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20 noviembre 2018

Diez años después de la crisis: escribiendo el futuro de Europa (I)

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Europa camina con pulso y paso incierto. Durante los últimos años, los partidos políticos nacionalistas, supremacistas y xenófobos europeos han sabido apropiarse de la agenda política europea y de su paso descompasado (Alston, 2017, Castells et al., 2018). Sin embargo, a pesar de la urgencia de este desafío, las instituciones europeas (European Commission White Paper, 2017) no son aún plenamente conscientes de que los populismos y los autoritarismos emergentes no han devenido de causas ajenas, sino que encarnan una creación propia alimentada por la matriz cultural de la auto-suficiencia moralista norte-europea, la corrupción que desestabiliza las democracias más jóvenes y el interés cortoplacista de las políticas nacionales (Barlett, 2018; Cardoso, 2018).

Han pasado diez años de la crisis financiera que ha supuesto una de las mayores transferencias de riqueza desde el sur al norte europeo a lo largo de los últimos cincuenta años (Castells, 2012; Bauman & Bordoni, 2014; Valdivia, 2017a, 2017b). Los cambios estructurales alentados desde entonces han facilitado que el presente de Europa sea el pasado de otros países occidentales en los que el modelo económico neoliberal ya se había impuesto como único y hegemónico a partir de dos principios fundamentales: la “financialización” de cualquier aspecto de la vida social y la devaluación de lo público para su privatización comercial (Sassen, 2014; Milanovic, 2016; Castells et. al., 2018). Los ejemplos son múltiples y conocidos por todos. Sus diferentes realizaciones coinciden en una constante: el incremento de la desigualdad y de la desprotección social (Flesher-Fominaya, 2013; Milanovic, 2016; Piketty, 2018).

La reacción que ante esa crisis se ha ido incubando en Europa durante estos últimos años nos pone ante el umbral de nuevos imaginarios y políticas autoritarias (Cardoso & Jacobetty, 2012; Crouch, 2018). ¿Qué esperaban los grandes defensores de la austeridad de hace unos años? ¿Que los ciudadanos se felicitaran a sí mismos y a sus políticos por desmantelar los sistemas de garantías sociales? (Castells et al., 2018) Al contrario, ahora y de nuevo, estamos bajo el dintel de una nueva crisis (por ahora política, veremos hasta cuando no se torna también económica) encarnada por la emergencia del nacionalismo y sus variantes nativistas y populistas (Mudde 2017a, 2017b; Wodak, 2015; Rensmann, 2017).

Los movimientos nacionalistas surgidos en los países miembros de la Unión hacen tambalearse el proyecto que un día fue fraternal y liberal. Imagen: Pixabay

Lo que resulta sorprendente es que desde Bruselas se siga actuando en modo de piloto automático político a pesar del esfuerzo de redistribución económica que sobre el papel reflejan sus próximos presupuestos (Europan Commission New Narrative, 2014; European Commission White Paper, 2017). Esta sorprendente inacción se debe, entre otros factores, al hecho de que la Unión Europea todavía no opera como una estructura de estados miembros sino como una asociación (o red, como prefiere definirla mi admirado Manuel Castells) de naciones (Castells et al., 2018). No hace falta más que conocer los principios básicos del proceso de toma de decisiones en las instituciones europeas y la llamada “comitología” para comprender que son los gobiernos nacionales quienes todavía hoy toman las decisiones fundamentales. Y aún más, entre estos gobiernos nacionales, aquellos que pagan o creen que contribuyen más al presupuesto europeo (Zaiotti, 2008).

He aquí una de las más graves equivocaciones de los diversos actores políticos e institucionales: creer que se puede ser pro-europeísta y nacionalista al mismo tiempo. Algo que no es posible por una contradicción irresoluble: el estado-nación no es capaz de legislar y de regular con la fuerza y la rapidez necesaria los mecanismos y los flujos económicos de la globalización (Milanovic, 2016). De nuevo nos sobran los ejemplos. De no haber sido por la Unión Europea, ¿podría estar actuando con el suficiente peso jurídico la normativa sobre protección de datos que hace poco ha entrado en vigor en el continente si esa regulación la hubiera adoptado cualquier comunidad autónoma española o región europea? La repuesta es clara. Ni las regiones y ni las naciones tienen ya la capacidad económica, política, jurídica y administrativa para regular los grandes cambios estructurales que afectan a los ciudadanos, de manera directa unas veces o indirectamente en otras ocasiones. En todo caso y solo en ciertos contextos, el municipalismo atenúa o influye en la aplicación de determinados procesos, pero no puede revertirlos.

El panorama hasta aquí descrito es comprensible para cualquier ciudadano. Sin embargo, hay una pregunta más apremiante y compleja a la que todavía no se ha sabido dar respuesta. ¿Por qué tras las crisis de 2008 se ha configurado una sociedad re-tribalizada en vez de producirse una redistribución de los excedentes económicos, de los beneficios sociales y de los principios culturales comunes? (Barlett, 2018, Piketty, 2018) Mis colegas economistas, politólogos, antropólogos, sociólogos se prodigan en extensas disquisiciones en torno a un problema que, sin ánimo de reducir su poliédrica naturaleza, está íntimamente ligado con algo en lo que los especialistas en estudios literarios, y humanísticos en general, somos los mayores expertos: la ficción (Caracciolo, 2014; Pujante, 2017).

Me refiero en concreto a una ficción creada y sustentada por el oportunismo más o menos consciente del populismo y del nacionalismo (Müller, 2016). En esta ficción de la que hablo, la nación constituye el nostálgico paradigma de un momento histórico pasado en el que supuestamente el estado-nación controlaba su destino, con mayores o menores deficiencias, gestionaba y protegía a los que se sentían parte de la comunidad imaginaria que los acogía. Este relato ficticio de la política nacionalista, populista y nativista nos cuenta la poderosa historia de que en torno a 2008 los estados-nación perdieron su autonomía, su capacidad de elección, su derecho a decidir, su expresión, en definitiva, aquello que a cada uno configuraba como un pueblo único, diferenciado y libre.

Los movimientos ultras crecen en número y representación y polarizan la agenda política. Imagen: Pixabay

La invención, ante la ausencia de respuesta de las instituciones europeas, ha funcionado en todo el continente con distintos matices y diferencias locales hasta la configuración concreta del autoritarismo más reciente (Wodak, 2016). La fórmula ha operado con extraordinario éxito para las fuerzas reaccionarias y xenófobas porque es simple, comprensible para cualquiera y, lo más importante, porque apela directamente a las emociones. En este artificio imaginario los ciudadanos desarrollan un específico mecanismo psico-social, político y cultural.

En primer lugar, se identifica el pasado mítico y legendario con otro no poblado de injusticias sociales destacables y que era anterior, cronológicamente, al de la existencia de la Unión Europea. En segundo lugar, se equipara la comunidad imaginaria del estado-nación con el estado del bienestar. En tercer lugar, se busca un agente o agentes externos a los que responsabilizar de la pérdida del estado del bienestar. En cuarto lugar, los actores político-culturales populistas, supremacistas y nacionalistas prometen que en cuanto ellos estén en el poder se restaurará la soberanía nacional que pondrá fin a todos los problemas de un conflicto sin matices entre la “élite” y la “gente-pueblo“. Estos dos términos “élite” y “pueblo” se convierten en principios teológicos cuando el agente que los enuncia los define al mismo tiempo. Una vez más la Historia, como bien ha estudiado recientemente Lars Rensmann en The Politics of Unreason (2017), nos ofrece ejemplos de estos mecanismos: la Alemania post-Weimar (Arendt, 1951).

Efectivamente, la fórmula no es del todo nueva. Por ello, sorprende aún más que haya recibido una repuesta equivocada desde las instituciones políticas y administrativas democráticas y que ahora comience a hablarse de crisis de los principios liberales. Mi lectura es distinta. Más que ante la crisis del liberalismo como modelo nos encontramos ante una renovación tribalizada de las sociedades tras la casi desaparición de los movimientos social demócratas europeos como consecuencia de su gestión de la crisis financiera de 2008. Salvo la excepción de Portugal y el experimento actual español, del que todavía no podemos juzgar su alcance, los ejemplos de la debacle de los partidos socialistas son más que evidentes: en Holanda, por ejemplo, el Partido de los Trabajadores (PVdA) ha quedado prácticamente extinto y sus votantes se han desplazado hacia los extremismos de izquierda y de derecha. ¿Es posible contrarrestar el extremismo? Sí, creo que es posible pero requiere audacia y voluntad política. Continuará.

 

Pablo Valdivia

Director de la Escuela Nacional de Holanda para el Estudio de la Literatura

Universidad de Groningen (Países Bajos)

 

Referencias bibliográficas

  • Alston, P. (2017). ‘The Populist Challenge to Human Rights’, Journal of Human Rights Practice, 9, 1-15.
  • Arendt, H. (1951). The Origins of Totalitarianism. Schocken Books.
  • Barlett, J. (2018). The People vs Tech. London: Penguin.
  • Bauman, Z., & Bordoni, C. (2014). State of crisis. Cambridge: Polity Press.
  • Cardoso, G., & Jacobetty, P. (2012). ‘Surfing the Crisis: Cultures of Belonging and Networked Social Change’, in Aftermath: The Cultures of the Economic Crisis. Oxford: Oxford University Press.
  • Cardoso, G. et at. (2018). ‘Social Movements, Participation and Crisis in Europe’, in Europe’s Crises. (ed. Castells et al.) London: Polity.
  • Caracciolo, M. (2014). The Experientality of Narrative. Berlin: De Gruyter.
  • Castells, M., Caraça, J., & Cardoso, G. (2012). Aftermath: The Cultures of the Economic Crisis. Oxford: Oxford University Press.
  • Castells, M. et al. (2018). Europe Crises. London: Polity Press.
  • Crouch, C. (2018). ‘The Double Crisis of European Social Democracy’. In Castells, M. et al. (2018). Europe’s Crises. London: Polity Press.
  • European Commission. (2014). New Narrative for Europe. See: https://ec.europa.eu/culture/policy/new-narrative_en [Last Accessed 18/10/2017]
  • European Commission. (2017). White paper on the future of Europe. See: https://ec.europa.eu/commission/white-paper-future-europe_en [Last Accessed 18/10/2017]
  • Flesher-Fominaya, C., & Cox, L. (2013). Understanding European Movements: New Social Movements, Global Justice Struggles, Anti-Austerity Protest. London: Routledge.
  • Milanovic, B. (2016). Global Inequality: A New Approach for the Age of Globalization. Harvard: Harvard University Press.
  • Mudde, C., & Rovira, C. (2017a). Populism: A Very Short Introduction. Oxford: Oxford University Press.
  • Mudde, C. (2017b). The Populist Radical Right: A Reader. London: Routledge.
  • Müller, J. W. (2016). What is Populism? Pennsylvania: Penn Press.
  • Piketty, T. (2018). Inequality Report. WID.
  • Pujante, D. (2017). ‘The Discursive Construction of Reality in the Context of Rhetoric’. In Morales & Floyd, Developing New Identities in Social Conflicts. Constructivist Perspectives. London: John Benjamins.
  • Rensmann, L. (2017). The Politics of Unreason: the Frankfurt School and the Origins of Modern Antisemitism. Albany: State University of New York Press.
  • Sassen, S. (2014). Expulsions: Brutality and Complexity in the Global Economy. Harvard: Harvard University Press.
  • Valdivia, P. et al. (2017a). ‘Culture, crisis, and renewal: Introduction, Part I’, Romance Quarterly, 64, 3, 107-112.
  • Valdivia, P. (2017b). ‘Literature, crisis, and Spanish rural space in the context of the 2008 financial recession’, Romance Quarterly, 64, 4, 163-171.
  • Wodak, R. (2015). The Politics of Fear. London: SAGE Press.
  • Zaiotti, R. (2008). ‘Bridging Commonsense: Pragmatic Metaphors and the ‘Schengen Laboratory”. In Pouliot, V. et al., Metaphors of Globalization. London: Palgrave.

 

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