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06 abril 2020

Un paradigma neurofilosófico para una nueva Ilustración

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Nota del editor: El presente artículo es el tercero de una serie de tres que examina la relación entre neurociencia, filosofía y sociedad. La primera parte está disponible aquí, y la segunda aquí.

Esta publicación plantea una crítica desde el punto de vista neurofilosófico de los origines y el legado de la Ilustración, así como de una interpretación errónea ampliamente extendida sobre los conceptos de racionalidad y de ‘progreso a través de la razón’ cuyo origen se le atribuye a este movimiento. Nuevos descubrimientos sobre la naturaleza humana, posibles gracias a los avances en neurociencia, invalidan la división clásica entre “racionalidad” y “emocionalidad” y allanan el camino para el desarrollo de nuevos paradigmas de gobierno y, con suerte, para una nueva ilustración.

Precursores de la ilustración: orígenes no eurocéntricos   

La Ilustración suele describirse como un periodo “revolucionario”, aunque, para a mucha gente le sigue incomodando y costando el hecho de que se inspirara en ideas de trabajos e ideas de la antigüedad y de otras culturas no-europeas.  

En el siglo 12, un filósofo árabe y musulmán, Ibn Tufayl, escribió una novela filosófica titulada Hayy Ibn Yaqzan (el libro data de 1160 o 1170), que se traduce como ‘El viviente, hijo del vigilante’. El libro narra la historia de un personaje autónomo, nacido en una isla, sin padres, religión, historia o idioma. Se trata de un personaje autosuficiente, que se guía por la razón para reflexionar sobre su situación e identidad y así, mediante investigaciones empíricas y cuestionamientos científicos y filosóficos, desentrañar muchos misterios de la bilogía, astronomía, la física; no obstante, es cuando reflexiona sobre lo divino, cuando se da cuenta de sus limitaciones. La historia de Hayy (quien termina conociendo a un extraño y mudándose a una isla habitada), es una celebración de la razón humana, la autonomía y el libre albedrío, y, al mismo tiempo, un canto a la diversidad, la singularidad y la valía de cada individuo.

El libro fue traducido primero al hebreo en 1349 y un siglo más tarde, al latín. Fue ampliamente leído por pensadores occidentales e inspiró a muchos filósofos, incluidas algunas de las principales figuras del Renacimiento y la Ilustración. De hecho, a pesar de que suele atribuírsele a Descartes la popularización de la duda y el escepticismo como pilares de la metodología filosófica, se trata de herramientas que ya utilizaron Ibn Tufayl y muchos otros pensadores anteriores. Filósofos árabes como al-Fārābī, Avicenna y Averroes también fueron considerados referentes por la filosofía occidental y la ilustración en áreas como la lógica, la ética, la psicología y la metafísica.

Muchos filósofos árabes fueron referentes para la filosofía occidental y la ilustración en áreas como la lógica, la ética, la psicología y la metafísica Fuente: Wikimedia
Muchos filósofos árabes fueron referentes para la filosofía occidental y la ilustración en áreas como la lógica, la ética, la psicología y la metafísica.  Fuente: Wikimedia

La brecha entre el oriente y occidente comenzó a fraguarse antes de la era de la ilustración, aunque podría considerarse que fue el siglo XVIII cuando se produjo el gran momento de ruptura. El relato que se ha impuesto es que mientras los filósofos racionalistas europeos defendían la emancipación de la mente, la búsqueda de la verdad a través de la evidencia y la ciencia, el resto del mundo carecía de energía suficiente para innovar. La idea de una emergencia insular de la Ilustración y la engañosa fijación por la racionalidad (entendida como una suerte de proceso matemático desprovisto de cualquier atisbo de subjetividad) perpetuó muchas de las falacias que rodean a la Ilustración.

Una lectura neurofilosófica de la Ilustración puede ayudar a poner en evidencia estos errores y sentar las bases para una nueva era de Ilustración.

No una ‘razón’, sino muchas

La génesis de la Ilustración casi siempre comienza con una referencia al ensayo de 1784 “Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?” de Immanuel Kant, en el que sugería la siguiente definición: “La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro”. “Sapere aude!”, atrévete a saber debía ser, según Kant, la máxima de esta nueva era. La Ilustración partía de la premisa de la renuncia a los dogmas, prejuicios y lo que Kant llamaba los “instrumentos mecánicos” del pensamiento, que prolongaban la incapacidad del hombre. El movimiento de la Ilustración se conoce sobre todo por defender la necesidad de cultivar la mente propia y la capacidad para razonar.

Immanuel Kant fue la primera persona que trató de definir la Ilustración.
Fuente: http://www.philosovieth.de/kant-bilder/bilddaten.html

La revolución científica de los siglos XVI y XVII contribuyó a impulsar estas transformaciones a medida que se desmitificaban concepciones tradicionales del mundo. Los nuevos métodos científicos, y especialmente el desarrollo de las ciencias naturales puso en entredicho concepciones existentes de la naturaleza y contribuyó al auge del empirismo y de las facultades cognitivas del ser humano como herramientas para descifrar el mundo.

Sin embargo, pese a un relato que se simplifica con demasiada frecuencia, esto no siempre significó que la razón se considerara la única fuente indiscutible de conocimiento ni a los seres humanos los únicos perfectamente racionales.  De hecho, la premisa del conocimiento a través de la experiencia sensorial ha formado parte igualmente de la epistemología de la Ilustración (el ensayo Sobre el entendimiento humano de John Locke es considerado un texto fundamental para la Ilustración). El interés en las ciencias y el conocimiento científico nunca negó el papel del subjetivismo, o ‘sensacionalismo’, tal y como Locke defendió de manera profusa en su epistemología: la fuente de la mayoría de las ideas de los humanos son los sentidos. Esta idea tuvo una gran influencia en la Ilustración francesa, y fue recogida por filósofos como Etienne Bennot de Condillac, quien la desarrolló hasta su extremo más radical, defendiendo que todo conocimiento humano tiene su origen en la experiencia sensorial.  Condillac llegó a defender incluso el uso de lenguas primitivas para acercarse más a las experiencias sensoriales, puesto que utilizan términos simples en lugar de abstractos para comunicarse. Y esto también implicaba que la racionalidad venía definida por la pluralidad, variando en función de la ubicación geográfica.

Y esto negaría, por lo tanto, la existencia de una única racionalidad. El foco sobre la sensibilidad y las pasiones también estaba presente en determinadas concepciones de la moralidad, incluso del conocimiento científico. Para Diderot, cofundador de la Encyclopédie (y autor de más de 7.000 artículos incluidos en ella), al igual que la razón era importante en la búsqueda de la verdad, lo eran las pasiones y la experiencia sensorial para la construcción de sensibilidades morales. De hecho aseguraba que sin la capacidad de ser afectado, uno no podía ser realmente moral. Y esto no significaba, de ninguna manera, un rechazo a la ciencia. La sensibilidad era, según Diderot, un activo para la búsqueda científica, en tanto contribuía no sólo a prestar más atención a la naturaleza, sino a apreciarla más.

Diderot y Jean le Rond d’Alembert fundaron Encyclopédie en 1751.  Fuente: Wikipedia

La Ilustración tampoco rechazó totalmente la idea de Dios ni el pensamiento teológico. Para Descartes todo el conocimiento, incluido el científico, partía del conocimiento metafísico de Dios.  Kant se opuso radicalmente a la concepción teocéntrica del conocimiento y la sustituyó con una concepción antropocéntrica. Sin embargo, para Kant, el conocimiento racional estaba limitado al dominio de la experiencia posible y al entendimiento de las leyes causales de la naturaleza.

Ilustración Política

Ideológica y políticamente, la Ilustración se asocia con una serie de movimientos políticos y revoluciones que cambiaron el rumbo de la historia. En particular, entre sus grandes logros, a la Ilustración se le atribuyen tres revoluciones políticas: La Revolución inglesa (1688), la Revolución americana (1775-1783) y la Revolución francesa (1789-1799). La revolución del pensamiento sobre el mundo natural dio alas a un espíritu y una ética crítica para reconstruir el orden social y político también. Se cuestionó y puso en liza el orden social y político existente, que se fundamentaba sobre un gran número de tradiciones y mitos. ¿Por qué debía ninguna autoridad política considerarse derivada de una orden divina o incuestionablemente inmutable? En efecto, al periodo de la Ilustración se le atribuye haber inspirado la consolidación del modelo básico de gobierno anclado en el ideal de la libertad e igualdad de los individuos, y el consentimiento racional de los gobernados. Los límites de la razón en el gobierno fueron, no obstante, cuestionados a medida que la Revolución Francesa transitaba hacia sus periodos más oscuros con el Reino del Terror.

A pesar de que se puede concluir, de manera general, que las teorías políticas del movimiento de la Ilustración defendía un liberalismo basado en la libertad y la igualdad, la riqueza de texturas de la Ilustración pone de relieve esta complejidad y diversidad de pensamiento. La Ilustración no fue un evento único, sino uno “geográficamente y temáticamente plural”. Posteriormente, en el siglo XIX, el Romanticismo hizo hincapié sobre los aspectos no-racionales, las tradiciones y la subjetividad, promoviendo la visión de la Ilustración como un movimiento excesivamente racional. Pero esta idea no es sólo poco precisa, sino que las historias revisionistas cuestionan la tendencia a demarcar movimientos históricos según los límites tradicionales de los periodos.

Es más, la falaz manera de presentar la historia en bloques monolíticos sigue estando, desafortunadamente, ampliamente extendida. Al igual que lo está, en gran medida, la idea equivocada de que la Ilustración sólo se preocupaba por progreso científico y político y del triunfo de la razón sobre las pasiones y la superstición. Pero la verdad es que el pensamiento occidental (y no sólo este pensamiento) simplifica el significado de la Ilustración, adornándolo con etiquetas poco precisas o que obedecen a motivaciones políticas

Neurofilosofía y gobierno: un paradigma para una nueva Ilustración

En este punto me gustaría dar el salto hasta el siglo XXI. En el apartado anterior hemos visto, de manera sucinta, la intuición que muchos filósofos de la Ilustración compartían sobre la conexión entre las emociones y las elecciones racionales, una conexión que la neurociencia ha ido validando durante las últimas décadas. Los avances en el conocimiento de la mecánica cerebral y la naturaleza humana exigen volver a evaluar algunos de los postulados fundamentales de los que ha partido la filosofía política de los últimos siglos, plantearse la manera adecuada para inaugurar una nueva era de la Ilustración en pleno siglo 21.

A partir de la década de los 80 del siglo pasado, el dialogo interdisciplinar entre la filosofía y la neurociencia comenzó a incorporar los hallazgos sobre el cerebro humano en las consideraciones sobre la naturaleza humana y la ética. La neurofilosofía ha refutado algunas de las creencias más consolidadas de la filosofía política, en especial en lo que atañe a los límites de la racionalidad humana y la conexión íntima entre emocionalidad y cognición. En términos neurocientíficos, sabemos que la aversión de los Estoicos a las emociones, vistas como amenazas a la razón y en última instancia a la libertad, era infundada. Todos somos ‘esclavos’ de nuestras emociones en tanto y en cuanto es a través de las emociones que se consolidan muchos de los mecanismos de aprendizaje del celebro, incluidas las respuestas condicionadas por el miedo, que son absolutamente cruciales para la supervivencia.

La tradicional dicotomía epistemológica entre empirismo y racionalismo contradecía la idea de que la experiencia sensorial es imprescindible para el conocimiento (empirismo) con una visión muy firme sobre el papel clave de la razón en el conocimiento (racionalismo). Sin embargo, la evidencia neurocientífica ofrece una visión mucho más matizada de la manera en que se adquieren tanto el conocimiento como las creencias, y apunta a la existencia de un vínculo mucho más íntimo de lo que antes se pensaba entre las experiencias sensoriales – emocionalidad – y la inferencia racional. Este paradigma del conocimiento, al que he llamado  ‘fisicalismo neuro-racional’ (NRP, neuro-rational physicalism) explica de una manera más completa el proceso de la formación del conocimiento, permite extraer conclusiones importantes para nuestra disertación sobre la Ilustración. El NRP comparte la visión empírica de los datos sensoriales como fuente de conocimiento; sin embargo la neurociencia también ha demostrado que el conocimiento también puede derivarse de procesos de razonamiento e inferencia – hay que precisar que la razón, desde un punto de vista neurocientífico, también depende de las predilecciones que definen nuestra naturaleza (de todas ellas, la más crítica sería nuestra predisposición para la supervivencia que, por lo tanto, nos llevaría siempre a decantarnos por aquellas líneas de acción que incrementen nuestras posibilidades de sobrevivir) e igualmente integra y se solapa con diferentes regiones emocionales del cerebro. En efecto, la racionalidad y la emocionalidad no son procesos independientes, duales, del cerebro. El conocimiento raras veces se puede considerar completo dado que bebe de fuentes sesgadas, sujetas a interpretación y a la influencia de suposiciones anteriores, que se nutren del entorno, la educación, el bagaje cultural y las experiencias personales de cada individuo.

El NPR parte de la concepción neurobiológica de la naturaleza humana. Por lo tanto, considera que tanto al pensamiento como al conocimiento como procesos físicos, en tanto y en cuanto todo es físico (desde un punto de vista neurobiológico) puesto que, a pesar de que sean invisibles, nuestros pensamientos, recuerdos y percepciones son resultado de procesos neuroquímicos y, por lo tanto, tienen una base física. La idea de la dimensión física del conocimiento y los procesos mentales ha sido objeto de controversia en la filosofía (tal y como vimos en un post anterior), pero está muy extendida entre la comunidad neurocientífica.

Al mismo tiempo, el paradigma del conocimiento es inseparable de la naturaleza humana. 

A partir de los descubrimientos de la neurociencia, he elaborado mi teoría de que la naturaleza humana viene definida por tres características fundamentales: la emocionalidad, la amoralidad y el egoísmo.

El procesamiento emocional y los procesos cognitivos del cerebro están profundamente entrelazados, incluidos los de toma de decisiones y aprendizaje. Los humanos somos, de hecho, seres mucho más emocionales que racionales, y existe una conexión profunda entre las emociones y las tomas de decisiones. Por ejemplo, el estrés crónico conduce a la atrofia neuronal de la corteza prefrontal media y del estrato dorsal medio, un circuito que se sabe que está implicado en el establecimiento de objetivos. En términos sencillos, en situaciones de estrés máximo, como aquellas donde el miedo o las amenazas a nuestra supervivencia se convierten en la tónica general, priorizamos decisiones capaces de garantizar recompensas inmediatas y maximizar nuestras probabilidades de sobrevivir. (ver post anterior). Las circunstancias externas son fundamentales para que florezca la mejor versión de la naturaleza humana. No es posible ser racional o tomar de decisiones morales cuando no se den las circunstancias externas que garanticen, al menos, las condiciones mínimas necesarias para sobrevivir.La amoralidad es la segunda característica dominante en nuestra naturaleza. Los humanos carecemos de nociones innatas del bien y el mal. La brújula moral de cada persona depende de su entorno y sus circunstancias vitales. Y por ello no es la moralidad ni la inmoralidad lo que nos define, sino la amoralidad.  Sin embargo, a pesar de somos básicamente una pizarra en blanco al nacer, los humanos nacemos con una predisposición muy marcada para la supervivencia. Así pues, de igual manera que la lucha por la supervivencia condiciona la acción humana, la mente humana no puede considerarse una tabula rasa propiamente dicha, como postulaba Locke, sino una tabula rasa predispuesta. Todo lo demás lo adquirimos, definimos y refinamos a través de la experiencia (incluidos los conceptos de moralidad y razón). Y es aquí donde entra en juego el egoísmo humano. Cualquier acción orientada a maximizar las probabilidades de sobrevivir de un individuo es, por si misma, una forma básica y primordial de egoísmo.

La concepción neurofilosófica de la naturaleza humana, que pone de relieve el papel primordial de las emociones en el comportamiento humano, guarda cierto parecido con muchas de las ideas defendidas por el movimiento de la Ilustración. Los filósofos de la Ilustración valoraban, indudablemente, la razón, pero no consideraban por ello a los humanos como seres perfectamente racionales. Ni tampoco, como hemos visto, desligaban las emociones del concepto de buen juicio.

Buen gobierno

En el siglo XXI, en un momento en el que la política se define cada vez más por el resurgir de los sesgos nacionalistas, el tribalismo y las prácticas discriminatorias, se denuncia con frecuencia el aparente distanciamiento de los postulados de la Ilustración, entendida como exclusivamente referida a la autonomía y razón de los individuos. Esto es, tal y como explica H.M. Lloyd, una patología del pensamiento occidental, que ha equiparado la modernidad con la ciencia positivista y la razón de mente fría. No sólo se trata de una conclusión simplista sobre la Ilustración, sino también cada vez más peligrosa, dado que se utiliza con frecuencia para confrontar a un occidente racional y secular contra otro occidente irracional (o, más bien, uno cuya irracionalidad está entrelazada con la teología y la emocionalidad). Es más, la perspectiva neurofilosófica de la naturaleza humana demuestra la relevancia de las emociones en nuestra existencia, así como la increíble fragilidad de nuestra naturaleza. Las circunstancias en nuestro entorno nos pueden llevar a acciones de una crueldad indescriptible, al igual que es también el entorno el que puede acentuar nuestra predisposición para llevar a cabo acciones (pseudo)altruistas.

Somos ineludiblemente emocionales en tanto y en cuanto las emociones y los procesos cognitivos están íntimamente relacionados. Nuestra mejor posibilidad para sobrevivir y seguir prosperando es a través del buen gobierno, conciliando la tensión siempre existente entre los tres atributos de la naturaleza humana (emocionalidad, amoralidad y egoísmo) con la dignidad humana. Mi definición de dignidad abarca mucho más que la ausencia de humillación. Se trata de una lista de nueve necesidades, que incluye: razón, seguridad, derechos humanos, rendición de cuentas, transparencia, justicia, oportunidad, innovación e inclusión. El gobierno basado en la dignidad es, por sí solo, el mejor precursor de la paz y la cooperación, y la dignidad es todavía más importante e inclusiva que la libertad. Aun fijándonos en democracias avanzadas occidentales que garantizan un amplio rango de libertades a todos sus ciudadanos de manera indiscriminada, esas libertades coexisten con condiciones de marginalización, pobreza aguda y alienación. Hace falta poner el foco sobre la dignidad para garantizar el avance de la sociedad.

La neuroquímica del poder

Probablemente, no exista una prueba más clara de la importancia de las emociones en la política que cuando se trata de poder político. El principal neuroquímico (conocido hasta la fecha) involucrado en los mecanismos de recompensa que activa el poder es la dopamina, el mismo neurotransmisor responsable del sentimiento de placer. El poder activa el mismo circuito neuronal; una vez se activa, produce el mismo ‘subidón’ que caracteriza a cualquier comportamiento adictivo. Estas ansias a nivel neurocelular son tan intensas como el ansia por consumir cocaína o cualquier otra droga potente. Esto significa que la gente en puestos de poder hará cualquier cosa para mantener y – en la medida de lo posible – incrementar su poder incluso aunque ello implique recurrir a actos brutales, crueles o de ‘violencia irracional’. Y la historia está llena de ejemplos.

Dada la naturaleza altamente adictiva del poder político, la única manera que tienen los sistemas políticos de protegerse contra los abusos o usos indebidos del poder es mediante sistemas de controles y contrapesos, la separación de poderes y la lucha contra las lagunas normativas. Y lo mismo puede decirse para cualquier puesto de responsabilidad política y de liderazgo, tanto en gobiernos, como empresas e instituciones académicas. La fortaleza de las barreras institucionales y los límites temporales de los mandatos son fundamentales para garantizar la existencia de estructuras de poder realmente Ilustradas.

Lecciones para una nueva Ilustración

Para disfrutar de un siglo XXI (y posteriores) ilustrado, hará falta centrarse en la dignidad humana (en el sentido más amplio mencionado anteriormente), tanto a nivel individual como colectivo. Una de las lecciones más valiosas que nos enseña la historia es que cualquier idea, ideología y régimen que haya ignorado repetidamente los atributos de la naturaleza humana y la necesidad de dignidad humana, han fracasado, incluso aun cuando en ocasiones hayan conseguido perpetuarse durante décadas antes de desaparecer. Para que las ideas superen la prueba del tiempo, deben tener en cuenta las características emocionales, amorales y egoístas de la naturaleza humana y conciliar estos atributos con las nueve necesidades de la dignidad.

También existe una potente dimensión de la dignidad a nivel colectivo. Sabemos que plantear culturas y civilizaciones en términos dicotómicos (por ejemplo, racional/secular vs. tradicional/irracional) lleva a una interpretación errónea del legado del pensamiento de la Ilustración. También acarrea graves consecuencias desde el punto de vista de la falta de confianza y la inseguridad global. Para que la humanidad pueda disfrutar de un futuro realmente ilustrado, hace falta reconocer la valía y la aportación de cada dominio geo-cultural al patrimonio de la humanidad.

Antes me he referido a esta idea como el modelo oceánico de la civilización’: una interpretación más juiciosa de la herencia histórica que considera la civilización humana como un océano en el que confluyen y al que aportan profundidad muchos ríos. Cualquier faceta del pensamiento filosófico, astronómico, científico, de la medicina, la arquitectura o el derecho del mundo occidental no es sino el producto de siglos de intercambios e interacciones con el mundo no occidental, incluidos China, India, el mundo árabe-islámico, que durante mucho tiempo fue el epicentro de la investigación y el debate científicos, precursor de la Ilustración europea.

Nayef Al-Rodhan

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