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04 agosto 2020

Suecia, el experimento de la pandemia sin confinamientos: ¿un fracaso o un modelo del que aprender?

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Aunque las respuestas de los diferentes países a la pandemia de COVID-19 causada por el SARS-CoV-2 han sido diversas, ciertas medidas han sido de aplicación general. Este patrón común se resume en una estrategia que ha contribuido en buena medida a contener el virus, si bien a costa de alterar gravemente el orden económico y social: el confinamiento. Pero en la corriente de calles vacías y negocios cerrados, existe un país que, como la famosa aldea gala de Astérix, se ha resistido y se resiste a esta interferencia en la libertad de sus ciudadanos. Es el caso de Suecia, que en ningún momento ha impuesto confinamientos, algo que ha sido tan comentado como criticado. Con la perspectiva de los meses transcurridos, ¿ha fracasado el modelo sueco o puede aprenderse algo de él?

A comienzos de marzo, con el coronavirus extendiéndose por el mundo, las medidas extraordinarias comenzaron a imponerse en Europa. Según un estudio dirigido por el Imperial College London (ICL) y publicado en Nature en junio, Suecia aconsejó el aislamiento voluntario de los infectados y se unió a otros países en la recomendación de distanciamiento social, con un cierre solo de institutos y universidades y una tardía prohibición de los eventos públicos. De los 11 países analizados, fue el único que nunca decretó el confinamiento obligatorio, manteniendo sus fronteras abiertas, lo mismo que sus bares y restaurantes.

Suecia se unió a otros países en la recomendación de distanciamiento social, pero nunca decretó el confinamiento obligatorio. Crédito: Vogler

La Constitución sueca impide declarar un estado de emergencia que restrinja el libre movimiento de los ciudadanos en tiempos de paz. Al contrario que en otros países, la adopción de medidas ha estado controlada por los expertos de la Agencia de Salud Pública, lo que en la práctica ha dejado las decisiones en manos de su principal epidemiólogo: Anders Tegnell, el cerebro de la disonante estrategia sueca, basada en la idea de que la pandemia era una maratón y no un esprint, por lo que las medidas debían ser sostenibles a largo plazo. El plan de Tegnell no defendía explícitamente los objetivos de alcanzar la inmunidad grupal y proteger la economía, aunque estas dos ideas estaban presentes de forma subrepticia.

Confianza y responsabilidad individual

Mientras la respuesta sueca a la pandemia comenzaba a cosechar críticas en los foros internacionales, en cambio la reacción doméstica era más favorable: en abril, el 63% de la población confiaba en la capacidad del país de contener el brote, con un 73% de apoyo a la Agencia de Salud Pública. En una entrevista en Nature, Tegnell justificaba sus medidas voluntarias para aplanar la curva de contagios, basadas en la confianza y en la responsabilidad individual: “Cierres, confinamientos, cerrar las fronteras, nada tiene una base científica histórica, según yo lo veo”, señalaba. “Ningún lugar de Europa ha logrado frenar los contagios considerablemente”.

Sin embargo, no faltaban las reprobaciones internas a la estrategia de Tegnell. En el principal diario sueco, Dagens Nyheter, 22 científicos firmaban una carta censurando lo que calificaban como un fracaso, especialmente por la alta mortalidad en las residencias de mayores, un problema reconocido por el propio epidemiólogo jefe. El 22 de abril, según citaba el epidemiólogo genético Paul Franks, de la Universidad de Lund, Suecia ocupaba el décimo puesto mundial en muertes por 100.000 habitantes, con 17,3, una tasa muy elevada en comparación con sus vecinos Dinamarca (6,4), Noruega (3,4) y Finlandia (2,6).

Anders Tegnell. Crédito: Frankie Fouganthin

Por entonces, Franks vaticinaba que, si las simulaciones eran correctas, el número de infecciones y muertes en Estocolmo —que ha llevado el peso principal del brote sueco— debería comenzar a declinar. Según escribía el experto, mientras no existan tratamientos ni vacunas, “la carga final de muertes puede ser la misma en los países que optaron por los confinamientos que en aquellos que adoptaron estrategias de contención más relajadas”.

Tasas de infección y mortalidad

El estudio del ICL revelaba que, a fecha de 4 de mayo y pese a la laxitud de las medidas suecas, este país mantenía un porcentaje de población infectada del 3,7%, menor que los de países que impusieron confinamientos estrictos como Italia (4,6%), Reino Unido (5,1%), España (5,5%) y Bélgica (8%), y su tasa de mortalidad entre los infectados ocupaba el octavo puesto. Sin embargo, mientras que en Italia, Reino Unido o España las medidas adoptadas habían salvado respectivamente 630.000 vidas, 470.000 y 450.000, en cambio la estrategia sueca solo había evitado 26.000 muertes. Con datos del 26 de mayo, un informe de la Universidad de Oxford situaba a Suecia en octavo lugar mundial de mortalidad entre los enfermos, por encima de España. Actualmente y según la Universidad Johns Hopkins, Suecia ocupa el séptimo lugar del mundo en muertes por 100.000 habitantes, con casi 56, pero se mantiene por debajo de Italia (58), España (61), Reino Unido (69) o Bélgica (86).

Así pues, y pese a que los datos de Suecia son notoriamente peores que los de sus vecinos nórdicos, en cambio la libertad de movimientos no ha elevado sus tasas de infección o mortalidad por encima de los países europeos más afectados. Pero el debate continúa: la Agencia de Salud Pública ha advertido de que el número de fallecidos podría llegar a duplicarse con respecto a los más de 5.600 actuales. El 21 de julio, en el diario USA Today, 25 médicos y científicos suecos escribían: “No hagan lo que nosotros hicimos. No está funcionando”. Y por si fuera poco, algunos analistas señalan que mantener el país abierto no ha redundado en efectos económicos tan positivos como cabría esperar.

Foto de una calle de Estocolmo durante la COVID-19. Crédito: Uffe Iversjö

Por su parte, Tegnell continúa defendiendo su estrategia a capa y espada, alegando que el ritmo de contagios está declinando en Suecia y que el sistema sanitario del país y las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) no se han visto saturados por los casos de COVID-19. Sin embargo, un reciente estudio dirigido por la Universidad de Uppsala y publicado en Clinical Infectious Diseases revela que una gran parte de las muertes se han producido fuera de las UCI porque los pacientes con peor pronóstico no eran admitidos, lo que ha reducido la sobrecarga del sistema a costa de aumentar el número de muertes.

La conciencia de responsabilidad colectiva en Suecia

Ahora bien, e incluso aceptando que los resultados del modelo sueco no hayan sido hasta ahora tan catastróficos como podría esperarse, ¿funcionaría la estrategia del mismo modo en otros países? Ciertos expertos han subrayado que en Suecia existe una conciencia de responsabilidad colectiva de defensa del país que se remonta a la Segunda Guerra Mundial. Según el estudio de la Universidad de Uppsala, casi un tercio de la población se confinó voluntariamente, una cifra que tal vez habría sido difícil de alcanzar en otros países.

Pero sobre todo lo anterior, tal vez la respuesta final a la incógnita sueca resida en la posibilidad de llegar a la tan deseada inmunidad grupal. El consenso actual es claro: con aproximadamente un 6% de población infectada, Suecia está muy lejos del 60% necesario. Pero quizá el consenso podría cambiar: estudios recientes que tienen en cuenta la heterogeneidad de la población en la susceptibilidad al virus —los más susceptibles se infectan antes, lo que va aumentando la resistencia de la población restante— sugieren que, en el mejor de los casos, el umbral de la inmunidad grupal podría reducirse incluso hasta el 10%. Sobre si Suecia pasará a la historia de la COVID-19 como un error o una alternativa válida, las espadas, vikingas en este caso, aún están en alto. 

Javier Yanes para Ventana al Conocimiento

@yanes68

 

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