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08 febrero 2019

Animales inclasificables que desafiaron a los biólogos

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Una quimera es un monstruo imaginario con cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón. Sin embargo, en nuestro reino animal también existen criaturas quiméricas. Son tan bizarras y difíciles de encuadrar en los grupos taxonómicos establecidos por los naturalistas, que más parecen un experimento fallido o una broma pesada de la naturaleza.

Jerbo (Dipodidae)

No es un ratón, ni una ardilla, ni un conejo, ni tampoco un diminuto canguro. Mucho menos un gato, un lémur o un perrillo de las praderas. Y por supuesto no es un Frankenstein diseñado a base de remedos de esos animales, aunque presenta características típicas de cada uno de ellos. Un jerbo es un singular integrante de la familia de los dipódidos o roedores saltarines.

El jerbo es un singular integrante de los roedores saltarines. Crédito: Cliff

Tanto por su tamaño como por el aspecto del cuerpo y cabeza, puede confundirse con un ratón. Sin embargo sus orejas, más grandes y alargadas, recuerdan a las de los conejos. Y su larga cola —que emplea como estabilizador—, sus poderosas patas y su modo de desplazarse —dando grandes saltos en rápida sucesión—, lo aproximan a un canguro en miniatura. Sus enormes ojos, adaptados a sus hábitos nocturnos, se asemejan a los de los lémures. Y cuenta con unos bigotes sensitivos como los de los gatos y unas patas delanteras apenas visibles, muy parecidas a las de los perrillos de las praderas. Todas ellas son adaptaciones necesarias para su hábitat natural: los desiertos, donde se alimenta de plantas e insectos de los que también obtiene toda el agua que necesita.

Ornitorrinco (Ornithorhynchus anatinus)

Cuando los primeros europeos desembarcaron en el continente austral se encontraron con una fauna que en muchos casos apenas acertaban a describir, y mucho menos a clasificar: ratas gigantes que se desplazaban a saltos; pequeñas bolas peludas y grisáceas con un alargado y estrecho pico y robustas patas pero que carecían de alas… Y sobre todos, una extraña criatura que desafiaba todo lo establecido y que para los aborígenes era el fruto del amor entre una rata de agua y un pato. Tenía una fisonomía y pelaje similar a una nutria, pero con pico de pato, cola de castor y patas palmeadas, carecía además de dientes y mamas —rasgos distintivos de los mamíferos, al igual que el pelo— ¡y ponía huevos!

El ornitorrinco es una de las cinco especies de monotremas (mamíferos ovíparos). Crédito: Klaus

No es extraño que, cuando las primeras descripciones y ejemplares llegaron al viejo continente, los naturalistas los considerasen una broma o una falsificación de los marineros. En realidad se trataba del ornitorrinco, una de las cinco especies de monotremas (mamíferos ovíparos) del planeta, todas oriundas de Oceanía.

Se singulariza también porque su pico —que no es tal, sino un hocico plano y gomoso— está dotado de electrorreceptores para detectar a sus presas bajo el agua de ríos y lagos, el hábitat en el que pasa casi todo el tiempo. Además, los machos poseen un espolón venenoso en los pies traseros; y las glándulas mamarias de las hembras (indistinguibles a la vista) son tan primitivas que carecen de pezones, por lo que segregan la leche a través de los poros de la piel.

Aguará o lobo de crín (Chrysocyon brachyurus)

Pese a lo que su nombre sugiere, no es un lobo. De hecho, ni aúlla, ni forma manadas, ni caza en grupo. Y pese a su aspecto —con una cabeza larga y pequeña de hocico puntiagudo, grandes orejas y pelaje tupido y rojizo— tampoco es un zorro con unas patas demasiado largas para su cuerpo (que le confieren un aire entre cómico y desgarbado), ni un tipo de chacal o de coyote. Es un aguará, el mayor cánido de Sudamérica y posiblemente el más curioso de todo el planeta. Sus desproporcionadas patas son una adaptación evolutiva para el entorno en el que vive, los altos pastizales, ya que lo capacitan para escudriñar el suelo desde las alturas, en busca de posibles presas (fundamentalmente roedores, lagartos o huevos).

Para andar, el aguará desplaza primero las dos patas de un mismo lado y a continuación las del otro. Crédito: Jonathan Wilkins

Sin embargo, aunque es omnívoro, su dieta es primordialmente vegetal, a base de raíces y frutos. Por ello presenta una dentición bastante distinta de la del resto del cánidos, con incisivos poco desarrollados y grandes molares, más propios de los herbívoros.

Otro rasgo curioso es que, aunque puede correr rápido, casi nunca recurre a ello y se limita a desplazarse andando. Esto lo diferencia del resto de cánidos y lo asemeja a las hienas, con un paso caracterizado por desplazar primero las dos patas de un mismo lado y a continuación las del otro, lo que refuerza su aire desgarbado.

Topo nariz estrellada (Condylura cristata)

Esta quimérica criatura tiene cuerpo de topo y una estrella de mar en lugar de hocico. Salvo que, claro está, la presunta estrella no es tal, sino que se trata de su órgano sensitivo constituido por un ramillete de apéndices o dedos dispuestos en corona alrededor de la fóvea o área central. Conforman el más sofisticado órgano táctil del reino animal gracias a sus más de 100.000 fibras nerviosas, cinco veces más que las presentes en una mano humana y concentradas en la superficie de una huella dactilar. Permiten a este topo identificar un potencial alimento en menos de 8 milisegundos; así como elaborar un perfecto y detallado mapa tridimensional de su entorno.

Con su hocico, este topo puede identificar un potencial alimento en menos de 8 milisegundos. Crédito: gordonramsaysubmissions

Sus poderosas patas delanteras, rematadas por garras curvadas a modo de pala, convierten a este diminuto mamífero en un experto tunelador. Además, y dado que habita en marismas y terrenos pantanosos, no duda en bucear en busca de alimento. Es el único mamífero conocido capaz de oler bajo el agua, algo que logra exhalando burbujas que luego atrapa con su prodigioso órgano estrellado y re-inhala para detectar señales químicas.

Pangolín (Manis sp)

Durante mucho tiempo, los pangolines fueron agrupados junto a armadillos y osos hormigueros, por su aparente parecido con esas especies. Sin embargo, son animales tan singulares que finalmente fueron clasificados en un orden aparte: Pholidota. Son el único mamífero con escamas, formando una armadura que recubre la parte superior de la cabeza, el dorso y la cola; y que le sirve como protección frente a sus depredadores. Cuando se siente amenazado el pangolín se enrolla sobre sí mismo hasta convertirse en una bola acorazada.

El pangolín es el único mamífero con escamas. Crédito: Adam Tusk

En su aspecto también destacan su hocico tubular y su pequeña boca desdentada, que a duras penas contiene una estrecha, musculosa y pegajosa lengua: es tan larga que está unida a un hueso de la pelvis y permanece enrollada en un saco en el interior de la garganta, hasta el momento de introducirla en hormigueros y termiteros para alimentarse. Y por si esas peculiaridades no fueran suficientes, algunas especies de pangolines pueden erguirse sobre dos patas y, con el apoyo y anclaje que les proporciona su voluminosa cola prensil, avanzar con un cómico bamboleo.

Miguel Barral

@migbarral

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