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19 junio 2019

Realismo simbiótico, seguridad de suma múltiple y poder justo

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Una neurofilosofía del orden global: En defensa del realismo simbiótico, la seguridad de suma múltiple y el poder justo

El estudio de las Relaciones Internacionales (RI) como disciplina independiente comenzó a tomar forma a partir de la segunda guerra mundial, desarrollando algunos de los postulados teóricas y filosóficas formulados con anterioridad al siglo XX. Durante la Guerra Fría, el principal área de interés en Relaciones Internacionales eran las relaciones entre estados, la competencia y el poder, en estrecho vínculo (cuando no directamente subordinado) con  los intereses de las superpotencias trabadas en esa confrontación fría.

La teoría dominante durante este largo periodo en Relaciones Internacionales fue la del Realismo, aunque, convencionalmente, la historia de la disciplina ha estado marcada por la contraposición de las dos principales corrientes teóricas: el Realismo y el Idealismo. Ya en las décadas de los setenta y los ochenta fueron surgiendo otros enfoques como el neorrealismo, el liberalismo, el cosmopolitismo, el constructivismo y algunas interpretaciones marxistas de la política global.

Para introducir una “neurofilosofía de las relaciones internacionales”, creo que conviene primero analizar brevemente de los antecedentes de la disciplina. El debate sobre las Relaciones Internacionales, desde sus inicios, ha estado íntimamente ligado a la filosofía de la naturaleza humana.

El realismo clásico, el paradigma que más ha influido sobre en el estudio de las relaciones internacionales, está arraigado en una concepción trágica de la política y la naturaleza humana, y está vinculada con los trabajaos de Tucídides, Maquiavelo, Hobbes y Hans J. Morgenthau. La visión de la naturaleza humana que comparten los realistas clásicos es que los seres humanos son esencialmente seres egoístas, competitivos y muy proclives al enfrentamiento, y por analogía, los estados, que son un reflejo del carácter y del comportamiento de los hombres, también son competitivos y se mueven por el afán de poder. Así pues, el mismo ‘animus dominandi’ que define a los humanos define también los estados. Como dijo Lebow: para los realistas clásicos, “los vínculos comunales son frágiles y fácilmente susceptibles de verse socavados por la búsqueda desenfrenada de la ventaja unilateral por parte de individuos, facciones y estados”. Como si de dramaturgos griegos se tratara, los realistas tiene una visión cíclica de la historia: una y otra vez los esfuerzos por alcanzar la paz, evitar situaciones en las que impera el miedo y superar el estado de naturaleza, pueden parecer prometedores durante un tiempo, pero a la larga sucumbirán a las presiones de algunos actores desestabilizadores, ávidos por acumular poder, que se resisten a aceptar que sus afán esté limitado por normas.

En Leviatán, Thomas Hobbes desarrolla su teoría de la naturaleza humana, una naturaleza donde reinan los instintos y las pasiones, la búsqueda del placer y la aversión al dolor. Y, sin embargo, en el estado de naturaleza, donde el gran catalizador es un profundo egoísta y el interés propio, el hombre también es consciente de su propia mortandad y precariedad. Para los realistas clásicos, estos rasgos pesimistas de la naturaleza humana se reflejan en el carácter de los estados, que también actúan en interés propio, buscando su propia supervivencia, recursos y poder. La principal diferencia es que, mientras que las pasiones destructivas del hombre pueden ser contenidas mediante la construcción del estado, que establece un orden y, por lo tanto, pone fin a la desagradable imprevisibilidad del estado de naturaleza, el sistema global carece de una autoridad superior, un Leviatán propio, lo cual le condena a la anarquía.

La principal teoría contrapuesta al realismo, el idealismo, partía de puntos de vista más optimistas sobre la naturaleza humana. No obstante, el idealismo seguía siendo una voz más marginal en las Relaciones Internacionales, careciendo de una ontología consensuada.

De hecho, más que una teoría, en sus inicios, el idealismo fue un planteamiento de política exterior que surge durante el periodo de entreguerras. Uno de los primeros valedores de esta corriente fue el presidente Woodrow Wilson. Con su tratado Catorce puntos (1918), Wilson aspiraba a fomentar la paz mundial en la creencia de que la política exterior de cada país debía reflejar su filosofía de gobierno interno. Los orígenes intelectuales del idealismo se asientan sobre la filosofía moral de Kant y su “reino de los fines”, donde la razón y el progreso moral alcanzado por la humanidad permitiría que a cada individuo se le reconociera su valor intrínseco. El idealismo defiende la idea de que los seres humanos tienen la potestad de cambiar cualquier configuración política mundial a mejor, una idea que, a menudo, dejaba de lado la fragilidad del orden internacional.

Durante la segunda mitad de la Guerra Fría, teorías marxistas como la teoría del sistema mundial o el cosmopolismo moral (menos radical en esencia, que abogaba por un sistema global más justo e inclusivo, centrado en la dignidad humana y la justicia distributiva global) avivaron el debate en torno a las Relaciones Internacionales.

El fin de la guerra fría condenó al realismo clásico a ser percibido como una teoría obsoleta. Los riesgos transnacionales y no convencionales pasaron a ocupar un primer plano, desplazando la idea del estadocentrismo. Simultáneamente, tras años de incertidumbre por la Guerra Fría, la nueva época fue recibida con cierto optimismo y esperanza por una comunidad global más colaborativa. En enfoque del realismo sobre los estados, las guerras, las alianzas y el equilibrio de poderes no parecía estar en sintonía con las realidades de una escena global que se estaba transformando. En ‘Politics as Usual’, el filósofo alemán Thomas Pogge insta a prestar mayor atención a la justicia global en un contexto en el que, finalmente, “la pobreza ha superado a la guerra como la mayor fuente de miseria humana”.

Sin embargo, dejar de lado las políticas de las grandes potencias y el papel del estado es resulta tremendamente peligroso. Ciertamente, se puede criticar el realismo por su visión reduccionista tanto de la naturaleza humana como de los conflictos internacionales, pero la realidad está salpicada de ejemplos que ponen de relieve la importancia de la geopolítica, incluso en la era digital e hiperconectada en la que vivimos. Pero, ¿restaura esto la validez el Realismo Clásico?

De vuelta a la naturaleza humana

Para teorizar sobre Relaciones Internacionales en la época actual, propongo volver a fijar la vista sobre la naturaleza humana, como ya hicieran los realistas clásicos en su día, pero aprovechando las conclusiones que la neurociencia puede aportar. A partir de estos hallazgos neurofilosóficos, propongo tres paradigmas para explicar y guiar el debate sobre la RI y el gobierno global.

Algunas palabras sobre la neurofilosofía de las Relaciones Internacionales. La neurofilosofía es un campo interdisciplinario que conecta los descubrimientos de la neurociencia con la filosofía. El principal problema fundamental de la visión realista de la naturaleza humana es que teoriza sobre la naturaleza humana, y, a partir de ahí, sobre los estados, la guerra y la paz, basándose en métodos no verificados, especulativos. En las últimas décadas, la neurociencia ha proporcionado una gran cantidad de información sobre el cerebro humano y el intrincado funcionamiento de la neuroquímica y la plasticidad cerebral. A medida que herramientas como la técnica fMRI han ido emergiendo y perfeccionándose, nuestra comprensión de la naturaleza humana ha ido llegando hasta nuevas fronteras. En muchos casos, los descubrimientos de la neurociencia han derribado algunas de las ideas más antiguas sobre la naturaleza humana. (En el segundo post de mi serie, explico esto con mayor detalle).

Por ejemplo, la emocionalidad es un elemento clave en la toma de decisiones, y la amígdala (el órgano más investigado en el procesamiento emocional) está profundamente involucrada en el aprendizaje, la formación de recuerdos y otros procesos cognitivos. Las experiencias humanas están íntimamente ligadas a la emocionalidad, y condicionadas por ella, y somos seres mucho más emocionales que racionales. Por ello, nuestra moralidad y nuestras ‘virtudes’ también son vulnerables a las circunstancias. Nuestros cerebros se ven afectados neuroquímicamente por todo lo que nos rodea y por ello nuestra brújula moral es frágil y cambia según las condiciones del entorno. Un entorno marcado por el miedo, estresante, alterará nuestro cerebro y, en consecuencia, nuestras habilidades para tomar decisiones. Se ha demostrado que el estrés crónico conduce a la atrofia neuronal en la corteza prefrontal media y el cuerpo estriado dorsal, lo cual afecta a nuestros procesos de fijación de objetivos y nos lleva a priorizar necesidades inmediatas a corto plazo, en detrimento de los objetivos y las gratificaciones a largo plazo. Otros estudios también han demostrado que existe una clara correlación entre los niveles de estrés y las decisiones morales egocéntricas.

A partir de los hallazgos de la neurociencia he desarrollado una propuesta de la teoría de la naturaleza humana, una naturaleza emocional, amoral y egoísta. La naturaleza humana está condicionada abrumadoramente por las emociones, como ya hemos visto brevemente. También somos amorales, en el sentido de que al nacer no somos ni seres inmorales (como sugerían los realistas), ni seres morales (como defendían los idealistas más optimistas), sino más bien algo parecido a una pizarra en blanco predispuesta. Solo estamos predispuestos, en un sentido minimalista, por nuestro instinto de supervivencia, que es una forma básica de egoísmo.

Esta descripción neurofilosófica de la naturaleza humana como emocional, amoral y egoísta proporciona un punto de partida para conceptualizar el gobierno y las relaciones internacionales.

Realismo simbiótico

Los realistas acertaron al describir el conflicto como un reflejo de la naturaleza competitiva y dominante del hombre. Sin embargo, los principios del realismo deben revisarse fundamentalmente a tenor de la imagen más compleja de la naturaleza humana que arroja la neurociencia. Los realistas no abordan los muchos casos en los que el conflicto es menos “racional” y tendrían dificultades para aceptar el efecto transformador que las interdependencias globales ejercen sobre las doctrinas de seguridad nacional (como en el caso de la relación simbiótica entre Estados Unidos y China).

Para tratar de explicar cómo influyen estos factores, he propuesto una teoría más amplia para entender las relaciones internacionales en el siglo XXI: el Realismo Simbiótico. Esta teoría comparte con el realismo la premisa de que la naturaleza humana debe situarse en el centro de la teorización sobre el estado y el sistema global, pero se aparta del mismo en su definición de la naturaleza humana. El realismo simbiótico delimita un marco para entender el sistema global y se basa en cuatro premisas fundamentales: 1. el enfoque neurofilosófico de la naturaleza humana,2. la anarquía global – una realidad persistente del sistema internacional, que en nuestro siglo coexiste simultáneamente con,3. una interdependencia sin precedentes y 4. la conectividad instantánea. Además, el Realismo Simbiótico pone de relieve la gran importancia de las ganancias absolutas, donde las situaciones en las que todas las partes ganan son posibles.  Esto contrasta con la noción de las ganancias relativas, relacionada con los juegos de suma cero, donde unos ganan a costa de otros.

Seguridad de suma múltiple

Los juegos de suma cero, el elemento fundamental de la política según los realistas, son más difíciles y contraproducentes hoy por hoy por la sencilla razón de que la seguridad nacional ya (militar) sólo es uno de distintos elementos sobre los que se construye la seguridad del estado. En pocas palabras, en un mundo globalizado, los estados, a la hora de plantearse cómo preservar la seguridad global, no pueden limitarse a pensar en términos de cumplir sus objetivos de seguridad nacional. El principio de seguridad de sumas múltiples ofrece una definición más completa de la seguridad:

“En un mundo globalizado, la seguridad ya no puede considerarse como un juego de suma cero que involucra exclusivamente a los estados. La seguridad global, en cambio, comprende cinco dimensiones – seguridad humana, ambiental, nacional, transnacional y transcultural – y por lo tanto, es imposible alcanzar la seguridad global o la seguridad de cualquier estado o cultura sin un buen gobierno a todos los niveles, que garantice la seguridad a través de la justicia todos los individuos, estados y culturas”.

Sin llegar a ser optimista, sí que es el enfoque más pragmático para garantizar la estabilidad a largo plazo en el sistema global.

Poder Justo

Este resultado tiene consecuencias para nuestra manera de entender el poder en las relaciones internacionales. El dogma realista definía el poder como una relación de subordinación u orden jerárquico. Robert Dahl o resumió perfectamente en 1957 cuando escribió que el poder significaba, en esencia, que A podría influir sobre B para que B hiciera algo que, de lo contrario, no haría. Durante mucho tiempo, el realismo estuvo preocupado por el poder duro, que mide el poder en términos de recursos materiales, pero en la década de los 90 surgió un nuevo concepto en los Estados Unidos: el del poder blando, no en contraposición con, sino complementario al poder duro. El poder blando (soft power) se centra en factores menos tangibles, como el poder de atracción, la influencia cultural, la diplomacia y la legitimidad percibida. Más tarde, un informe bipartidista sugirió el poder inteligente (smart power) como un enfoque adecuado para la política exterior estadounidense, integrando elementos duros y blandos. El problema es que estas definiciones de poder no tienen suficientemente en cuenta la dependencia de los demás. No basta con ejercer un poder inteligente si no se está comprometido con la justicia. El poder justo (Just Power) integra consideraciones de imparcialidad y respeto al derecho internacional, así como el respeto a la dignidad de las personas, tanto a nivel individual como colectivo.

Hay un elemento de verdad eterna en la analogía realista del hombre-estado, en la medida en que las instituciones y los estados son empresas humanas, pero esa analogía se presta a una mayor complejidad. De hecho, lo que parecía ser el relato definitivo de la naturaleza humana ha quedado desbancado por los avances de la neurociencia. Los estados, como los humanos, están condicionados y cambian conforme evolucionan sus circunstancias. Y al igual que sucede con los humanos, donde la toma de decisiones está sujeta a la presencia dominante de la emocionalidad, los estados también son actores emocionales en tanto están definidos por numerosos motivadores emocionales  y actúan conforme a ellos. De hecho, la presunta “razón” y racionalidad de los estados, un pilar del realismo y otras corrientes imperantes en el campo las Relaciones Internacionales, atribuía a los estados un carácter racional desproporcionado. En términos neurocientíficos, la emocionalidad y la racionalidad están menos desconectadas, ya que, en realidad, el procesamiento emocional en el cerebro está íntimamente vinculado a la toma de decisiones. La emocionalidad de los estados afecta a su comportamiento y elecciones estratégicas. Esto se hace patente en las diferentes culturas estratégicas, que son reflejos de la identidad nacional, la historia colectiva y las experiencias geopolíticas, así como otros patrones de comportamiento (incluidos hábitos) y corrientes políticas cargadas de emociones (el nacionalismo es una ideología de emociones y símbolos). El realismo simbiótico amplía así la perspectiva sobre el carácter “racional” del hombre y, por analogía, de los estados.

El realismo simbiótico explica el poder transformador de las interdependencias globales y la interconectividad, aun cuando los estados continúan interactuando en un contexto de anarquía. Los matices de la anarquía global también han evolucionado; a pesar de la ausencia de una autoridad global, el derecho internacional y los regímenes normativos imponen amplias obligaciones a los estados. Además, debido a que las amenazas a las que se enfrentan los países y sus poblaciones en la actualidad rara vez provienen de otro país hostil, los estados se ven obligados a tener en cuenta a actores y asuntos que trascienden el ámbito de sus fronteras nacionales, o que pueden solucionarse exclusivamente por la vía militar. Por eso, cualquier idea reduccionista del poder o los juegos de suma cero son en última instancia contraproducentes y con un elevado coste político en el largo plazo. Como ya he explicado en otro trabajo, en la actualidad, la seguridad global comprende al menos cinco dimensiones: seguridad nacional, seguridad humana, seguridad ambiental, seguridad transnacional y seguridad transcultural. Por lo tanto, la búsqueda de la seguridad global obliga a fijar el punto de mira dentro y más allá de los estados.  

Por supuesto, todavía no hemos dejado atrás la era de la Realpolitik, pero las exigencias de legitimidad y cumplimiento del derecho internacional son mucho mayores hoy que nunca antes en la historia. Y esto sí que influye sobre qué tipos de liderazgo y de poder son más efectivos y exigibles. Aunque el poder ejercido sin consideración alguna por la ley y la dignidad de los demás puede garantizar beneficios a corto plazo, solo el Poder Justo es el que garantiza mayor aceptabilidad a largo plazo. Para cualquier cínico, introducir consideraciones relativas a la justicia puede parecer una ingenuidad, pero agregando “justicia” al “poder” no se debilita su fortaleza, si no que se refuerza su perdurabilidad.

La seguridad global de hoy es mucho más que los intereses nacionales colectivos de los estados y mucho más que un equilibrio constante del poder militar. Avanzando en el debate de las Relaciones Internacionales en el siglo en curso, es necesario posicionar la dignidad humana, tanto individual como colectiva, en el centro de la gobernanza, porque la dignidad es de suma importancia para la política.

En resumen:

  • En la actualidad, la seguridad global depende de mucho más que de los intereses nacionales colectivos de los estados y tiene cinco dimensiones.
  • La dignidad individual y colectiva son primordiales.
  • Los estados pueden ser tanto emocionales como racionales.
  • El realismo sigue siendo relevante, pero en una forma simbiótica (que hace hincapié en las ganancias absolutas) es menos conflictivo y es más probable que sirva de manera sostenible al interés nacional en un mundo conectado e interdependiente.
  • Los paradigmas de suma cero son contraproducentes y deben ser reemplazados por enfoques de suma múltiple.
  • El poder ejercido por los estados (para ser sostenible) debe ser “Justo” e “Inteligente”.

La próxima publicación abordará el tema del entendimiento cultural global desde una perspectiva neurofilosófica.

Accede a la publicación original aquí. 

Nayef Al Rodhan

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