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En los últimos treinta años la religión ha regresado a la agenda política global. Debates sobre distintas cuestiones que van desde el aborto o el matrimonio entre parejas del mismo sexo hasta el uso del velo en la escuela causan disensiones en el seno de las civilizaciones occidentales. Los partidos y movimientos religiosos han obtenido sorprendentes triunfos electorales en países como la India, Egipto, Turquía e Israel, y han establecido gobiernos teocráticos en otros como Irán y Afganistán. Este aparente retorno de la religión ha llevado a algunos analistas a ver las fisuras teológicas como antesala de conflictos nacionales e internacionales, con las naciones aliándose en bloques de civilización que son representativos de las grandes creencias que existen en el mundo (Huntington 1996).

¿Por qué han alcanzado tal protagonismo las identidades y los valores religiosos llegado el siglo xxi? Una teoría es la de que el regreso de la religión refleja una desecularización o una contrasecularización, a medida que los individuos vuelven a recurrir al ritual y el discurso religioso como herramientas de navegación por las complejidades de la vida moderna (Berger 2005). El auge del cristianismo evangélico en América Latina, Corea y Estados Unidos, la reapertura de iglesias católicas y ortodoxas en el antiguo bloque comunista y el auge de los movimientos islámicos en Oriente Medio y Próximo se consideran pruebas de esta tendencia. Como afirma Huntington, «el resurgir religioso implica que la gente vuelva, revigorice y dé nuevo significado a las religiones tradicionales de sus comunidades» (Huntington 1996, 96).

En este ensayo proponemos una visión alternativa, la de que las cuestiones morales y religiosas se han vuelto gradualmente conflictivas como resultado del declive de la autoridad y los valores religiosos en el mundo desarrollado. Desde la década de los sesenta, la adhesión a valores religiosos tradicionales ha decaído drásticamente en Europa y Norteamérica, favoreciendo el ascenso de un nuevo conjunto de normas basadas en la libertad individual y de expresión, incluidas la aceptación del aborto y el divorcio, la tolerancia de la homosexualidad y actitudes más progresistas frente a los derechos de la mujer. A medida que estas actitudes han pasado a ser dominantes, han propiciado cambios legislativos tales como el matrimonio entre parejas del mismo sexo, el aborto voluntario y la protección de los menores por parte del Estado. Estos cambios han provocado reacciones frustradas por parte de grupos sociales conservadores tales como los movimientos antiabortistas en Estados Unidos, Irlanda y España, así como de comunidades de inmigrantes con valores conservadores en países como Francia, Bélgica y Holanda.

En el mundo en desarrollo, por el contrario, los partidos y movimientos religiosos como Hindutva en la India, el partido Justicia y Desarrollo en Turquía o los Hermanos Musulmanes en Egipto han obtenido un apoyo popular genuinamente mayoritario. Siguiendo a Kepel (1994) y Casanova (1994), explicamos el auge de los partidos y movimientos religiosos en el mundo en desarrollo como resultado de un proceso de movilización social en el que los ciudadanos antes pasivos se han transformado en actores democráticos mediante un discurso político basado en nociones populares de fe y significancia religiosa. A medida que algunos nuevos movimientos han ido buscando desafiar a las elites liberales y nacionalistas laicas que guiaron a estos países durante la era inmediatamente posterior a su independencia, el discurso religioso ha funcionado como medio para comprometer a nuevos grupos urbanos. Sin embargo, no encontramos prueba alguna de un aumento en la identificación religiosa, ni siquiera en los países en desarrollo, que demuestre la hipótesis de la contrasecularización. El auge de los movimientos religiosos no es el resultado de un cambio en las creencias y los valores de las sociedades en su conjunto, sino una consecuencia de la irrupción de la sociedad en la vida política de países donde el poder era antes monopolio de las elites seculares. Como tal, puede estar seguido de un declive similar en la observancia religiosa y los valores mayoritarios en años futuros, si se dan circunstancias de prosperidad similares a las que prevalecieron a finales del siglo xx en Europa, Australasia y Norteamérica.

El declive de la religión y el auge de los valores laicos en el mundo occidental

El World Values Survey and European Values Study [Encuesta Mundial de Valores y Estudio de Valores Europeos], una investigación global sobre el cambio político y sociocultural, proporciona pruebas relativas a valores religiosos, creencias y comportamientos. Dicho proyecto ha llevado a cabo sondeos nacionales representativos sobre valores y creencias básicas entre ciudadanos de 92 estados, con un total de 600.000 millones de individuos o el 90% de la población mundial, y en los seis continentes habitados. Sus datos proceden de los sondeos sobre valores europeos realizados en 22 países en 1981, de una segunda fase de encuestas realizadas en 41 naciones que se completó en 1990-1991 y de una tercera, con 55 países, en 1995-1996, así como de una cuarta, con 59 países, en 1999-2001 y una quinta, con 57 naciones, en 2005-2007. El World Values Survey (WVS) incluye alguna de las economías más prósperas del mundo, como las del Reino Unido, Japón y Suiza —con rentas per cápita de hasta 45.000 $—, países industrializados con renta media como Corea del Sur, Brasil y Turquía —con rentas per cápita de entre 10.000 y 20.000 $— y sociedades agrarias más pobres, como Ruanda, Bangladesh y Vietnam —con rentas per cápita de 400 $ o menos—. El sondeo cubre de forma especialmente exhaustiva Europa Occidental y Norteamérica, donde las encuestas de opinión pública tienen mayor tradición, pero abarca países de todas las regiones del mundo, incluidas muchas naciones del África subsahariana. El WVS también proporciona los primeros datos sistemáticos sobre la opinión pública en muchos países musulmanes, incluidos algunos árabes como Jordania, Egipto y Marruecos, así como en Indonesia, Irán, Turquía y Pakistán.

Desde 1981, el WVS ha preguntado a los encuestados con qué frecuencia van a la iglesia, la mezquita o el templo, con opciones de respuesta que van desde una vez al año, en festividades especiales o una vez al mes hasta una vez por semana o más. La tabla 1 muestra la proporción de encuestados que acude a algún servicio religioso al menos una vez por semana en 13 países industriales y posindustriales incluidos en los sondeos de 1981 y 2005-2007 del WVS, y los resultados demuestran el continuo declive de la práctica religiosa y de la fe en países occidentales en las últimas décadas del siglo xx.

Tabla 1: Ciudadanos que acuden a servicios religiosos al menos «una vez por semana».
Fuente: World Values Survey y European Values Study, 1981-2007.

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El número de personas que acude a la iglesia ha caído fuertemente, sobre todo en España, Holanda y Alemania. Japón, Suecia y Francia ya tenían niveles bajos, de manera que para 2005 la participación semanal en un servicio religioso había descendido hasta cifras de un solo dígito, mientras que en Estados Unidos, Canadá e Italia la caída es más moderada. Los niveles de asistencia sólo fueron más elevados en 2005 que en 1981 en Corea del Sur y Reino Unido, aunque en ambos casos con índices muy pequeños.

A medida que la religión autorizada ha perdido su autoridad en las vidas y el comportamiento de los individuos, se ha producido un cambio de actitudes frente a cuestiones morales y religiosas, incluidos el aborto, la homosexualidad, el divorcio y el papel de las mujeres en la sociedad. Desde 1981 el WVS les ha pedido a los encuestados que den su opinión respecto a una serie de acciones morales y elecciones de estilos de vida, con puntuaciones que van desde un 1 (injustificable en cualquier circunstancia) hasta un 10 (justificable siempre). En 1981 el 30% de los encuestados de Europa Occidental y el 43% de los estadounidenses respondieron que el aborto «nunca» estaba justificado; en 2005 las cifras habían caído al 19% y el 26% respectivamente. En 1981, casi la mitad (48%) de los europeos occidentales y dos tercios (64%) de los norteamericanos expresaron que la prostitución «nunca es justificable»; en 2005 sumaban sólo un tercio (33%) y dos quintas partes (43%).

Tabla 2: Porcentaje de población que afirma que las acciones seleccionadas no son justificables «nunca».
Fuente: World Values Survey y European Values Study, 1981-2007.

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Se puede obtener una perspectiva más exhaustiva de este cambio de valores observando la tabla 2, que muestra todos los resultados del porcentaje de encuestados para quienes el aborto, la homosexualidad, el divorcio y la prostitución nunca son justificables en la totalidad de los 13 países industriales y posindustriales para los cuales el WVS dispone de datos desde 1981 hasta la actualidad. En todos los países las actitudes hacia el divorcio se vuelven más tolerantes, y en todos menos en uno (Japón) ocurre lo mismo con la prostitución. También se aprecian cambios sustanciales en las actitudes frente a la homosexualidad, de manera que para 2005 la homofobia extrema es un sentimiento minoritario en casi todos los países, incluidos Argentina, Corea del Sur y Estados Unidos. Por último, la oposición incondicional al aborto ha caído en casi todos los países, salvo Argentina e Italia, de manera que en casi todos los demás hay una mayoría que considera el aborto como algo permisible bajo determinadas circunstancias.

A medida que las actitudes morales y las creencias se han vuelto más progresistas también se ha producido un movimiento en la arena política hacia la reforma legislativa en áreas como el divorcio, el aborto, la prostitución y el matrimonio entre parejas del mismo sexo. Entre las primeras leyes en cambiarse figuran las de matrimonio y divorcio, que siguieron siendo restrictivas en la Europa del Sur hasta finales del siglo xx, pero se liberalizaron en Italia en 1870, en Portugal en 1975, en España en 1981 y en Irlanda en 1997. La segunda área es la del aborto, que es fuertemente censurado por la iglesia católica, la ortodoxa y la mayoría de las protestantes, y sin embargo se legalizó en Reino Unido en 1967, en Estados Unidos en 1973, en Francia en 1975 y en Italia en 1978. La prostitución ocupa el tercer lugar: desde que fuera prohibida en muchos países durante el siglo xix, está despenalizada y regulada en Australia desde 1992, en Dinamarca desde 1999, en Holanda desde 2000 (2), en Nueva Zelanda desde 2003 y también en Alemania, Suecia, Turquía y el estado de Nevada. La pena capital se ha ido aboliendo por fases en la mayoría de los países occidentales, y en la Unión Europea se detuvieron primero las ejecuciones para introducir a continuación la prohibición legal (3). Por último, los matrimonios homosexuales han recibido el reconocimiento legal en algunas sociedades occidentales, empezando con Holanda en 2003, seguida de España y Canadá en 2005 y Suecia en 2009 (4).

Las sociedades occidentales han experimentado, por lo tanto, un desigual proceso de liberalización desde la década de los setenta que ha abarcado las libertades sexuales, reproductivas y de estilo de vida. Aunque elites como los jueces y parlamentarios han sido a menudo los iniciadores del cambio legislativo, estas reformas han sido respaldadas por las creencias y los valores de la mayoría de los ciudadanos. Prueba de ello es el hecho de que los cambios en la ley amenudo se han confirmado mediante referendos populares, como ocurrió con el divorcio en Irlanda, las uniones civiles en Suiza o el aborto en Portugal. Además, ha habido pocos ejemplos de cambios de políticas, y varios en los que un referéndum que tenía como objetivo frenar una ley parlamentaria resultó derrotado en las urnas (por ejemplo, Italia, con la ley de divorcio en 1973, y Suiza, con el aborto en 1975 y 1985).

Coincidiendo con la liberalización generalizada de las actitudes ante las elecciones de estilos de vida se ha producido una consolidación de las normas laicas referentes a los políticos y la vida pública. La separación de política y religión es el atributo que define al estado laico, y tanto en el WVS de 2000 como en el de 2005 se preguntó a muestras significativas del público si estaba de acuerdo con la afirmación de que «los líderes religiosos no deberían interferir con el Gobierno». En los países de la Unión Europea, una media del 70% de los encuestados estaba de acuerdo con esta opinión, incluido el 76% de los suecos, el 85% de los daneses y el 82% de los franceses. La creciente aceptación de las normas seculares ha conducido a cambios constitucionales, en concreto a la reforma de la legislación referente a la blasfemia y la separación de poderes entre Iglesia y Estado. Casi todos los países europeos son ahora estados laicos. Por ejemplo, España, donde la iglesia católica romana fue la fe dominante hasta 1978, Italia, donde lo mismo fue cierto hasta 1984, y Suecia, donde, aunque la sociedad es mayoritariamente laica, no se separó oficialmente el Estado de la iglesia luterana hasta 1984. Y en el Reino Unido, donde la iglesia de Inglaterra sigue siendo la fe oficial, se abolieron las leyes sobre la blasfemia en 2008, después de que hubieran sido reformadas en la Ley Criminal de 1967 (que legalizaba el laicismo) y la Ley de Derechos Humanos de 1998 (5). En Holanda el gobierno está actualmente considerando derogar sus leyes contra la blasfemia, aunque no han sido aplicadas desde la década de los sesenta. En la mayoría de los otros países éstas permanecen en el papel, pero son ignoradas por los tribunales de justicia o directamente contradichas por la legislación relativa a la libertad de expresión. Por ejemplo, la demanda presentada contra el autor danés de unas viñetas sobre Mahoma se desestimó basándose en la libertad de expresión (6). Por último, en la mayoría de los países europeos los líderes religiosos carecen de un papel consultivo en el gobierno, a diferencia de lo que ocurría durante los últimos siglos. Una de las pocas excepciones a esta regla es el Reino Unido, donde 26 obispos conservan un asiento en la Cámara de los Lores, aunque la Cámara de los Comunes ha votado a favor de expulsar del Parlamento a todos los representantes no electos, y sólo encuentra oposición dentro de la Cámara de los Lores.

Al tiempo que la religión ha ido perdiendo su posición privilegiada dentro del Estado, y con ella su protección legal, las sociedades occidentales han incorporado a grupos de inmigrantes para quienes la expresión pública de la identidad religiosa y la capacidad de educar a sus hijos en una fe y mantener prácticas tales como el matrimonio concertado conservan gran importancia. La respuesta a ello ha sido tratar de encajar a estos recién llegados dentro del molde del sistema laico —por ejemplo: prohibiendo el velo islámico, que se desterró de las escuelas francesas, junto con cualquier otro símbolo de identidad religiosa, en 2004, y cuyo uso también está restringido en ocho estados alemanes y varios municipios belgas; prohibiendo los matrimonios concertados, como ocurrió en Noruega en 2003, y en Bélgica, en 2006; o instituyendo clases de educación cívica como las que ahora son obligatorias para los ciudadanos holandeses—. Estas medidas han suscitado oposición y resentimiento entre las comunidades de inmigrantes más conservadoras, que las ven como una indignidad y una violación de sus derechos culturales. Sin embargo, allí donde la obligación que tiene una sociedad laica y liberal de proteger los derechos y las libertades individuales entra en conflicto con las prácticas culturales que infringen dichas normas y obligaciones, el dilema es irresoluble, aporético.

La Encuesta sobre Valores Europeos de 2000 ilustra muy bien este conflicto. En ella se les preguntó a ciudadanos de seis países si estarían a favor de restringir publicaciones capaces de ofender sensibilidades religiosas, o si debía primar la libertad de expresión. Es una cuestión que se ha vuelto especialmente espinosa en los últimos años, después del asesinato de Theo van Gogh en 2004 en Holanda por motivos religiosos, la polémica sobre las viñetas de Mahoma en Dinamarca en 2005 y la aprobación de una ley contra el odio religioso en Reino Unido en 2006. Los resultados arrojan luz sobre un aspecto fundamental de las dinámicas entre religiosos tradicionalistas y liberales laicos. En todos los países la mayoría de los encuestados se declaró contraria a la prohibición y a favor de la libertad de expresión, y, sin embargo, entre el subgrupo de encuestados identificados como practicantes de alguna religión la mayoría estaba favor de la prohibición en cuatro de los seis países. Entre los encuestados de fe musulmana la mayoría también apoyaba la prohibición. Por lo tanto, hay una diferencia fundamental de valores entre los encuestados religiosos y no religiosos que a su vez refleja el choque entre el consenso de los nuevos valores en las sociedades occidentales y los valores y creencias tradicionales de la minorías religiosas conservadoras.

Lo sagrado y lo laico: el papel de la movilización religiosa

Si bien el consenso secular-liberal parece haber echado raíces en las democracias occidentales, muchos afirmarían que esta clase de valores está en retirada en el mundo en desarrollo. Desde la década de los setenta los partidos religiosos han adquirido prominencia en Turquía, la India y muchos países árabes, mientras que en Irán y Afganistán se han establecido regímenes teocráticos. Varios países han introducido el elemento religioso en sus constituciones, como es el caso de Pakistán, que en 1973 estableció el Islam como fe oficial en su constitución, y de Bangladesh, cuyo parlamento enmendó la constitución para hacer del Islam la religión del Estado en 1988. Estas enmiendas han tenido amplias ramificaciones legales, en particular allí donde han traído consigo leyes o sharía prohibiendo la blasfemia, castigando el adulterio con la lapidación y estableciendo penas fijas (tales como la amputación de una mano) para una serie de delitos menores. Además de los cambios legales se ha producido una oleada creciente de oposición a la cultura occidental en Asia y Oriente Medio y Próximo. Cada vez es más frecuente ver a mujeres jóvenes en universidades y cafés de países árabes vestidas con el velo o hiyab, mientras que los analistas de opinión en la prensa árabe llaman abiertamente a la lucha contra la cultura, los medios de comunicación y las formas de ocio occidentales (Dale 2003, Najjar 2005).

¿Refleja esta oleada de política religiosa un nuevo compromiso de los habitantes de sociedades no occidentales? Desde 1981 el WVS les ha preguntado a los encuestados si se consideran personas religiosas, no religiosas o ateos convencidos, y los datos obtenidos nos permiten examinar tendencias en la religiosidad del mundo en desarrollo. Aunque hay diferentes maneras de medir la religiosidad, incluyendo la frecuencia con la que se reza o se acude al templo, la creencia individual en Dios o si la religión se ha vuelto más importante en la vida social y política de la personas, la identificación de uno mismo como religioso debería haber subido en general. El gráfico 1 muestra la proporción de encuestados en siete regiones del mundo que se describen a sí mismos como religiosos. Los datos proceden de 12 países de Europa Occidental, cuatro de Asia Oriental, seis de Europa del Este, cuatro de Latinoamérica y dos de África, además de Estados Unidos y la India, que se incluyen a título individual.

Gráfico 1: Proporción por año de ciudadanos que se consideran religiosos.
– Asia Oriental incluye China, Japón, Corea del Sur y Vietnam.
– Europa Occidental incluye Austria, Bélgica, Dinamarca, Francia, Islandia, Irlanda, Italia, Holanda, España,                                   Suecia, Reino Unido y la Alemania Occidental.
– Europa del Este incluye Hungría, Polonia, Rumanía, Rusia, Eslovenia y la Alemania Oriental.
– América Latina incluye Argentina, Brasil, Chile y México.
– África incluye Nigeria y Sudáfrica.

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Mientras que la proporción de individuos religiosos ha subido gradualmente en Asia Oriental y Europa del Este, ha caído o fluctuado de forma arbitraria en la India y América Latina. Y aunque la proporción de los individuos que se consideran religiosos es muy alta en casi todas las regiones del mundo, los dos tercios que no se consideran religiosos son consistentes con la laicidad que preside las normas e instituciones legales de la Europa contemporánea.

Gráfico 2: Proporción de individuos que se consideran religiosos religiosos divididos en grupos de edad.
– Asia Oriental incluye China, Japón, Corea del Sur y Vietnam.
– Europa Occidental incluye Austria, Bélgica, Dinamarca, Francia, Islandia, Irlanda, Italia, Holanda, España,                                   Suecia, Reino Unido y la Alemania Occidental.
– Europa del Este incluye Hungría, Polonia, Rumanía, Rusia, Eslovenia y la Alemania Oriental.
– América Latina incluye Argentina, Brasil, Chile y México.
– África incluye Nigeria y Sudáfrica.

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Por desgracia, no disponemos de datos que nos permitan incluir en este gráfico a los países de Oriente Medio y Próximo, la región donde se concentra el resurgir de la religión. Sin embargo, es posible extraer los datos correspondientes a dicha región de las encuestas correspondientes a 1999-2001 y 2005-2007 del WVS para hacernos una idea de hasta qué punto se ha producido un cambio intergeneracional de valores, y, a partir de ahí, inferir los cambios ocurridos con el paso del tiempo. Los científicos sociales a menudo contemplan las diferencias intergeneracionales como prueba de patrones de cambio a largo plazo, como si en el transcurso del proceso de socialización cada grupo de edad adoptara una serie de creencias y valores que los acompañarán toda su vida. Así, por ejemplo, los individuos crecidos en Occidente en la década de los sesenta tenderían a adoptar desde temprana edad actitudes más progresistas respecto al consumo de drogas, las costumbres sexuales y la presencia militar en el extranjero que sus padres, como resultado de haber tomado parte en el movimiento estudiantil que culminó en mayo del 68 (Inglehart 1971, 1977). Aunque partiendo únicamente de datos transversales no es posible diferenciar los efectos generacionales de los del ciclo de vida, que alteran las actitudes de los individuos a medida que pasan de la juventud a la madurez, y después a la jubilación, existen fuertes indicios de que la mayoría de los valores se adquieren en fases tempranas de la vida —en familia, en la escuela y en la comunidad—, de manera que los valores duraderos de distintos grupos de edad pueden atribuirse sobre todo a sus experiencias formativas durante la infancia y la adolescencia. A efectos de comparación intergeneracional, por lo tanto, hemos dividido los datos transversales en grupos de edad de diez años.

Cuando la participación religiosa se analiza por grupos de edad y región, tal como ilustra el gráfico 2, el alejamiento gradual de las generaciones más jóvenes de la identificación religiosa se hace evidente. Es interesante también que los resultados no muestren un aumento de la identidad religiosa en países de Oriente Medio y Próximo, donde los jóvenes muestran cada vez menor tendencia a definirse como religiosos en comparación con sus mayores. En este sentido, el patrón intergeneracional se asimila notablemente al de Europa o Estados Unidos, donde se aprecia una tendencia como la descrita en las generaciones más jóvenes. Si bien esta tendencia podría identificarse como un efecto del ciclo de vida de acuerdo con el cual los individuos muestran una tendencia inherente a volverse más religiosos a medida que envejecen, el patrón en África y la India arroja dudas sobre esta asociación, puesto que en estas dos sociedades los jóvenes no son apenas menos religiosos que los mayores. Y en Europa Occidental y Norteamérica sabemos por las series temporales de datos que se está produciendo un proceso gradual de secularización, y que éste es consistente con la tendencia generacional que se observa en dicha región. Juntos, estos datos apuntan a la posibilidad de que se esté produciendo un proceso incipiente de secularización en Oriente Medio y Próximo, y no el resurgir de la religiosidad que comúnmente se describe.

Si el auge de las políticas de identidad religiosa en la India, Asia Central y Oriente Medio y Próximo no puede explicarse por un resurgir de la identificación religiosa, ¿cómo se justifica entonces el éxito de movimientos como el Hindutva en la India, el Partido por la Justicia y el Desarrollo turco o los comités de revolución islámica de Irán? Creemos que la respuesta a esta pregunta no debe buscarse en las creencias y valores colectivos, sino en la debilitación de las elites laicas que guiaron estos países a su independencia. Los datos del WVS muestran que sociedades como la turca o la india siempre han sido fundamentalmente religiosas, y siguen siéndolo. Sin embargo, estuvieron gobernadas en sus primeros años de independencia por elites seculares formadas en el seno institucional de los antiguos poderes coloniales —como es el caso de Jawaharal Nehru en la India o Zulfikar Ali Bhutto, de Pakistán— o procedentes de las filas del ejército, como el turco Kemal Ataturk. Todos ellos llevaron a sus países los principios laicistas adquiridos en las aulas de Oxford o en las filas del ejército. Puesto que la gran mayoría de la población seguía siendo pobre, agraria y políticamente pasiva, durante los primeros años de independencia las elites seculares pudieron imponer modelos occidentales de gobierno laico consolidados en las constituciones inicialmente implementadas en la región, que tuvieron escasa oposición por parte de la sociedad (7).

A finales del siglo xx, sin embargo, estas sociedades experimentaron un cambio fundamental de su estructura social, a medida que se urbanizaban, subían los índices de alfabetización y la economía agraria daba paso a la industrial. La formación de nuevas clases urbanas fuera del ámbito de la elites seculares tradicionales —el Congreso Nacional Indio, con su sistema de bancos de votos, o la administración civil y el ejército en Turquía o Irán— abrió un campo en el cual nuevos partidos y movimientos podían recabar apoyo entre grupos desilusionados por la creciente corrupción y su exclusión de las redes de influencia gubernamental. Los seguidores de la revolución islámica en Irán, los partidos Refah (del bienestar) y AK (de la justicia y el desarrollo) turcos no se formaron entre el campesinado, sino en las clases medias, incluyendo la estudiantil y las de los comerciantes, los sindicatos y los industriales. Lo mismo puede decirse de los votantes que auparon al partido nacionalista indio BJP a la victoria electoral en 1996, y al israelí Likud en 1977. Mientras que los movimientos marxistas, nacionalistas y liberales competían por el apoyo de la oposición al partido o elite gobernante, en muchos de estos países —incluyendo Irán, la India e Israel— la ideología con mayor capacidad para formar una coalición entre las nuevas clases medias urbanas y los pobres urbanos era aquella enraizada en las creencias y prácticas religiosas de la población, aunque, en los casos de la India e Israel, estuviera impregnada de tintes nacionalistas.

Desde la década de los setenta, por tanto, la primera generación de elites políticas religiosas que gobernaron durante los primeros lustros que siguieron a la posguerra en países como la India, Pakistán, Israel, Turquía e Irán se ha visto desplazada por partidos y movimientos religiosos. En la India, el Congreso Nacional Indio (conocido como Partido del Congreso), que aglutinaba grupos de las castas inferiores y el sector urbano, empezó a resquebrajarse en la década de los sesenta a medida que las castas minoritarias lo abandonaban para formar partidos independientes y las clases medias urbanas del sector privado daban su adhesión al partido nacionalista hindú BJP. En Pakistán, el líder laico Zulfikar Bhutto perdió el poder en un golpe de estado dirigido por el general conservador Zia Ul-Haq, quien procedió a declarar el Islam religión de estado, para satisfacción de las clases feudales y clericales del país. En Israel, un consenso laico en torno a la política socialista del Partido Laborista subsistió desde 1948 hasta 1977, pero fue ampliamente derrotado por el Likud a la hora de recabar el apoyo de los votantes sefardíes de clase media y los rusos para un nacionalismo sionista más radical. En Turquía los partidos conservadores con fuerte trasfondo religioso han ganado repetidamente las elecciones desde 1950 hasta la actualidad, y sólo han sido derrocados mediante golpes militares —el Partido por la Justicia y el Desarrollo ha estado en el poder hasta hoy no gracias al apoyo del electorado, sino a la neutralización del ejército—. Por último, en Irán una monarquía absolutista sostenida por las potencias occidentales cayó rápidamente una vez que el Sha empezó a perder el control de un país que había gobernado con puño de hierro, dando paso a una revolución social a gran escala que eliminó todo vestigio del gobierno secular.

Aunque estos resultados reflejan un auge notable de la política religiosa, es importante recordar que las normas y las instituciones seculares nunca habían tenido un apoyo mayoritario en estos países (Gellner 1993). La hegemonía de las elites e instituciones laicas era en gran medida consecuencia del colonialismo occidental, y como tal no estaba destinada a sobrevivir más de una generación: en la medida en que disponemos de datos, las encuestas muestran que las identidades y los valores religiosos están extendidos en los países en desarrollo, y que siempre ha sido así. Por lo tanto, no es sorprendente que tan pronto como las políticas democrática y de masas se asientan se produzca inmediatamente lo que Huntington llama indigenización: un movimiento de renacimiento cultural y religioso (Huntington 1996).

Así, mientras que los países occidentales avanzan hacia políticas e instituciones cada vez más secularizadas amparándose en los votos legislativos y el plebiscito popular, irónicamente, en los países en desarrollo la desecularización se ha producido también mediante un proceso democrático idéntico. Tal es la paradoja democrática: a medida que las sociedades no occidentales adoptan instituciones liberal-demócraticas se produce un aumento de los movimientos conservadores y el establecimiento de políticas en consonancia. En Afganistán, el recién elegido gobierno de Hamid Karzai aprobó en 2004 una constitución que había sido redactada con el consenso de la Loya Jirga (Gran Asamblea), declarando el Islam religión oficial del Estado, instituyendo la ley hanafí de la sharía y castigando la apostasía con la pena capital. En Sri Lanka la introducción de la democracia permitió a los nacionalistas cingaleses acceder al poder en 1956 y declarar el budismo como religión oficial del país en la constitución de 1972. En Bangladesh, un voto parlamentario convirtió en 1988 el Islam en religión estatal, y aunque los partidos de la oposición mostraron su rechazo en el momento a dicha decisión, después cambiaron de postura para no perder el apoyo de los votantes musulmanes conservadores. En Turquía, el partido AK, elegido democráticamente, ha empezado a implementar medidas de desecularización, entre ellas derogar la prohibición de llevar velo en la Universidad en 2007 y la propuesta de introducir un tiempo para la oración en las escuelas públicas, siguiendo los pasos del Partido Democrático de la década de los cincuenta y el Partido del Bienestar (Refah) en la de los noventa (cuyos intentos en aquel momento fueron vetados por los militares). En Irán, el establecimiento de una República Islámica en 1979 fue el resultado de una revolución social que tuvo una participación popular masiva, y, aunque sus sucesivas políticas democráticas están limitadas por la jerarquía religiosa, ni siquiera los políticos reformistas de hoy se cuestionan la legitimidad del islamismo chiita como religión oficial del país, la autoridad de la ley de la sharía o la necesidad de la censura. En las sociedades occidentales, la libertad y la democracia avanzan juntas. En las sociedades religiosas y conservadoras de Oriente Medio y Próximo, Asia meridional y África no siempre es así.

Un buen ejemplo de ello puede encontrarse en algunos datos procedentes de los sondeos sobre valores, que desde 1981 les han preguntado a los encuestados si creen que «aunque la democracia puede tener defectos» es, con todo, «la mejor forma de gobierno posible». En países de todo el mundo, incluyendo Oriente Medio y Próximo, África y Asia Meridional, las grandes mayorías están de acuerdo con dicha afirmación. El 88% de los encuestados en Oriente Medio y Próximo opinaban que la democracia es la mejor forma de poder, una proporción similar a las de Europa Occidental (93%) y Estados Unidos (90%). Los individuos de sociedades no occidentales comparten en su mayoría, por tanto, la idea de que las elecciones, los referendos y un gobierno de representantes deberían ser la base de la vida política. Sin embargo, en lo que atañe al funcionamiento y los resultados de los gobiernos democráticos, y en particular a la función de la religión en la vida pública, los puntos de vista difieren sustancialmente. El WVS también les preguntó a los encuestados hasta qué punto consideraba esencial una serie de normativas institucionales propias de la democracia, las cuales iban desde el respeto a las libertades civiles o la posibilidad de celebrar referendos hasta medidas más eclécticas como la mediación religiosa o la supervisión del gobierno por parte del ejército. Se les dio a los encuestados una lista de atributos, y se les pidió que los calificaran en una escala de 1 a 10, donde 10 indicaba que se trataba de una «característica esencial de la democracia» y 1, que «no es esencial». En tres de las cinco sociedades islámicas en las que se formuló esta pregunta una mayoría de los encuestados demostró pensar que «era “esencial” para la democracia que las autoridades religiosas ejercieran las leyes», otorgándole calificaciones de entre 6 y 10 (8). Por el contrario, en Europa Occidental sólo el 10,1% de la población compartía esta opinión, mientras que en Estados Unidos la proporción era sólo del 14%. Mientras tanto, los encuestados, cuando se les preguntó sobre la importancia para la democracia de que «las mujeres tuvieran los mismos derechos que los hombres», una cuestión de especial relevancia, dadas la ausencia histórica del sufragio femenino en muchos países y la vigencia de medidas legales que tratan sistemáticamente de forma distinta a hombres y mujeres, como cuando se comparece ante los tribunales de la sharía. En Iraq, la única democracia árabe que participó en el sondeo, los encuestados se dividieron entre un 57% que pensaba que la igualdad de derechos era un elemento esencial de la democracia y el 43%, que difería de esta opinión. En Europa Occidental, en cambio, el 94,2% de los encuestados respondió que la igualdad de derechos era consustancial a su concepción de la democracia. Claramente, existen fuertes divergencias en la manera en que las tradiciones culturales interpretan los principios básicos de un gobierno representativo, y muchas sociedades de Oriente Medio y Próximo, África y Asia meridional tienen un concepto de la representación cívica que difiere sustancialmente del modelo occidental.

Conclusión

A comienzos del siglo xxi el mundo parece dividirse en dos bandos. Por un lado están las sociedades laicas de Europa, Norteamérica y los países desarrollados de Asia Oriental, donde el Estado está separado de la vida religiosa, los derechos de la mujer son reconocidos, las actitudes sociales ante estilos de vida alternativos se han vuelto más tolerantes y los cambios legislativos han suavizado las restricciones contra la prostitución, el aborto y el divorcio. Cuando llegan a estas sociedades inmigrantes que no comparten las normas y los valores occidentales, se espera de ellos que acepten reglas relativas a la educación laica, la tolerancia hacia las minorías sexuales y los derechos de la mujer. De lo contrario se topan con barreras legales o se enfrentan a penalizaciones. En el bando contrario se encuentran las sociedades de Oriente Medio y Próximo, África y Asia Meridional. En dichos países las constituciones laicas a menudo han sido reescritas, la opinión pública sigue siendo profundamente devota y las leyes religiosas han ido cobrando protagonismo. Aunque la identificación religiosa no se ha fortalecido necesariamente en estos países en décadas recientes, la creciente participación de las masas en la vida política ha llevado a algunos movimientos religiosos al Parlamento y el Gobierno, sustituyendo a las instituciones seculares introducidas por líderes occidentales o apoyadas por los occidentales en los años que siguieron a la independencia.

En la décadas futuras, ¿se hará más profunda esta brecha entre los mundos secular y religioso o, por el contrario, se producirá un proceso de convergencia? En respuesta a esta pregunta resulta útil distinguir entre dos clases distintas de secularidad, a saber, la secularidad del Estado y la del individuo. La primera de ellas, la secularidad del Estado, es la diferenciación de esferas laicas tales como la burocracia y el mercado de la religión. Según esta definición, Turquía o la India pueden considerarse laicas (en virtud de sus acuerdos constitucionales), aunque ninguna posee una cultura secular. La segunda forma, la secularidad individual, es el declive de las prácticas y creencias religiosas, como la oración, la asistencia a los servicios religiosos o el seguimiento de los preceptos religiosos. Ésta es la forma de secularización que prevalece, en variados grados y alcances, en muchas zonas de Europa Occidental, Asia y América, aunque es relativamente excepcional en otros lugares.

En Occidente la secularización se ha extendido en ambos ámbitos. Empezó en Francia y Estados Unidos en el siglo xviii, y se extendió hasta finales del siglo xx con la separación oficial entre Iglesia y Estado en Italia, España o Suecia. La religión y la política eran oficialmente independientes, y se despojó a las instituciones de cualquier afiliación religiosa. A lo largo del siglo la asistencia a la iglesia declinó en casi todas las sociedades occidentales, y a finales del mismo las restricciones morales se liberalizaron en áreas como el divorcio, la prostitución, el aborto y el matrimonio homosexual. Aunque todavía existen ámbitos en los que aún queda espacio para una mayor liberalización —por ejemplo, el consumo de drogas recreativas—, los cambios legislativos clave datan de la década de los setenta, y las cuestiones morales sólo siguen siendo controvertidas en determinados países como Polonia o Estados Unidos, donde la adhesión a preceptos religiosos tradicionales continúa siendo importante entre determinados grupos sociales.

Por otra parte, en las sociedades no occidentales la secularización ha tropezado nada más empezar. Las constituciones laicas introducidas durante la independencia separaban el territorio político del espiritual, pero dicha separación ha resultado insuficiente, dadas la inexistencia de una población no religiosa significativa y la aceptación de las normas seculares liberales por parte del público general. En algunos estados como Turquía o la India la constitución laica sigue vigente, aunque en la mayoría de los otros países de Oriente Próximo y Medio y Asia Meridional no ocurre lo mismo. Algunos países de dicha región continúan dirigidos por regímenes árabes laicos. Sin embargo, los partidos y movimientos religiosos tales como los Hermanos Musulmanes pueden muy bien trastocar el statu quo de países como Egipto, Jordania, Siria o Túnez. Mientras tanto, en Turquía es concebible que el estado mayor del ejército sea incapaz de ejercer la presión necesaria para la reforma política y el país adopte una situación constitucional que, si bien no sea similar a la de Irán, resulte al menos parecida a las leyes religiosas más moderadas de Israel. En todo caso, si llega a producirse en Turquía la separación entre las esferas religiosa, política y privada, es poco probable que ésta reproduzca el modelo occidental de estado secular seguido de una sociedad laica, sino que ocurrirá al revés: una sociedad progresivamente laica hará posible la reforma institucional a gran escala.

¿Qué posibilidades hay de que esto ocurra? Hemos visto que la identificación religiosa parece ser menor entre las generaciones más jóvenes de Oriente Medio y Próximo, aunque no tenemos aún pruebas concluyentes de ello. A pesar de que las instituciones laicas han perdido terreno, es posible que estas sociedades terminen por experimentar un cambio de valores intergeneracional similar al ocurrido en los países occidentales desde la década de los sesenta, con las generaciones jóvenes rechazando las costumbres conservadoras de sus mayores y adoptando una nueva serie de valores basados en los derechos individuales y los estilos de vida alternativos. En teoría, el desarrollo económico de los países árabes, con los estados del golfo Pérsico a la cabeza, y la consolidación de una cultura democrática basada en la libertad de expresión y el intercambio de ideas deberían conducir en última instancia a una transformación de las actitudes sociales, a medida que los individuos vayan sustituyendo los valores tradicionales por otros construidos sobre el desarrollo personal y la autorrealización. Y, sin embargo, el ritmo del cambio social es extremadamente lento, y las pruebas de las que disponemos, tales como las diferencias de valores intergeneracionales en Oriente Medio y Próximo, no son concluyentes. Incluso si asumimos que se está produciendo un proceso de cambio cultural, estas sociedades parten de un punto que está muy lejos del consenso social que prevalece en el mundo occidental, y como resultado todo apunta a que los conflictos en torno a los valores religiosos continuarán presentes por mucho tiempo en nuestro mundo.

Bibliografía

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Notas

  1. El ascenso del terrorismo internacional, el nacionalismo hindú y la renuencia de la Unión Europea a admitir a Turquía, un país predominantemente musulmán, son generalmente considerados factores que confirman esta teoría.
  2. En Holanda un resquicio legal permitió la prostitución durante todo el siglo xx, pero no se legalizó ni reguló hasta el año 2000.
  3. Esto ocurrió en Suecia en 1972, en Francia en 1981, en Italia en 1994 y en Reino Unido en 1998, cuando la abolición de la pena de muerte se declaró requisito de entrada en la Unión Europea y, por tanto, se hizo obligatoria para los países candidatos.
  4. Hoy por hoy la legislación que autoriza el matrimonio homosexual existe en seis estados norteamericanos.
  5. En la década de los ochenta hubo un intento fallido de invocar estas leyes contra la blasfemia cuando algunos grupos musulmanes intentaron llevar los Versos satánicos de Salman Rushdie ante los tribunales. El caso no prosperó, puesto que las leyes se refieren únicamente a la iglesia anglicana, y no al Islam.
  6. Sin embargo, hay varias excepciones en Europa donde las leyes contra la blasfemia siguen vigentes, como por ejemplo Grecia e Irlanda.
  7. De las constituciones laicas inicialmente redactadas para Pakistán, Bangladesh, Turquía y la India, sólo la india y la turca conservan sus cláusulas de laicismo. Pakistán adoptó el Islam como religión de Estado en 1973, y Bangladesh, en 1988. Israel es un caso interesante: la Proclamación de Independencia lo declaraba estado judío en 1948, pero no especificaba si ello se refería a la etnia o a la religión. La redacción de una constitución israelí se planeó, pero nunca se llevó a cabo, en parte por la controversia que suscitaba esta cuestión. Las leyes del Estado israelí se aplican para imponer obligaciones religiosas menores, tales como el sabbat y la prohibición de comer cerdo, aunque las decisiones respecto a esto último son de jurisdicción municipal.
  8. Las tres sociedades islámicas eran Iraq, Indonesia y Malasia, donde las cifras fueron del 56%, el 54,9% y el 57,2%, respectivamente. Las otras dos eran Burkina Faso y Mali, con el 24% y el 47,9%, respectivamente.
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