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05 octubre 2017

Biología de la socialización: mecanismos para estar sintonizados

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Los seres humanos buscamos conectar con otros seres humanos desde antes del nacimiento, como indica la sincronización de los ritmos biológicos madre-hijo que se produce durante la gestación. Ya de adultos, nuestros logros personales y profesionales están motivados en gran medida por la aprobación y reconocimiento de los demás y, como especie, nuestro éxito colonizador y adaptativo se fundamenta en nuestra capacidad de cooperar con el otro. En este sentido, es importante resaltar cómo en la sociedad humana el saber se acumula y se transmite de una generación a la siguiente; esta transmisión que podemos llamar cultural permite que cada generación parta de niveles de conocimiento superiores a la generación anterior, y por ello, los desafíos a los que se puede enfrentar son de mayor magnitud que los afrontados por sus antepasados.

Una de las características más destacables y definitorias del ser humano es su tendencia natural a socializar/ Imagen de Tegan Mierle en Unsplash

Socializar y aprender para evolucionar

Si pensamos por ejemplo en la posibilidad de habitar otros planetas y establecer colonias permanentes en ellos, en Marte por ejemplo, nos daremos cuenta de la importancia del saber acumulativo. Sin los descubrimientos de científicos y pensadores como Ptolomeo, Copérnico, Galileo o Newton es poco probable que Einstein hubiera elaborado su teoría de la relatividad y también es muy improbable que el hombre hubiera pisado la luna. Es decir, la posibilidad de lanzar un cohete al espacio en el momento presente se debe a nuestra capacidad de almacenar y transmitir conocimientos. Los logros de científicos actuales además de ser atribuibles a su genialidad individual también son atribuibles a la genialidad de los científicos que los precedieron y que quisieron compartir sus hallazgos y conocimientos de manera altruista. Es interesante resaltar que la transmisión intergeneracional de conocimiento es propia y exclusiva del ser humano, al menos en cuanto a su intencionalidad y dimensión. La pregunta que cabría hacerse entonces es, ¿por qué o cómo somos capaces de compartir esta información los seres humanos?

La transmisión intergeneracional de conocimiento es propia y exclusiva del ser humano, al menos en cuanto a su intencionalidad y dimensión. / Photo by Thomas Kelley on Unsplash

La respuesta podría estar en nuestra tendencia natural a socializar y la extraordinaria capacidad que tenemos para coordinarnos con los demás y cooperar con ellos. Esta sociabilidad se puede vincular a mecanismos conductuales automáticos e inconscientes, y a sistemas hormonales y de neurotransmisión específicos en nuestro cerebro. Para entender el complejo entramado social que hemos tejido debemos comprender tanto la propia conducta social como la biología que la sustenta. En el ámbito de la conducta hay un fenómeno interesante que se sabe contribuye a sentir agrado por los demás.

“Mimesis”: por qué nos imitamos unos a otros

Este fenómeno se denomina “mimesis”, y consiste en la imitación involuntaria y automática de los gestos de otras personas. Los seres humanos cuando estamos juntos tendemos a imitar tanto los gestos como las expresiones faciales de los demás y, además, lo hacemos sin ser conscientes de ello. Lo más interesante del fenómeno es que cuando alguien es imitado por otra persona desarrolla una percepción más positiva sobre su imitador, incluso sin ser consciente de haber sido imitado. Este fenómeno de mimesis es explotado por publicistas para conseguir “seducir” a posibles consumidores, pero tiene implicaciones mucho más profundas en términos evolutivos, ya que indica la importancia de establecer conexiones con otros seres humanos. La imitación inconsciente y automática se cree que actúa como pegamento social, fomentando los lazos entre personas que conviven (pertenecen a un mismo grupo) y aumentando las posibilidades de que interactúen y cooperen entre ellas.

Una cuestión hormonal

Si nos fijamos en la biología humana descubrimos que existen sustancias que se liberan en contextos sociales y que de nuevo fomentarían el interés por interactuar con los demás y pasar más tiempo con ellos, lo cual de nuevo permitiría que cooperemos y podamos alcanzar objetivos imposibles de acometer de manera individual. Entre estas sustancias que fomentan el contacto social se encuentran las hormonas vasopresina y oxitocina. Estas hormonas que se liberan en el torrente sanguíneo y que tiene diversas funciones biológicas -como son producir el parto, establecer lazos entre madre e hijo, o estimular la secreción de leche tras el nacimiento de los bebés- contribuyen también a sentir agrado por otras personas. De hecho, se sabe que la liberación de oxitocina en el cerebro hace que una persona se muestre más confiada y por tanto más susceptible de cooperar con los demás. Por lo tanto, lo que vemos es que en el ser humano existen mecanismo tanto conductuales como biológicos garantes de nuestra tendencia natural a estar en proximidad con los demás, confiar en ellos y cooperar, lo cual es sin duda un ingrediente fundamental en la capacidad adaptativa de nuestra especie y su éxito supervivencial.

Héctor Marín Manrique

Universidad de Zaragoza

Referencias

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  • Chartrand TL, Lakin JL. The antecedents and consequences of human behavioral mimicry. Annual Review of Psychology, 2013; 64: 285–308. pmid:23020640
  • Hess, U. and Fischer, A. (2014), Emotional Mimicry: Why and When We Mimic Emotions. Social and Personality Psychology Compass, 8: 45–57. doi:10.1111/spc3.12083

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