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13 septiembre 2019

Emilio Herrera, el inventor español del traje espacial

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La ingeniería española de finales del siglo XIX y principios del XX estuvo marcada por grandes inventores que diseñaron artefactos que dieron la vuelta al mundo y contribuyeron al progreso de la tecnología y de la humanidad. 

El submarino de Isaac Peral, el autogiro de Juan de la Cierva, precursor del helicóptero, el funicular de Torres Quevedo o el tren articulado de Alejandro Goicoechea fueron algunos de los principales inventos que colocaron a España a la vanguardia de la ingeniería mundial.

Sin embargo, entre este grupo de innovadores se encontraba también el inventor español Emilio Herrera que, aunque menos conocido, fue un científico adelantado a su tiempo que soñaba con alcanzar la estratosfera y se acabaría por convertir en una de las figuras más destacadas de la aeronáutica de la época.

Vocación de volar

Emilio Herrera nació en Granada en 1879 en una familia de entorno burgués. Desde pequeño fue un apasionado de la aviación y de la aerostática influenciado tanto por su padre, militar de profesión que organizaba ferias y espectáculos científicos, como por las novelas de Julio Verne, que leyó cuando era niño. 

Criado en este ambiente de curiosidad e interés por la ciencia, ingresó en el ejército para estudiar ingeniería en la Academia de Ingenieros de Guadalajara, donde se graduó, y más tarde se especializó en aerostatos. En sus primeros años participó en la sección de globos aerostáticos en campañas militares al norte de África y se convirtió en el primer hombre en cruzar el Estrecho de Gibraltar por vía aérea.

Herrera se formó en el ejército, donde alcanzó el rango de general de las Fuerzas Aéreas.

Sus hazañas le valieron la amistad y el reconocimiento del rey Alfonso XIII. Durante los años 20 se dedicó a la investigación y el estudio de distintos campos de la aeronáutica: desde su colaboración con Juan de la Cierva en la invención del autogiro al diseño del túnel de viento de Cuatro Vientos, uno de los más avanzados de la época.   

Tras la abdicación y exilio del rey y el comienzo de la segunda república, Emilio acompañó al monarca a París, pero se encontró con un dilema: había jurado lealtad al rey y era un convencido monárquico, pero también sentía un profundo compromiso con el pueblo español, por lo que el mismo rey le invitó a volver a España. 

El traje espacial, 30 años antes

De vuelta al país, Herrera comenzó el que fue su proyecto más ambicioso: alcanzar la estratosfera en globo para su estudio e investigación. En 1928, el aerostero Benito Molas y su tripulación ya habían intentado alcanzar una altura semejante, pero fallecieron en el intento por falta de oxígeno. Conocedor de este precedente, Herrera se puso manos a la obra para construir en 1933 un globo que fuese capaz de superar los 20.000 metros y, sobre todo, un traje adecuado que aislase al piloto del frío y la presión, le proporcionase oxígeno y le permitiese la movilidad. 

El traje que diseñó estaba formado por tres capas: una de lana, otra de caucho y otra de tela reforzada con cables de acero, todo esto forrado por una capa exterior de plata que evita el recalentamiento. El casco cilíndrico era de acero recubierto de aluminio y con un triple cristal para evitar la radiación y contaba con un micrófono para comunicarse por radio. En las articulaciones contaba con un sistema de acordeón que permitía la movilidad del piloto. 

Herrera y uno de sus colaboradores armando su “escafandra estratonáutica”. Fuente: Wikimedia

El prototipo, toda una proeza en su tiempo, inspiró más de treinta años después a la NASA para crear los trajes espaciales de sus astronautas, incluidos los que llevarían los tripulantes de la misión Apolo 11 a la Luna. Según su ayudante, los norteamericanos le ofrecieron colaborar en el programa espacial, pero él lo rechazó porque no le permitieron que una bandera española ondease en la Luna. En agradecimiento por su labor, el propio Neil Armstrong entregó una roca lunar a otro de sus colaboradores, Manuel Casajust Rodríguez.

Un sueño truncado

Pero el sueño de Herrera no pudo cumplirse. El estallido de la Guerra Civil Española acabó con su experimento. Pese a su ideología conservadora y monárquica, permaneció fiel al Gobierno de la república guiado por su mentalidad liberal y demócrata. Al acabar la guerra, Herrera se mantuvo en el exilio primero en Sudamérica y después en Francia, donde vivió hasta su muerte. Allí vivió de patentes y colaboraciones en revistas especializadas de aeronáutica y energía nuclear. 

El invento de Herrera, del que la comunidad científica y la prensa internacional se hicieron eco, inspiró los trajes que llevarían al hombre a la Luna.

Bajo el régimen de Vichy, los alemanes le ofrecieron trabajar para el Tercer Reich, algo que rechazó. También en Francia se interesó por la astrofísica y la Teoría de la Relatividad, lo que le llevó a establecer una amistad con Albert Einstein, quien lo recomendó ante la Unesco para trabajar como consultor de física nuclear. 

En sus últimos años estuvo ligado al gobierno republicano en el exilio, que llegaría a presidir durante dos años. Sin embargo, nunca abandonó la investigación y la divulgación científica.

Emilio Herrera falleció en 1967 en Ginebra a la edad de 88 años. Sus logros nunca fueron reconocidos por España mientras vivió por motivos exclusivamente políticos, pero eso no le impidió gozar del reconocimiento internacional de su obra. Hoy en día son muchos quienes reivindican su figura, como Pedro Duque, primer español en viajar al espacio exterior y de alguna forma, heredero del sueño truncado del visionario Herrera.

Fe de errores: En una versión anterior, se afirmaba que Herrera estudió ingeniería aeronáutica en la Academia de Ingenieros de Guadalajara

Pablo García-Rubio Márquez para OpenMind

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