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Artículo del libro Fronteras del conocimiento

Ciencia, innovación y sociedad: desplazando la frontera de lo posible

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La obra que el lector tiene entre sus manos, editada por BBVA, está ligada a los Premios Fundación BBVA Fronteras del conocimiento, cuya primera edición está a punto de fallarse cuando escribimos estas líneas. Los premios, que tienen una dotación económica de las más elevadas a nivel internacional, se otorgarán anualmente a equipos de investigadores y creadores en ocho categorías, precisamente los ocho campos en los que se articula este libro.

BBVA no obtiene ninguna rentabilidad inmediata de estas iniciativas de apoyo a la generación y difusión de conocimiento. Nuestro grupo no está en el sector farmacéutico, tampoco en el de las tecnologías de la información o las telecomunicaciones, ni en ninguna industria que pueda aprovechar comercialmente, de forma directa, los resultados de la investigación. Sin embargo, se trata de un compromiso que responde a dos vectores centrales de la cultura, la estrategia y la actividad de BBVA: trabajar por un futuro mejor para las personas, y hacerlo promoviendo la innovación, respaldada ésta, a su vez, por el mejor conocimiento disponible. Estamos convencidos de que, de esta forma, BBVA asume una de las funciones que la empresa en general y la gran empresa multinacional, en particular, debe desempeñar en la sociedad global del siglo XXI.

El compromiso de BBVA con el conocimiento: innovación y responsabilidad corporativa

Actualmente existen en el mundo más de 70.000 empresas multinacionales, que representan el 25% de la producción económica mundial. En las últimas dos décadas, el importe de la inversión extranjera de estas empresas superó al de la ayuda oficial al desarrollo. Puede decirse que estas empresas se han convertido en los instrumentos principales para la construcción de una economía y una sociedad globales, facilitando la difusión de tecnología, de valores y de prácticas comerciales, de gestión más moderna y eficaz en todo el mundo. Además, las grandes empresas tienen una enorme penetración e impacto social, a través de sus empleados, sus clientes, sus proveedores. Por eso, están excelentemente preparadas para ser poderosos catalizadores de la innovación y de la transformación hacia un mundo sostenible.

Las empresas, más que ser parte de los problemas globales, tienen que ser componente esencial de su solución. En el siglo XXI, la empresa responsable, que responde a las demandas legítimas de su entorno, debe asumir compromisos para mejorar las sociedades en las que está presente. Tiene dos motivos muy importantes para hacerlo: la convicción y el interés. La convicción, porque la ética y los valores centrales de su cultura corporativa deben guiar su actuación. El interés, porque, en una sociedad cada vez más informada y exigente, las empresas necesitan una mayor legitimidad para desarrollar con éxito su actividad en el medio y largo plazo. Y porque una sociedad más próspera y estable es, al tiempo, resultado y condición del desarrollo de las empresas.

Si esto es así para todas las empresas, aún lo es más para los bancos. Porque la industria financiera está en el centro de la economía y la sociedad. Su función es ayudar a las empresas y a los ciudadanos a realizar sus proyectos, prestando servicios fundamentales de pagos, de ahorro y de inversión, además de ofrecer una gama creciente de otros servicios cada vez más especializados. Por eso, la banca es un motor fundamental del desarrollo. Y, por eso, la banca tiene que ser un referente básico de la confianza de todos los agentes sociales, en un doble sentido: en el de atender a los intereses legítimos de sus stakeholders (dimensión que recoge la palabra inglesa «trust») y, también, en el sentido de la prudencia y competencia profesional (al que se refiere la expresión «confidence»). Ética y competencia son dos atributos esenciales, que cada entidad, y el sistema financiero en su conjunto, debe salvaguardar celosamente. Los acontecimientos de los últimos meses muestran los graves efectos para la economía y la sociedad globales —y para las propias entidades financieras— de la quiebra de la confianza en el sector financiero.

Como resultado de su posición central en la economía y la sociedad, la banca se ve afectada de forma plena por los cambios tecnológicos y sociales. Cambian los clientes, sus necesidades, sus expectativas y demandas, los canales y procedimientos por los que prefieren ser atendidos. Y responder a estas exigencias requiere una profunda transformación tecnológica, organizativa y cultural. Una transformación paralela a la que está experimentando la sociedad global para aprovechar el inmenso potencial del avance científico y tecnológico para sostener el crecimiento económico, mejorar el bienestar de la sociedad y restaurar los equilibrios medioambientales rotos en un pasado reciente.

Las materias primas clave de la industria financiera son dos: el dinero y la información. Y el dinero, a comienzos del siglo XXI, está en gran medida desmaterializado y se ha convertido en apuntes contables; en definitiva, en información susceptible de ser transmitida instantáneamente y a un coste casi nulo. Por ello, el avance tecnológico da a la banca oportunidades excepcionales para mejorar todos sus procesos y ofrecer más y mejores productos y servicios a un número mucho mayor de personas, con la máxima conveniencia para ellos y a precios mucho más bajos.

Ciertamente, la industria financiera ha cambiado en las últimas décadas para adaptarse, en algunos de sus elementos y operativa, al nuevo entorno tecnológico, pero la profundidad y la amplitud de estos cambios distan mucho de lo que se ha visto en otros sectores industriales y de servicios. Con todo, el peso de los hechos, de las realidades sociales y económicas globales hacen que esa transformación profunda de la industria financiera sea inevitable y cada vez más apremiante.

BBVA quiere ocupar una posición de liderazgo en esa transformación de la industria financiera, a través de una estrategia que se basa en tres pilares: los principios, la innovación y las personas.

Esa estrategia, y la cultura corporativa de la que surge y a la que refuerza, se resumen en nuestra visión: «BBVA, trabajamos por un futuro mejor para las personas». Es decir, trabajamos para las múltiples dimensiones de las personas que son nuestros clientes, nuestros empleados, nuestros accionistas y, también, todos los ciudadanos de las sociedades en las que estamos presentes.

Creemos que nuestro trabajo ayuda a un futuro mejor si trabajamos de acuerdo con firmes principios éticos, de veracidad, honestidad y transparencia. Si situamos a las personas en el centro de nuestra actividad y colaboramos en hacer posibles las aspiraciones de las sociedades en las que estamos presentes. Y, finalmente, si impulsamos la innovación, como vía fundamental para ofrecer más y mejores soluciones, más flexibles e individualizadas y a mejor precio a nuestros clientes, ampliando las posibilidades de acceso a los servicios financieros por parte de más personas. Algo que, al tiempo, generará más valor para nuestros accionistas y permitirá a nuestros colaboradores desarrollar una vida más gratificante.

En ese marco de innovación y responsabilidad corporativa se integra nuestro compromiso con el impulso y la difusión de la educación y la ciencia.

La innovación es un pilar clave de nuestra estrategia y nuestra cultura. En BBVA realizamos un gran esfuerzo de innovación y transformación, con el objetivo de ofrecer mejores soluciones para las personas. Y ello se traduce en una diferenciación respecto al conjunto de empresas de nuestro sector, y en una capacidad superior de creación de valor recurrente, en el medio y largo plazo. No se nos escapa que la ciencia, la investigación y los entornos creativos que las acompañan y son su consecuencia, resultan claves para la innovación de procesos y de productos, de nuevas y más eficaces soluciones a las demandas y los retos de las sociedades del presente.

La responsabilidad respecto a las sociedades en las que trabajamos —actualmente, más de 30 países en varios continentes, y en proceso de ampliación— es parte integral de la estrategia y la cultura de BBVA.

Creemos que nuestra primera responsabilidad es hacer bien nuestro trabajo diario. Mejorar cada día los servicios —la calidad, confiabilidad y precio—, que prestamos a nuestros clientes es la mejor forma de contribuir al desarrollo económico y la estabilidad social.

Pero nuestro compromiso va más allá. Porque queremos contribuir a que ese crecimiento sea sostenible en el tiempo. Por eso, desarrollamos políticas pioneras en el sector en el terreno medioambiental. Y por eso, hemos desarrollado también una estrategia y una política en el terreno social, que incorpora tres líneas básicas de actuación, entre las que el impulso a la educación y el conocimiento tiene un papel central.

La primera de ellas se instrumenta a través de nuestro programa de «Inclusión Financiera», que busca favorecer el acceso a los servicios financieros básicos de pago, ahorro o crédito —servicios que resultan fundamentales para evitar la exclusión económica y social y promover el desarrollo personal— a personas de renta baja para las que la industria financiera convencional no ofrece un modelo de negocio que sea rentable. En algunas áreas de implantación de BBVA, como Latinoamérica, ése es, precisamente, el segmento mayoritario de los ciudadanos.

Buena parte de esas iniciativas las realiza el propio Banco, que está desarrollando modelos innovadores que, a través del uso intensivo de la tecnología, permiten abaratar drásticamente la producción y distribución de servicios financieros básicos. Además, nuestro Grupo está fuertemente comprometido con el desarrollo de las microfinanzas, para lo que ha creado la Fundación BBVA para las Microfinanzas, entidad sin ánimo de lucro y dotada con 200 millones de euros.

El «Apoyo a la Educación», especialmente en los segmentos de la población de menos recursos, es otra de las líneas de trabajo de nuestro Grupo. Concretamente, el Plan de Acción Social de BBVA en América Latina destina actualmente el 1% de los beneficios de cada banco del grupo en esa región y más del 80% de esos recursos se dedican a diferentes programas educativos.

La tercera línea es, como comentábamos al inicio de estas páginas, la del «Impulso del Conocimiento», que fundamentalmente lleva a cabo la Fundación BBVA a través de diferentes programas de apoyo a la investigación científica y a su difusión, con especial atención a las ciencias sociales, la biomedicina, las ciencias del medio ambiente y las ciencias básicas, además de la cultura (especialmente la literatura española y latinoamericana y la música contemporánea).

Ésta es la línea en la que se inscriben tanto este libro Fronteras del conocimiento como los Premios del mismo nombre. Con ellos, queremos contribuir a corregir un déficit general, especialmente marcado en la sociedad española y latinoamericana, de visibilidad y reconocimiento explícito de los múltiples logros de la comunidad científica. Y, con ello, proyectar a la sociedad los avances de la ciencia, la tecnología y algunas de las áreas del arte de nuestra época, el significado de su contribución a la mejora de las posibilidades colectivas y, también, el perfil de quienes con su trabajo de investigación y creación hacen posible la ampliación del espacio de lo conocido y enriquecen el dominio de la cultura.

Constituye una paradoja que la alta estimación social latente de la figura abstracta de los científicos e investigadores, evidenciada en todo el mundo por múltiples encuestas desde finales de la década de 1950, apenas se refleje en ocasiones de celebración y reconocimiento público hacia las personas concretas que logran impulsar de manera decisiva el conocimiento. Algo que contrasta con lo que ocurre con otras profesiones menos centrales. Son pocos los premios internacionales —y ninguno como los galardones del Nobel— que logran, de tiempo en tiempo, hacer visibles para la sociedad la identidad de un selecto grupo de investigadores y creadores. Los Premios Fronteras del conocimiento quieren contribuir también a ese objetivo de acercamiento y valoración social de la cultura científica del presente.

Los nuevos premios que BBVA impulsa a través de su Fundación presentan un perfil diferente al de otros galardones importantes. Pretenden reconocer e incentivar la investigación y la creación cultural, en especial aquellas contribuciones de amplio impacto por su originalidad, implicaciones teóricas y conceptuales y su traslación a innovaciones particularmente significativas. La denominación de estos premios quiere significar tanto el trabajo de investigación capaz de ampliar el ámbito del conocimiento —desplazando hacia delante, de manera continua, la frontera de lo conocido—, cuanto el encuentro y solapamiento entre áreas disciplinares. Específicamente las ocho áreas objeto de reconocimiento y representadas en los capítulos de este libro, son las siguientes: Ciencias básicas (Física, Química, Matemáticas), Biomedicina, Ecología y Biología de la conservación; Cambio climático; Tecnologías de la Información y la Comunicación; Economía, Finanzas y Gestión de Empresas, Cooperación al desarrollo y Arte (Música, Pintura, Escultura, Arquitectura).

Además del número de áreas y el contenido de las mismas, hay otros elementos que dan a estos premios un perfil específico. En primer lugar, el reconocimiento del carácter interdisciplinar del conocimiento en las últimas décadas del pasado siglo y en el presente. En segundo lugar, atienden al hecho de que muchas de las contribuciones decisivas al conocimiento de nuestra época son resultado de la colaboración de grandes equipos de investigadores, lo que lleva, a diferencia de otros premios, a aceptar la posibilidad de hacer objeto del galardón a equipos, sin restricción del número de sus integrantes, o a un número abierto de investigadores que de manera paralela hayan convergido en hacer posible un determinado avance. En tercer lugar, se establece una categoría que premia la creación de excelencia en cuatro ámbitos de la cultura particularmente innovadores y que influyen de manera significativa en la sensibilidad de una época, como son la música contemporánea, la pintura, la escultura y la arquitectura. En cuarto lugar, se reconocen esfuerzos de tipo diverso (desde la investigación hasta las actuaciones e iniciativas prácticas) en dos cuestiones centrales de la sociedad global del siglo XXI: el cambio climático y la cooperación al desarrollo de amplias zonas del planeta, o lo que es lo mismo, la eliminación de la pobreza y la marginación.

Estos premios responden a la visión de BBVA sobre el conocimiento y la innovación en las condiciones de la sociedad global del presente, visión que esbozamos en las restantes páginas de este capítulo, como una presentación general del sentido de este libro.

Sociedad del conocimiento y sociedad global

El término «sociedad del conocimiento» y otros emparentados con él, como «sociedad de la información» y «economía del conocimiento», surgen en los años 60 del pasado siglo. Todos ellos tienden a designar el mismo fenómeno —o distintas facetas del mismo fenómeno—: la emergencia de una sociedad (una economía) en la que los avances científico-tecnológicos y, en particular, los de las tecnologías de la información y las telecomunicaciones, y su rápida difusión a la sociedad, se convierten en elementos centrales de la actividad económica, transformando en paralelo y de manera profunda la cultura y los modos de vida de las personas.

Posiblemente, el primer autor en utilizar el concepto de «sociedad de la información» fuera el economista Fritz Machlup, quien en 1962 constató cómo el número de empleados dedicados a la manipulación de información era mayor que el de los que desarrollaban algún tipo de actividad física o manual.

Por su parte, la expresión «sociedad del conocimiento» fue utilizada por primera vez por Peter Drucker en su libro de 1968 The Age of Discontinuity, postulando que el recurso básico para la producción de riqueza en nuestro tiempo reside en el conocimiento y en la productividad de éste. Posteriormente, este mismo influyente autor subrayaría las profundas transformaciones sociales que esto implicaba y la estrecha vinculación entre «conocimiento» y «globalización»: el auge de las tecnologías de la información y la telecomunicación permitían —en opinión de Drucker— que empresas, productos y consumidores pudieran trascender las fronteras nacionales e impulsar la emergencia de un gran mercado global (Drucker 1994).

En las décadas transcurridas desde las contribuciones iniciales de Machlup y Drucker, las tendencias detectadas se han reforzado hasta un extremo difícil de anticipar. No es extraño por ello que en esas décadas se propusieran una serie de modelos sociológicos y económicos acerca del tránsito desde la sociedad industrial a la sociedad posindustrial, incorporando los atributos principales de la sociedad de la información. Dos de los autores más conocidos de esos modelos son A. Touraine y, especialmente, Daniel Bell (1). Ha habido otras muchas caracterizaciones similares de las sociedades del último tercio del siglo pasado. Las etiquetas más conocidas, compiladas por Beniger (1986), destacan la importancia de la base tecnológica —particularmente las «tecnologías de la información»— para modelar la estructura de las sociedades avanzadas: sociedad computerizada, era de la información, comunicación, sociedad posindustrial, revolución electrónica, sociedad telemática, sociedad cableada, era computacional, micromilenio, tercera ola, era de la información. A esa lista podrían añadirse otras expresiones emparentadas, como las de revolución del control, debida al propio Beniger, High Tech Society o, dando un salto hasta la última década del siglo XX, «Network Nation», «Virtual Community», «the Network Society», «Cibersociety 2.0».

Avance tecnológico, cambio cultural e innovación

Las interacciones entre las tecnologías electrónicas, los nuevos materiales, la informática y las telecomunicaciones, además de los desarrollos en curso en los campos de la nanotecnología y de la biotecnología, han hecho posible reemplazar la base tecnológica que sostuvo varias décadas de crecimiento ininterrumpido desde finales de la Segunda Guerra Mundial hasta casi el cierre del siglo anterior. Uno de los componentes esenciales del actual impulso tecnocientífico —la asociación de informática y telecomunicaciones— presenta la particularidad de afectar a procesos y productos de todos los sectores económicos sin excepción, abarcando además todo el ciclo económico, desde el diseño a la comercialización, pasando por la ingeniería y la producción. Además de esos impactos económicos directos de las tecnologías de la información, sus efectos fundamentales pueden medirse también, desde hace al menos dos décadas, en una larga serie de áreas como la propia práctica del trabajo científico, la enseñanza, la sanidad, el ocio, las prácticas asociativas (emergencia de grupos de interés, asociacionismo electrónico y comunidades «virtuales») y el ámbito de la cultura.

Los progresos en la tecnología de la información en el último medio siglo han sido formidables. La llamada Ley de Moore (en realidad, una observación empírica, que establece que la capacidad de almacenamiento y proceso de información se dobla cada 18 meses), se ha mantenido desde que Gordon Moore la formulara en los años 60. Pero no se trata sólo de esto, sino, también, y muy especialmente, de la difusión universal de los ordenadores personales y el desarrollo de Internet, una plataforma cuyo enorme poder reside en la combinación de la información que alberga y recrea de continuo, y su condición de red. Precisamente, la llamada Ley de Metcalfe, establece que el valor de una red aumenta en relación al cuadrado del número de personas conectadas a ella.

Es claro que uno de los factores explicativos de la rápida difusión de la informática reside en los avances científico-tecnológicos, que han hecho posible la mejora sostenida en prestaciones, en paralelo a la baja de su coste. Pero la trayectoria del computador desde mediados de los años 40 del pasado siglo hasta el presente ha estado afectada también por dimensiones sociales, algunas tan intangibles como el modo de ver al computador: cuáles son las posibilidades que abre y cómo se concibe la «cohabitación» de procesadores humanos y procesadores electrónicos, para decirlo con la plástica imagen del Premio Nobel Herbert Simon (1985). Merece la pena referirse, siquiera sea brevemente, a esos dos aspectos, tecnológico y social, por cuanto ilustran la complejidad de los procesos de innovación.

Hoy tomamos como algo obvio que el computador es una tecnología de propósito «universal» («The Universal Machine») y, por ello, situada en plano muy distinto del ocupado por las máquinas emblemáticas de la revolución industrial, «dedicadas» por diseño a una o, como mucho, a unas pocas tareas, prefijadas y especificadas de antemano. Vemos y usamos el computador como una tecnología susceptible de convertirse en soporte y amplificador de una larga serie de funciones mentales y tareas especializadas, en ampliación permanente. Esta versatilidad permite trascender la función a la que la propia etiqueta lingüística alude (computing o «cálculo»), para abrir paso a funciones tan variadas como el tratamiento integral de información cuantitativa o categorial (cualitativa), la creación de imágenes e incluso de «mundos virtuales» y muchas más, entre las que destaca el ser, en interacción con las telecomunicaciones, una plataforma de comunicación flexible y robusta, soportando todos los formatos, desde la voz al texto, las imágenes y el vídeo, etc., abarcando además al conjunto del planeta y dando forma así a «Global Networks» (Harasim 1993).

Tan viva es la percepción de la brecha con el pasado reciente abierta por la difusión universal del computador y el espacio web tejido con él, que hay que recurrir a los historiadores de la tecnología para darse cuenta de que el modo dominante de concebir los primeros computadores electrónicos, incluso entre la mayoría de sus arquitectos, era el de una tecnología altamente especializada, llamada a ocupar un nicho limitado en unas pocas grandes organizaciones: corporaciones, ejército e instituciones científicas. Paul Ceruzzi, colaborador en esta obra, ha destacado que incluso a la altura de 1951 se estimó que todas las necesidades computacionales de Estados Unidos quedarían satisfechas con cuatro o cinco computadores (Ceruzzi 1986). Una visión tan restrictiva acerca de la gama posible de aplicaciones y destino del computador se explica por factores tecnológicos y culturales.

Comenzando por el plano tecnológico, el análisis de los procesos y la historia de las innovaciones científico-tecnológicas han mostrado que para maximizar las potencialidades de una determinada tecnología se requiere la confluencia de distintos desarrollos tecnológicos (clusters de distintos avances) (Freeman y Soete 1997). Para Rosenberg (1976), la longitud del intervalo entre la fecha de una «invención» y su difusión como «innovación» es, en gran medida, función del tiempo transcurrido para llevar a término actividades inventivas adicionales, orientadas al refinamiento del diseño original, teniendo presente los requerimientos del usuario final.

En el caso que nos ocupa, sin la revolución microelectrónica no cabría explicar el fenómeno de la producción seriada y masiva de computadores y su difusión abarcando desde la gran empresa al hogar, tampoco la aparición de lo que el desaparecido científico del MIT, Michael Dertouzos, llamó hidden computers, computadores «ocultos», insertos en una amplia serie de productos y tecnologías (máquinas, herramientas avanzadas, automóviles, electrodomésticos, equipos de imagen y sonido, relojes y un largo etcétera), mejorando sus prestaciones, incrementando su fiabilidad y permitiendo un considerable ahorro de materiales e, incluso, el diagnóstico y reparación remotos (Dertouzos 1984).

En la dimensión cultural, lo ocurrido con el computador en su periodo de despegue se asemeja al caso de otros avances tecnológicos radicales en la fase de su emergencia: la proyección sobre la nueva tecnología de las imágenes de la herramienta o tecnología a la que «reemplazaba». Así, el coche fue visto como «un carruaje sin caballos», en lugar de como el inicio de una «era de auto-movilidad», la radio como un «telégrafo sin hilos», e, incluso Graham Bell, durante un corto espacio de tiempo, consideró el teléfono como un medio de difusión de mensajes desde una central (al modo de la radio), en lugar de como una herramienta conversacional. No tiene, por tanto, nada de extraño que el computador electrónico fuera concebido como una potente herramienta llamada a reemplazar con ventaja a los únicos «computadores» existentes en la época: las personas dedicadas, armados con lápiz y papel o con el concurso de tabuladoras mecánicas, al cálculo de tablas utilizables para distintas aplicaciones (navegación, seguros).

Ciertamente, la posibilidad misma del computador personal ha requerido de multitud de avances en los lenguajes de programación, interfases, sistemas operativos, aplicaciones, que han eliminado prácticamente las barreras de entrada para su uso. Pero, también, factores de naturaleza cultural, como «visiones» acerca de los usos del computador y sus modos de relación con el usuario final, han resultado fundamentales para su pauta de difusión masiva. Visionarios como Vannevar Bush, Douglas Engelbart, el proyecto Augmented Human Intellect del Stanford Research Institute (SRI), la comunidad de investigadores en Inteligencia Artificial, el legendario centro de investigación de Xerox en Palo Alto, el programa de investigación en «trabajo cooperativo asistido por ordenador» (CSCW), así como la implementación de algunos de los principios guía de esa(s) comunidad(es) en el arranque de la empresa Apple, hicieron cristalizar una visión del computador como tecnología para «aumentar» (en lugar de reemplazar) las capacidades de los seres humanos, y para ensanchar las posibilidades de comunicación y colaboración en el grupo-de-trabajo y, más allá de éste, entre grupos sociales e individuos.

El salto desde la decena de grandes computadores de la década de 1940, aplicados a la ejecución de unas pocas tareas especializadas por un reducido segmento de científicos e ingenieros, a los millones de microcomputadores de propósito universal, accesibles incluso para los niños, en la década de 1990, representa un hito fundamental en la historia de la tecnología y de sus impactos sociales. Pero en el periodo más cercano, el acercamiento y fusión de las telecomunicaciones y de la informática, cristalizada en el crecimiento exponencial de las «redes» y de Internet, ha abierto una nueva y más decisiva línea divisoria en el desarrollo de la tecnología, así como un espacio sin precedentes para la experimentación social.

Todo ese complejo proceso ilustra cómo los procesos de innovación radical, para resultar exitosos, requieren de la interacción de numerosos avances, desde los estrictamente tecnológicos a los de naturaleza social y cultural. Y cada uno de ellos tiene su propio tiempo de desarrollo, lo que dificulta la anticipación precisa del «cuándo» e incluso del «qué», la emergencia de una innovación con efectos significativos.

¿Hacia una verdadera sociedad del conocimiento?

Entre los efectos sociales del proceso de innovación de la informática y las telecomunicaciones, quizás el principal de todos sea el que los ciudadanos vivimos hoy en una sociedad de la información. Tenemos acceso a un universo de información en perpetua expansión. Contamos con una tecnología cada vez más potente, ampliamente accesible, para crear y acceder a esa información, transmitirla, tratarla, analizarla, relacionarla, y, eventualmente, convertirla en conocimiento y aplicarla a la resolución de problemas. Con ello, en poco más de tres décadas se ha invertido una pauta secular caracterizada, en primer lugar, por la penuria absoluta de información y, en segundo pero no menos importante lugar, por la concentración de la misma en una minoría de la sociedad.

Desde luego, nuestra sociedad es, con mucho, la que más conocimiento genera y ha acumulado en la historia de la Humanidad. En 1990, David Linowes afirmaba que hasta la mitad del siglo XVIII no se dobló el conocimiento que existía en la época de Cristo. Volvió a doblarse en los siguientes 150 años —hasta el inicio del siglo XX— y de nuevo se dobló en 50 años —hasta la mitad de ese siglo—. En nuestros días, el volumen de conocimiento se dobla cada cuatro o cinco años.

Sin embargo, una verdadera sociedad del conocimiento no es todavía más que una aspiración, una meta hacia la que avanzamos, pero que resulta elusiva. Y esto es así por dos razones fundamentales: primera, porque gran parte de la Humanidad continúa fundamentalmente ajena a todos estos desarrollos. Como señala Janet Abbate en su artículo en este libro, más de la mitad de la población de los países desarrollados utilizaba Internet en 2005, frente al 1% en los 50 países menos desarrollados. Hoy existe una inmensa brecha digital (digital divide), que frena las posibilidades colectivas abiertas por el computador y la web y que demanda atención urgente por parte de agentes públicos y privados, si se quiere acortar el diferencial entre sociedades avanzadas y países que no han logrado entrar en la senda del crecimiento sostenible.

La segunda razón por la que la sociedad del conocimiento es todavía más objetivo que realidad empíricamente observable, es que la inmensa mayor parte de la información disponible es una enorme masa indiferenciada de datos cuantitativos y de información categorial o cualitativa. La estructura de gran parte de esa información sigue oculta (no conocemos las relaciones internas entre las múltiples piezas que la integran), no disponemos de explicaciones articuladas que les den coherencia global y, en definitiva, no dominamos una «tecnología» fundamental: cómo convertir esos datos en conocimiento y cómo convertir una parte significativa del conocimiento en innovación, en nuevas aplicaciones útiles para la vida de las personas y para resolver los grandes problemas de orden planetario. Un ejemplo claro de esta situación es la explosión reciente de la información genética (desciframiento del genoma humano), y las dificultades para su interpretación y traslación a terapias nuevas y más eficaces. Pero hoy se trabaja de manera intensa en la construcción de algoritmos estadísticos y metodologías capaces de ayudar a descifrar el sentido de volúmenes gigantescos de información de naturaleza diversa. De su éxito dependerá, en gran medida, nuestra capacidad para transformar la información en conocimiento y su traslado, vía innovación, a satisfacer necesidades y demandas en multitud de planos (Hastie, Tibshiraniy y Friedman 2003).

Sin duda, la revolución tecnológica y el rápido aumento del conocimiento han dado lugar a una fase fuertemente expansiva del crecimiento económico mundial. Sin embargo, la distribución de esos beneficios se ha revelado muy desigual. La capacidad productiva actual del planeta permite sustentar a una población triple que la de mediados del siglo XX. Han mejorado también los niveles de vida en gran parte del mundo y la pobreza extrema se está reduciendo, no sólo en términos relativos al total de la población, sino también en términos absolutos (Naciones Unidas 2007).

Sin embargo, han aumentado las desigualdades en, prácticamente, todos los países del mundo, y entre las áreas más avanzadas y las más desfavorecidas. No es extraño por ello que proliferen las reflexiones sobre el malestar y los problemas de la globalización y que, en ocasiones, predomine la visión de los problemas más que la de las oportunidades de la globalización y el cambio científico-tecnológico (2).

Además, el acelerado crecimiento de la población y de la actividad productiva esta acarreando muy serios problemas de sostenibilidad medioambiental, asociados a la sobreexplotación de los recursos naturales terrestres y marítimos, la escasez de agua dulce, la pérdida acelerada de biodiversidad (especies y hábitats) y el cambio climático, con los impactos consiguientes que ello pueda tener sobre el asentamiento de la población y la economía en las próximas décadas (temas fundamentales sobre los cuales presentamos también en este libro contribuciones de destacados especialistas).

Con todo, hay razones para el optimismo. Las ciencias básicas siguen conquistando capas cada vez más profundas del conocimiento de las estructuras y los procesos físicos, químicos y biológicos. Y de ello se siguen consecuencias de todo orden, desde las estrictamente cognitivas (mejor conocimiento) a las tecnológicas (nuevos instrumentos de satisfacción de necesidades). Nos encontramos en el inicio de la evolución de tecnologías potentísimas y muy versátiles, entre ellas Internet, cuya tercera generación abrirá muchas más posibilidades de cooperación e incorporación activa de todos al espacio electrónico. Estamos meramente escarbando la superficie de una gigantesca veta de riqueza y bienestar para la Humanidad. Y ésta es, seguramente, la revolución tecnológica más «democrática» que haya existido nunca. No sólo por el dato contextual obvio de ocurrir cuando la democracia es el régimen político imperante en la mayor parte del mundo —lo que, sin duda, potencia sus efectos positivos— sino, también, porque es la revolución que, a pesar de las barreras y las limitaciones apuntadas, más rápidamente se está difundiendo por todo el planeta, siendo la que plantea menos obstáculos para la incorporación a ella de las personas de todas las partes del mundo.

¿Cómo acelerar la generación de conocimiento?

Este marco, en que coexisten problemas serios y cada vez más apremiantes, junto con enormes potencialidades de avance científico y tecnológico, sitúa la cuestión de los mecanismos y procedimientos más apropiados para impulsar la generación y difusión del conocimiento como una de las cuestiones clave para el futuro de la Humanidad.

Tradicionalmente, los catalizadores principales para impulsar la generación del conocimiento han sido dos: el provecho económico, motor de los agentes privados; y la guerra, motor de iniciativas y programas de los gobiernos.

Las necesidades bélicas como impulsoras de avances científicos y tecnológicos, alcanzaron una eficacia sin precedentes en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. La ciencia y las tecnologías subatómicas, las telecomunicaciones, el radar, la microelectrónica y el ordenador recibieron ese impulso del esfuerzo bélico. Pero otras áreas conocieron también avances fundamentales, en particular en la medicina, la farmacología, la psicología y la investigación operativa (3).

El push que la Segunda Guerra Mundial dio a la investigación científica y tecnológica se vio reforzado en las últimas décadas del siglo pasado con una participación creciente del sector privado, respondiendo a las mayores oportunidades de explotación comercial de los avances en la investigación.

En los últimos cincuenta años ha habido cambios profundos en la forma en la que se genera y se utiliza el conocimiento. En paralelo a un crecimiento sin parangón del conocimiento científico, los gobiernos, las empresas, las instituciones científicas han venido debatiendo las formas más eficaces de traslación de los avances científicos a la competitividad de empresas y los países, en definitiva, a la mejora de las posibilidades colectivas.

Durante décadas, el enfoque dominante fue el apoyo sin reservas por parte de los poderes públicos y, en menor medida, de algunas grandes corporaciones a la llamada investigación básica, bajo el supuesto de que de esos conocimientos, antes o después, se derivarían aplicaciones prácticas muy difíciles de anticipar, particularmente en el caso de aquellas innovaciones de tipo más radical, las más difíciles de imitar para países y empresas competidoras. Ese modelo aparecía más o menos emparentado con la doctrina de Vannevar Bush y la experiencia de los años de la Segunda Guerra Mundial (4).

Pero al menos desde los años 80 del pasado siglo la insatisfacción conceptual y práctica con ese enfoque heredado se hicieron patentes. Así, por ejemplo, un influyente informe interdisciplinar, publicado bajo el título Made in America (Dertouzos, Lester y Solow 1989), preparado por la Comisión de Productividad Industrial del MIT, entre cuyos miembros se encontraba el Nobel de Economía Robert Solow, quiso explicar la paradoja de que Estados Unidos contara, por una parte, con la ciencia básica más avanzada y los científicos y tecnólogos mejor formados y, por otra, hubiera disminuido su capacidad de traducir ese diferencial cognoscitivo en innovación, en comparación con lo ocurrido en las décadas subsiguientes al término de la Segunda Guerra Mundial. En tanto que Japón, concentrándose en áreas de investigación tecnológica de carácter más aplicado, parecía mostrarse capaz de capturar mercados de productos inequívocamente americanos (como la electrónica de consumo), tenía un tiempo medio de llegar al mercado sensiblemente más corto en sectores emblemáticos de la industria americana (el del automóvil) y alcanzaba niveles de calidad muy superiores.

Esas dificultades distaban de ser privativas de Estados Unidos, como parecieron creer los autores del mencionado informe. Con casi una década de retraso, la Comisión Europea (re)descubrió el mismo problema y no dudó en etiquetarlo como «paradoja europea» en El libro verde de la innovación (1995) y en el proyecto Made in Europe emparentado con él.

De ese tipo de análisis ha resultado —no sin críticas por parte de sectores de la comunidad científica— un cambio de perspectiva en la elaboración de la política científica, consistente en la reducción del peso de la investigación orientada al avance del conocimiento (lo que se conoce como «investigación pura» o básica), sin búsqueda directa de aplicaciones prácticas. Ese «tipo» de ciencia ha tenido que ir cediendo o, al menos, teniendo que compartir recursos financieros y humanos con la llamada «investigación estratégica», objeto de planificación externa (por agencias e instituciones públicas) al servicio de la satisfacción de objetivos socioeconómicos (destacando de manera nítida entre ellos, la mejora de la competitividad de las economías nacionales, las políticas de defensa y las de salud).

En el ámbito de las grandes empresas se ha ido imponiendo esta última visión, orientada a un alineamiento estricto entre programas de investigación y objetivos económicos. Esto ha llevado, en no pocos casos, a reducir el peso, o incluso a prescindir por completo del propio laboratorio industrial, sacando éste al mercado. O, en otros casos, a sustituir el departamento de I+D por contratos con centros públicos o institutos privados dedicados exclusivamente a la investigación. La incertidumbre en cuanto a los resultados alcanzables y las dificultades para apropiarse en exclusiva de los resultados derivados de la investigación, particularmente de la básica, han pesado en esta reconsideración del tamaño, papel y formas del gasto en I+D.

Por su parte, las administraciones públicas de las sociedades avanzadas dieron por agotado, desde los años 80 del pasado siglo, el modelo posbélico de desarrollo de la ciencia básica.

Pero ocurre que los supuestos del modelo de dirección estratégica de la ciencia distan de estar sólidamente fundamentados. La historia de la tecnología y la de la innovación muestran el curso tortuoso que lleva del progreso puramente teorético a la mejora o la introducción de nuevos procesos y productos y viceversa.

Ciertamente, resulta muy difícil predecir y gestionar la traducción de avances teóricos en nuevas aplicaciones. Pero, por otra parte, los vínculos entre teoría y aplicación práctica se han multiplicado y sus raíces se han hecho más profundas, obligando a romper esquemas simplificadores acerca de lo que es útil y de lo que —se supone— «sólo» contribuye a un mejor conocimiento de la realidad. En los países y regiones con un entorno cultural e institucional comprometido con la excelencia y la innovación, los agentes públicos y privados comparten la percepción de que la economía y sociedad descansan cada vez más en una infraestructura de «intangibles», de teorías, información y conocimiento científico, donde la actividad científica y las estrategias empresariales tienen un amplio área de solapamiento, en continua redefinición.

Los países europeos que, por lo general, incorporan con retraso conceptos y experiencias del otro lado del Atlántico, necesitan prestar más atención a lo que, de verdad, ha tenido lugar en Estados Unidos: la literatura y la evidencia empírica muestran que la investigación científica financiada con fondos públicos ha desempeñado el papel principal en la innovación industrial en Estados Unidos.

Lo que se desprende de las pautas de innovación en Estados Unidos, es la necesidad de incrementar en este lado del Atlántico el esfuerzo público y privado en actividades de I+D, al tiempo que se promueve la ciencia y la tecnología de excelencia y, sobre todo, se introduce la cultura de «mercado», de competición abierta y esfuerzo sostenido por la excelencia (universidades y centros de investigación estratificados por su capacidad de contribución al conocimiento y la innovación), de movilidad e interacción entre investigadores y el sector privado, rediseñando interfases de comunicación eficaz entre instituciones dedicadas a la creación y transmisión de conocimiento y el mundo de la empresa. Un programa cuyo desarrollo requiere del concurso decidido y la coordinación de las administraciones públicas, desde las de ámbito europeo a las regionales, pasando por las de carácter nacional.

Hay que renegociar el anterior «contrato implícito» entre universidades, industria y administración, redefiniendo qué es lo que puede esperar y dar cada una de esas instituciones a las otras. Tal y como han señalado dos destacados expertos en innovación, los profesores Rosenberg y Nelson, hay que modificar el status quo, pero las reformas deben estar basadas en una consideración cuidadosa de la especialización funcional de unas y otras instituciones, buscando una mejor división del trabajo entre todos los agentes del sistema de innovación.

Lo que parece claro es, en todo caso, la necesidad de impulsar una tupida red de relaciones entre industria y universidad, que puede tomar formas varias, desde el acceso fluido del personal de I+D de la empresa a sus colegas universitarios (y a la inversa), al desarrollo de instituciones especializadas a medio camino entre empresa y centros de investigación públicos, pasando por la financiación pública de líneas de investigación cuyo propósito sea la mejora de la competitividad, supervisadas por comités asesores de composición mixta universidad-empresa-administración. Con independencia de unas u otras fórmulas, lo realmente importante es crear redes de transmisión dinámica de información y señales, la generación de confianza e intercambio de conocimiento tácito (difícilmente codificable) entre los distintos agentes, derribando las barreras observables en gran parte de Europa entre, por decirlo sintéticamente, universidad y empresa.

Interacciones entre ciencia y tecnología

Los resultados de la investigación científica y la innovación tecnológica se han hecho cada vez más presentes en todos los aspectos de la actividad y de la vida humanas, hasta el punto de que están generando, como señalara Peter Drucker, «mucho más que una transformación social, un cambio en la propia condición humana» (Drucker 1994). Ello se traduce en una interpenetración y una fertilización cruzada crecientes entre la investigación científica, la innovación, las actividades productivas y los modos de vida de las personas. Y en una drástica reducción del tiempo entre el descubrimiento científico y la explotación comercial de sus resultados (Mowery 1989).

La ciencia y la tecnología avanzan, cada vez más, como resultado de la confluencia y la interacción entre disciplinas «clásicas» y de la emergencia de otras nuevas, así como del solapamiento y de la influencia cruzada entre ciencia y tecnología, dejando como algo obsoleto la clásica discusión de si la tecnología depende del previo conocimiento científico, si éste se beneficia de aquélla o, si marchan de manera independiente. En el siglo XX, y muy en particular en su segunda parte, las relaciones ciencia-tecnología y de ambas con la sociedad han cambiado de manera fundamental. Las empresas y los sectores industriales, así como las demandas sociales en campos como la salud, la energía, la agricultura y la alimentación, el transporte, el medio ambiente, la desigualdad y la pobreza son fuentes o señales para la ciencia, reclamando la potencia analítica que sólo la investigación científica puede proporcionar y las soluciones eficaces y eficientes propias del dominio de la tecnología —el ámbito que el Nobel de Economía Herbert Simon etiquetara como «las ciencias de lo artificial» (1996).

Este complejo marco del presente es, también, el que ayuda a explicar el peso creciente de la cooperación multidisciplinar en la investigación científica contemporánea, así como el hecho de que la mayor parte de la investigación científica se desarrolle por equipos muy numerosos, integrados por investigadores afiliados con distintas instituciones y basados en diferentes puntos del mundo. Las innovaciones en las telecomunicaciones e Internet permiten la participación activa y simultánea en un determinado proyecto de investigadores de todas las partes del mundo, incluyendo —y esto es bastante esperanzador— los de las regiones menos ricas y avanzadas del planeta.

Arquitectura institucional y entorno cultural de la ciencia

La ciencia es hoy una actividad marcadamente social y altamente institucionalizada, que si bien sigue requiriendo de la creatividad y el riesgo individual, se desarrolla cooperativamente en marcos organizativos especializados y en un entorno social del que obtiene no sólo medios humanos y materiales adecuados, sino también señales (apreciación de la ciencia, prioridades de la investigación) e influencias conceptuales y culturales, desde las provenientes de campos próximos, a las propias de las Humanidades y el conjunto de la cultura (las worldviews activas en una sociedad).

La importancia del alineamiento y la interacción positiva entre todos esos elementos se ha hecho particularmente crítica en las últimas décadas. Y, como explica Nathan Rosenberg en su excelente artículo en este libro, un reto crucial es la adaptación del marco institucional (institutional setting) de la ciencia y la investigación a nuestra sociedad global.

En este sentido, hoy se plantean nuevos retos organizativos para el desarrollo de una investigación que es crecientemente interdisciplinar, multipolar —incluso deslocalizada—, fuertemente cooperativa y que mantiene un grado de interacción creciente con su medio social.

¿Cómo desarrollar investigación interdisciplinar en universidades divididas en departamentos definidos por disciplinas especificas, y por investigadores y científicos que —al menos en el mundo académico— asignan una gran importancia al hecho de trabajar en un campo reconocido?, ¿cómo combinar los marcos y estructura disciplinar del conocimiento, bien definidos y asentados en razones y tradiciones teóricas, con institutos y centros interdisciplinares, más cercanos al abordaje de retos prácticos?, ¿cómo conciliar los intereses de los gobiernos y las agencias públicas nacionales, que son una parte integral del entramado científico, con la configuración de equipos multinacionales muy flexibles y cambiantes?, ¿cómo salvaguardar los incentivos de las empresas a destinar recursos a la investigación, en proyectos con múltiples participantes y en un contexto en el que información vital puede ser divulgada instantáneamente urbi et orbe? Y, finalmente, ¿cómo asegurar que todo este entramado institucional se orienta a la resolución de problemas de interés general y contribuye efectivamente al bienestar de las personas, de forma que el avance científico y tecnológico no se traduzca en un aumento de las desigualdades o en mayores problemas de sostenibilidad global?

La mera enumeración de estos desafíos hace ver que, en gran parte, demandan respuestas del campo de las ciencias sociales y del comportamiento y, en particular, de las tecnologías «blandas» de la organización y los incentivos, así como del estudio de la cultura y las actitudes.

Pero además del rediseño de la arquitectura institucional de la ciencia y la tecnología, de las políticas públicas para su promoción y de la gestión estratégica de las actividades de I+D y de innovación por parte de las empresas, se requiere que el apartado de los intangibles, los valores y las percepciones, en definitiva la envolvente cultural de la ciencia sea sensible a ésta, opere como impulso y como vector de orientación.

Reconciliando ciencia, tecnología y sociedad

Una percepción social empática respecto a la ciencia es crucial en, al menos, tres aspectos fundamentales. Primero, para que la ciudadanía impulse, con el peso de su opinión, de su voto, incluso de su poder de compra, las políticas públicas y las decisiones de las empresas privadas de apoyo e inversión en educación y en investigación. Premiando la innovación (the high road) y desincentivando la ruta competitiva basada meramente en costes bajos, más que en alto valor añadido. Segundo, para atraer capital humano hacia la ciencia, para que los jóvenes con talento se sientan motivados a emprender una exigente, pero también apasionante carrera investigadora, recompensada económica y simbólicamente. Finalmente, la «apropiación» intelectual y cultural de la ciencia por la sociedad es crucial para la propia creatividad científica y para el aprovechamiento e integración eficaz de los nuevos desarrollos en el tejido social. En definitiva, la envolvente que, a propósito del caso de Estados Unidos, ha sido etiquetada por el historiador de la tecnología, Thomas Hugues, como «entusiasmo tecnológico» es decisiva para el avance del conocimiento y, con el, de la sociedad que lo impulsa y acoge (Hughes 2004).

Podríamos sentirnos tentados a pensar que tras varias décadas en las que la ciencia y la tecnología han hecho una contribución abrumadora al progreso económico y al bienestar de las personas, la consideración general de la ciencia como un factor inequívocamente positivo debería estar firmemente consolidada. Pero tal y como destaca Gerald Holton en su excelente ensayo en este libro, la valoración social de la ciencia ha estado históricamente sujeta a fuertes oscilaciones, y ese estatus social deseable de la ciencia no está garantizado. Tras el progresismo optimista que resurgió tras la Segunda Guerra Mundial, ejemplificado en el célebre informe de Vannevar Bush:  Science, the Endless Frontier, encargado por el presidente Roosevelt y publicado en 1945, en la última parte del siglo XX han emergido voces y movimientos críticos con el papel de la ciencia en nuestra sociedad, que recuperan motivos de la resistencia romántica ante la ciencia y la modernización (Marx 1988). Se atribuyen al progreso científico y tecnológico efectos negativos en relación con el desarrollo de armas de inmenso poder destructivo, el deterioro del medio ambiente, la desigualdad dentro de cada sociedad y entre diferentes partes del mundo e, incluso, la configuración de una sociedad y una cultura globales indiferenciadas, deshumanizadas, excesivamente materialistas y privadas de valores morales.

Ciertamente, la preocupación por estas cuestiones y, en particular, por la situación de serio deterioro global del medio ambiente es no sólo legítima, sino compartida por muchísimos ciudadanos. El propio Leo Marx, historiador en el MIT de la cultura americana, ha hecho notar que la creencia en el progreso característica de la cultura moderna euroamericana ha resultado erosionada en las tres últimas décadas del pasado siglo, principalmente por el pesimismo acerca del papel de los seres humanos en la naturaleza y la percepción de que el sistema de producción industrial apoyado en la ciencia y la tecnología están teniendo fuertes efectos indeseados sobre el ecosistema global (Marx 1988).

Las críticas más o menos sistemáticas a la ciencia parecen haber cedido a finales de la primera década del siglo XXI. Sin embargo, el malestar latente sobre algunos de los efectos indeseados —de naturaleza indirecta— de la ciencia sobre el entorno natural, así como la complejidad de la sociedad global, hacen que resulte fundamental promover y consolidar un estado de opinión favorable para la ciencia. Una percepción que asuma que, precisamente, el avance científico y tecnológico es elemento clave para ayudar a la Humanidad a afrontar sus grandes retos. Y a reconocer que las dimensiones científica y humanística de nuestra cultura no sólo son perfectamente compatibles, sino que conjuntamente pueden y deben contribuir a mejorar de forma sostenible las condiciones de la existencia humana. Se trata de recuperar y activar la recomendación que el filósofo y educador norteamericano, John Dewey, hiciera en el siglo pasado de utilizar la ciencia para «curar las heridas causadas por la ciencia aplicada» y, en particular, impulsar el desarrollo de la cultura científica, la transmisión al conjunto de la sociedad de hábitos mentales y actitudes centrales de los investigadores, como la curiosidad, la objetividad, la innovación, el debate racional, la disposición a corregir las opiniones sobre la base de argumentación y evidencia empírica (Dewey 1934). En definitiva, la tradición de racionalismo ilustrado por la que abogara incansablemente Karl R. Popper, sin duda uno de los grandes filósofos y pensadores de la segunda mitad del siglo xx.

Contribuir siquiera de manera modesta a esta gran tarea, es, en definitiva, el propósito de este libro: un libro en el que destacados protagonistas de la ciencia y las artes de nuestro tiempo, investigadores en la frontera del conocimiento, pasan revista al estado del arte y las perspectivas de las ramas del conocimiento científico y artístico más características de nuestro siglo; las que, en mayor medida, están generando avances perceptibles por el conjunto de los ciudadanos y las que se dirigen a afrontar los retos más relevantes para nuestro futuro y el de nuestros hijos: la salud, las tecnologías de la información y las de las comunicaciones, los recursos naturales, el medio ambiente y el cambio climático, la generación y la distribución más equitativa de la riqueza, sin olvidar las artes, expresión de la cultura y sensor de las inquietudes sociales de nuestro tiempo.

En BBVA nos sentimos orgullosos de sumar nuestra contribución al impulso del conocimiento y la creatividad, con la edición de este libro y, de forma más permanente, a través de los Premios Fundación BBVA Fronteras del conocimiento. Agradecemos muy sinceramente a todos y cada uno de los destacados investigadores y creadores que atendieron nuestra petición de presentar de primera mano, con el conocimiento íntimo y la autoridad que confiere su destacada trayectoria en el correspondiente dominio del conocimiento, una selección de cuestiones fundamentales en sus áreas de trabajo. Espero y deseo que los lectores de este libro disfruten con su lectura, tanto como nosotros al editarlo, y se sumen al reconocimiento de los miles de investigadores que diariamente se esfuerzan por hacer avanzar nuestro conocimiento del mundo natural y social y, con ello, amplían nuestra libertad de decisión y posibilidades individuales y colectivas.

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Notas 

  1. Daniel Bell señaló en el Prólogo de 1976 a la segunda edición de The Coming of the Postindustrial Society su incomodidad con las etiquetas «sociedad de la información» y «sociedad del conocimiento» o «sociedad de servicios», que sólo remitirían a aspectos parciales del modelo de sociedad emergente. Pero el foco del análisis y el tenor literal del argumento de Bell recae tan claramente en la dimensión tecnoindustrial de la nueva sociedad, que autoriza su inclusión, dentro del grupo de autores del modelo de la sociedad de la información.
  2. En 1998, la socióloga de la Universidad de Chicago Saskia Sassen publicaba Globalization and its Discontents. Nueva York: The New Press, 1998, y cuatro años más tarde, bajo idéntico título, lo hacía el Nobel de Economía, Joseph E. Stigliz. Globalization and its Discontents. Nueva York-Londres: W. W. Norto & Caompany, 2002.
  3. Sobre la interacción entre necesidades militares y el desarrollo de la tecnología, pueden verse la obra clásica de William H. McNeil, The Pursuit of Power. Technology, Armed Forced, and Society since A.D. 1000. Chicago: University Press, 1982, y la obra editada por Merrit Roe Smith para el caso emblemático de Estados Unidos, Military Enterprise and Technological Chance. Perspectives on the American Experience. Londres: MIT Press, 1987.
  4. Para un análisis crítico de las fortalezas y limitaciones del modelo de apoyo a la ciencia vinculado al ingeniero del MIT, Vannevar Bush, puede verse Claude E. Barfield, ed. Science for the 21st Century. The Bush Report Revisited. Washington: the American Enterprises Institute Press, 1997.
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