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02 agosto 2019

Inventoras que cambiaron nuestra vida

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Solo un 20% de las patentes otorgadas en Estados Unidos pertenecen a mujeres. Pero detrás de la invención de revolucionarias tecnologías que hoy usamos a diario están estas inventoras, que en la mayoría de los casos pasaron desapercibidas en un mundo en el que sobre todo alcanzaban visibilidad los hombres. Recuperamos sus historias y reivindicamos sus creaciones, sin las que nuestra vida sería muy diferente.

La neoyorquina Amanda Jones (1835-1914) desarrolló el proceso Jones para conservar alimentos en 1872. Ideó un método de envasado al vacío que fue mejorando con sucesivas patentes, hasta conseguir que frutas, verduras o carnes pudiesen consumirse durante mucho más tiempo del habitual. Sus propuestas incluían desde la esterilización antes del envasado hasta la deshidratación de los productos, siempre conservando los alimentos en un ambiente carente de atmósfera, lo que impedía la proliferación de los microorganismos que degradan la comida.

Antes de convertirse en inventora, Jones escribía poemas y relatos que publicó en seis libros. En un intento por cambiar de vida, fundó la empresa de envasado y conservas Women’s Canning and Preserving Company, con sede en Chicago. Como gran defensora de los derechos de las mujeres, todas las accionistas de su compañía eran féminas, así como todas las empleadas. Pero su aventura empresarial fracasó y tuvo que emigrar a Kansas junto a dos de sus hermanas. Allí continuó trabajando en perfeccionar sus inventos hasta su muerte, debido a una gripe.

La estadounidense Mary Anderson (1862–1954) fue una mujer polifacética que se dedicó a la promoción inmobiliaria o la viticultura, aunque será recordada por ser la inventora del limpiaparabrisas. Tuvo la idea de su desarrollo en un recorrido en tranvía por Nueva York. Esta emprendedora se fijó en que el conductor del vehículo debía salir cada poco tiempo para limpiar el parabrisas, sobre el que caía agua. De regreso a su Alabama natal, decidió idear un artefacto que lo limpiara de manera automática, y acabó fabricando uno con la ayuda de una empresa local.

En 1903 Anderson consiguió su primera patente, que era por 17 años, para una máquina que limpiaba el cristal del coche y podía controlarse desde el interior del vehículo mediante una palanca: en esencia ya era un dispositivo similar a los actuales limpiaparabrisas. Dos años más tarde, en 1905, intentó vender su invento a una firma canadiense, que rechazó comprárselo. En 1922, cuando la patente de Anderson ya había caducado, los Cadillac se convirtieron en los primeros coches en adoptar el limpiaparabrisas como equipamiento de serie.

Las cafeteras tipo Melitta reciben su nombre de Melitta Bentz (1873–1950), la alemana que desarrolló el filtro de café en 1908. Como buena ama de casa, Bentz observaba que los coladores de la época no filtraban bien el café y dejaban restos en la bebida. Decidida a encontrar una alternativa, probó con distintos tipo de filtros hasta usar papel secante —que obtuvo del libro de ejercicios de uno de sus hijos— sobre una placa perforada. Así logró hacer un café sin impurezas que cosechó gran éxito, lo que la animó a montar un negocio basado en su invento.

Tras un parón en la producción de sus filtros durante la Primera Guerra Mundial, en 1928 la demanda de su producto alcanzó las 100.000 unidades. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial la fabricación volvió a detenerse para recuperarse más tarde. A la muerte de Bentz, su compañía tenía un valor de casi cinco millones de marcos alemanes (algo más de 9 millones de dólares actuales).

La primera doctora en Física por la Universidad de Cambridge, la estadounidense Katharine Burr Blodgett (1898–1979), cosechó ocho patentes a lo largo de su vida, la más destacada la del cristal antirreflectante, que desarrolló mientras trabajaba en la empresa General Electric. El vidrio normal refleja una importante porción de luz, pero Blodgett descubrió que usando como revestimiento finísimas capas de un tipo de jabón líquido podía conseguir que el 99% de la luz lo atravesase. Patentó ese método en 1938 con el nombre de Film Structure and Method of Preparation, que durante mucho tiempo fue la única manera de lograr cristales transparentes. Su invento se utiliza en la actualidad en gafas, cámaras, telescopios, parabrisas, ordenadores o pantallas de televisión

Antes de su invención, con solo 21 años, había defendido su tesis sobre la estructura química de las máscaras antigás, en pleno apogeo de la Primera Guerra Mundial. Blodgett determinó que las moléculas de carbono podían absorber casi todos los gases venenosos de las armas químicas del momento, lo que ayudó a mejorar las máscaras durante la Segunda Guerra Mundial. Su trabajo permitió salvar muchas vidas.

Mientras trabajaba en la empresa química Dupont Company, la estadounidense Stephanie Kwolek (1923–2014) descubrió el kevlar (poliparafenileno tereftalamida, por su nombre científico), una fibra de color amarillo cinco veces más resistente que el acero. Kwolek buscaba materiales duros y ligeros para la fabricación de neumáticos, por lo que el primer uso de esta fibra fue para hacer ruedas. Hoy en día tiene más de 200 aplicaciones, la principal en la producción de chalecos antibalas para cuerpos de seguridad de todo el mundo. También puede encontrarse en cables submarinos, cascos, productos aeroespaciales o frenos de automóviles.

El kevlar no fue el único material con el que trabajó Kwolek; a lo largo de su vida logró 17 patentes. Sus trabajos le valieron el premio Lavoisier Medal e ingresar en el National Inventors Hall of Fame, siendo la cuarta mujer en conseguirlo. Después de cuarenta años en DuPont, Kwolek se jubiló en 1986 pero continuó trabajando para acercar la ciencia a los jóvenes, especialmente a las niñas.

La mecanógrafa estadounidense Bette Nesmith Graham (1924–1980) inventó en 1956 el primer corrector líquido, que al principio denominó Mistake out (fuera errores). Buscaba eliminar de forma eficaz los fallos que ella misma cometía en su trabajo, donde empezaban a usarse máquinas de escribir eléctricas. Así desarrolló un tipo de pintura de témpera blanca que los cubría, y sobre la que podía volver a teclear. El primer lote de aquel líquido lo mezcló en su propia cocina, para después distribuirlo entre sus compañeros de trabajo en botellitas con el nombre del producto.

Dos años después, en 1958, Graham fundó la Mistake Out Company y continúo trabajando desde su casa por las noches y durante los fines de semana para generar aquellos frascos. Poco después acortó el nombre de su invento a Liquid Paper y se lo ofreció a IBM, que declinó la oferta para adquirirlo. Finalmente, en 1979, la Gillette Corporation compró a Graham su invento por casi 50 millones de dólares (casi 190 millones de dólares actuales). Hoy en día se fabrican 25 millones de botellas de Liquid Paper al año.

Bibiana García Visos

@dabelbi

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