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22 marzo 2019

Fusión fría: anatomía de un ‘fraude’ científico

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Si hoy le hablamos a cualquier persona sin gran formación científica sobre la fusión nuclear como la energía del futuro, posiblemente nos responda con alguna vaga referencia a la fusión fría. Pero “fría” no es algo que se aplique a los reactores de fusión actuales, donde la temperatura alcanza diez veces la del interior del sol. Quizá porque las malas noticias son más memorables, el fiasco de la fusión fría que nació el 23 de marzo de 1989 ha perdurado casi como un meme cultural, haciendo sombra a su némesis legítima, la fusión caliente.

La fusión de dos núcleos atómicos ligeros como los del hidrógeno —un protón— o el deuterio —un protón y un neutrón— libera más energía de la que consume, motivo por el cual se investiga su potencial como fuente energética. Sin embargo, esto no implica que no precise energía: la requiere, y en grandes cantidades; de ahí los millones de grados necesarios para que los núcleos se desnuden de sus electrones, formándose un plasma que permite la fusión. Este fenómeno ocurre de forma natural en las estrellas como el Sol, donde el hidrógeno se fusiona para producir helio.

Electrolisis de fusión en frío. Crédito: Pbroks13

En la década de 1920, algunos científicos intuyeron que la capacidad del paladio de absorber hidrógeno abría la posibilidad de emplear este metal como un catalizador que aproximara los núcleos lo suficiente como para lograr la fusión a temperatura ambiente. Los primeros intentos tímidos fueron oscuros, pero a comienzos de los 80 el prestigioso electroquímico de la Universidad de Southampton (Reino Unido) Martin Fleischmann redescubrió la idea, que contó casi como una confidencia herética a su colega y amigo Stanley Pons, de la Universidad de Utah (EEUU).

Una investigación secreta

De 1983 a 1988, ambos científicos gastaron 100.000 dólares de su propio dinero para investigar en secreto con un sencillo aparato de su propia cosecha, en el que supuestamente el agua pesada se rompía por electrolisis para obtener deuterio que después se fusionaba en un polo eléctrico de paladio. En cierto momento de los experimentos, ocurría que la temperatura del recipiente de reacción subía hasta 50 °C. Se estaba liberando calor; es decir, energía neta.

Para confirmar su presunto hallazgo con nuevos experimentos, Fleischmann y Pons solicitaron una ayuda al Departamento de Energía de EEUU, que envió la petición para su valoración a Steven Jones, de la Universidad de Brigham Young. Jones era el experto adecuado, ya que trabajaba en otro modelo de fusión fría catalizada por muones, partículas alternativas a los electrones que reducen el tamaño del átomo, facilitando la fusión. El método de Jones funcionaba, pero la producción de muones consumía más energía de la que generaba la fusión.

Intrigado, Jones se reunió con Fleischmann y Pons. Ambos grupos acordaron enviar sus resultados simultáneamente a la revista Nature el 24 de marzo de 1989. Pero presionados por la Universidad de Utah, Fleischmann y Pons adelantaron su envío, y el día anterior al acordado anunciaron su descubrimiento al mundo a través de un comunicado y una conferencia de prensa.

Un ejemplo de ciencia fallida

La promesa de la Universidad de Utah de que el “proceso revolucionario” podía “proporcionar una fuente de energía inagotable” no impresionó a la comunidad científica, que reaccionó con enorme escepticismo. Pronto varias instituciones que investigaban la fusión caliente, entre ellas el Instituto Tecnológico de Massachusetts, dieron cuenta de sus propios resultados: el experimento de Fleischmann y Pons no funcionaba.

Casi de inmediato, la fusión fría se convirtió en un estigma para quienes se acercaban a ella, incluyendo a Fleischmann y Pons, que se exiliaron al sur de Francia para continuar sus experimentos con financiación privada. Hoy la fusión fría persiste como uno de los ejemplos más citados de ciencia fallida.

Células de fusión fría en el Museo Nacional Americano de Historia. Crédito: Ryan Somma

Pero ¿fraude? Lo cierto es que jamás se ha probado ninguna acusación de engaño contra Fleischmann y Pons, ni contra —y esta es la otra cara de la historia— los numerosos investigadores que desde entonces han conseguido erráticamente replicar las observaciones de los dos científicos. Sin embargo, “erráticamente” es la palabra clave. Exceptuando el color de la camisa del investigador, casi cualquier variable imaginable o no parece influir en la posibilidad de que la fusión fría funcione. Quizá la física de la fusión nuclear aún se guarde para sí importantes revelaciones esperando a ser descubiertas; pero hasta entonces, solo es ciencia la que funciona los miércoles igual que los martes.

Javier Yanes

@yanes68

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