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25 noviembre 2019

¿Qué fue de… leer la mente?

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El anhelo del ser humano por saber qué cruza por la mente de sus semejantes es tan irrefrenable que ha puesto nombre a algo que no existe, la telepatía, y lo ha convertido en un clásico de los espectáculos de magia. Y sin embargo, leer la mente no es enteramente una fantasía, sino algo teóricamente posible: los pensamientos nacen de un sustrato físico, los procesos electrofisiológicos del cerebro, y por lo tanto es una cuestión de tecnología poder llegar a descifrarlos a partir de esa huella cerebral. Hoy son muchos los grupos de investigación que ya están recorriendo este camino.

Recientemente, la posibilidad cada vez más cercana de leer la mente ha causado cierto revuelo a causa del interés que este empeño ha despertado en Silicon Valley. La red social Facebook, que impulsa investigaciones en tecnologías de escaneo de la actividad cerebral, anunció el pasado septiembre la adquisición de la startup CTRL-Labs, cuyo trabajo se centra en una pulsera capaz de recoger en la muñeca las señales eléctricas procedentes del cerebro para controlar una mano virtual. Por su parte, la compañía Neuralink, del emprendedor en serie Elon Musk, desarrolla implantes cerebrales que actúan como interfaces cerebro-ordenador y cuyo propósito final, según el fundador de la empresa, es fusionar la mente humana con la Inteligencia Artificial (IA). Estos movimientos han suscitado el recelo de quienes temen que ya ni siquiera nuestra mente vaya a ser un reducto de intimidad.

Lo cierto es que el primer intento tecnológico rudimentario de conocer los pensamientos de otra persona lleva ya cerca de un siglo con nosotros: en los años 30 comenzó a utilizarse el polígrafo, el popular detector de mentiras, que mide ciertos parámetros fisiológicos. A finales del siglo pasado, Lawrence Farwell desarrolló el Brain Fingerprinting, un nuevo, presunto y controvertido detector de mentiras que mide directamente la actividad eléctrica de la corteza cerebral a través de electroencefalografía (EEG).

Electroencefalografía para transmitir pensamientos

La EEG, que emplea un casco de electrodos adheridos al cuero cabelludo, es una técnica de uso común en medicina para diagnosticar distintos trastornos cerebrales. Ya desde los años 70, antes de que la computación personal comenzara a popularizarse, se comenzó a explorar su potencial para comunicar el cerebro con un ordenador. Hoy numerosos investigadores continúan empleando este sistema de adquisición de señales cerebrales como posible herramienta para transmitir pensamientos de una persona a otra.

Así, en la Universidad de Washington, Rajesh Rao y Andrea Stocco han conseguido que las lecturas EEG de una persona al fijarse en una de dos luces, correspondientes respectivamente a “sí” y “no”, informen a otro sujeto a distancia de las respuestas a sus preguntas para conseguir identificar un objeto visto por el primero; el segundo participante recibe las respuestas mentalmente a través de un aparato de estimulación magnética transcraneal que le induce la visión de un pequeño destello de luz. Anteriormente, Rao y Stocco lograron que un sujeto controlara mentalmente a otro para accionar el mando de un juego que solo el primero veía en su pantalla. Más recientemente, los investigadores han conectado los cerebros de tres personas para trabajar en colaboración. En palabras de Stocco, lo que sus experimentos consiguen es “tomar señales del cerebro y, con una mínima traducción, ponerlas en el cerebro de otra persona”.

La EEG está demostrando posibilidades asombrosas cuando se combina con sistemas de IA capaces de aprender a interpretar las señales cerebrales. En un estudio aún pendiente de publicación, un equipo del Instituto de Física y Tecnología de Moscú y la empresa rusa Neurobotics ha conseguido reconstruir imágenes de vídeos que los sujetos están observando, a partir de sus lecturas EEG. Aunque aún deberá mejorarse la calidad de las reconstrucciones, los resultados son impresionantes. “No esperábamos que la EEG contuviera suficiente información para reconstruir ni siquiera parcialmente la imagen observada por una persona”, ha dicho el coautor del estudio Grigory Rashkov. “Pero ha resultado ser bastante posible”. Y según apunta a OpenMind el también coautor Anatoly Bobe, la optimización de los algoritmos mejorará los resultados.

Implantes cerebrales invasivos

En otros casos, los investigadores recogen las señales con implantes cerebrales invasivos, como los que está desarrollando la compañía de Elon Musk, o mediante Resonancia Magnética Funcional por Imagen (fMRI), un sistema que detecta la actividad cerebral por el flujo de sangre. Con esta técnica, un equipo de la Universidad de California en Berkeley demostró resultados similares a los del experimento ruso en la reconstrucción de imágenes contempladas por los sujetos. La fMRI ha permitido también, por ejemplo, identificar la música que está escuchando una persona a partir de su huella cerebral.

Sin embargo, la fMRI requiere un costoso equipo en el cual el sujeto debe introducirse y permanecer inmóvil, a veces durante horas. “Los beneficios clave de la EEG no invasiva son la simplicidad de uso y la accesibilidad a mayores grupos de personas en un mayor abanico de aplicaciones”, dice Bobe. “No mucha gente aceptará un implante cerebral, y no hay mucha actividad que uno pueda hacer dentro de un tomógrafo”.

Pero más allá de la posibilidad de llegar a conocer los pensamientos de alguien con una simple lectura de su actividad cerebral, y de los temores sobre sus posibles usos maliciosos, estas nuevas tecnologías pueden aportar enormes beneficios contra infinidad de trastornos: decodificando las señales mentales es posible controlar prótesis robóticas o sintetizadores de voz. Este año, investigadores de la Universidad de California en San Francisco han utilizado electrodos implantados en el cerebro para manejar con la mente un tracto vocal virtual anatómicamente completo, logrando además decodificar un diálogo entre dos personas a partir de sus señales cerebrales.

En lugar de los sintetizadores de voz que funcionan seleccionando letra a letra, como el que utilizaba el físico Stephen Hawking, este sistema permitiría directamente traducir a voz en tiempo real las órdenes mentales con las que se controla el movimiento de la laringe, la mandíbula, la lengua y los labios. Según el director del estudio, Edward Chang, “esta es una excitante prueba de principio de que con tecnología ya a nuestro alcance deberíamos ser capaces de fabricar un dispositivo clínicamente viable para pacientes con pérdida del habla”.

Es solo un ejemplo; la lectura de las ondas cerebrales ya ha permitido a una violinista con daños cerebrales transmitir mentalmente sus composiciones a un ordenador, o a una mujer tetrapléjica controlar un avión en un simulador, e incluso se trabaja en el desarrollo de coches conducidos por el pensamiento. Las tecnologías para leer la mente nos abren un futuro de grandes posibilidades, siempre que podamos mantener a salvo todo aquello que no deseemos que nos lean.

Javier Yanes

@yanes68

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