Elaborado por Materia para OpenMind Recomendado por Materia
8
Inicio “La inteligencia artificial no nos sustituirá al volante de un coche”
04 abril 2019

“La inteligencia artificial no nos sustituirá al volante de un coche”

Tiempo estimado de lectura Tiempo 8 de lectura
  • ¿Las máquinas son inteligentes? Depende de lo que se interprete con la palabra inteligencia”
  • Decir que ciertas cosas no deberían circular en Facebook no es censura, es protección de lo que es de todos”

La rapidez con la que el mundo se transforma nos deja perplejos. Ante eso, necesitamos urgentemente respuestas. Luciano Floridi (Roma, 1964) es uno de los que se dedican a buscarlas. “La humanidad nunca vio un planeta a punto de venirse abajo porque ella misma lo está destruyendo. La transformación digital es algo nuevo. Hay mucho que hacer. Y mucho que entender”, reflexiona este profesor de Filosofía y Ética de la Información en la Universidad de Oxford. Floridi crea continuamente analogías para ofrecer nuevas claves de lectura de la realidad. “Imaginemos una carrera de tres atletas. El primero (el desarrollo tecnológico) va mucho más rápido que el segundo (la legislación y las normas sociales) y aún más que el tercero (nuestra comprensión y nuestros comportamientos)”, afirmaba por ejemplo en 2010.

P. ¿Cómo va hoy esta carrera entre la tecnología, los políticos y la sociedad?

R. La carrera no se ha ralentizado, pero hay menos distancia entre los participantes… y quizás esto lo haya complicado todo aún más. La innovación tecnológica sigue su desarrollo: hace diez años no se hablaba tanto de algoritmos e inteligencia artificial. También ha habido un salto hacia delante de la legislación y hay mucho más interés en este tema y mucha más presión social. Se ha abierto una especie de crisis entre los grandes operadores digitales como Google, Facebook y Twitter. En parte se debe a sus fracasos, en parte también a que ven que el futuro está hecho de responsabilidad social y tratan de mejorar. En el ambiente tecnológico hay mucha más presencia de temas sociales y éticos que hace diez años.

P. Usted afirma que vivimos la cuarta revolución del pensamiento humano tras las que se debieron a los descubrimientos de Copérnico, Darwin y Freud. ¿En este contexto la filosofía se hace más necesaria?

R. La filosofía hoy es más necesaria de lo que ha sido durante muchos años. En realidad, siempre hace falta, pero a lo largo de los siglos ha vivido altibajos: cuando está arriba es porque se ocupa de temas importantes y cuando está abajo es porque se ocupa de sí misma. Hoy tiene que hablar del mundo con el mundo. El gran problema filosófico actual es la suma de una crisis política y democrática, más la transformación digital que lo está cambiando todo y además una crisis medioambiental espantosa.

P. ¿Qué soluciones puede ofrecer?

R. Mi trabajo no es solo empujar la filosofía a ocuparse de estos temas, sino además hacerlo de manera sistemática. Es decir, subrayar que lo digital y lo natural pueden ser fuerzas que trabajan juntas. Si se le considera como algo que puede crear una solución de los grandes problemas, entonces empieza a ser posible orientarse.

P. ¿A quién le interesa la ética de la información en la actualidad?

R. Interesa a todos, pero por razones distintas. Quien hace negocio digital está interesado porque hacer buenos negocios es también hacerlo ante una sociedad que te aprueba y te apoya. La sociedad ahora está más preocupada por sus propias vulnerabilidades, por ejemplo en el tema del tratamiento de los datos, o de qué impacto tendrá la inteligencia artificial en el mercado laboral y cómo influenciará todo eso en nuestras decisiones. Hay más miedo, a veces un poco injustificado, pero existe. La política está interesada porque sufre el empuje de las otras dos fuerzas, aunque yo sospecho que si pudiera no ocuparse de cuestiones éticas estaría encantada… pero no puede dejar de ocuparse de esos temas.

P. Vivimos en una época de perplejidad. ¿Es algo bueno o malo?

R. En un principio es algo bueno, porque estar perplejos significa haber entendido que las cosas han cambiado y tener alguna duda. Más bien, creo que eso es algo esencial. Diseñar nuevas soluciones supone abrir nuevas preguntas. Pero si uno se queda ahí, entonces falta la parte constructiva: si nos quedamos bloqueados en la perplejidad, en una fase estancada que no nos permite avanzar, entonces es un desastre.

P. ¿Y cómo se toman esta perplejidad las compañías que lideran la transformación digital?

R. Para las grandes empresas esta perplejidad es algo inesperado. Y es sorprendente, porque todas las empresas viven una fase juvenil, de start-up, y luego un momento de madurez y uno de envejecimiento. Las compañías digitales ya han superado la fase adolescente, algunas tienen más de medio siglo de historia. Unas se reinventan, otras no. Pero si en el ámbito político es más complicado ver cuál puede ser la salida de la perplejidad, en el caso de los negocios es más fácil de adivinar.

P. ¿Cuál es esa vía de salida?

R. Es justamente entender que llega un momento en el que las grandes empresas asumen un papel de responsabilidad social, de buena ciudadanía corporativa. Hasta hace muy poco, el CEO de Twitter nos decía: “Yo no tomo partido, libertad de palabra…”. Así es demasiado fácil. Hay que jugar en el campo de los valores, del compromiso, de la capacidad de ofrecer un entorno más saludable desde el punto de vista de la información y de la interacción. No hace falta un genio para eso. El mapa se lo dimos hace tiempo; no es que no sepan a dónde tienen que ir, es que no quieren ir allí; o quieren ir despacio. Esto es muy sorprendente.

P. ¿Cree que las máquinas hoy pueden superar el test de Turing?

R. Por desgracia ese test solo vale en una dirección: si la máquina no lo pasa, significa que no es inteligente; pero esto no significa que si lo supera, sea inteligente. Es un poco como el examen de conducir: no quiere decir que si lo apruebas ya sabes conducir. ¿Las máquinas son inteligentes? No lo sé, también depende de cómo se interprete la palabra inteligencia. Creo que el ambiente está muy contaminado, hay un gran alboroto al respecto pero en unos años tanto revuelo se calmará. Y el riesgo no será que pueda haber pasado quién sabe qué por la llegada de la inteligencia artificial, sino que tras haber prometido todo tipo de cosas, en realidad estemos tan decepcionados que cerraremos también aquellas vías que sí son posibles. En cambio se trata de una herramienta muy potente y muy útil, que podrá ayudar mucho si se usa bien. Pero siempre hablamos de máquinas, de tecnología.

P. ¿Y en qué puede marcar la diferencia la inteligencia artificial?

R. Hoy estamos muy centrados en el reemplazo del trabajo humano, pero en eso yo veo una distracción. Estamos siempre obsesionados por nosotros mismos. Donde podrá marcar realmente la diferencia es en la gestión de la complejidad: hay muchas cosas que hoy no podemos hacer porque no tenemos herramientas suficientes. El tema no será tanto si podrá sustituir al conductor de un coche… No creo, no será así. Pero tendremos por fin instrumentos de gestión para algunos de los grandes problemas que tenemos, y ahí la inteligencia artificial abrirá nuevos caminos de manera extraordinaria.

P. ¿En qué ámbitos se abren estas perspectivas?

R. Por ejemplo, en el área de las tecnologías de los materiales. La creación de materiales nuevos requiere cálculos de una complejidad extraordinaria, en ámbito químico, biológico y físico, y la identificación de unas estructuras de un modo que hoy en día no tenemos la posibilidad de gestionar. Es como si los problemas fueran clavos de tamaños diferentes, desde uno muy pequeño a uno tan grande como esta habitación, y las soluciones fueran martillos. Si yo tengo solo martillos pequeños, clavar el clavo será imposible. La inteligencia artificial nos ha dado martillos más grandes, no solo en esa área, sino también en medicina, en geografía o en meteorología.

P. ¿Qué hacen estos martillos?

R. Los problemas de computación se clasifican según la complejidad que representan en términos de memoria y tiempo. Ahora se pueden encontrar nuevas soluciones de manera funcional y económicamente sostenible, ya no hace falta mantener un ordenador encendido durante tres años para hacer un cálculo complejo. En este tema que se están haciendo cosas increíbles, como cuando descubrimos la posibilidad de volar: son oportunidades que en otras épocas ni el hombre más poderoso del mundo hubiese podido imaginar. Si tuviera dinero para una inversión, apostaría por estos temas.

P. ¿Cómo entra en este contexto de transformación su concepto filosófico más reciente, el de ‘capital semántico’?

R. El capital semántico es lo que le da significado a nuestra existencia. Es el sentido de la vida, de quién soy y del papel que tengo en la sociedad. Mi esperanza es que en los próximos diez o veinte años se tome este discurso mucho más en serio y eso pueda guiar nuestras decisiones socio-políticas. El interés y la esperanza son los dos motores de la motivación humana. Estos dos motores deberían permitir despegar al avión del capital semántico. Pero en realidad estamos volando solo gracias a uno de ellos. Toda la época moderna, a partir del siglo XX, se ha basado en el interés privado. La construcción de la sociedad se basa en la protección del interés individual. Y el proyecto social es un metaproyecto que satisface esos proyectos individuales, tantos cuantas son las personas. ¿Pero nosotros cómo nos estamos organizando ahora desde el punto de vista social?

P. ¿Qué podemos esperar?

R. Cuando hablo de esperanza, hablo de un proyecto social más amplio, en el que la protección del capital semántico se convierte en una cuestión que hay que abordar juntos. Por ejemplo, cuando se dice que ciertas cosas no deberían circular en Facebook no es censura, es protección del capital semántico, que es de todos. En un parque público uno no puede hacer lo que le da la gana. El parque es de todos: hay niños, jóvenes y mayores. No se trata de limitar la libertad de los individuos, sino de entender en qué contexto se ejerce esa libertad.

P. ¿Qué le ha pasado hoy a nuestro capital semántico?

R. Imagíneselo como una pequeña flor que hay que proteger, porque si se le deja demasiado tiempo a la intemperie, enseguida se muere. La dimensión digital se apoderó de millones de pequeños trozos de capital semántico. Esta exposición a la intemperie hizo daño. Los medios de comunicación, por ejemplo, abrieron literalmente todas las ventanas. Entra de todo. No es que antes no existieran las noticias falsas, sino que tenían menos impacto. No veo en eso algo negativo a todas costas, ciertas transformaciones que duelen un poco sirven para crecer. En el pasado las maneras de interpretar la vida y el mundo podían ser mucho más reducidas, más localistas. Pero este dolor de crecimiento lastima, es como cuando aparece la muela del juicio.

P. ¿Fenómenos políticos como las victorias de Donald Trump y Jair Bolsonaro, el Brexit o el auge del populismo italiano podrían ser síntomas de ese dolor de crecimiento?

R. Este dolor de crecimiento no durará solo unos meses: el invierno de la política será un invierno largo, y creo que todavía no hemos visto lo peor. En las próximas elecciones europeas, por ejemplo, habrá un apretón ulterior de nacionalismo, populismo y soberanismo. No obstante, como decíamos antes, todo sería más breve si tuviéramos una visión de salida. No todo es estrategia, pero existe eso también. No se puede negar que existe una capacidad socio-política de diseñar el futuro, aunque si la tuviéramos un poco más marcada, podríamos salir antes de este invierno. Mi frustración es que no veo políticos a la altura de la situación. No los hay.

P. Usted dijo en ocasiones pasadas que tiene claro que el sistema de gobierno más adecuado es la democracia representativa, y no la directa.

R. Al menos desde un punto de vista teórico, no cabe ninguna duda de que la democracia representativa es una solución mucho mejor. El principio de la democracia se verifica cuando se separa quién tiene el poder y quién lo gestiona: si el que lo gestiona hace un buen trabajo, podrá repetir, si no, se le da a otro. Ahora las tecnologías digitales permiten, al menos teóricamente, una democracia directa, verdadera, efectiva… si la quisiéramos. Así, tener una democracia representativa se ha convertido en una elección, ya no es una necesidad. Y tenemos que elegirla.

P. ¿Estamos a tiempo para recuperar una democracia representativa sólida?

R. La política tiene la memoria corta. Piensa en hoy y en mañana, no en cinco o diez años. Y nosotros, los electores, también. En cambio, demostrar el valor de la democracia representativa es una cuestión a largo plazo. Si damos prioridad a lo inmediato y a la democracia directa eso no pasará. Más bien, se entra en una especie de dictadura de la mayoría. Por regla general, la historia suele resolver esta dialéctica con desastres, y eso acaba muy mal. Ojalá no haga falta un bofetón de la historia para que retomemos el buen camino.

Francesco Rodella

Publicaciones relacionadas

Comentarios sobre esta publicación

Escribe un comentario aquí…* (Máximo de 500 palabras)
El comentario no puede estar vacío
*Tu comentario será revisado antes de ser publicado
La comprobación captcha debe estar aprobada