen a modo de especies polarizadas (Campbell, 2014b, c, p. 4).

Sin duda, hay indicios abundantes que apoyan el punto de vista de Campbell. Tal y como expone Boffey (2017) a propósito de la última tabla comparativa sobre la desigualdad de género en la Unión Europea, entre 2005 y 2015 en Europa la igualdad de género ha avanzado muy despacio. Boffey destaca que el índice general de igualdad de género (calculado mediante una matriz de datos) creció solo cuatro puntos, hasta 66,2 sobre 100 (donde 100 equivale a una igualdad de género total). Además, explica que:

En la UE, la brecha de género en el empleo es «amplia y persistente», según el informe sobre el índice [de desigualdad], con una tasa de empleo a tiempo completo del 40% entre las mujeres y del 56% entre los hombres. Se han acortado las diferencias salariales, pero las mujeres todavía ganan el 20% menos que los hombres, un promedio que oculta enormes disparidades dentro de la UE (Boffey, 2017, p. 6).

Por añadidura, los datos muestran que, frente a un tercio de los hombres de la Unión Europea que llevan a cabo tareas del hogar y hacen la comida a diario, entre las mujeres esta proporción asciende a ocho de cada diez. También en la esfera privada, casi la mitad de las mujeres que trabajan dedican al menos una hora al cuidado infantil o de otro tipo, frente a un tercio de los hombres que trabajan. Al documentarme al respecto, he encontrado amplios indicios de la persistencia de la desigualdad de género en el ámbito internacional, más allá de la Unión Europea , en la esfera privada y la pública y en múltiples ámbitos. Hay que decir, sin embargo, que estos indicios se pueden interpretar de diferentes maneras. Me gustaría centrarme en dos áreas clave, como son la educación y la violencia, dos ámbitos de la desigualdad de género que, en la última década, han centrado la atención tanto de políticos como de activistas y académicos. En dicho debate se han enfrentado una narrativa optimista, en mayor o menor grado, y un punto de vista más pesimista. Cómo evitar esta dicotomía entre posturas tan frecuente es algo que también merece atención.

Educación

En la última década se ha hablado mucho de Malala Yousafzai, activista pakistaní por la educación de las mujeres que recibió el Nobel de la Paz en 2014 por su valiente resistencia a la doctrina de los talibanes (que había prohibido a las niñas ir a la escuela y, con ello, les negaba el derecho humano a la educación). En cierto sentido, este ejemplo se puede considerar representativo de dos tendencias del pensamiento actual. Una tiende a interpretar los esfuerzos heroicos de Malala como una prueba de la imperiosa necesidad de campañas en favor de la educación de las niñas; en especial, en países donde se les niega un acceso a una educación en pie de igualdad con los niños varones. Según la otra, que sostiene, por ejemplo, Rahman (2014), el estatus icónico y de dimensión mundial que han dado a la historia los medios de comunicación, los famosos y los gobiernos es, en realidad, muy problemático, porque enmascara de facto las desigualdades educativas continuadas, que tienen sus orígenes en complejos factores históricos, geopolíticos y de desarrollo en la actual era de internet.

Es innegable que hay en todo el mundo factores que privan a las niñas del acceso a la educación: niñas que abandonan los estudios cuando se casan siendo menores de edad, como en Zambia; el acoso y la violencia sexuales que padecen las niñas en países como Sudáfrica, o el impacto de la guerra en la educación de las niñas en países como Ruanda o Sudán (Ringrose y Epstein, 2015) son solo algunos ejemplos. Sin duda estos problemas son complejos y varían en función del tiempo y la geografía. Pero la conclusión es que siguen existiendo desigualdades de género en la educación, incluso en el Norte global.

Un hombre camina junto a un grupo de mujeres que participan en la performance «Women in Black Acción», creada por las artistas May Serrano y María Seco para protestar contra la violencia de género. 19 de noviembre de 2015, Málaga, España.

En este sentido, tenemos un ejemplo actual en la revelación reciente de que, en 2018, la Universidad Médica de Tokio manipuló a la baja los resultados de las pruebas de ingreso de las jóvenes aspirantes a la carrera de medicina, a fin de asegurarse de que más varones llegarían a ser médicos. Al parecer, la universidad había limitado sistemáticamente la proporción de mujeres a cerca de un tercio del total de matriculados. Las autoridades adujeron que les preocupaba la capacidad de las graduadas para seguir trabajando después de formar una familia. Estos casos revelan un sexismo institucional, sostenido y oculto en la educación que sirve tanto para impedir que las jóvenes desarrollen su potencial como para reducir sus posibles ingresos futuros. Asimismo, refleja el modo en que los apriorismos sociales basados en concepciones del género estereotípicas y biológicamente esencialistas siguen instalados en todo el mundo.

Violencia

Otro problema que destacan tanto académicos como activistas es la persistencia de la violencia contra las mujeres, en sus múltiples manifestaciones. Como observa Kelly (2015), en los medios de comunicación nacionales o internacionales todas las semanas aparece una noticia que recoge casos de violencia contra las mujeres, que incluyen mutilación genital, violación y asalto, tráfico de personas y violencia relacionada con cuestiones de honor, violencia sexual en países en conflicto, violencia doméstica y violencia relacionada con problemas migratorios, búsqueda de asilo y crisis de refugiados. También se ha puesto el acento en cómo las respuestas políticas en estas áreas diversas tienen una dimensión de género y en cómo influyen en la identidad de las mujeres y en sus relaciones con las demás, así como en los actos cotidianos de violencia no denunciada tanto en el Sur como en el Norte globales. En todo caso, este tipo de desigualdad de género ha sido uno de los grandes objetivos del activismo internacional, que combate estas manifestaciones diversas de violencia y sus efectos de desigualdad en las mujeres. Por otra parte, se ha producido en la última década una aceptación creciente de que los hombres, aunque son los principales perpetradores de violencia contra las mujeres, en determinados contextos y grupos de edad también sufren violencia, en especial por parte de otros hombres. En este sentido, cabe citar como ejemplo la Sudáfrica actual, donde la primera causa de mortalidad en los varones jóvenes negros y pobres es la violencia, incluido el asesinato a manos de otros hombres, a menudo vinculado a actividades criminales y de bandas o mafias.

Este enfoque más exhaustivo del combate contra la violencia se pone de manifiesto, por ejemplo, en la creación del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en 2016, seguido de los 16 Días de Activismo contra la Violencia de Género. Lo más interesante de esta iniciativa es que la violencia contra las mujeres se reconoció y debatió en el contexto de su impacto sobre las mujeres, los hombres, las niñas y los niños. También se admitió que había tanto hombres como mujeres que se esforzaban por ayudar a víctimas y agresores, además de luchar contra la violencia global en todas sus vertientes.

En 2018, la Universidad Médica de Tokio manipuló a la baja los resultados de las pruebas de ingreso de las jóvenes aspirantes a la carrera de medicina, a fin de asegurarse de que más varones llegarían a ser médicos

Además, los académicos están desarrollando nuevas metodologías para medir la violencia y dar más visibilidad a una parte antes oculta de la violencia de género (Walby et al., 2016). Hace solo una década, habría sido inimaginable que, en 2018, Nueva Zelanda aprobara una legislación que reconociera a las víctimas de violencia doméstica el derecho a una baja remunerada de diez días para permitirles alejarse de sus parejas, buscar protección para ellas y sus hijos y cambiar de domicilio.

Nuevas formas de activismo internacional de las mujeres

El activismo internacional de las mujeres nos ofrece un caso de estudio que plantea preguntas interesantes y de suma importancia. Permite centrar la atención en aspectos estructurales y permanentes, como las relaciones de poder de género, la discriminación y las desigualdades institucionales y estructurales, así como su impacto en la vida cotidiana. Por otra parte, propicia un debate sobre la capacidad de acción, el optimismo y la colaboración entre las personas, así como el creciente papel de las redes sociales en las campañas de los activistas y los análisis académicos.

Así, en los últimos diez años hemos visto a las mujeres participar, por ejemplo, en las revoluciones en el Oriente Próximo, las protestas en Delhi y otras zonas de la India contra las violaciones y las agresiones sexuales generalizadas y en los ampliamente documentados movimientos de protesta contra las políticas de Donald Trump en Estados Unidos. Tal y como apunta Nickie Charles (2015), este resurgir del activismo feminista se ha interpretado, en parte, como la continuación del feminismo de la «tercera ola», cuya historia se remonta, al menos, a las sufragistas de Reino Unido y al movimiento internacional de liberación de la mujer de la década de 1970. Otros, sin embargo, han entendido este renacer del activismo internacional como el anuncio de una nueva era de protesta, con las redes sociales como abanderado con potencial para dar un alcance verdaderamente mundial a estas protestas contra la desigualdad de género, por vías antes inexistentes. Además, muchos hombres de una generación más joven no vacilan en declararse feministas y trabajar codo con codo junto a las mujeres en diversos temas y campañas. El movimiento LGBTQ (lesbianas, gais, bisexuales, transgénero y queer) ha permitido cuestionar ideas tradicionales sobre la existencia de solo dos géneros, con una reconceptualización de la idea de género y argumentos a favor de la fluidez entre géneros. También en la última década se ha vivido una creciente aceptación de las personas transgénero (aunque no en todo el mundo y no sin numerosos debates y controversias sobre quién está capacitado para considerarse mujer u hombre o sobre la validez de la asignación de sexo al nacer). En todo caso, ha sido una cuestión esencial e ineludible en el último decenio y lo seguirá siendo en el próximo (ver Jackson y Scott, 2017). Por último, el énfasis en la interseccionalidad y las vinculaciones entre el género y otras categorías, como la raza y la etnia, la edad y la clase, moldea las campañas actuales y sigue siendo una de las principales preocupaciones de las feministas y del movimiento de las mujeres.

La campaña #MeToo en las redes, surgida en 2017 tras las acusaciones contra el productor de Hollywood Harvey Weinstein de conducta sexual inapropiada, ponía de relieve las agresiones y el acoso sexuales contra las mujeres, con el foco de atención inicial en Hollywood y la industria del espectáculo. Como destaca Lawtom (2017), en Facebook los comentarios y reacciones sobre la campaña superaron los 12 millones de mensajes en 24 horas. Por otra parte, Alka Kurian (2018) en su blog The Conversation reflexiona sobre el movimiento #MeToo y sostiene que las actuales interpretaciones jurídicas y morales del «consentimiento» han dejado de cumplir su función, en especial en una generación más joven de mujeres y hombres que frecuentan las redes sociales y cuestionan los roles e identidades sexuales y de género tradicionales. Kurian también comenta el potencial, en todo el mundo, de las redes sociales y de otras campañas similares en línea:

A principios del siglo XXI, las jóvenes indias de las generaciones que han alcanzado la edad adulta en este milenio pusieron en marcha un fenómeno político feminista radicalmente nuevo e inédito. Inspiradas por un vocabulario sobre derechos y unos modos de protesta comunes a los de jóvenes de todo el mundo, como los protagonistas de Occupy Wall Street y la Primavera Árabe, iniciaron una serie de campañas en los medios sociales contra la cultura de la violencia sexual (Kurian, 2018, p. 4).

Estas campañas tienen detractores; por ejemplo, hay disparidad de opiniones acerca de la definición de abuso sexual y cómo determinar si hay o no consentimiento. Tampoco se puede dar por hecho que este tipo de campañas tenga el mismo efecto en todo el mundo. Japón, por ejemplo, es un país donde las adolescentes y los niños están sobrerrepresentados en la pornografía y la tasa de delitos sexuales va en aumento. También se le ha criticado el tratamiento que da a las víctimas o supervivientes de una violación. Para algunos, esto prueba que las campañas como la del movimiento #MeToo no pueden, por sí solas, dar una respuesta efectiva a las desigualdades estructurales y las relaciones de poder de género de las sociedades capitalistas. Hay comentaristas incluso que sostienen que las campañas en línea, de hecho, desvían el foco de atención de la lucha anticapitalista. Además, aunque se esté produciendo un cambio a escala mundial, sigue habiendo casos como Taiwán. En este país, el primero de Asia que tiene previsto legalizar el matrimonio homosexual gracias a los esfuerzos del movimiento LGBTQ en el país, hay grupos conservadores (que incluyen a muchas iglesias cristianas) intentando impedir la promulgación de la ley, prevista para mayo de 2019.

La educación y la violencia son dos de los ámbitos de la desigualdad de género que en la última década han sido dos de los grandes objetivos del activismo internacional

Respecto a los esfuerzos de los activistas taiwaneses para hacer posible esta ley, Ting-Fang (2017) comenta: «Esta revolución civil no solo se da en las salas de reunión de la asamblea legislativa (Yuan Legislativo), también se desarrolla en las calles y alrededor de la mesa». Se pone así de relieve la necesidad de que los activistas conecten con la imaginación de la población de maneras nuevas y en frentes diversos.

De un modo similar y respecto a la situación en India, Utsa Mukherjee (2018) destaca que estamos en un punto de inflexión no solo en dicho país, también en el movimiento por los derechos queer de todo el mundo. Así, el Tribunal Supremo de India acaba de despenalizar los actos homosexuales consentidos entre adultos. Mukherjee también señala que la resistencia a la ley ahora derogada es «tan vieja como la ley misma» y que la lucha jurídica contra una norma tan caduca (procede de la época colonial) empezó hace muchas décadas en forma de protesta contra la marginación colonial de las «expresiones de género y las sexualidades no normativas», que forzaba a dichas sexualidades a encajar en las categorías de Occidente y, de paso, las criminalizaba. Esta reflexión histórica revela la necesidad de tener en cuenta las experiencias y protestas de épocas pasadas, anteriores a la existencia de las redes sociales y las recientes campañas en línea. Ello permite descubrir unas prioridades distintas, así como maneras diversas de organizarse.

Otro ejemplo de cómo tanto el activismo como la tecnología están modificando las respuestas de los indidivuos y sus modos de protestar contra las desigualdades de género en sus múltiples manifestaciones tiene que ver con la salud reproductiva y, en especial, con el derecho al aborto:

Hay por todo Dublín pequeñas pegatinas (en farolas, paredes, en las puertas de cubículos de aseos de mujeres) con el anuncio «ABORTO SEGURO MEDIANTE PÍLDORAS», acompañado de la dirección web. La información que consta en esta pegatina, en teoría, es ilegal: anuncia unos comprimidos prohibidos en Irlanda y vulnera la legislación irlandesa sobre el tipo de información sobre el aborto que puede distribuirse de forma lícita. La web anunciada en esta pegatina pone en contacto con una red internacional de voluntarios proaborto que asesoran sobre cómo conseguir píldoras abortivas seguras, cómo tomarlas y cómo monitorizar sus efectos (Calkin, 2018, p. 1).

En un referéndum celebrado en mayo de 2018, la República de Irlanda votó abrumadoramente a favor de derogar la prohibición del aborto. Antes de ello, el aborto solo se permitía si corría peligro la vida de la mujer, pero no en los supuestos de incesto, violación o malformación fetal incompatible con la vida. En todo caso, Calkin señala que el 40% de las mujeres del mundo residen en países con una legislación muy restrictiva en materia de aborto. Además, aunque solo cinco países prohíben totalmente el aborto, mujeres de todo el mundo se enfrentan a restricciones y sanciones de gran dureza cuando intentan abortar. Sin embargo, Calkin sostiene que, en términos generales, se están reduciendo las medidas de los gobiernos para limitar el acceso al aborto y atribuye el hecho a los avances en las comunicaciones y la tecnología médica, pero también al activismo transnacional y transfronterizo, que trabaja proporcionando rutas alternativas para que las mujeres puedan abortar de forma segura.

Manifestación junto al bar Stonewall Inn, en el Greenwich Village de Nueva York, lugar de referencia para el movimiento por los derechos de los homosexuales, convocada el 23 de febrero de 2017 para pedir la protección de las personas transgénero y de género no conforme

A propósito del activismo transfronterizo, la solidaridad entre géneros, razas, sexualidades, clases y edades de los que protestan y luchan contra las desigualdades de género es esencial a la hora de abordar problemas cada vez más internacionalizados, complejos e interrelacionados. El argumento de Pelin Dincer (2017), que subraya la importancia de la solidaridad entre mujeres y la colaboración por encima de las diferencias, es relevante para la reflexión sobre la eficacia de los movimientos feministas internacionales, tanto en términos teóricos como de activismo. Dincer se centra en la actual fragmentación del movimiento de las mujeres en Turquía y analiza, por su valor metafórico, el caso de la marcha de mujeres contra la investidura de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. En su opinión, las preocupaciones que dichas protestas suscitaron entre los transexuales y otros colectivos, merecen ser expresadas y escuchadas. Sin embargo, Pincer concluye que para que una protesta tenga eficacia política a escala mundial, debemos trabajar con las diferencias mencionadas, no contra ellas. Por lo tanto, es necesario combinar una macroconciencia de los contextos políticos y económicos cambiantes con el microanálisis de las distintas prácticas y movimientos activistas.

Conclusiones

En línea con mi argumentación y con las pruebas aportadas, concluyo que, a fin de seguir incidiendo en el problema mundial de la desigualdad de género de un modo más innovador y fructífero, en lo sucesivo sería útil centrarse en tres aspectos: profundizar en el debate contemporáneo y en el énfasis en la interseccionalidad en relación con la desigualdad de género; poner de relieve la creciente atención académica a la masculinidad y a las relaciones de género y su vínculo con el feminismo, y repensar el feminismo y su conexión con distintos ámbitos, entre ellos el académico, en especial a la luz de los avances tecnológicos. En opinión de Simon Willis: «La desigualdad es un problema urgente y complejo; está imbricado en todas las áreas de la vida y se ejerce y se defiende incluso por parte de quienes la sufren. Para mí, la desigualdad es el principal obstáculo en el camino a la justicia social y, para arrancarlo de raíz, hace falta un enfoque innovador que vaya más allá del mismo cambio nimio e incremental observado en los últimos años» (Willis, 2014, p. 1).

El movimiento LGBTQ (lesbianas, gais, bisexuales, transgénero y queer) ha permitido cuestionar ideas tradicionales sobre la existencia de solo dos géneros, con una reconceptualización de la idea de género y argumentos a favor de la fluidez entre géneros

Willis también considera que corregir las causas estructurales e institucionales de la desigualdad pasa por el reconocimiento de la multiplicidad e interconexión de las desigualdades, así como por la disposición a trabajar con diferentes tipos de compañeros de viaje y de diversas maneras. De modo similar, en 2015 la Comisión de Género, Desigualdad y Poder de la London School of Economics centraba su atención en el análisis de las desigualdades persistentes entre los hombres y las mujeres en Reino Unido. Una pregunta clave del informe incidía en cómo estaban de interconectadas las desigualdades en diferentes esferas de la vida social. Que los políticos, académicos y activistas no dejen de reflexionar sobre las posibilidades de un enfoque interseccional en diferentes contextos, pese a algunas de las cuestiones complejas que ello suscita, es un indicio positivo.

En las universidades de todo el mundo, mujeres y hombres feministas están impulsando el estudio de los hombres y de la masculinidad desde una perspectiva de género, lo que supone uno de los avances intelectuales más importantes de la última década. Como muestran los ejemplos expuestos en el presente capítulo, los hombres pueden ser opresores, pero también víctimas, así como colaboradores en las causas feministas. Sin ir más lejos, reconocer el poder económico, político y social de los hombres, al igual que los problemas que afrontan los varones pobres y los de razas y etnias minoritarias puede contribuir a dibujar un panorama más completo de la desigualdad de género en su interacción con la raza y la clase, por nombrar solo dos facetas de la desigualdad. Por lo tanto, es importante seguir desarrollando una perspectiva más relacional del género y la desigualdad, sin perder de vista que las mujeres siguen llevándose la peor parte de la desigualdad económica y de otros tipos.

Por último, durante la redacción del presente texto, se ha sabido que el gobierno húngaro ha propuesto un veto de los estudios de género en las universidades del país que entraría en vigor en el año lectivo 2019. El supuesto motivo es la total falta de interés de los empresarios por contratar al número cada vez menor de graduados en la materia, que ya no se considera económicamente viable. Los detractores de una intervención y censura tales del Estado en el ámbito académico húngaro han aducido que, en realidad, la prohibición se debe a la ideología conservadora del gobierno. Desde que se produjo el anuncio, ha habido protestas, tanto en la calle como en las redes. Además, la comunidad académica internacional se ha unido para mostrar su oposición y defender la libertad para estudiar el género y las desigualdades de género en todas sus formas. Como recuerda Ann Kaloski-Naylor: «Necesitamos ampliar la visión de resistencia, maneras de escapar al ir y venir de los argumentos de siempre que parece llevarnos al desastre. Eso es lo que podemos aportar como pensadores, además de llevar nuestros cuerpos y nuestras pancartas a las calles y nuestras ideas y peticiones a la red. [Necesitamos] visiones alternativas que no se limiten a responder y a recliclar lo inmediato» (Kaloski-Naylor, 2017, p. 7).

Si ni siquiera somos capaces de pensar sobre cuestiones de género, urge cada vez más que académicos, profesionales y activistas sigan buscando nuevas maneras de dialogar. Solo así las fronteras entre el mundo académico, las instituciones cívicas y políticas y aquellos que construyen conocimiento «fuera» de dichas instituciones, como los activistas del día a día, se desdibujarán y debilitarán (Robinson, 2017).

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Desigualdades de género: problemas «pasados» y futuras posibilidades
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