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26 octubre 2017

La era de la pantalla global y la subjetivación posthumana

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Una larga tradición asocia el nacimiento de la subjetividad moderna con factores como la irrupción de la imprenta de Gutenberg y su dispositivo más celebrado: el libro impreso, entre otros. El tipo de subjetividad que resulta de ese encuentro espiritual con ese nuevo dispositivo “moderno” que es el libro, llevaba asociados gestos corporales específicos, espacios públicos y privados nuevos y prácticas desconocidas hasta entonces. ¿No hemos de suponer, en efecto, que el encuentro del lector moderno con los clásicos de la Antigüedad cambió —aun cuando la letra permaneciese idéntica— una vez que el nuevo dispositivo permitía leer en la intimidad del propio despacho y al tiempo que se tomaban notas privadas?

El nacimiento de la imprenta y posteriores artilugios para producir libros o periódicos en serie dio lugar a nuevos escenarios de relación del hombre con el conocimiento / CC0 Public Domain

La tiranía de las pantallas postmodernas

Transformaciones como las que señalamos operan en nuestro inmediato presente al calor del desarrollo de los nuevos soportes de la información. Hoy no son libros los que arrastramos con nosotros sino otros dispositivos en forma de pantalla que nos acompañan desde que amanece —son ellos los que nos despiertan— hasta que nos dormimos con la última serie de televisión o el último vídeo de Youtube en nuestro iPad. Pantallas que se han hecho omnipresentes, multivalentes e inseparables y que condicionan desde nuestras relaciones sociales hasta nuestro acceso a la información; desde nuestra imagen pública hasta nuestro erotismo. Vivimos, como Gilles Lipovetsky y Jean Serroy se han encargado de recordarnos, en la era de la “pantalla global”, cuya escala va desde las inmensas pantallas que presiden los grandes espectáculos o las que despliegan los centros urbanos de las grandes metrópolis (Times Square, Picadilly Circus, Callao) hasta las minipantallas portátiles que llevamos en los bolsillos y que nos garantizan el acceso inmediato y universal a la información o al contacto deseado en cada instante.

¿Qué nuevas capacidades y potencias generan estos dispositivos? ¿Qué diferentes instituciones de sociabilidad instauran?
¿Qué nuevas capacidades y potencias generan estos dispositivos? ¿Qué diferentes instituciones de sociabilidad instauran? Imagen: CC0 Public Domain

En una época posthumanista y posliteraria como la nuestra —que Sloterdijk ha sabido dibujar con breve trazo— cabe plantearse legítimamente qué nuevas formas de subjetivación posibilitan las tecnologías que han dado paso a un entorno que hace obsoleta no ya la Galaxia Gutenberg sino la propia Galaxia Marconi que teorizara McLuhan como punto final de la evolución de los medios. ¿Qué desplazamientos provocan en nuestras facultades?  ¿Qué nuevas formas de belleza cabe imaginar que traigan consigo? ¿Qué formas de la paideia han de considerarse periclitadas por su presencia?

El futuro post-pantalla

El mundo de la pantalla total ha venido para quedarse, al menos hasta que los contenidos que ahora nos llegan a través de esos dispositivos distales sea posible canalizarlos en el futuro por medio de implantes directos en el cerebro y, por tanto, incorporarlos sin mediación al flujo de la propia conciencia y para los interesados en una reflexión sobre la nueva condición humana que se dibuja en el horizonte el alcance ontológico y antropológico que estas transformaciones pueden suponer es de una dimensión difícil de exagerar. Tiene, pues, sentido hablar como muchos hacen ya de un mundo abiertamente posthumano: la presencia de esas tecnologías nos anuncia una nueva manera de ser y estar en el mundo que hace apenas dos generaciones hubiera resultado inimaginable. Como bien recordaba Michel Serres en un discurso ante la Academie Francaise:

Sin que nos demos cuenta un nuevo ser humano ha nacido durante el breve intervalo que nos separa de la Segunda Guerra Mundial. No tiene el mismo cuerpo, la misma esperanza de vida, no habita el mismo espacio, ni se comunica de la misma manera, ni percibe el mismo mundo exterior, ni vive ya en la naturaleza; nacido con la epidural y en un nacimiento programado, no teme la misma muerte, gracias a los cuidados paliativos. No tiene la misma cabeza que sus padres y conoce de otra manera [1].

Ni uno solo, pues, de los rasgos que hasta ahora habían definido la condición humana van a permanecer estables. El desafío que esto supone es ingente y nos obligará a redefinir nuestras instituciones y códigos morales; nuestras prácticas educativas y nuestras formas de participación política; nuestros cánones estéticos y nuestros ideales cognitivos; nuestras maneras de participar en comunidad y nuestros modos de configurarnos como individuos. En una palabra: nada volverá a ser igual. Démosle, pues, la bienvenida a lo que en cualquier caso es ya inevitable. Pero hagámoslo no con el bobo espíritu del hooligan rendido a la tecnología sino, como pedía Benjamin, como el espectador distanciado que exige la mirada materialista. No olvidemos que como Benjamin nos enseñó “jamás se da un documento de cultura” —y la tecnología lo es— “sin que lo sea a la vez de la barbarie”.

Luis Arenas

Universidad de Zaragoza

Referencias

[1] Serres, M. (2011). Petite Poucette. Les nouveaux défis de l’éducation. Discurso a la Académie française. Recuperado el 25 de septiembre de 2013 de http://www.academie-francaise.fr/petite-poucette-les-nouveaux-defis-de-leducation 01 de marzo, p. 3.

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