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19 julio 2019

La nueva carrera hacia la reconquista de la Luna

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El 25 de mayo de 1961, el entonces presidente estadounidense John F. Kennedy comunicó al Congreso el objetivo de pisar la Luna antes del fin de aquella década. Más de medio siglo después, el pasado 26 de marzo, el vicepresidente Mike Pence anunció la determinación de repetir aquella gesta en solo cinco años, en 2024. Pence no rehuyó los paralelismos; de hecho, él mismo evocó a Kennedy y subrayó que también entonces se dijo que no podía hacerse. Pero ¿se puede? ¿Se quiere? 50 años después de que Neil Armstrong la hollara por primera vez, hoy se habla de una nueva carrera global hacia la Luna, pero por el momento las incógnitas aún son demasiadas.

Claro que también lo eran en los años 60. Dado que la meta marcada por Kennedy se alcanzó, quizá aquel éxito ha diluido la magnitud del reto que supuso. Pero como detalla Charles Fishman en su reciente libro One Giant Leap: The Impossible Mission That Flew Us to the Moon (Simon & Schuster, 2019), la primera sorprendida entonces fue la propia NASA: EEUU contaba con un total de 15 minutos de experiencia en vuelos espaciales y no disponía aún de ninguna de las tecnologías necesarias para llevar al hombre a la Luna.

Hace 50 años que Neil Armstrong y Buzz Aldrin pisaron la Luna por primera vez. Crédito: NASA

Con el fin de aquella carrera espacial, el drástico recorte a los presupuestos de la NASA y un claro cambio de enfoque, la exploración del espacio se centró en el uso de sondas robóticas dirigidas sobre todo a otros destinos del Sistema Solar, limitándose la presencia humana a la baja órbita terrestre. La superficie lunar ni siquiera continuó siendo un objetivo prioritario para la NASA: desde el Apolo 17, ningún artefacto estadounidense se ha posado allí. Por su parte, la URSS tampoco ha tenido presencia en el suelo lunar desde la misión Luna 24 en 1976.

El objetivo soñado de nuevas potencias espaciales

Todo ello no implica que nuestro viejo satélite cayera en el olvido: la Luna se convirtió en el objetivo soñado para las potencias espaciales emergentes. China ha conquistado la superficie lunar con sus misiones Chang’e 3 y 4, e India espera conseguirlo próximamente con su Chandrayaan 2, a lo que se unen intentos frustrados como el de la israelí Beresheet, que el pasado abril encontró un duro final al estrellarse contra el suelo selenita.

De haber culminado su misión, la sonda israelí habría sido la primera de financiación privada en posarse sobre la Luna. Pero es solo una pequeña muestra de una potente tendencia en alza: las compañías del llamado New Space, los nuevos operadores espaciales privados como SpaceX de Elon Musk o Blue Origin de Jeff Bezos, entre otros. El pasado mayo, Bezos presentó la Blue Moon, la nave con la que el fundador de Amazon pretende enviar astronautas a la Luna. Por su parte, el nuevo cohete que Musk está construyendo situaría a SpaceX en una posición de ventaja para depositar a los primeros humanos en el suelo lunar desde 1972.

Jeff Bezos, el fundador de Amazon, pretende enviar astronautas a la Luna con la nave Blue Moon. Crédito: Blue Origin

Mientras, las apuestas han ido creciendo. China alberga la intención de lanzar misiones tripuladas para la década de 2030, mientras que la Agencia Europea del Espacio (ESA) avanzó un concepto de una aldea lunar construida por robots. Numerosas compañías y agencias espaciales han vuelto sus ojos hacia la Luna, y Rusia ha resucitado su programa lunar.

Era casi inevitable que EEUU acabara uniéndose a este nuevo frenesí lunar. En 2017 el presidente Donald Trump instó a la NASA a regresar a la Luna, a lo que la agencia respondió fijando un objetivo para 2028. Pero como ya sucedió en 1961, también en este caso la NASA ha sido la primera sorprendida cuando la administración Trump ha decidido recortar la fecha límite a 2024, antes del fin del segundo mandato del presidente si resulta reelegido.

La primera mujer en la Luna

Este nuevo objetivo se ha concretado en el programa Artemisa, nombrado en honor a la hermana melliza de Apolo y que aspira a llevar al próximo hombre y a la primera mujer a la Luna. El proyecto comprende la construcción de la Gateway, una estación orbital lunar de cooperación internacional que actuaría como intercambiador de transportes, además de los nuevos cohetes Space Launch System (SLS), aún en desarrollo por la compañía Boeing, y la nueva nave de la NASA Orión, construida por Lockheed Martin y en la que la ESA participa con el módulo de servicio que suministra energía y propulsión.

El módulo de tripulación de Orión. Crédito: Rad Sinyak, NASA

Aunque el objetivo parezca ambicioso, “2024 no es muy pronto, sino muy tarde. Ya lo hicimos hace 50 años”, opina el autor de ciencia ficción B. V. Larson, científico computacional y antiguo consultor de DARPA, la agencia de investigación tecnológica del Pentágono. Pero la NASA cuenta hoy con algo que no tenía en 1961, el trabajo ya adelantado por los operadores privados. En esta situación e incluso con la competencia de China, “el gobierno de EEUU tiene una clara ventaja, si quiere hacerlo”, dice Larson a OpenMind. Pero ese querer pasa por la aprobación de los fondos necesarios, algo que no está garantizado.

Una estación de repostaje para ir a Marte

Otras dos grandes diferencias separan la actual carrera lunar de la de hace medio siglo. Hoy la idea ya no es una mera excursión, sino una colonia permanente que a su vez serviría para emprender viaje hacia Marte. Y la razón principal para este propósito es la tercera diferencia: la explotación de los recursos lunares. Aunque se ha debatido intensamente la posible extracción de helio-3, un candidato a combustible de fusión nuclear que abunda en la Luna, un objetivo más realista es el hielo del polo sur, donde Artemisa pretende alunizar.

La Agencia Europea del Espacio (ESA) avanzó un concepto de una aldea lunar. Crédito: ESA

“El hielo puede producir agua, oxígeno y combustible para cohetes”, dice Larson. “Dado que la gravedad lunar y la velocidad de escape son mucho menores que en la Tierra, la Luna sería una perfecta estación de repostaje para explorar y explotar el resto del Sistema Solar”. Larson apunta que el 96% del peso en las misiones Apolo estaba dedicado a los tanques y el combustible necesarios para escapar de la gravedad terrestre.

“Necesitamos un claro incentivo económico para ir seriamente al espacio”, dice Larson. “Si no se crea una cadena económica, la exploración espacial no será más significativa que las actuales instalaciones de investigación en la Antártida”. Pero lo cierto es que la minería extraterrestre aún es solo una idea sobre el papel. Y para el también autor de ciencia ficción, astrofísico y asesor de la NASA David Brin, toda la idea de los ricos recursos lunares puede ser poco más que una ilusión, e incluso el hielo debería reservarse para futuros colonos y no gastarlo en producir combustible. Allí, dice, “no hay nada más, excepto… turismo”.

Javier Yanes

@yanes68

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