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Artículo del libro El próximo paso: la vida exponencial

Hiperhistoria, la aparición de los sistemas multiagente (SMA) y el diseño de una infraética

Ética | Política | Próximo Paso | Tecnologías Exponenciales
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La revolución copernicana nos desplazó del centro del universo. La revolución darwinista del centro del reino biológico. Y la revolución freudiana del centro de nuestras vidas mentales. Hoy, la informática y las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) están causando una cuarta revolución, cambiando radicalmente una vez más nuestra concepción de quiénes somos y cuestionando nuestra «centralidad excepcional». No estamos en el centro de la infoesfera. No somos entes autónomos, sino agentes de información interconectados que compartimos con otros agentes y con pequeños artefactos un entorno global hecho, en última instancia, de información. Ahora que ha cambiado nuestra visión de nosotros mismos y de nuestro mundo, ¿las TIC nos van a empoderar o nos van a constreñir? La respuesta reside en un enfoque ecológico y ético que abarque las realidades naturales y artificiales. Debemos encontrar un enfoque del medioambiente que afronte con éxito los nuevos problemas generados por esta cuarta revolución.

Hiperhistoria

Hoy hay más personas vivas que nunca en la historia de la evolución humana. Y cada vez vivimos más(1) y mejor(2). En gran medida se lo debemos a nuestras tecnologías, al menos en la medida en que las desarrollamos y usamos de una manera inteligente, pacífica y sostenible.

BBVA, OpenMind. Hiperhistoria, la aparición de los sistemas multiagente (SMA) y el diseño de una infraética. Floridi.Público de una videoconferencia del fundador de WikiLeaks, Julian Assange, en el salón de actos del Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina en Quito (CIESPAL) el 23 de junio de 2016
Público de una videoconferencia del fundador de WikiLeaks, Julian Assange, en el salón de actos del Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina en Quito (CIESPAL) el 23 de junio de 2016

A veces olvidamos cuánto les debemos al sílex y a la rueda, al fuego y al arado, al motor de explosión y a los satélites. Tomamos conciencia de esta profunda deuda tecnológica cuando dividimos la historia humana en prehistoria e historia. Ese significativo umbral está ahí para recordarnos la invención y el desarrollo de las TIC, es lo que marca la diferencia entre lo que fuimos y lo que somos. Hasta que las lecciones aprendidas por generaciones anteriores no empezaron a evolucionar de modo lamarckiano más que darwiniano, la humanidad no entró en la historia.

La historia ha durado seis mil años desde que se inició con la invención de la escritura en el cuarto milenio antes de Cristo. Durante este periodo relativamente corto, las TIC proporcionaron la infraestructura para registrar y transmitir que ha hecho posible el perfeccionamiento de otras tecnologías, con la consecuencia directa de aumentar nuestra dependencia en más y más capas de tecnologías. Las TIC maduraron en los escasos siglos transcurridos entre Gutenberg y Turing. Hoy están experimentando una transformación radical que podría resultar igual de decisiva, ya que hemos comenzado a trazar un nuevo umbral entre la historia y la nueva era, a la que podríamos llamar acertadamente hiperhistoria (véase Figura 1). Me explico.

BBVA, OpenMind. Hiperhistoria, la aparición de los sistemas multiagente (SMA) y el diseño de una infraética. Floridi. Infografía De la prehistoria a la hiperhistoria

Prehistoria (es decir, el periodo previo a los testimonios escritos) e historia funcionan como adverbios: nos hablan de cómo vive la gente, no de dónde o cuándo. Desde esta perspectiva, las sociedades humanas habrían tenido tres edades definidas por sus modos de vida. Según informes acerca de un número no especificado de tribus no contactadas en la región amazónica, algunas sociedades continúan viviendo en la prehistoria, sin TIC o al menos sin testimonios escritos. Si un día estas tribus desaparecen, se habrá cerrado el primer capítulo del libro de nuestra evolución. Hoy la inmensa mayoría de los individuos siguen viviendo históricamente, en sociedades que dependen de las TIC para registrar y transmitir datos de todo tipo. En estas sociedades históricas, las TIC aún no han ocupado el lugar de otras tecnologías, sobre todo las relativas a la energía, en términos de importancia vital. Luego, hay quienes viven ya en la hiperhistoria, en sociedades o entornos en los que las TIC y sus prestaciones de procesamiento de datos son la condición necesaria para el mantenimiento y desarrollo del bienestar social, la salud personal y el florecimiento intelectual. La naturaleza de los enfrentamientos es la triste prueba de la fiabilidad de esta interpretación tripartita de la evolución humana. Un ciberataque a los sistemas de información solo supone una amenaza fatal para una sociedad que vive hiperhistóricamente. Solo los que viven de los datos pueden morir a causa de ellos.(3)

Para resumir, la evolución humana podría visualizarse como un cohete de tres fases: en la prehistoria no hay TIC; en la historia hay TIC que registran y transmiten datos, pero las sociedades humanas dependen sobre todo de otro tipo de tecnologías que afectan a los recursos primarios y la energía; en la hiperhistoria hay TIC, que registran, transmiten, pero sobre todo procesan datos de forma cada vez más autónoma, y las sociedades humanas dependen de ellas y de la información como recurso fundamental. El valor añadido llega cuando pasamos de relacionarnos con las TIC a depender de ellas. Ya no podemos desenchufar nuestro mundo de las TIC sin apagarlo totalmente.

Si todo esto es correcto, aunque sea aproximadamente, la salida de la era histórica representa uno de los pasos más importantes en la historia de la humanidad. Desde luego, abre un amplísimo horizonte de oportunidades, aunque también de retos y dificultades, todos esencialmente dependientes de los poderes de registro, tramitación y proceso de las TIC. La bioquímica sintética, la neurociencia, el internet de las cosas, las exploraciones planetarias no tripuladas, las tecnologías verdes, los nuevos tratamientos médicos, los medios sociales, los juegos digitales, aplicaciones agrícolas y financieras, el desarrollo económico y de la industria energética, nuestras actividades de descubrimiento, invención, diseño, control, educación, trabajo, relaciones sociales, ocio, atención médica, seguridad, negocios, etcétera, no solo no serían factibles, resultarían impensables en un contexto histórico puramente mecánico.

Hoy en día la naturaleza de todas estas acciones es hiperhistórica. Por consiguiente, estamos presenciando la definición de un escenario macroscópico en el que la hiperhistoria y la re-ontologización de la infoesfera en la que vivimos están poniendo distancia muy rápidamente entre las generaciones futuras y la nuestra.

Esto no quiere decir, por supuesto, que no exista una continuidad, hacia atrás y hacia delante. Hacia atrás porque con frecuencia, cuanto más profunda es una transformación, más hondas raíces tienen sus causas. Esto se debe a que muchas fuerzas diferentes llevan mucho tiempo creando la presión necesaria para que puedan producirse cambios radicales de forma repentina, inesperada incluso. La rama del árbol no la rompe el último copo de nieve. En nuestro caso, la historia es la que engendra la hiperhistoria. Sin el alfabeto no existiría el código ASCII. Hacia delante porque es bastante plausible que las sociedades históricas sobrevivan largo tiempo de un modo no muy distinto a las tribus amazónicas prehistóricas mencionadas anteriormente. A pesar de la globalización, las sociedades humanas no avanzan de forma uniforme, en etapas sincronizadas.

Esta perspectiva a largo plazo debería ayudarnos a explicar el lento y gradual proceso de apoptosis (por usar un concepto de la biología celular) política que estamos experimentando. La apoptosis (también llamada muerte celular programada) es una forma natural y normal de autodestrucción en la que una secuencia programada de acontecimientos lleva a la autoeliminación de las células. La apoptosis desempeña un papel crucial en el desarrollo y mantenimiento de la salud física. Podría considerarse un fenómeno dialéctico de renovación y servir, por ejemplo, para describir la evolución de los Estados-nación en sociedades de la información (véase Figura 2), del siguiente modo:

BBVA, OpenMind. Hiperhistoria, la aparición de los sistemas multiagente (SMA) y el diseño de una infraética. Floridi.Desde el estado a los sistemas multiagente

Simplificando mucho, este podría ser un esquema rápido de los últimos cuatrocientos años de historia política: la paz de Westfalia (1648) marcó el final de la Guerra Mundial Cero, constituida por la guerra de los Treinta Años, la guerra de Flandes y un largo periodo de otros conflictos durante el cual las potencias europeas y las partes del mundo que dominaban se masacraban entre sí por motivos económicos, políticos y religiosos. Los cristianos se enfrentaron unos a otros con impresionante violencia y horrores indescriptibles. El nuevo sistema que surgió en aquellos años, el llamado orden westfaliano, vio la madurez de los Estados soberanos y después de los Estados-nación tal y como los conocemos hoy en día, por ejemplo Francia. Pensemos en el intervalo transcurrido entre el último capítulo de Los tres mosqueteros, cuando D’Artagnan, Aramis, Porthos y Athos toman parte en el sitio de La Rochelle en 1628 a las órdenes del cardenal Richelieu, y el primer capítulo de Veinte años después, cuando vuelven a reunirse, bajo la regencia de Ana de Austria (1601-1666) y el gobierno del cardenal Mazarino (1602-1661). El Estado no se convirtió en un agente monolítico, monomaniaco y bien coordinado, en la clase de bestia (el Leviatán de Hobbes), o más bien de robot que una era mecánica posterior nos llevaría a imaginar. Eso nunca sucedió. Más bien fue creciendo hasta convertirse en la fuerza vinculante, en una red capaz de mantener unidos, influir y coordinar todos los diferentes agentes y conductas dentro de sus fronteras geográficas. Desde las primeras ciudades-Estado griegas, la ciudadanía se había abordado en términos de biología (padres, género, edad…). Ahora se ha vuelto más flexible (grados de ciudadanía) al conceptualizarse también en términos de estatus legal, como cuando en el Imperio romano adquirir la ciudadanía (una idea que no habría tenido significado en un contexto puramente biológico) venía acompañado de una serie de derechos.

Con el Estado moderno, la geografía empezó a desempeñar un papel igual de importante al mezclar ciudadanía con nacionalidad y lugar de nacimiento. En este sentido, la historia del pasaporte es esclarecedora. Como documento de identidad, se afirma que fue un invento de Enrique V de Inglaterra (1387-1422), siglos antes de que entrara en vigor el orden westfaliano. Sin embargo, el orden westfaliano fue el que hizo el pasaporte como lo entendemos hoy: un documento que da derecho a su poseedor no a viajar (puede ser también necesario un visado, por ejemplo) ni a protección en el extranjero, sino a volver (o recibir ayuda para hacerlo) al país que emitió el pasaporte. Metafóricamente, es como una banda elástica que sujeta al propietario a un punto geográfico, con independencia de la distancia recorrida y del tiempo que haya dedicado a viajar por otras tierras. Este documento se volvió cada vez más útil a medida que el punto geográfico se definía mejor. El lector puede sorprenderse de saber que en Europa fue muy común viajar sin pasaporte hasta la Primera Guerra Mundial, cuando la presión por la seguridad y los medios tecnoburocráticos hicieron necesario desenmarañar y organizar todas esas bandas elásticas que viajaban en tren.

De vuelta al orden westfaliano, ahora los espacios físico y legal se solapan y están gobernados por potencias soberanas que ejercen el control mediante la fuerza física para imponer leyes y asegurarse el respeto dentro de las fronteras nacionales. Los mapas no sirven solo para viajar y hacer negocios, también responden a la necesidad interna de los países de controlar el propio territorio, y a la externa de determinar su lugar en el globo. Un recaudador de impuestos o un general del ejército analizan estas líneas con miradas muy distintas de las de los usuarios de Expedia de hoy en día. Porque los Estados soberanos funcionan como sistemas multiagente (SMA, de los que hablaremos más adelante) que pueden, por ejemplo, subir los impuestos dentro de sus fronteras y contraer deudas como entidades legales (de ahí el término actual «deuda soberana», bonos emitidos por un gobierno nacional en una divisa extranjera) y, por supuesto, disputarse fronteras.

Parte de la lucha política pasa de ser, no una mera tensión más o menos silenciosa entre diferentes componentes del SMA, por ejemplo clérigos contra aristócratas, sino un equilibrio explícitamente codificado entre los diferentes agentes que lo constituyen. En concreto, Montesquieu propone la clásica división de poderes del Estado que hoy damos por sentada. El SMA de Estado se organiza como una red de tres «pequeños mundos», un poder legislativo, uno ejecutivo y uno judicial, entre los cuales solo se permiten determinados canales de información. Hoy a esto podríamos llamarlo «Westfalia 2.0».

Con el orden westfaliano la historia moderna entra en la era del Estado, y el Estado se convierte en el agente de información, que legisla y controla (o al menos lo intenta), en la medida de lo posible, todos los medios tecnológicos implicados en el ciclo de vida de la información, incluyendo educación, censo, impuestos, registros policiales, leyes y normas, prensa e inteligencia. Ya entonces, muchas de las aventuras en las que se ve envuelto D’Artagnan proceden de alguna comunicación secreta. Así pues, el Estado acaba fomentando el desarrollo de las TIC como medio de ejercer y conservar el poder político, el control social y la fuerza legal, pero con ello también está socavando su propio futuro como único, o al menos principal, agente de información. Como ya explicaré con más detalle, las TIC, al ser una de las fuerzas más influyentes que hicieron del Estado algo factible y después predominante como impulso histórico en la política, también contribuyeron a quitarle protagonismo en la vida social, política y económica del mundo, forzando a los modelos centralizados de gobierno a desplazarse hacia la gobernanza distribuida y la coordinación internacional y global. El Estado evolucionó cada vez más hacia una sociedad de la información, y con ello fue poco a poco perdiendo su papel de principal agente de información. A lo largo de los siglos ha pasado de ser concebido como el garante último y el defensor de una sociedad de laissez-faire, a un sistema de bienestar bismarckiano que debe velar por todos sus ciudadanos. Las dos guerras mundiales fueron también enfrentamientos entre Estados-nación que se resistían a dejarse coordinar e incluir dentro de SMA mayores. De las guerras nacieron SMA como la Sociedad de Naciones, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, las Naciones Unidas, la Unión Europea, la OTAN, etcétera. Hoy sabemos que no podemos confiar en que la solución a los problemas globales, desde el medioambiente a la crisis financiera, desde la justicia social a los fundamentalismos religiosos, desde la paz a la situación sanitaria, provenga únicamente de los Estados-nación, ya que precisan de la participación y presencia de agentes globales. Sin embargo, en un mundo poswestfaliano (Linklater 1998), hay mucha incertidumbre acerca de los nuevos SMA que conforman el presente y el futuro de la humanidad.

Lo dicho hasta aquí nos proporciona un enfoque filosófico para interpretar el consenso de Washington, la última fase en la apoptosis política del Estado. John Williamson acuñó la expresión «consenso de Washington» en 1989 para referirse a una serie de diez recomendaciones políticas concretas que a su juicio constituían una estrategia estándar adoptada y promovida por instituciones con sede en Washington D. C., como el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, destinadas a países que atraviesan crisis económicas. Las políticas abarcaban la estabilización macroeconómica, la liberalización tanto del comercio como de la inversión y la expansión de las fuerzas del mercado dentro de la economía doméstica. En el último cuarto de siglo este tema ha suscitado un debate intenso y vivo acerca de si los diagnósticos son acertados y las fórmulas aceptables: ¿responde el consenso de Washington a un fenómeno histórico real? ¿Alcanza alguna vez sus objetivos? ¿No debería más bien interpretarse, a pesar de que la definición de Williamson, como la imposición de políticas neoliberales por parte de instituciones financieras internacionales con sede en Washington en países en dificultades, es bastante clara? Se trata de cuestiones importantes, pero lo que de verdad nos interesa aquí no es una evaluación hermenéutica, económica o normativa del consenso de Washington, sino el hecho de que la idea en sí, aun cuando solo sea una idea influyente, recoge un aspecto significativo de nuestra época hiperhistórica y poswestfaliana, ya que debemos considerar el consenso de Washington como una consecuencia lógica de la Conferencia Monetaria y Financiera de Naciones Unidas, también conocida como conferencia de Bretton Woods (Steil 2013). En esta reunión, celebrada en 1944, que congregó a 730 delegados de las 44 naciones aliadas en el hotel Mount Washington de Bretton Woods, Nuevo Hampshire, Estados Unidos, se reguló el orden monetario y financiero internacional al término de la Segunda Guerra Mundial. De ella nació el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo (que, junto con su rama dedicada a la concesión de créditos, la Asociación para el Desarrollo Internacional, forman lo que conocemos como Banco Mundial), el Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio (que será sustituido por la Organización Mundial del Comercio en 1995) y el Fondo Monetario Internacional.

BBVA, OpenMind. Hiperhistoria, la aparición de los sistemas multiagente (SMA) y el diseño de una infraética. Floridi.El embajador de Canadá, Lester B. Pearson, firma el acuerdo de la Conferencia Monetaria y Financiera de Naciones Unidas con el que se reguló el orden monetario y financiero internacional tras la Segunda Guerra Mundial. Hotel Mount Washington de Bretton Woods, Nuevo Hampshire, Estados Unidos, diciembre de 1945
El embajador de Canadá, Lester B. Pearson, firma el acuerdo de la Conferencia Monetaria y Financiera de Naciones Unidas con el que se reguló el orden monetario y financiero internacional tras la Segunda Guerra Mundial. Hotel Mount Washington de Bretton Woods, Nuevo Hampshire, Estados Unidos, diciembre de 1945

En definitiva, Bretton Woods confirmó la existencia oficial de una serie de SMA diferentes como fuerzas supranacionales o intergubernamentales que toman parte en la resolución de problemas políticos, sociales y económicos internacionales. Bretton Woods, y después el consenso de Washington, ponen de relieve que, después de la Segunda Guerra Mundial, se admite abiertamente el poder de organizaciones e instituciones (no solo las de Washington D. C.) que no eran Estados, sino SMA no gubernamentales, de influir activamente en los escenarios políticos y económicos internacionales, aplicando políticas globales a la resolución de problemas globales. El hecho en sí de que (con razón o sin ella) el consenso de Washington haya sido acusado de cometer grandes errores al pasar por alto las especificidades locales y las diferencias globales refuerza la opinión de que una serie de poderosos SMA son ahora los nuevos actores políticos en las globalizadas sociedades de la información.

Todo esto nos sirve para explicar por qué, en un mundo poswestfaliano (nacimiento del Estado-nación como agente moderno de información política) y posterior a Bretton Woods (nacimiento de SMA no estatales como actores hiperhistóricos en la economía y la política globales), uno de los principales retos al que nos enfrentamos es cómo diseñar el tipo adecuado de SMA que aproveche plenamente el progreso sociopolítico logrado en la historia moderna y a su vez solucione de manera eficaz nuevos problemas globales que socavan la herencia de ese progreso en la hiperhistoria.

Entre las muchas explicaciones a este giro de un orden histórico y westfaliano al dilema hiperhistórico posterior al consenso de Washington, en busca de un nuevo equilibrio, hay tres que merecen destacarse.

Primera: poder. Las TIC «democratizan» los datos y el poder de procesarlos y controlarlos, en el sentido de que ambos residen y se multiplican ahora en multitud de almacenes y fuentes de datos, creando, permitiendo y empoderando a un número potencialmente infinito de agentes no estatales, desde individuos a asociaciones y grupos, macroagentes como empresas multinacionales, organizaciones internacionales, intergubernamentales e incluso no gubernamentales, e instituciones supranacionales. El Estado ya no es el único agente en la arena política, y a veces ni siquiera el principal, y su información no prevalece ya sobre la de otros agentes informativos, en particular sobre los (grupos de) ciudadanos. El fenómeno está generando una nueva tensión entre poder y fuerza en la que el poder es informativo y se ejerce mediante la elaboración y distribución de normas, mientras que la fuerza es física, y se ejerce cuando el poder no consigue orientar la conducta de los agentes implicados y hay que obligar a que se cumplan las normas. Cuanto más dependientes de la información son los bienes físicos e incluso el dinero, más importante es el aspecto financiero del poder informativo que ejercen los SMA.

Segunda: geografía. Las TIC desterritorializan la experiencia humana. Han hecho que las fronteras regionales sean porosas o, en determinados casos, irrelevantes. También han creado, y están ampliando exponencialmente, regiones de la infoesfera en las que cada vez más agentes (no solo humanos, véase Floridi 2013) operan y pasan más tiempo en la experiencia onlife (un nuevo espacio donde la frontera entre lo online y lo offline se ha borrado). Estas regiones son, por definición, no estatales, lo que está creando una nueva tensión entre la geopolítica, que es global y no territorial, y los Estados-nación, que siguen definiendo su identidad y legitimidad políticas en términos de unidad territorial soberana, como países.

Tercera: organización. Las TIC fluidifican la topología de la política. No se limitan a permitir, sino que promueven (mediante la gestión y el empoderamiento) la agilidad, la temporalidad y la agregación, disgregación y reagregación oportunas de grupos distribuidos «bajo demanda», alrededor de intereses compartidos, superando las viejas y rígidas limitaciones que representan las clases sociales, los partidos políticos, las características étnicas, las barreras lingüísticas, las barreras físicas, etcétera. Esto genera nuevas tensiones entre el Estado-nación, que todavía se considera una importante entidad organizativa, aunque ya no tan rígida, dado que va transformándose cada vez más en un SMA muy flexible (volveré más adelante sobre este punto), y una variedad de organizaciones no estatales igualmente poderosas, incluso a veces más poderosas y políticamente influyentes (con respecto al viejo Estado-nación), los otros SMA en el lote. El terrorismo, por ejemplo, ya no es un mero asunto interno, como lo fueron en su día ciertas formas de terrorismo en el País Vasco, Alemania, Italia o Irlanda del Norte, sino una confrontación internacional con un SMA, como Al-Qaeda, la tristemente conocida organización islamista militante global.

Por eso se ha reformulado el debate sobre democracia directa. Solíamos pensar que se trataba de una nueva forma en que el Estado-nación podía reorganizarse de manera interna, mediante el diseño de normas y gestionando los medios para promover modalidades de democracia en las que los ciudadanos puedan proponer y votar iniciativas políticas directamente y casi en tiempo real. Creíamos que las formas de democracia directa eran opciones complementarias a las modalidades de democracia representativa. Iba a ser un mundo en el que «la política siempre estaría presente». La realidad es que la democracia directa se ha convertido en una democracia mediatizada por las comunicaciones, es decir, por nuevos medios sociales de comunicación e información. En estas democracias digitales, los SMA (entendidos como grupos distribuidos, temporal y puntualmente, y reunidos alrededor de intereses comunes) se han multiplicado y convertido en fuentes de influencia externa para los Estados-nación. Los ciudadanos votan a sus representantes, pero influyen en ellos mediante encuestas de opinión en tiempo real. La construcción de consensos se ha convertido en una preocupación constante que se basa en información sincrónica.

Por las tres razones anteriormente expuestas (poder, geografía y organización), la posición única del Estado histórico como el agente informativo está siendo socavada desde abajo y suprimida desde arriba por el auge de los SMA que tienen los datos, el poder (y a veces hasta la fuerza, como en los muy distintos casos de la ONU, las amenazas de ciberataques o los ataques terroristas), el espacio y la flexibilidad organizativa para erosionar la influencia política de los Estados modernos, apropiarse de (parte de) su autoridad y, a largo plazo, convertirlos en algo redundante en contextos en los que en su día fue el único agente informativo o el predominante. La crisis griega, que comenzó a finales de 2009, y los agentes implicados en su gestión son un buen ejemplo: el Gobierno y el Estado griegos tenían que interactuar «por arriba» con la Unión Europea, el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional, las agencias de calificación, etcétera, y «por abajo» con los medios de comunicación griegos y las multitudes congregadas en la plaza Syntagma, los mercados financieros y los inversores internacionales, la opinión pública alemana, etcétera.

Está claro que el Estado-nación histórico no va a renunciar a su papel sin luchar. En muchos contextos está intentando recuperar su primacía como superagente informativo que regula la vida política de la sociedad que organiza. En algunos casos, este intento es descarado. En el Reino Unido, el Gobierno laborista introdujo la primera ley de documento de identidad en noviembre de 2004. Tras varias fases intermedias, el 21 de enero de 2011, la Identity Cards Act fue derogada y sustituida por la Identity Documents Act 2010. El plan fallido de introducir un carné de identidad obligatorio en el Reino Unido debe leerse desde una perspectiva moderna y westfaliana. En muchos casos es una «resistencia histórica» sigilosa, como cuando una sociedad de la información, que se caracteriza por el papel esencial que desempeñan los bienes intelectuales e intangibles (economía del conocimiento), los servicios de información intensiva (servicios para empresas y propiedades, finanzas y seguros) y los sectores públicos (sobre todo educación, administración pública y atención sanitaria) es gestionada en gran medida por el Estado, que mantiene su papel de agente informativo principal ya no solo legalmente, sobre la base de su poder sobre la legislación y su implantación, sino también económicamente, sobre la base de su poder sobre la mayoría de los empleos basados en la información. La presencia invasora del llamado «capitalismo de Estado», con sus empresas de propiedad estatal en todo el mundo, desde Brasil a Francia, o China, es un síntoma evidente de anacronismo hiperhistórico.

Formas similares de resistencia solo parecen capaces de retrasar el inevitable ascenso de los SMA políticos. Por desgracia, esto puede acarrear grandes riesgos, no solo en el ámbito local, sino sobre todo global. Recordemos que las dos guerras mundiales pueden considerarse el fin del sistema westfaliano. Paradójicamente, mientras la humanidad se adentra en la era hiperhistórica, el mundo presencia el ascenso de China, un Estado soberano fundamentalmente «histórico», y el declive de Estados Unidos, un Estado soberano que, más que ninguna otra superpotencia, ya mostró en el pasado su vocación hiperhistórica y multiagente en su organización federal. Podríamos estar pasando de un consenso de Washington a un consenso de Pekín, descrito por Williamson como un capitalismo autoritario de Estado dirigido por las exportaciones con un incremento de las reformas, la innovación y la experimentación. Todo esto es peligroso, porque el historicismo anacrónico de las políticas chinas junto al crecimiento del hiperhistoricismo en la humanidad nos abocan a una confrontación. Puede que no llegue a conflicto, pero la hiperhistoria ya está aquí y, aunque todo apunta a que el Estado chino resurgirá de la confrontación profundamente transformado, solo cabe esperar que la inevitable fricción sea lo más indolora y pacífica posible. Las crisis económicas y sociales que atraviesan en la actualidad las sociedades de la información más avanzadas pueden ser, de hecho, el doloroso, aunque pacífico, precio a pagar para adaptarnos a un futuro orden posconsenso de Washington.

La conclusión anterior es válida para los Estados históricos en general: en el futuro veremos adquirir cada vez más protagonismo a los SMA políticos, mientras que los Estados dejarán poco a poco de resistirse a los cambios hiperhistóricos y evolucionarán ellos mismos hacia SMA. Buenos ejemplos de ello son la cesión de competencias o la creciente tendencia a convertir los bancos centrales, como el Banco de Inglaterra o el Banco Central Europeo, en organizaciones públicas independientes.

Ha llegado el momento de analizar más a fondo la naturaleza de los SMA políticos y algunas de las cuestiones que ya están planteando su aparición.

Los SMA políticos

El SMA político es un sistema constituido por otros sistemas(4) que, como agente único, es:

a) Teleológico: el SMA tiene un objetivo, que persigue a través de sus acciones.

b) Interactivo: el SMA y su entorno pueden interactuar de forma recíproca.

c) Autónomo: el SMA puede cambiar sus configuraciones sin dar una respuesta directa a la interacción, mediante transiciones internas para cambiar sus estados. Esto dota al SMA de cierto grado de complejidad e independencia respecto a su entorno.

d) Adaptable: las interacciones del SMA pueden alterar las reglas por las que el SMA cambia sus estados. La adaptabilidad asegura que el SMA aprende su propio modo de funcionamiento de una manera que depende esencialmente de su experiencia.

El SMA político se convierte en inteligente (en el sentido de que aprende) cuando implanta las funciones a-d con eficiencia y eficacia, minimizando recursos, desperdicios y errores, y a la vez maximizando los resultados de sus acciones. La emergencia de SMA inteligentes y políticos plantea muchas cuestiones transcendentales, cinco de las cuales merece la pena analizar aquí, aunque sea por encima: identidad y cohesión, consentimiento, espacio social frente a espacio político, legitimidad y transparencia (el SMA transparente).

Identidad y cohesión

A lo largo de la modernidad, el Estado ha abordado el problema de establecer y mantener su propia identidad trabajando sobre la ecuación Estado = Nación, a menudo a través del medio legal de la ciudadanía y la narrativa retórica del espacio (la madre patria) y el tiempo (narrativa en el sentido de tradiciones, celebraciones recurrentes de acontecimientos pasados que han levantado la nación, etcétera). Consideremos, por ejemplo, la introducción del servicio militar obligatorio durante la Revolución francesa, su creciente popularidad en la historia moderna, y pensemos a continuación en el número, cada vez menor, de Estados soberanos en los que sigue siendo obligatorio hoy. El servicio militar obligatorio transformó el derecho a hacer la guerra, de un problema eminentemente económico —por ejemplo, los banqueros florentinos financiaron a la Corona inglesa durante la guerra de los Cien Años (1337-1453)— pasó a ser un problema también legal: el derecho del Estado a enviar a sus ciudadanos a morir en su nombre, convirtiendo así la vida humana en el penúltimo valor disponible para el último sacrificio en aras del patriotismo. «Por el Rey y la Patria» es un signo de anacronismo moderno al que siguen cayendo en la tentación de recurrir, en momentos de crisis, los Estados soberanos para avivar el nacionalismo acerca de enclaves geográficos insignificantes, a menudo un islote que no merece ningún sacrificio humano, como las Malvinas o las islas Senkaku o Diaoyu.

La ecuación entre Estado, nación, ciudadanía y tierra/historia tuvo la ventaja extra de proporcionar una respuesta a un segundo problema, el de la cohesión, ya que no solo responde a la pregunta de quién o qué es el Estado, sino también a la de quién o qué pertenece al Estado y por tanto está sometido a sus normas, políticas y acciones. Los nuevos SMA políticos no pueden confiar en la misma solución. De hecho, se enfrentan a otro problema, el de hacer frente al desacoplamiento de su identidad política y su cohesión. La identidad política de un SMA puede ser muy fuerte y, sin embargo, no guardar ninguna relación con su cohesión intermitente y algo imprecisa, como es el caso del movimiento Tea Party en Estados Unidos. La identidad y la cohesión de un SMA político pueden ser sin duda débiles, como en el movimiento internacional Occupy. O se puede advertir una fuerte cohesión sin una clara identidad política, como en el caso de la multitud de tuiteros y su papel durante la Primavera Árabe. La identidad y la cohesión de un SMA político se establecen y mantienen compartiendo información. La Tierra es virtualizada en la región de la infoesfera en la que opera el SMA. Así la Memoria (registros recuperables) y la Coherencia (actualizaciones fiables) del flujo de información permiten a un SMA político reivindicar cierta identidad y cierta cohesión, y por tanto ofrecer un sentido de pertenencia. Pero sobre todo es el hecho de que las fronteras entre online y offline se estén difuminando, la aparición de la experiencia onlife y que como consecuencia la infoesfera virtual pueda afectar políticamente al espacio físico lo que refuerza el sentido del SMA político como agente real. Si Anonymous tuviera solo una existencia virtual, su identidad y su cohesión serían mucho menos fuertes. Los hechos proporcionan un equivalente vital al flujo de información virtual para garantizar la cohesión. Una ontología de las interacciones sustituye a una ontología de las entidades, o, mediante un juego de palabras, las –ings o sufijo –ando (como en interact-uando, proces-ando, interconect-ando, hac-iendo, si-endo, etcétera) sustituyen a las cosas (things).

Consentimiento

Una consecuencia importante de la desintegración de la ecuación «SMA político = Estado-nación = Ciudadanía = Tierra = Historia» y el desacoplamiento de la identidad y la cohesión en un SMA político es que el viejo problema teórico de cómo consentir que nos gobierne una autoridad política se ve desde una nueva perspectiva. En el marco histórico de la teoría del contrato social, la supuesta actitud por defecto es la de una dejación legal: existe algún tipo de consentimiento original (a concretar) a priori presuntamente concedido (atendiendo a una serie de motivos) por un individuo al Estado político para ser gobernado por este último y sus leyes. El problema es entender cómo se da este consentimiento y qué sucede cuando un agente, sobre todo un ciudadano, decide no aceptarlo (se sitúa fuera de la ley). En el marco hiperhistórico, la actitud por defecto esperada es optar por la integración social, que se ejerce siempre que un agente se somete al SMA político de modo condicional y para un fin concreto. Simplificando mucho, estamos pasando de formar parte del consenso político a participar en él, y esta participación tiene una naturaleza cada vez más «justo a tiempo», «bajo demanda», «orientada a objetivos» y en absoluto permanente, no a largo plazo ni estable. Si hacer política se parece cada vez más a hacer negocios es porque, en ambos casos, el interlocutor, el ciudadano-consumidor necesita ser convencido cada vez. La actitud por defecto no es de pertenencia leal, y tiene que ser construida y renovada por igual para productos políticos y comerciales. Generar consentimiento alrededor de asuntos políticos concretos se convierte en un proceso de recaptación continua. No es una cuestión de medir la atención a la política —la queja generalizada de que las «nuevas generaciones» son incapaces de concentrar su atención en los problemas políticos carece de fundamento, ya que, después de todo, son las generaciones que se han atiborrado de televisión—, sino de suscitar interés una y otra vez sin caer en la inflación semántica (una crisis más, una emergencia más, una revolución más, etcétera) ni la fatiga política (¿cuántas veces hay que intervenir urgentemente?). El problema es, por tanto, entender qué puede motivar repetidamente o incluso forzar a los agentes (una vez más, no solo seres humanos individuales, sino todo tipo de agentes) a dar su consentimiento y comprometerse, y lo que sucede cuando los agentes, no comprometidos por defecto (nótese que no uso «desvinculados», ya que esto implicaría un estado previo de vinculación), prefieran quedarse al margen de las actividades del SMA político, ocupando una esfera social de «nonimato» (ausencia de «anominato») civil pero apolítico. No entender la transformación previa de la autoexclusión histórica hasta la integración hiperhistórica significa que tampoco es probable que se entienda la aparente incoherencia entre el desencanto individual con los políticos y la popularidad de los movimientos globales, las movilizaciones internacionales, el activismo, el voluntariado y otras fuerzas sociales con enormes implicaciones políticas. No es la política en sí misma la que está moribunda, sino la política histórica, que se basa en partidos, clases, funciones sociales fijas y el Estado-nación, que buscó la legitimación política solo en una ocasión y la fue consumiendo hasta que fue derogada. El sutil desplazamiento continuo hacia el llamado centro político por parte de los partidos en las democracias liberales de todo el mundo, así como las estrategias «Get out the vote» (GOTV es el acrónimo en inglés de esta estrategia que hace referencia a la movilización de votantes propios y a asegurarse de que acuden a votar) son pruebas de que el compromiso tiene que renovarse y ampliarse de manera constante para ganar unas elecciones. Ser militante de un partido (y también de un sindicato) es una situación moderna que probablemente se hará cada vez menos común.

Espacio social frente a espacio político

Entender la anterior inversión de actitudes por defecto significa que nos enfrentamos a otro problema. De nuevo simplificando mucho, en la prehistoria los espacios social y político se solapaban porque en una sociedad sin Estado no existe una diferencia real entre relaciones sociales y políticas, de ahí las interacciones. En la historia, el Estado intenta mantener esa extensión compartida ocupando políticamente, como un SMA informativo, todo el espacio social, estableciendo por tanto la primacía de lo político sobre lo social. Esta tendencia, si no se controla o se compensa, puede dar lugar a totalitarismos (por ejemplo, la Italia de Mussolini), o al menos a democracias deterioradas (por ejemplo, la Italia de Berlusconi). Ya hemos visto antes que dicha extensión compartida y su control pueden basarse en estrategias normativas o económicas, mediante el ejercicio del poder, la fuerza y la imposición de normas. En la hiperhistoria, el espacio social es el espacio original por defecto desde el que los agentes pueden moverse hacia (dar su consentimiento a) una unión con el espacio político. No es accidental que conceptos como sociedad civil (en el sentido poshegeliano de sociedad no política), esfera pública (también en un sentido no habermasiano) y comunidad adquieran cada vez más importancia en la medida en que nos vamos acercando al contexto hiperhistórico. El problema es entender ese espacio social en el que se supone que interactúan agentes de distintos tipos y que provoca la aparición de SMA políticos.

Cada agente, como ya he explicado, tiene cierto grado de libertad. No me refiero a libertad, autonomía o autodeterminación, sino más bien, en un sentido mecánico, más humilde, a determinadas capacidades o habilidades apoyadas con los recursos apropiados, para participar en acciones concretas con fines concretos. Por usar un ejemplo elemental, una máquina de café solo tiene un cierto grado de libertad: puede hacer café siempre que se le suministren los ingredientes correctos y la energía necesaria. La suma de los grados de libertad de un agente es su «agencia». Cuando el agente está solo, hay agencia, pero no espacio social, y mucho menos político. Imaginemos a Robinson Crusoe en su «isla de la Desesperación». Sin embargo, en cuanto haya otro agente (Viernes, en la «isla de la Desesperación») o un grupo de agentes (los nativos caníbales, los náufragos españoles, los amotinados ingleses), la agencia adquiere el valor de interacción entre múltiples agentes (es decir, social): las prácticas y después las normas para coordinar y limitar los grados de libertad de los agentes se vuelven algo esencial, en principio para el bienestar de los agentes que constituyen el SMA y luego para la buena marcha del propio SMA.

Observemos la deriva en el nivel de análisis: una vez que surge el espacio social, empezamos a considerar el grupo como grupo —una familia, una comunidad o una sociedad— y las acciones de los agentes individuales que lo componen se convierten en elementos que nos llevan a los grados de libertad recién establecidos en el SMA, o la agencia. El sencillo ejemplo utilizado antes puede servir también aquí. Consideremos ahora una máquina de café y un temporizador. Por separado son dos agentes con su propia agencia, pero si se sincronizan correctamente y se coordinan en un SMA, el agente emisor tiene la nueva agencia de hacer café a una hora determinada. Ahora es un SMA con una capacidad más compleja y que puede funcionar bien o no.

Un espacio social es, por tanto, la totalidad de los grados de libertad de los agentes que se quieran tener en cuenta. En la historia, esta consideración —que es en realidad otro nivel de análisis— quedó determinada, en gran medida, física y geográficamente en términos de presencia en un territorio, y en consecuencia también por diferentes formas de vecindad. En el ejemplo anterior, todos los agentes que interactúan con Robinson Crusoe son tomados en consideración debido a la naturaleza de sus relaciones (son más o menos interactivos dependiendo de su grado de libertad) con la propia «isla de la Desesperación». Ya hemos visto que las TIC han cambiado todo esto. En la hiperhistoria, dónde trazar la línea que incluya, o bien excluya, a los agentes cuyos grados de libertad constituyan el espacio social es cada vez más una cuestión de elección al menos implícita, cuando no claramente explícita. En consecuencia, el fenómeno de la moralidad distribuida, que engloba también el de la responsabilidad distribuida, es cada vez más común. En cualquier caso, en la historia o la hiperhistoria, lo que cuenta como espacio social puede ser un movimiento político. La globalización es una desterritorialización en este sentido político.

Si ahora pasamos al espacio político en el que operan las nuevas SMA, sería un error considerarlo un espacio aparte, independiente del espacio social: ambos están determinados por la misma totalidad de agentes con sus grados de libertad. El espacio político emerge cuando la complejidad del espacio social —entendido en términos de número y tipos de interacciones y de agentes implicados, y del grado de reconfiguración dinámica de agentes e interacciones— requiere la prevención o resolución de potenciales divergencias y la coordinación o colaboración acerca de potenciales convergencias. Ambas son cruciales. Y en cada caso se necesita más información en cuanto a representación y deliberación sobre una compleja multitud de grados de libertad. El resultado es que el espacio social se politiza a través de su informatización.

Legitimidad

Cuanto los agentes del espacio social llegan a un acuerdo sobre cómo gestionar las divergencias (conflictos) y convergencias, el espacio social adquiere la dimensión política a la que estamos tan acostumbrados. Aunque aquí acechan dos errores potenciales.

El primero, llamémoslo hobbesiano, es considerar la política solo como la prevención de la guerra por otros medios, para invertir la famosa frase de Carl von Clausewitz según la cual «la guerra es la continuación de la política por otros medios». No es este el caso, ya que incluso una compleja sociedad de ángeles (el hombre es un lobo para el hombre) también necesitaría normas para perfeccionar esa armonía. Las convergencias también exigen política. Metáforas aparte, la función de la política es solo gestionar los conflictos ocasionados por el ejercicio del grado de libertad de cada uno de los agentes en la consecución de sus objetivos. Por encima de todo es, o al menos debería ser, avanzar en la coordinación y la colaboración entre los distintos grados de libertad sin recurrir a la coacción ni a la violencia.

El segundo error potencial, al que podríamos llamar rousseauniano, es que puede parecer que el espacio político no es más que el espacio social organizado por la ley. En este caso, el error es más sutil. Por lo común, asociamos el espacio político a las normas o leyes que lo regulan aunque estas últimas no constituyan, en sí mismas, espacio político. Comparemos dos casos en los que las normas determinan un juego. En el ajedrez, las normas no solo limitan el juego, son el juego en sí porque no resultan una actividad previa, sino que son las condiciones necesarias y suficientes que determinan los únicos movimientos que se pueden hacer legalmente. En fútbol, sin embargo, las normas sí proceden de limitaciones anteriores, ya que los agentes gozan de un grado de libertad básico y previo, que consiste en su capacidad de golpear un balón con el pie con el fin de marcar un gol, lo que se supone que está regulado en las normas. Mientras que en el ajedrez, aunque es físicamente posible, no tiene mucho sentido colocar dos peones en un mismo cuadro del tablero de ajedrez, nada impidió a Maradona marcar un gol infame usando la mano en el partido entre Argentina e Inglaterra (Copa del Mundo FIFA 1986) y que un árbitro pasara por alto la infracción.

Una vez evitados los dos errores anteriores, es más fácil ver que el espacio político es ese área del espacio social limitado por los convenios alcanzados para resolver divergencias y coordinar convergencias. Esto nos lleva a considerar más a fondo la transparencia de los SMA, sobre todo cuando, como pasa en esta época de transición, el SMA en cuestión sigue siendo el Estado.

El SMA transparente

Hay dos sentidos en los que el SMA puede ser transparente. No es nada extraño que ambos procedan de las TIC y la ciencia informática (Turilli y Floridi 2009), un ejemplo más de cómo la revolución de la información está cambiando nuestros esquemas mentales.

Por un lado, el SMA (pensemos en un Estado-nación, y también en agentes corporativos, multinacionales o instituciones supranacionales, etcétera) puede ser transparente en el sentido de que pasa de ser una caja negra a una caja blanca. Otros agentes (los ciudadanos cuando el SMA es el Estado) no solo pueden ver datos de entrada y datos de salida; por ejemplo, niveles de ingresos fiscales y gasto público también pueden vigilar cómo el SMA (en nuestro ejemplo, el Estado) funciona internamente. Esto no es ninguna novedad. Fue un principio que ya se popularizó en el siglo xix. Sin embargo, se ha convertido en un aspecto renovado de la política contemporánea debido a las posibilidades que abren las TIC. Este tipo de transparencia también se conoce como Gobierno Abierto.

Por otro lado, y este es el sentido más innovador que quisiera recalcar aquí, el SMA puede ser transparente en el mismo sentido en que lo es una tecnología (por ejemplo, una interfaz): invisible, no porque no esté ahí, sino porque proporciona sus servicios con tanta eficiencia, eficacia y fiabilidad que su presencia es imperceptible. Cuando algo funciona a la perfección, entre bastidores podría decirse, para asegurarse de que podemos operar todo lo eficiente y coherentemente que sea posible, que entonces tenemos un sistema transparente. Cuando el SMA en cuestión es el Estado, este segundo sentido de transparencia no debería verse como un modo de introducir subrepticiamente, con terminología diferente, el concepto de «Pequeño Estado» o «Pequeña Gobernanza». Por el contrario, en este segundo sentido, el SMA (el Estado) es tan transparente y tan vital como el oxígeno que respiramos. Se esfuerza por ser el mayordomo ideal.(5) No hay una terminología estándar para este tipo de SMA transparente que se vuelve perceptible solo por su ausencia. Quizá se pueda hablar de «Gobierno Amable». Esos SMA apoyarán mejor el tipo correcto de infraestructura ética (más adelante hablaré de esto) cuanto más transparentemente, es decir, de un modo abierto y amable, desarrollen el juego negociador a través del cual se hacen cargo de la cosa pública. Cuando este juego negociador falla, el resultado posible es un conflicto cada vez más violento entre las partes implicadas. Es una posibilidad trágica que las TIC han reconfigurado seriamente.

Con esto no queremos decir que la opacidad no tenga sus virtudes. Hay que ser prudentes para que el discurso sociopolítico no se vea reducido a diferencias de cantidad, calidad, inteligibilidad y utilidad de la información y las TIC. «Cuanto más, mejor» no es la única ni siempre la mejor regla empírica, dado que la retirada de información puede suponer a menudo una importante diferencia positiva. Ya encontrábamos la división de poderes del Estado en Montesquieu. Cada uno de ellos puede ser cuidadosamente opaco en el sentido correcto respecto a los otros dos. Porque puede ser necesario carecer de determinada información (o decidir voluntariamente no acceder a ella) para conseguir los objetivos deseados, como proteger el anonimato, garantizar un trato justo o implantar modelos de evaluación desprejuiciados. El famoso método de Rawls (1999), el «velo de la ignorancia», explota precisamente este aspecto de la información para desarrollar un enfoque imparcial de la justicia. Estar informado no es siempre una bendición, y podría incluso ser peligroso o erróneo, un elemento de distracción o perjudicial. La idea es que la opacidad no puede tomarse como una buena práctica en un sistema político, a menos que se adopte de manera explícita y consciente, demostrando que no es una simple traba.

Infraética

Parte de los esfuerzos éticos engendrados por nuestra condición hiperhistórica tiene que ver con el diseño de entornos que puedan facilitar las opciones, acciones o procesos éticos de los SMA. No se trata de ética de diseño. Es más bien un diseño proético, concepto que espero poder aclarar en las páginas que siguen. Ambos son liberales, aunque el primero puede ser un tanto paternalista en el sentido de que privilegia la facilitación del tipo correcto de opciones, acciones, procesos o interacciones en representación de los agentes implicados, mientras que el último no tiene por qué serlo, dado que privilegia la facilitación de la reflexión por parte de los agentes implicados en sus opciones, acciones o procesos. (6) Por ejemplo, el primero puede permitir a los individuos decidir no atenerse a la preferencia por defecto según la cual quien se saca el permiso de conducir también está dispuesto a ser donante de órganos. El último puede no autorizar a un individuo a sacarse el permiso de conducir si no decide antes si quiere o no donar sus órganos. En esta sección llamaré infraestructura ética o infraética a los entornos que pueden facilitar las opciones, acciones o procesos éticos. Llamaré la atención del lector hacia el problema de cómo diseñar el tipo correcto de infraética para los SMA emergentes. En contextos o casos distintos, el diseño de una infraética liberal puede ser más o menos paternalista. Mi argumento es que debe ser lo menos paternalista que las circunstancias permitan, aunque nunca menos.

Es un signo de los tiempos que los políticos hablen de infraestructuras hoy en día y a menudo tengan en mente las TIC. No están equivocados. Desde las fortunas empresariales hasta los conflictos, lo que hace funcionar las sociedades contemporáneas depende cada vez más de los bits y no de los átomos. Ya hemos visto todo esto. Lo que resulta menos obvio, aunque filosóficamente más interesante, es que las TIC parecen haber revelado un nuevo tipo de ecuación.

Consideremos el énfasis sin precedentes que las TIC han dado a fenómenos cruciales como la confianza, la privacidad, la transparencia, la libertad de expresión, la apertura, los derechos de propiedad intelectual, la lealtad, el respeto, la fiabilidad, la reputación, el imperio de la ley, etcétera. Estos conceptos probablemente se entienden mejor en términos de una infraestructura que está ahí para facilitar o impedir (reflexionar sobre ello) la conducta moral o inmoral de los agentes implicados. Así pues, al situar nuestras interacciones informativas en el centro de nuestras vidas, las TIC parecen haber desvelado algo que, por supuesto, siempre ha estado ahí, pero de manera menos visible: el hecho de que la conducta moral de una sociedad de agentes es también una cuestión de «infraestructura ética» o simplemente infraética. Hemos pasado por alto un aspecto importante de nuestras vidas morales y, de hecho, muchos conceptos y fenómenos relacionados han sido tratados de forma equivocada como si solo fueran éticos, cuando en realidad son probablemente más infraéticos. Para usar un término de la filosofía de la tecnología, tienen una naturaleza de uso dual: pueden ser moralmente buenos, pero al mismo tiempo malos (ahora explicaré más). La nueva ecuación indica que, al igual que los sistemas corporativos y de administración en una sociedad económicamente madura requieren cada vez más infraestructuras (transportes, comunicaciones, servicios, etcétera), también las interacciones morales precisan cada vez más una infraética en una sociedad informativamente madura.

La idea de una infraética es simple, pero puede confundir. La ecuación anterior ayuda a aclararlo. Cuando un economista y un politólogo hablan de «Estado fallido», puede que se refieran al fracaso de un estado-como-una-estructura en el cumplimiento de sus funciones básicas, es decir, ejercer el control sobre sus fronteras, recaudar impuestos, hacer cumplir la ley, administrar justicia, proporcionar educación, etcétera. En otras palabras, el Estado no consigue proporcionar bienes públicos (por ejemplo, defensa y policía) ni prestaciones de calidad (por ejemplo, sanidad). O (y este «o» disyuntivo es a menudo demasiado inclusivo y ambiguo) pueden hacer referencia al colapso de un estado-como-una-infraestructura o su entorno, lo que hace posible y fomenta el tipo correcto de interacciones sociales. Esto significa que pueden referirse al colapso de un sustrato de expectativas por defecto respecto a condiciones económicas, políticas y sociales, como el estado de derecho, el respeto a los derechos civiles, un sentido de comunidad política, el diálogo civilizado entre personas de ideas diferentes, los modos de alcanzar la resolución pacífica de tensiones étnicas, religiosas o culturales, etcétera. Todas estas expectativas, actitudes, prácticas, es decir, esta «infraestructura socio-política» implícita que nosotros damos por segura, proporciona un ingrediente vital para el éxito de cualquier sociedad compleja. Desempeña un papel crucial en las interacciones humanas, comparable al que estamos acostumbrados a atribuir a las infraestructuras físicas en economía.

Por eso, la infraética no debe interpretarse en términos marxistas, como si fuera una mera actualización de la vieja idea de «base y superestructura», porque los elementos en cuestión son completamente diferentes: tratamos de acciones morales y de facilitadores aún-no-morales de dichas acciones morales. Tampoco debe interpretarse en términos de una especie de discurso normativo de segundo orden sobre ética, porque es la estructura aún-no-ética de expectativas, actitudes y prácticas implícitas lo que puede facilitar y promover decisiones y acciones morales. Al mismo tiempo, tampoco sería acertado pensar que una infraética es moralmente neutra. Al contrario, tiene una naturaleza de doble uso, como ya adelanté: puede facilitar e impedir acciones moralmente buenas y moralmente malas, y hacerlo en diferentes grados. En el mejor de los casos, es la grasa que lubrica el mecanismo moral. Es más probable que esto ocurra cuando tener una naturaleza «de doble uso» no signifique que cada uso es igualmente probable, es decir, que la infraética en cuestión aún no sea neutra, ni meramente positiva, sino que muestre la tendencia a generar más bien que mal. Si esto es confuso, pensemos en la naturaleza de uso dual no en términos de equilibrio, como una moneda ideal que siempre ofrece caras y cruces, sino como una copresencia de dos desenlaces alternativos, uno de los cuales es más plausible que el otro, como en una moneda en la que es más probable que aparezcan caras que cruces. Cuando una infraética tiene una naturaleza «de uso dual tendencioso», es fácil confundir la ética con la infraética, dado que lo que ayuda al bien a florecer y lo que ayuda al mal a echar raíces comparten una misma naturaleza.

Cualquier sociedad compleja de éxito, sea la Ciudad de los Hombres o la Ciudad de Dios, depende de una infraética implícita. Esto es peligroso, porque la importancia creciente de la infraética puede conducir al siguiente peligro: que la legitimación del terreno ético se base en el «valor» de la infraética que se supone que lo respalda. Respaldo suele confundirse con cimientos, y puede incluso aspirar al papel de legitimador, llevándonos a lo que Lyotard criticaba como mera «performatividad» del sistema, independiente de los valores reales deseados y buscados. La infraética es la sintaxis vital de la sociedad, pero no su semántica, para usar una distinción popular en inteligencia artificial. Se trata de la forma estructural, no de los contenidos significativos.

Ya vimos que incluso en sociedades habitadas solo por ángeles, es decir, por agentes morales perfectos, seguirían siendo necesarias normas para la colaboración. En teoría, a saber, cuando uno asume que los valores moralmente buenos y la infraética que los promueve pueden estar separados (una abstracción que nunca se produce en la realidad pero que facilita nuestro análisis), puede existir una sociedad cuyos habitantes fueran todos nazis fanáticos que disfrutaran de altos niveles de confianza, respecto, fiabilidad, lealtad, privacidad, transparencia e incluso libertad de expresión, apertura y libre competencia. Claramente, lo que queremos no es solo el mecanismo de éxito que proporciona una correcta infraética, también la combinación coherente entre esto y valores moralmente buenos, como los derechos civiles. Por eso es tan difícil conseguir un equilibrio entre seguridad y privacidad, por ejemplo, a menos que aclaremos antes si estamos resolviendo una tensión dentro de la ética (seguridad y privacidad como derechos morales), dentro de la infraética (ambos se consideran facilitadores aún-no-éticos), o entre infraética (seguridad) y ética (privacidad), como yo sospecho. Por usar otra analogía: las mejores tuberías (infraética) pueden mejorar el caudal pero no la calidad del agua (ética), y un agua de la máxima calidad se desperdicia si las tuberías están oxidadas o picadas. De modo que crear el tipo correcto de infraética y mantenerlo es uno de los retos cruciales de nuestro tiempo, porque una infraética no es moralmente buena en sí misma, sino la vía más probable de proporcionar bien moral si se diseña y se combina con los valores morales correctos. El tipo correcto de infraética debe estar ahí para respaldar el tipo correcto de axiología (teoría del valor). Sin duda parte constituyente del problema relativo al diseño de los SMA apropiados.

Cuanto más compleja se vuelve una sociedad, más importante y, por ende, más relevante es el papel de una infraética bien diseñada, y no obstante parece que es ahí donde estamos fallando. Consideremos el reciente Acuerdo Comercial Antifalsificación (ACTA, por sus siglas en inglés), un tratado multinacional relativo a las normas internacionales que protegen los derechos de propiedad intelectual. Al centrarse en hacer respetar los derechos de propiedad intelectual (DPI), los defensores del ACTA pasaron por alto que iban a socavar la infraética que esperaban impulsar, una que fomentara algunos de los mejores y más conseguidos aspectos de nuestra sociedad de la información. Promovería la inhibición estructural de algunas de las más importantes libertades positivas del individuo y su capacidad de participar en la sociedad de la información, desarrollando así todo su potencial como organismos de información. A falta de una palabra mejor, el ACTA promovería una forma de informismo comparable a otras formas de inhibición de la agencia social, como el clasismo, el racismo o el sexismo. A veces, una defensa del liberalismo puede ser inadvertidamente antiliberal. Si queremos hacerlo mejor, tenemos que conocer aquellos problemas que, como los DPI, forman parte de la nueva infraética para la sociedad de la información. Su protección tiene que encontrar un punto equilibrado dentro de la compleja infraestructura legal y ética que ya está aquí y evoluciona constantemente y dicho sistema tiene que ponerse al servicio de valores nobles y conductas morales. Esto exige determinar un compromiso, dentro de una infraética liberal, entre los que ven la nueva legislación (por ejemplo, el ACTA) simplemente como el acatamiento de obligaciones legales y éticas ya existentes (en este caso, de anteriores acuerdos comerciales) y los que la consideran una erosión grave de las libertades civiles éticas y legales existentes.

En las sociedades hiperhistóricas, toda regulación que afecte al modo en que los individuos tratan la información está destinada a influir en la totalidad de la infoesfera y en el hábitat onlife. Por tanto, hacer respetar derechos (como los DPI) acaba siendo un problema medioambiental. Esto no significa que toda legislación sea por fuerza negativa. Y nos da una lección acerca de la complejidad de las cosas: desde que derechos como los DPI forman parte de nuestra infraética y afectan a la totalidad de nuestro entorno, entendido como infoesfera, las consecuencias voluntarias e involuntarias de su aplicación son de gran amplitud, interrelacionadas y trascendentales. Estas consecuencias tienen que analizarse con atención, porque los errores generarán enormes problemas con costes astronómicos para las generaciones futuras, tanto éticos como económicos. El mejor modo de manejar «desconocidos conocidos» o consecuencias inesperadas es ser cuidadoso, permanecer alerta, vigilar la evolución de las acciones emprendidas, así como estar preparado para reconsiderar cualquier decisión o estrategia con rapidez, en cuanto empiecen a notarse efectos perjudiciales. Festina lente («vísteme despacio, que tengo prisa»), como nos recomienda el adagio clásico. No hay una legislación perfecta, tan solo una legislación que puede ser perfeccionada con más o menos facilidad. Unos buenos acuerdos acerca de cómo dar forma a nuestra infraética deberían incluir cláusulas que contemplen actualizaciones periódicas.

Para terminar, es un error pensar que somos como forasteros gobernando un entorno diferente del que habitamos. Documentos legales (como el ACTA) nacen del interior de la infoesfera a la que afectan. Estamos construyendo, restaurando y renovando la casa desde dentro, o podría decirse que estamos reparando la canoa mientras navegamos en ella, por usar la metáfora que introduje al principio. Precisamente porque la totalidad del problema de respetar, infringir y hacer respetar derechos (como los DPI) es una cuestión infraética y medioambiental para sociedades de la información avanzadas, lo mejor que podríamos hacer para dar con la solución correcta sería aplicar al propio proceso el verdadero esquema infraético y los valores éticos que quisiéramos que promoviera. Esto significa que la infoesfera debe autorregularse desde dentro, no desde un exterior imposible.

BBVA, OpenMind. Hiperhistoria, la aparición de los sistemas multiagente (SMA) y el diseño de una infraética. Floridi.Activista durante una manifestación contra el Acuerdo Comercial Antifalsificación (ACTA, por sus siglas en inglés), un tratado multinacional que protege los derechos de propiedad intelectual a costa de una mayor vigilancia en las redes
Activista durante una manifestación contra el Acuerdo Comercial Antifalsificación (ACTA, por sus siglas en inglés), un tratado multinacional que protege los derechos de propiedad intelectual a costa de una mayor vigilancia en las redes

Conclusión: ¿la última de las generaciones históricas?

Hace seis mil años, una generación de humanos fue testigo de la invención de la escritura y el desarrollo de las condiciones que hicieron posibles las ciudades, los reinos, los imperios y los Estados-nación. Esto no es accidental. Las sociedades prehistóricas carecían de TIC y de Estado. El Estado es un fenómeno típicamente histórico. Surge cuando los grupos humanos dejan de vivir una existencia precaria en pequeñas comunidades y empiezan a vivir en la abundancia, en grandes comunidades que se convierten en sociedades políticas, con división del trabajo y con funciones especializadas, organizadas bajo alguna forma de gobierno, que usa la TIC para controlar los recursos, incluida esa clase tan especial de información llamada «dinero». Desde los impuestos a la legislación, desde la administración de justicia a la fuerza militar, desde el censo a las infraestructuras sociales, el Estado ha sido durante mucho tiempo el agente de información supremo y por eso he sugerido que la historia, y sobre todo en la modernidad, es la era del Estado.

Casi a mitad de camino entre el principio de la historia y nuestros días, Platón seguía buscando el sentido de dos cambios radicales: la codificación de los recuerdos mediante símbolos escritos y las interacciones simbióticas entre individuos y la polis o ciudad-Estado. En cincuenta años, nuestros nietos podrían considerarnos la última generación histórica organizada en Estados, de un modo no muy distinto a como consideramos nosotros a las tribus amazónicas mencionadas al principio, es decir, las últimas sociedades prehistóricas sin Estado. Puede transcurrir tiempo antes de que lleguemos a entender el verdadero alcance de estas transformaciones. Y esto es un problema, porque no tenemos otros seis milenios por delante. No podemos esperar a que aparezca otro Platón dentro de unos cuantos siglos. Estamos jugando un gambito ambiental con las TIC y no nos queda mucho tiempo para ganar la partida, porque el futuro de nuestro planeta corre peligro. Tenemos que actuar ahora.

Notas

1. De acuerdo con los datos sobre esperanza de vida al nacer para el mundo y los grupos principales de desarrollo desde 1950 a 2050. Fuente: División de Población del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales del Secretariado de Naciones Unidas, 2005, Proyecciones de población mundial, notas a la Revisión de 2004, Nueva York, Naciones Unidas, disponible online.

2. Según los datos de pobreza en el mundo, definida como el número y proporción de personas que viven con menos de 1,25 dólares al día (precios de la década de 2000), de 2005 a 2008. Fuente: Banco Mundial y The Economist del 29 de febrero de 2012, disponible online.

3. Floridi y Taddeo (de próxima publicación). Clarke y Knake 2010 abordan los problemas de la ciberguerra y la ciberseguridad desde una perspectiva política que, aunque aquí calificamos de «histórica», resulta muy útil.

4. Para un análisis más detallado, véase Floridi 2011.

5. Sobre buen gobierno y las normas del juego político global, véase Brown y Marsden 2013.

6. He tratado de desarrollar una ética de la información en Floridi (2013). Para un análisis más introductorio, véase Floridi 2010.

BIBLIOGRAFIA

— Brown, I. y Marsden, C. T., Regulating Code: Good Governance and Better Regulation in the Information Age, Cambridge, Massachusetts, The MIT Press, 2013.

— Clarke, R. A. y Knake, R. K., Cyber War: The Next Threat to National Security and What to Do About It, Nueva York, Ecco, 2010.

— Floridi, L., The Philosophy of Information, Oxford, Oxford University Press, 2011.

— Floridi, L., The Ethics of Information, Oxford, Oxford University Press, 2013.

— Floridi, L. (ed.), The Cambridge Handbook of Information and Computer Ethics, Cambridge, Cambridge University Press, 2010.

— Floridi, L. y Taddeo, M. (eds.), The Ethics of Information Warfare, Nueva York, Springer, 2014.

— Linklater, A., The Transformation of Political Community: Ethical Foundations of the Post-Westphalian Era, Oxford, Polity, 1998.

— Rawls, J., A Theory of Justice (ed. rev.), Cambridge, Massachusetts, Belknap Press of Harvard University Press, 1999.

— Steil, B., The Battle of Bretton Woods John Maynard Keynes, Harry Dexter White, and the Making of a New World Order, Princeton, Nueva Jersey Princeton University Press, 2013.

— Turilli, M. y Floridi, L., «The Ethics of Information Transparency», en Ethics and Information Technology, vol. 11, n.º 2, 2009, pp. 105-112.

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