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16 junio 2016

El futuro no llega de golpe: hacen falta visionarios

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Estación de metro Malostranská, Praga. Con prisa, corro hacia la ventanilla para comprar un boleto. Un aviso me recuerda mirar hacia las ya viejas máquinas dispensadoras, todas rayadas al lado derecho a fuerza de frotar monedas. Dice el mito que un par de raspones basta cuando el aparato no se las traga a la primera. Tienen muchos años allí. Son las mismas máquinas que están en la calle, pues el sistema de transporte de Praga –bastante bueno, por cierto– integra metro, tranvía y trenes de cercanías. En fin… nada demasiado sofisticado. Lo típico: monedas, tintineo, cambio y boleto. De ahí, directo al tren, previo sello del papelito con fecha y hora en otro dispositivo. Si apareciera el inspector, que en siete años apenas he visto una vez, he allí la constancia que salva la multa.

Como he dicho, nada de otro planeta. En las estaciones más nuevas, como Nádraží Veleslavín, la dispensadora es digital, mucho más moderna. Hace «bip» en vez de «clic… tin tin». El asunto me ha dejado pensando. Vivo en Santiago de Chile, seguramente una de las ciudades más actualizadas de América Latina. El país ha crecido espectacularmente en las últimas décadas y vaya que se nota en la infraestructura, la conectividad o la tecnología. Sin embargo, cualquier estación de metro de Santiago tiene más empleados visibles que el inquilino de la ventanilla de Malostranská, hoy medio aburrido mirando cámaras de seguridad, y el inspector, que es como el cometa Halley: aparece de vez en cuando, cazando vivarachos e incautos. Santiago, estación Manuel Montt: cuatro en boletería, supervisores, personal de seguridad. En la hora punta, entre la fila de compra y las barras de acceso, insoportable. Hay dos máquinas dispensadoras gigantes, modernas, pero apenas se usan. En todo caso, ahí están, acechando discretamente…

El punto es que el futuro no llega de golpe. A veces se atrasa, acaso por razones culturales, institucionales o económicas, pero es implacable. Hace siglos y décadas que la tendencia habla claro. Y añales  desde que la automatización advierte que cada día más y más personas serán reemplazadas por aparatos y dispositivos. O al menos cambiarán radicalmente sus formas de trabajar y vivir. Hoy es más rápido, pues cualquier máquina medianamente decente hace lo que apenas ayer era ficción. Los softwares, la calidad de la visión de los robots, la autonomía y los algoritmos tienen en la mira millones de puestos de trabajo, sea para tomarlos o para compartirlos con los humanos. No se trata solo de las tareas rutinarias. Dice Martín Ford en Rise of the Robots que el término más preciso es «predictable». Estamos hablando de inteligencia artificial. Palabras mayores.

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No busque en YouTube los robots de Boston Dynamics o a Sofía. Tampoco el restaurante Eatsa, en San Francisco, fully automated; los drones repartidores; los vehículos autónomos y la «Chair Force», como burlonamente llaman a operadores de la Fuerza Aérea estadounidense que observan, patrullan y atacan objetivos desde su escritorio, menos propensos así a terminar KIA (Killed in Action). No vaya tan lejos: Tome su iPhone y pulse por unos segundos el botón central. Le responderá Siri, que aún es un poco tonta, pero decidida a convertirse en su asistente personal (no la insulte; a veces se pone sensible).

Radiólogos, abogados, mensajeros y hasta médicos… un estudio citado por Klaus Schwab en The Fourth Industrial Revolution lista los oficios con lápida esculpida. Le he comentado a mi amigo Gabriel: «nuestro debate público en materia laboral huele a naftalina. Se discuten cosas que pronto rayaran en el sinsentido. No hablaremos de cuotas de género, sino de personas y máquinas». Según Gabriel discutiremos por «cuotas de especie». Alexandros Vardacostas, de Momentum Machine, dice sin anestesia que sus dispositivos no están para hacer más eficientes a los empleados, sino para obviarlos completamente. Duro, pero en algunos casos será así. En otros se requerirán cambios, adaptaciones, reubicaciones. Quien no se haya anticipado y preparado va a pasarlo mal. Que lo digan los taxistas franceses, que casi me dejaron atrapado en el aeropuerto hace unos meses mientras revolvían París contra Uber. O los chilenos, que protestaron recientemente contra la aplicación, ingenuamente convencidos de poder detener la tendencia y el fin de tantos modelos de negocio.

Concluyo: No sé si los liderazgos intelectuales, de opinión, empresariales, sindicales y políticos de muchos países, incluidos algunos desarrollados, están siendo visionarios. El visionario no es superdotado ni adivino. Solo sabe leer las señales del entorno y actuar en consecuencia. Tiene algo de lo que entiende sir Isaiah Berlín por «juicio político»: una capacidad intelectual, pero sobre todo práctica, para observar y comprender la inmensa complejidad de lo que le rodea. Y el visionario es idealmente responsable. Pone los temas en la agenda e insiste en ellos. Los considera en sus análisis y decisiones. ¿Qué pasará cuando la automatización, la robótica y el «Internet de las cosas» avancen aún más en la industria, la enseñanza, el hogar y el propio Estado? ¿Está nuestra educación trabajando en las competencias para el mundo actual, especialmente en la creatividad, la innovación y la adaptabilidad? ¿Estamos discutiendo las políticas y reformas en este milenio o tercamente atados a lógicas obsoletas? «Guerra avisada no mata soldado, y si lo mata es por descuidado», dice el viejo proverbio. Son las cuatro de la madrugada y voy a dormir. Dice la app de mi teléfono que debo mejorar mis hábitos de sueño.

Rafael E. Rincón-Urdaneta Z.

Director de Estrategia, Innovación y Relaciones Internacionales Fundación para el Progreso, Chile

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