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22 octubre 2020

Lecciones de la Covid para gestionar el envejecimiento de la sociedad

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Uno de los aspectos más llamativos de la Covid-19 es que actúa como una forma viral de envejecimiento, con una relación entre tasa de morbilidad y edad muy similar a la de todas las causas de mortalidad. Esto explica por qué en Pennsylvania ha muerto casi el doble de personas con edades por encima de los 100 años por Covid que por debajo de 45.

 De aquí a 2100 se espera un incremento generalizado en la edad media de todos los países, así como un aumento del peso del segmento de entre los 65 y los 80 años. Por tanto, la Covid-19 está actuando tanto como un acelerador como un test de estrés para una sociedad que envejece.  Y está demostrando qué países se encuentran en una situación mejor y que asuntos deben abordarse.

La primera conclusión que ha dejado clara es el grado hasta el cual cada sociedad valora las vidas de sus mayores. Los gobiernos han elegido medidas de confinamiento que han provocado pérdidas billonarias en términos de PIB para salvar, principalmente, las vidas de personas de edad más avanzada. Y esto tiene una gran consecuencia – en el contexto de sociedades envejecidas, nos obliga a fijarnos no sólo en el PIB, sino también en aquellos indicadores que miden la capacidad de la sociedad para garantizar la salud, la seguridad y la vida de sus ciudadanos

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La Covid-19 está actuando tanto como acelerador como test de estrés para una sociedad cada vez más envejecida. Fuente: Javier Matheu

Este planteamiento pone de relieve las grandes diferencias que existen entre la capacidad de los países para afrontar los retos de una sociedad en proceso de envejecimiento. El referente de esperanza de vida lo marca el país con la mayor esperanza de vida media al nacer. En la actualidad este país es Hong Kong, donde la esperanza de vida de las mujeres es de 87 años A día de hoy, en Hong Kong se han registrado 88 muertes por Covid-19, por lo que el impacto estadístico de la pandemia en términos de esperanza de vida es no va a ser relevante. Mientras tanto, en los EEUU el exceso de fallecimientos se ha situado ya por encima de las 200,000 personas y en el Reino Unido, de las 60.000. Estos datos van a incrementar un distanciamiento entre sus curvas de esperanza de vida y la del referente. La tragedia que estamos viviendo está poniendo de manifiesto carencias institucionales en muchos países para adaptarse al incremento de longevidad que se está produciendo.

Y esto nos lleva a otra consideración adicional: la necesidad de promover un envejecimiento sano. Las enfermedades pulmonares, la diabetes y la hipertensión son factores determinantes en las tasas de mortalidad de la Covid-19. En edades menos avanzadas son factores condicionantes. De igual manera que se han aplicado políticas de confinamiento para aplanar la curva de la expansión de la Covid-19, existe la necesidad acuciante de aplanar otra curva: el incremento de la comorbilidad con la edad.

Y para ello es esencial poner el foco sobre la salud preventiva. Con una sociedad en proceso de envejecimiento, al igual que con la Covid, debe hacerse hincapié en apoyar a las personas de edad avanzada con buen estado de salud, en lugar de a aquellos que tienen una salud más delicada.  El objetivo de las políticas de confinamiento ha sido evitar ingresos hospitalarios para evitar la saturación y el desbordamiento de los recursos sanitarios escasos. Una sociedad que envejece necesita salud, no un sistema hospitalario, un planteamiento que prime mantener un buen estado de salud, no en el tratamiento de enfermedades.

Pero además hay una tercera curva sanitaria que hay que aplanar – la de la relación entre cómo envejecemos y los ingresos. En los EEUU la diferencia de esperanza de vida entre el 1% más rico y el 1% más pobre es de 15 años. La Covid-19 ha acentuado estas desigualdades. En el Reino Unido, la tasa de mortalidad por Covid entre el 10% con menos ingresos duplica a la del 10% de mayor renta. Dado que la Covid ha puesto de manifiesto una marcada preferencia por salvar vidas antes que salvar el PIB, por coherencia, se va a tener que hacer un esfuerzo económico igualmente importante para dar respuesta a las 160.000 muertes de la desesperación registradas en los EEUU en 2018.

BBVA_OpenMind-Covid elderly-hongkong-frame-harirak-Best practice life expectancy is defined by the country with the highest average life expectancy at birth, which is currently Hong Kong
El referente de esperanza de vida lo marca el país con mayor esperanza de vida al nacer. Fuente: Harirak

Y esto nos lleva a la tercera, y quizás más importante, lección de la Covid.  Al igual que la pandemia ha demostrado que no es posible disfrutar de una economía sana hasta que no tengamos una población sana y a salvo, lo mismo se puede decir de una sociedad en proceso de envejecimiento. Los beneficios derivados del “envejecimiento saludable“, de ayudar a prolongar la salud y la productividad durante más tiempo, son tremendas – y se estiman en unos 7.1 billones de dólares en los próximos 50 años. Tanto en el caso tanto de la Covid como de una sociedad envejecida, es un error pensar en que apostar por el envejecimiento saludable implica renunciar a una economía saludable.

Materializar los dividendos de esta longevidad se ha convertido en un objetivo más importante que nunca, a tenor del impacto de la Covid sobre la economía y los niveles de deuda pública. Una herramienta clave para disfrutar de este dividendo de la longevidad sería apoyar el empleo de los trabajadores de mayor edad. En la década anterior a la COVID-19, los mayores de 55 años supusieron el 100% del crecimiento del empleo en el G7. Pero esto se dio en un contexto de niveles bajos de desempleo.

Con toda la razón del mundo, en estas circunstancias, la preocupación se ha centrado sobre el fuerte incremento del desempleo entre los jóvenes. Sin embargo, aunque los menores de 25 son los que se han visto más afectados, el mayor incremento proporcional en desempleo se ha producido entre los mayores de 55. Dada la discriminación por edades en los procesos de contratación, esta situación va a tener efectos permanentes muy importantes sobre el nivel laboral y de ahorro para la jubilación de estos colectivos. Las políticas dirigidas a combatir la discriminación por edades, actualizar las competencias de los parados de edades avanzadas, potenciar políticas de trabajo flexibles, así como el papel cada vez más importante de la economía colaborativa, van a ser cruciales para sostener el crecimiento del empleo entre estos rangos de edad.

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El reto clave del envejecimiento yace en la diversidad de maneras de envejecer. Fuente: Eddy Klaus

Para ello, a su vez, va ser necesario construir un nuevo relato en torno a la edad y comenzar a cuestionarse algunas de las hipótesis más arraigadas en torno al envejecimiento. Reformular nuestros conceptos sociales de lo que significa ser viejo, reconocer la aportación de los ciudadanos de edades más avanzadas y, sobre todo, entender el reto clave del envejecimiento en la diversidad de maneras de envejecer.  Resulta irónico constatar que en un momento en el que un hashtag como #BoomerRemover se ha convertido en todo un fenómeno en redes, el Reino Unido celebra los logros del Coronel Sir Tom Moore: un hombre que, a sus 100 años cumplidos, ha sido capaz de recaudar casi 50 millones de dólares para causas solidarias.

Como test de estrés para una sociedad que envejece, la COVID-19 ha puesto de relieve grandes carencias en muchos países. También ha puesto de manifiesto lo que hace falta para afrontar el futuro con garantías de éxito, no sólo ya en durante una pandemia, si no durante las próximas décadas. Redoblar los esfuerzos por medir e incrementar la esperanza de vida saludable, aplanar la curva del envejecimiento adoptando medidas preventivas de salud y combatiendo la desigualdad y construir un nuevo relato para combatir la discriminación por edad y reconocer la diversidad de edades. Y sobre todo, ha puesto de manifiesto que sin un “envejecimiento exitoso” no se puede tener una población saludable ni una economía saludable.

Andrew J. Scott

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