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19 octubre 2020

Ecología y ecologismo: de la antigua Grecia al activismo medioambiental

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“Hay personas sufriendo. Hay personas muriendo. Hay ecosistemas completos colapsando. Estamos en el comienzo de una extinción masiva, y todo de lo que podéis hablar es de dinero y cuentos de hadas de crecimiento económico eterno. ¡Cómo os atrevéis!”

Las palabras de la joven activista Greta Thunberg, pronunciadas en un discurso de 2019 durante la Cumbre sobre la Acción Climática en Nueva York, sirven como una poderosa imagen representativa del cambio que se ha producido en los últimos años. La acción contra el cambio climático ha llegado a la primera plana de los telediarios y es un motivo de preocupación para millones de ciudadanos, y muy particularmente, las nuevas generaciones. Paralelamente, el activismo medioambiental ha alcanzado cuotas de seguimiento y popularidad desconocidas hace tan solo cinco años. 

Más allá de la eclosión del movimiento ecologista de los últimos tiempos, el estudio de la relación de los seres vivos con su entorno y la defensa de su valor en el ámbito político cuenta con décadas de historia, o siglos, en el caso de sus precursores. Conocer más acerca de sus orígenes puede ser valioso para analizar los movimientos actuales.

Un buen punto de partida es hablar de los términos “ecología” y “ecologismo”. Aunque se trata de dos conceptos relacionados que a menudo actúan de la mano, es importante comprender la diferencia entre la ciencia de la ecología y el movimiento social y político al que llamamos ecologismo.

Ecología, o la ciencia de los ecosistemas

La ecología es la “ciencia que estudia los seres vivos como habitantes de un medio, y las relaciones que mantienen entre sí y con el propio medio”, según la definición de la RAE. Se trata de una rama de la biología cuyos orígenes se pueden encontrar en la antigua Grecia. Hipócrates dejó por escrito que para investigar sobre medicina, era necesario considerar las estaciones y las características del clima del lugar, poniendo sobre la mesa lo determinante que era el medio para la salud de los seres vivos que lo habitan. Por su parte, Aristóteles observaba y registraba las características de la flora y la fauna de su entorno, y especulaba sobre la relación entre ellos. 

La palabra “ecología” fue acuñada en el siglo XIX por el naturalista y filósofo alemán Ernst Haeckel. Imagen: Wikimedia Commons
La palabra “ecología” fue acuñada en el siglo XIX por el naturalista y filósofo alemán Ernst Haeckel. Imagen: Wikimedia Commons

No obstante, para hablar de la ecología moderna, debemos avanzar al siglo XIX. No en vano, la palabra “ecología” fue acuñada en este siglo por el naturalista y filósofo alemán Ernst Haeckel (1834-1919), a partir de las palabras griegas “oîkos” (casa) y “lógos” (conocimiento, razón), ya que se trata, en suma, del estudio del lugar donde se habita, la “casa”, en un sentido amplio. Conocido por difundir el trabajo de Darwin, Haeckel describió en su “Morfología general de los organismos” la ecología como la ciencia que estudia las relaciones de los organismos con el mundo que los rodea. En 1895, el danés Johannes Eugenius Bülow Warming escribió el que se considera un texto fundacional para esta ciencia, el llamado “Ecología Vegetal”, donde describía los principales biomas del mundo, es decir, las regiones en las que se puede dividir el planeta porque comparten factores climáticos y geológicos, y por tanto, flora y fauna.

En la actualidad, es importante destacar el papel que tienen los ecólogos en el estudio de la pérdida de biodiversidad, una de las grandes preocupaciones medioambientales del presente. La ecología investiga en qué medida la pérdida de especies pone en peligro los ecosistemas y los hace menos resistentes a grandes cambios medioambientales, lo que a su vez puede tener consecuencias desastrosas para la economía de las regiones afectadas.   

El movimiento ecologista

En contraste con la ciencia de la ecología, el ecologismo es un movimiento sociopolítico preocupado por la protección del medioambiente. Si bien existen algunas interpretaciones que sitúan antecedentes previos, lo común es mencionar los años 60 y 70 como inicio de la historia del movimiento ecologista.

1962 es un año clave para esta historia, porque vio la luz “Primavera Silenciosa”, un libro escrito por la bióloga marina estadounidense Rachel Carson que alertaba sobre los problemas que causaba el uso a gran escala de los pesticidas sintéticos. La publicación supuso un revulsivo y cimentó la aparición de una conciencia medioambiental estadounidense. La celebración del primer Día de la Tierra el 22 de abril de 1970 fue uno de los primeros frutos de la propagación de esta conciencia medioambiental. Como consecuencia, se celebraron a lo largo de Estados Unidos más de 12.000 eventos repartidos por todo el territorio, que ayudaron a divulgar a 20 millones de ciudadanos acerca de la importancia de la protección de la naturaleza. 

El presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, y la primera dama, Pat Nixon, plantando un árbol en los jardines de la Casa Blanca para celebrar el primer Día de la Tierra en 1970. Imagen: Wikimedia Commons
El presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, y la primera dama, Pat Nixon, plantando un árbol en los jardines de la Casa Blanca para celebrar el primer Día de la Tierra en 1970. Imagen: Wikimedia Commons

Pero para que el movimiento ecologista llegara a tener el mismo peso que otras grandes corrientes del momento, como el movimiento pacifista, es imprescindible mencionar la influencia que tuvieron los inicios de la asociación ecologista Greenpeace. Un grupo de activistas se embarcó en 1971 en un viaje en barco, al que bautizaron como “Greenpeace”, para protestar contra las pruebas nucleares que se iban a llevar a cabo en Amchitka, una isla de Alaska. Aunque fueron interceptados por las autoridades antes de poder llegar a su destino, la acción tuvo la suficiente repercusión para que lograran fondos y voluntarios para llevar a cabo más expediciones en los siguientes años, y decidieron establecerse como asociación bajo el nombre de “Greenpeace Foundation” en 1972. A lo largo de sus casi 50 años de existencia, la asociación ha dejado muchas imágenes impactantes de protestas para crear conciencia acerca de asuntos medioambientales y es la más reconocida asociación medioambientalista a nivel mundial.

El proyecto Ahab, contra la caza comercial de ballenas, fue una de las acciones con más impacto de los inicios de Greenpeace en los años 70.

Sin embargo, los últimos años han sido testigos de la aparición de nuevos movimientos sociales que han dado un nuevo impulso al activismo medioambiental en algunos de los asuntos más urgentes del momento, como el calentamiento global. Un ejemplo es Extinction Rebellion, un movimiento nacido en Reino Unido  para la lucha contra la extinción masiva y la crisis climática, cuyas acciones de presión fueron una pieza clave para que Reino Unido e Irlanda se convirtieran en mayo de 2019 en los primeros países en declarar la “emergencia climática”.

Ciencia y activismo: una relación necesaria

La ecología no entiende de ideología, sino de datos, como cualquier buena ciencia. Sin embargo, estos datos han sido fundamentales para nutrir de argumentos a los movimientos medioambientalistas en auge en los últimos años. Y la ciencia no arroja dudas dudas en algunos asuntos, como por ejemplo, la crisis climática, que está respaldada por la mayoría de los estudios científicos sobre la materia. 

El activismo ecologista, por su parte, ha sido esencial para lograr algunos de los cambios de legislación internacional en materia medioambiental de los últimos años, ya que la presión de la sociedad civil tiene consecuencias en sus instituciones. Por tanto, aunque sea importante tener clara la línea de separación entre ambos, no cabe duda de que el activismo y la ciencia cruzan sus caminos a menudo, y cuando esto sucede, se traduce, en términos generales, en beneficios para el planeta. 

 

Sara González para OpenMind

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