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Sobre el conjunto de ciudadanos de las naciones ricas e industrializadas se cierne la obligación de reducir la pobreza extrema. ¿Entonces, por qué no damos más? Tememos que la ayuda no funcione. Nos asusta el daño medioambiental derivado del aumento de riqueza. No queremos renunciar a nuestro propio confort. No obstante, ninguna de estas razones es válida. La ayuda sí funciona y los datos están ahí para demostrarlo. Por otro lado, la reducción de la pobreza y la protección medioambiental a menudo convergen, e incluso cuando no es el caso, existe aun un sólido fundamento moral para afirmar que las naciones ricas deberían recortar sus "emisiones suntuarias"antes de que las naciones pobres se vean obligadas a reducir sus emisiones de subsistencia. En último término, va en nuestro propio interés poner fin a la pobreza extrema, un objetivo que podría alcanzarse sencillamente si cada uno de nosotros estuviese dispuesto a renunciar a una fracción de lo que posee.

El argumento en el que se basa la obligación de ayudar

Imagina que te diriges a almorzar con un amigo. Al pasar junto a un estanque ornamental poco profundo te das cuenta de que un niño pequeño se ha caído al estanque y corre peligro de ahogarse. ¿Deberías meterte en el agua y sacar al niño? Te ensuciarías la ropa de barro y se te estropearían los zapatos, porque no tienes tiempo ni de quitártelos, y además te perderías la comida. Pero ninguna de estas cosas tiene importancia si las comparas con la posibilidad de evitar la muerte de un niño.

El principio que podría justificar la opción de sacar al niño del agua sería el siguiente: si tenemos la posibilidad de evitar que ocurra algo muy malo, sin que para ello tengamos que sacrificar nada de importancia moral comparable, debemos hacerlo. Dicho principio no parece admitir discusión alguna. Obviamente, logrará el respaldo de los consecuencialistas (que consideran que debemos hacer aquello que produzca las consecuencias más favorables). Pero también deberían aceptarlo los no consecuencialistas, ya que únicamente nos exige evitar lo que es malo cuando no hay nada de importancia comparable en juego. Por tanto, dicho principio no nos puede conducir al tipo de actos a los que los no consecuencialistas se oponen con firmeza: violaciones graves de derechos individuales, injusticia, promesas incumplidas, etcétera. Si los no consecuencialistas consideran que alguno de estos actos tiene una importancia moral comparable con el mal que se pretende evitar, automáticamente considerarían que el principio en cuestión no se aplica a los casos en los que el mal únicamente puede evitarse violando derechos, cometiendo injusticias o incumpliendo promesas. La mayor parte de los no consecuencialistas defienden que debemos impedir lo que es malo y fomentar lo que es bueno. Se diferencian de los consecuencialistas en que insisten en no considerar este principio el único principio ético posible, pero el hecho de que efectivamente se trata de un principio ético lo reconocen todas las teorías éticas aceptables.

No obstante, la aparente aceptación sin fisuras del principio de que debemos evitar que ocurra algo malo cuando tenemos la posibilidad de hacerlo sin sacrificar nada de importancia moral comparable resulta engañosa. Si nos tomáramos en serio dicho principio y actuáramos en consecuencia, nuestras vidas y nuestro mundo cambiarían radicalmente. Porque el principio no solo se aplica a la situación excepcional en la que uno puede salvar a un niño sacándolo de un estanque, sino también a las situaciones diarias en las que podemos ayudar a los que viven en condiciones de extrema pobreza. Con ello, estoy presumiendo que la pobreza extrema, caracterizada por el hambre y la malnutrición, la falta de cobijo, el analfabetismo, la enfermedad, la alta tasa de mortalidad infantil y la baja esperanza de vida, es algo malo. Y también presumo que los más favorecidos tienen la posibilidad de reducir dicha pobreza, sin tener que sacrificar nada de importancia moral comparable. Si ambas presunciones son correctas, y si también lo es el principio del que hemos hablado, tenemos la misma obligación de ayudar a aquellos que vivan en absoluta pobreza que de rescatar al niño del estanque. El hecho de no prestar la ayuda necesaria estaría mal, independientemente de que sea intrínsecamente equiparable o no al acto de acabar con una vida. Tradicionalmente se ha pensado que se trataba de un acto de caridad: ayudar es digno de elogio, pero no ayudar no es malo. Pero no se trata de eso. Se trata de algo que todos debemos hacer.

Este es el argumento en el que se basa la obligación de ayudar. Podríamos expresarlo de una manera más formal.

Primera premisa: si tenemos la posibilidad de evitar que ocurra algo malo, sin que para ello tengamos que sacrificar nada de importancia moral comparable, debemos hacerlo.
Segunda premisa: la extrema pobreza es mala.
Tercera premisa: podemos evitar algo de la extrema pobreza existente sin sacrificar nada de importancia moral comparable.
Conclusión: debemos evitar algo de la extrema pobreza existente.

La primera es la premisa moral fundamental en la que se basa el argumento, y he tratado de demostrar que puede ser aceptada por los partidarios de distintas posturas éticas.

En cuanto a la segunda premisa, no admite mucha discusión. Resultaría difícil encontrar una opinión ética aceptable que no considerara que la extrema pobreza es mala, con el sufrimiento y las muertes que ocasiona, tanto de adultos como de niños, por no mencionar la falta de educación y la sensación de desesperación, impotencia y humillación que trae consigo.

La tercera premisa es más controvertida, aun cuando se ha formulado con enorme prudencia. Afirma que podemos evitar algo de la extrema pobreza existente sin sacrificar nada de importancia moral comparable. Así, evita la posible objeción de que la ayuda que yo pueda prestar significaría únicamente una “gota en el océano”, ya que la cuestión no es si mi aportación personal tendrá efectos evidentes sobre la pobreza mundial en su conjunto (que por supuesto no los tendrá), sino si logrará evitar algo de la pobreza existente. Eso es todo lo que necesita el argumento para respaldar su conclusión, ya que la segunda premisa no se refiere a la cantidad total de pobreza; solo afirma que la extrema pobreza es mala. Si podemos proporcionar a una familia los medios que necesita para salir de la extrema pobreza sin sacrificar nada de importancia moral comparable, la tercera premisa queda justificada.

Si tenemos la posibilidad de evitar que ocurra algo muy malo, sin que para ello tengamos que sacrificar nada de importancia moral comparable, debemos hacerlo.

He dejado a un lado la noción de importancia moral para demostrar que el argumento no depende de valores o principios éticos concretos. En mi opinión, la tercera premisa resulta cierta para la mayoría de las personas que viven en países industrializados, cualquiera que sea su definición (aceptable) de “importancia moral”. Nuestra riqueza implica que contamos con ingresos de los que podemos disponer sin tener que renunciar a las necesidades básicas, y podemos utilizar dichos ingresos para reducir la extrema pobreza. Cuánto nos consideremos obligados a dar dependerá de lo que consideremos que tiene una importancia moral comparable a la riqueza que podemos impedir: ropa elegante, cenas caras, un moderno equipo de sonido, vacaciones exóticas, un coche de lujo, una casa más grande, educación privada para nuestros hijos, etcétera. Para los defensores del utilitarismo, nada de ello tiene una importancia comparable a la reducción de la extrema pobreza; y los no utilitaristas, si suscriben el principio de la universalidad, deben aceptar sin duda que al menos algunas de estas cosas tienen menos importancia moral que la extrema pobreza que podrían evitar con el dinero que cuestan. Por lo tanto, parece que todas las posturas éticas aceptables están de acuerdo con la tercera premisa, si bien la cantidad concreta de extrema pobreza que podría evitarse sin sacrificar algo de importancia moral dependerá de la postura ética concreta que uno defienda.

A continuación, voy a analizar tres objeciones a este argumento.

¿Sirve de algo la ayuda?

Hay quien afirma que no podemos confiar en que los donativos que realizamos a una organización de ayuda salven una vida o ayuden a alguien a salir de la extrema pobreza. Con frecuencia, dichos argumentos se basan en creencias manifiestamente erróneas, como por ejemplo en la idea de que las organizaciones de ayuda utilizan la mayor parte del dinero aportado para pagar sus gastos administrativos, de manera que solo llega una peque- ña cantidad a la gente que lo necesita, o que el dinero queda en manos de los Gobiernos corruptos de los países en vías de desarrollo. En realidad, los gastos administrativos de las principales organizaciones de ayuda no ascienden a más del 20% de los fondos que recaudan (y con frecuencia el porcentaje es aún menor), lo que supone que al menos el 80% del dinero se dirige a los programas de ayuda directa a los necesitados. Además, estas organizaciones no realizan donaciones a los Gobiernos, sino que trabajan directamente con los pobres, o con organizaciones de base situadas en los países en vías de desarrollo que cuentan con una trayectoria adecuada en la ayuda a los necesitados.

No obstante, cuando se mide la eficacia de una organización de ayuda en función de su capacidad para reducir los costes administrativos, se está cometiendo un error habitual. En los costes administrativos se incluyen los sueldos de personas experimentadas que puedan asegurar que nuestras donaciones servirán para financiar proyectos que realmente ayuden a los necesitados de un modo sostenible a largo plazo. Es posible que una organización que no cuente con este tipo de personas tenga que hacer frente a unos costes administrativos inferiores, pero también sacará menos provecho de los donativos recaudados. Es muy importante que nuestras donaciones se dirijan a organizaciones benéficas que sean eficaces a la hora de reducir la pobreza extrema y sus consecuencias. Afortunadamente, en la actualidad existen otras organizaciones que están especializadas en la evaluación de las organizaciones que se ocupan de reducir la extrema pobreza y que pueden ayudarnos a determinar qué entidades benéficas son realmente eficaces.

GiveWell es una de ellas. Ha comparado, por ejemplo, el coste por vida salvada en varias organizaciones dedicadas a combatir las enfermedades que acaban con la vida de los alrededor de 8,1 millones de niños que mueren cada año como consecuencia de causas relacionadas con la pobreza. Según GiveWell, hay varias organizaciones que pueden salvar una vida por una cantidad que se sitúa entre los 600 y los 1.200 dólares. En la página web de GiveWell (www.givewell.org) se pueden consultar las organizaciones con mejor calificación. Se pueden realizar donaciones a una de las organizaciones mejor valoradas, por lo que parece evidente que la tercera premisa del argumento resulta correcta, en lo que se refiere a la gente que se gasta al menos unos cuantos miles de dólares anuales en cosas que realmente no necesita. Estas personas pueden salvar una vida, o evitar algo de la extrema pobreza existente, sin tener que sacrificar nada de importancia moral comparable.

Algunas personas pueden pensar que la pobreza mundial es una especie de agujero negro, en el que echamos nuestro dinero sin que se produzca ningún resultado. Pero se están obteniendo resultados. La cifra que acabo de mencionar, los casi 8,1 millones de niños menores de cinco años que mueren cada año como consecuencia de causas relacionadas con la pobreza y que podrían evitarse, procede de Unicef, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia. La cifra es escandalosa (se trata de unos veintidós mil niños muertos cada día) pero afortunadamente ha ido disminuyendo. En la edición de bolsillo del año 2010 de mi libro The Life You Can Save la cifra que aparece es 8,8 millones. En la edición de tapa dura del año 2009, la cifra ascendía a casi un millón más. De hecho, si nos remontamos a los años sesenta, la cifra era de hasta veinte millones de niños al año. Si tenemos en cuenta que la población mundial de los años sesenta era más o menos la mitad de la que hay hoy en día, podemos decir que sí que se han obtenido resultados alentadores. En relación con la población mundial, el número de niños que mueren antes de cumplir los cinco años como consecuencia de causas relacionadas con la pobreza es un 25% inferior al registrado hace cincuenta años. Así que no se trata de un problema irresoluble; no estamos ante un agujero negro en el que echamos nuestro dinero sin ver los resultados. Se pueden apreciar los resultados, pero aún mueren demasiados niños cada día como consecuencia de esta pobreza que se puede prevenir. Podemos hacer algo al respecto. Sabemos lo que tenemos que hacer. Estamos vacunando a más niños contra el sarampión. Estamos proporcionando agua potable a un mayor número de pueblos. Estamos ofreciendo a los centros de salud locales tratamientos muy sencillos contra la diarrea. Estamos entregando mosquiteras a más gente para que los niños no contraigan la malaria, otra de las principales causas de muerte infantil.

Aunque algunas personas pueden pensar que la pobreza mundial es una especie de agujero negro, se están obteniendo resultados

¿Existe un conflicto entre la reducción de la pobreza y la protección del medioambiente?

La preocupación por los más necesitados parece entrar en conflicto con la necesidad de proteger el medioambiente. ¿Sirve de algo salvar vidas si luego las personas cuyas vidas salvamos continúan teniendo más hijos de los que pueden alimentar? Así, en la próxima generación, habrá aún más gente que necesite ayuda. ¿No es cierto que las crecientes poblaciones de los países en vías de desarrollo incrementan la presión existente sobre los bosques y otros ecosistemas que constituyen a menudo el último refugio de especies de plantas y animales en peligro de extinción? Resulta innegable que salvar vidas humanas inocentes es algo bueno. Pero ¿cómo podemos encontrar un equilibrio entre la salvación de vidas y la pérdida que generaría dicha extinción? También nos enfrentamos a la cuestión del cambio climático. ¿De dónde saldrían los recursos si todo el mundo aumentara sus ingresos y llevara un nivel de vida que consumiera la misma energía per cápita que la que consumen hoy en día los más favorecidos?

Parte de la respuesta (la parte fácil) es que la reducción de la pobreza y los valores medioambientales a menudo apuntan en la misma dirección. Es un argumento simplista suponer que cuando ayudamos a más niños a sobrevivir hasta alcanzar la edad reproductiva estamos favoreciendo el aumento de la población de los países pobres. Una de las principales razones por las que las familias pobres tienen muchos hijos es porque se quieren asegurar de que uno o dos de sus hijos van a sobrevivir para poder cuidar de sus padres en la vejez. Cuando los padres comiencen a darse cuenta de que sus hijos sobreviven hasta la edad adulta, comenzarán a tener menos hijos. Además, si no necesitan que los niños trabajen en el cultivo de alimentos, tienen otra razón menos para tener hijos. Y lo que es más importante: si al reducir la pobreza las familias pueden enviar a sus hijos al colegio, y especialmente a sus hijas, todas las pruebas demuestran que esos niños tendrán en el futuro familias menos numerosas. Esa tendencia quedará reforzada si las mujeres tienen la oportunidad de trabajar fuera de casa. Evidentemente, también ayuda el acceso a la planificación familiar. Por lo tanto, la reducción de la pobreza y el fomento del desarrollo pueden reducir también el crecimiento de la población de varias maneras. Si nos fijamos en el crecimiento experimentado por la población en los países desarrollados, este hecho no debería sorprendernos.

Esto tiene consecuencias en la conservación de los bosques de los países en vías de desarrollo. A largo plazo, las ayudas realizadas a las escuelas y centros de salud locales constituirán el modo más eficaz de reducir las presiones demográficas que convierten los bosques en campos. Pero no deberíamos fingir que el desarrollo económico y el ecologismo conviven en armonía. Algunos proyectos de desarrollo ofrecen oportunidades de empleo a los más necesitados, pero tienen un alto coste medioambiental. Desde Indonesia a Brasil, se han destruido amplias zonas de bosque tropical para cultivar palma aceitera y plantas de soja, así como para alimentar al ganado. La destrucción de los bosques acaba con los ecosistemas y libera enormes cantidades de carbono, lo que acelera el cambio climático.

En África tropical, los caminos que atraviesan las junglas ofrecen nuevas oportunidades a las poblaciones más empobrecidas, cuyos habitantes pueden conseguir trabajo en las explotaciones forestales o transportar sus productos locales a los mercados con más facilidad. Entre estos productos locales se incluye la carne de animales salvajes, como chimpancés y gorilas. La mejora del acceso a las junglas, antes aisladas, y el incentivo del pago en metálico han provocado la caza masiva que reduce drásticamente el número de muchas especies.

¿Qué deberíamos hacer? A veces deberíamos inclinarnos por la protección del medioambiente, y de los animales que dependen de él, aun cuando con ello estemos privando a algunas personas que viven en condiciones de extrema pobreza de disfrutar de ciertas oportunidades económicas. Las zonas que están dotadas de una biodiversidad única forman parte del patrimonio mundial y deben ser protegidas. Por supuesto, deberíamos tratar de encontrar oportunidades alternativas sostenibles desde el punto de vista del medioambiente para aquellos que viven en estas zonas o en zonas próximas. Si la protección del patrimonio mundial nos beneficia a todos, no resulta razonable esperar que los residentes locales tengan que hacer frente al coste íntegro de dicha protección, en términos de oportunidades económicas a las que tienen que renunciar.

Deberíamos ayudar a los pobres de hoy, pero no a costa de los pobres del mañana. Con el fin de preservar las posibilidades de las próximas generaciones, deberíamos aspirar a un desarrollo que no continúe dañando los espacios naturales o las especies en peligro de extinción, y que espero que nos lleve finalmente a mostrar un mayor respeto por los intereses de todos los demás seres sensibles que, por derecho propio, también deberían ser tenidos en cuenta. Además, deberíamos optar por un desarrollo que nos acerque a una transición demográfica que, a su vez, contribuya a estabilizar la población en un nivel sostenible.

El cambio climático supone una terrible amenaza para todo el progreso que hemos conseguido en la reducción de la pobreza mundial.

Lo que está claro es que el planeta no puede permitirse que seis mil millones de personas consuman recursos y emitan gases de efecto invernadero al mismo nivel que lo hacen en la actualidad los mil millones de personas más ricas de todo el mundo. El cambio climático supone una terrible amenaza para todo el progreso que hemos conseguido en la reducción de la pobreza mundial.

Los principales países industrializados no han conseguido reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero lo suficiente como para no causar graves efectos adversos a otros países, lo que constituye una falta moral aún mayor que las injusticias cometidas por las grandes potencias imperiales durante la época del colonialismo. Incluso los que piensan que no estamos obligados a ayudar a los que se encuentran más allá de nuestras fronteras, estarán de acuerdo, o al menos así lo espero, en que sí que estamos obligados a no ocasionarles ningún daño. Y sin embargo, eso es precisamente lo que estamos haciendo. Según la Organización Mundial de la Salud, el aumento de la temperatura registrado entre los años setenta y el año 2004 está provocando 140.000 muertes más cada año, lo que equivale aproximadamente a tantas muertes semanales como las ocurridas en los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Las principales causas de muerte son las enfermedades sensibles al clima como la malaria, el dengue o la diarrea, que es más habitual cuando no se tiene acceso a agua potable. La malnutrición que se produce por los cultivos arruinados a causa de las altas temperaturas o la escasez de lluvia también es responsable de muchas muertes. Los fértiles asentamientos situados en los deltas de los ríos de Egipto, Bangladesh, India y Vietnam están en peligro por el aumento del nivel del mar.

En el año 2007, el cuarto informe de evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, organismo científico creado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medioambiente y la Organización Meteorológica Mundial, señaló que para el año 2080 un aumento de temperatura de entre 2º y 2,4ºC podría afectar a los recursos hídricos utilizados por 1.200 millones de personas. El aumento del nivel del mar pondría en peligro a 16 millones de personas más cada año a causa de las inundaciones de las zonas costeras. En la actualidad, un aumento de la temperatura de solo 2ºC para el año 2080 parece una previsión optimista, y recientemente se han producido alarmantes señales que indican que el aumento del nivel del mar puede ser mucho mayor que el previsto por el informe de evaluación mencionado. Quizás tengamos un milagro tecnológico a la vuelta de la esquina, uno que permita que todos los habitantes del mundo puedan consumir energía al mismo nivel al que la consumimos unos pocos hoy en día, sin que ello ocasione consecuencias desastrosas para todos. Sin embargo, desde un punto de vista ético no es defendible no hacer nada mientras esperamos que ocurra el milagro, ya que serán otros, y no nosotros, los que sufran las consecuencias más graves si ese milagro no llega nunca.

Existe un sólido argumento moral que nos permite decir que los países ricos deberían reducir sus “emisiones de lujo” antes de que los países pobres tengan que cortar sus “emisiones de subsistencia”. La India aún cuenta con más de 450 millones de personas que viven en condiciones de extrema pobreza, y China con más de 200 millones. Nadie que se preocupe por el bienestar de las personas podría pedir a los pobres del mundo que no aumentasen las emisiones de gases de efecto invernadero que emplean para alimentar a sus familias, mientras no tiene problema en viajar al trópico para pasar unas vacaciones, emitiendo así más gases de efecto invernadero en una semana que una familia típica en un país en vías de desarrollo a lo largo de un año. Las necesidades siempre deberían tener prioridad sobre los lujos.

Por lo tanto, los que vivimos cómodamente en los países industrializados deberíamos estar preparados para cambiar nuestro estilo de vida con el fin de proteger el medioambiente y reducir las posibilidades de que las catástrofes relacionadas con el clima nos produzcan daños a nosotros y a los demás. Deberíamos utilizar más energía que no proceda de combustibles fósiles, reducir el uso del aire acondicionado y la calefacción, utilizar menos el coche y el avión y comer menos carne, ya que la producción de carne es una de las principales fuentes de emisión de gases de efecto invernadero. Deberíamos empezar ya a hacer todo eso, por nuestro propio bien, por el bien de los pobres del mundo y por el bien de las generaciones futuras.

Los que vivimos cómodamente en los países industrializados deberíamos estar preparados para cambiar nuestro estilo de vida con el fin de proteger el medioambiente

¿Cuál es el grado de exigencia de nuestras obligaciones?

Debemos tomar en consideración otra objeción a mi argumento de ayuda: es probable que la determinación de un nivel de ayuda tan alto sea contraproducente. Si mantenemos que estamos obligados a dar hasta el punto en el que si diéramos más estaríamos ya sacrificando algo de importancia moral comparable, muchos se encogerán de hombros y dirán: “Pues si eso es lo que demanda la moralidad, lo siento mucho”.

¿El nivel exigido es tan alto como para resultar contraproducente? No hay muchas pruebas en las que nos podamos basar, pero al discutir el argumento con mis alumnos y con otras personas he llegado a la conclusión de que es posible que así sea. Por otro lado, el nivel generalmente aceptado, que consiste en echar unas cuantas monedas cuando alguien se te pone delante pidiéndote limosna, resulta obviamente demasiado bajo. ¿Qué nivel deberíamos recomendar? En mi obra The Life You Can Save, así como en la página web correspondiente, www.thelifeyoucansave.com, sugerí una escala progresiva, como si se tratara de un baremo impositivo. Comienza en el 1% de la renta, y para el 90% de los contribuyentes no supone más del 5%. Por lo tanto, se trata de una cantidad perfectamente realista, que una persona puede donar sin que ello le suponga ningún sacrificio. De hecho, a menudo le supondrá una ganancia de carácter personal, ya que numerosos estudios psicológicos demuestran que las personas que dan son más felices que las que no lo hacen. No sé si la escala que propongo, en caso de obtener respaldo generalizado, podría recaudar el mayor importe posible. Pero, según mis cálculos, si todas las personas del mundo desarrollado realizaran donaciones de acuerdo con la escala, se recaudarían 1,5 billones de dólares cada año, una cifra ocho veces superior a la que, según el grupo de trabajo de las Naciones Unidas dirigido por Jeffrey Sachs, sería necesaria para cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio, establecidos por los dirigentes de todos los países del mundo en la Cumbre del Milenio celebrada en el año 2000. Entre dichos objetivos se incluye la reducción a la mitad de la proporción de población mundial que vive en condiciones de extrema pobreza, así como de la proporción de las personas que padecen hambre; también se proponen reducir en dos terceras partes la cifra de muertos entre los niños menores de cinco años (lo que equivaldría a salvar más de cinco millones de vidas al año) y conseguir que los niños de todo el mundo puedan terminar un ciclo completo de enseñanza primaria.

Este sorprendente resultado (que si todas las personas con recursos contribuyeran al esfuerzo de reducir la extrema pobreza y todo lo que esta conlleva, la cantidad que debería aportar cada uno de nosotros sería bastante modesta) demuestra que el argumento con el que comenzó este artículo nos parece exigente porque solo unos pocos de los que tienen la capacidad de ayudar a los más necesitados están haciendo algo significativo al respecto. No necesitamos transmitir a los pobres la mitad, ni una cuarta parte, ni siquiera una décima parte, de la riqueza de los ricos. Si solo ayudan unos pocos, esos pocos tendrán que cortar mucho antes de llegar al punto a partir del cual dar más les supondría sacrificar algo de importancia moral comparable a la vida salvada gracias a su donación. Pero si todos nosotros, o incluso la mayoría de nosotros, aportáramos en función de la escala que he propuesto, ninguno tendría que dar demasiado. Por eso se trata de un nivel apropiado para que pueda ser respaldado por parte de la sociedad. Necesitamos cambiar la ética de la sociedad, de manera que el hecho de dar algo importante a aquellos que viven en condiciones de extrema pobreza se convierta en una parte elemental de lo que supone vivir una vida ética para todo aquel que pueda permitirse algún tipo de lujo (e incluso comprar una botella de agua es un lujo si hay agua potable disponible).

Si todas las personas con recursos contribuyeran al esfuerzo de reducir la extrema pobreza y todo lo que esta conlleva, la cantidad que debería aportar cada uno de nosotros sería bastante modesta

¿Por qué la gente no dona más?

Si los argumentos que justifican que hagamos algo más para reducir la extrema pobreza son tan claros, ¿por qué no lo estamos haciendo ya? Hay muchas razones. Algunas son de carácter psicológico, más que ético. Pero yo diría que muchas de las cosas que, en nuestra opinión, pueden marcar la diferencia, en realidad solo lo hacen desde un punto de vista psicológico, y no desde un punto de vista ético real. Por ejemplo, todos estábamos de acuerdo en que deberíamos ayudar al niño que estaba en el estanque, y probablemente todos nosotros lo hiciéramos si nos encontráramos en esa situación. Entonces ¿por qué no ayudamos a todo el mundo? Parte del problema psicológico es que no tenemos a esas personas delante, por lo que no consideramos que nuestra actuación pueda cambiar algo las cosas. Los psicólogos han estudiado una serie de fenómenos relacionados con las situaciones en las que ayudamos a un extraño. Al estudiarlos me he dado cuenta de que cuando se me ocurrió el ejemplo del niño que se ahogaba en el estanque, estaba planteando de manera inconsciente un ejemplo que encaja muy bien con la intención de provocar una respuesta emocional, más de lo que lo hace el asunto de la pobreza en el mundo. Así, por ejemplo, se trata de ayudar a una víctima que podemos identificar. Eso cambia mucho las cosas.

Voy a poner un ejemplo del tipo de estudio que lo demuestra. Los psicólogos piden a un grupo de alumnos que participen en un experimento y ofrecen 15 dólares por dicha participación. Cuando los alumnos se presentan para participar en el experimento en cuestión, se les dice: “Aquí tenéis un cuestionario. Deberéis cumplimentarlo y entregárnoslo. Os vamos a pagar 15 dólares”. Así que cumplimentan el cuestionario, que por supuesto no tiene nada que ver con el experimento. Lo entregan y reciben 15 dólares en billetes pequeños. A continuación se les dice: “Por cierto, nuestro departamento colabora cada mes con una organización benéfica. Aquí tenéis información sobre la organización con la que estamos colaborando este mes. A lo mejor queréis colaborar con lo que habéis ganado”. Luego, de manera aleatoria, se entrega a la mitad de los alumnos una información en la que aparece una foto de una niña africana de siete años, y un texto en el que se puede leer: “Esta es Rokia. Tiene siete años y vive en Malawi. Todas las noches se acuesta con hambre porque su familia no puede conseguir comida suficiente. Tú puedes ayudarla”. A la otra mitad de los alumnos se les entrega una información sin foto y con el siguiente texto: “En Malawi, miles de niños se acuestan con hambre. Tú puedes ayudarlos”. La información proporcionada parece bastante similar, ¿no? Pero en el primer caso hay una persona que podemos identificar. Seguramente ninguno de los alumnos piensa: “Claro, el dinero que voy a dar yo y el que va a dar todo el mundo este mes es todo para Rokia”. Resultaría un poco extraño que el departamento recaudara dinero solo para Rokia este mes; sería una niña bastante rica para el nivel que hay en Malawi. Así que los alumnos no pueden pensar eso en realidad. Y sin embargo el número de alumnos que realizó aportaciones varió significativamente entre ambos grupos: los que recibieron la información sobre Rokia contribuyeron en mayor medida que los que recibieron la información general.

Por lo tanto, somos más reacios a colaborar cuando nos enfrentamos a personas anónimas, aunque se trate de millones de ellas. Este es un factor importante. Otro factor es que en el ejemplo del estanque solo estabas tú; dependía de ti que el niño se salvara. Pero no depende de ti salvar a Rokia, ni aun cuando se trate de una persona concreta; no depende solo de ti. Todo el mundo tiene la información. Todos sabemos que hay otras personas en el mundo que podrían colaborar al menos tanto como nosotros. De hecho, es evidente que hay algunas personas que podrían colaborar mucho más que nosotros. Por ejemplo, Bill Gates. ¿Por qué no colabora? En realidad, sí que lo hace. Sin duda hay otras personas muy adineradas que no están colaborando tanto como él. Este es otro de los fenómenos que han estudiado los psicólogos: la dispersión de la responsabilidad. Se puede demostrar también de manera muy sencilla. Se representa un accidente en el que hay una víctima que necesita ayuda, y solo hay una persona allí que puede ayudarla; en ese caso, es muy probable que esa persona ayude a la víctima del accidente. Por otro lado, pongámonos en el caso de que esa persona forma parte de un grupo de unas seis personas, y el resto del grupo está participando en el experimento. Se les ha dicho a los participantes que no pueden ir y ayudar a la víctima. En este caso, resulta mucho menos probable que el sujeto que no está al tanto del experimento, al que los psicólogos llaman el “ingenuo”, ayude a la víctima. En otras palabras: básicamente, somos borregos. Vamos detrás del líder. No solemos pararnos a pensar por nosotros mismos.

Tenemos que hacer lo posible para cambiar estas variables. Tenemos que cambiar la norma cultural, para que colaborar nos resulte más normal. Esa es una de las cosas que estoy intentando hacer con la página web que he mencionado antes, www.thelifeyoucansave.com. Invito a la gente a que visite la página y se comprometa a dar un cierto porcentaje de sus ingresos para ayudar a los más desfavorecidos. Mi esperanza es que así a otros les resulte más fácil comprometerse, porque pueden ver que no son los únicos que lo hacen. Algunas personas incluso han enviado sus fotos y han escrito unas palabras para decir por qué se trata de algo importante y por qué resulta útil. Es un intento de cambiar nuestra cultura. Así, en vez de pensar que todo lo que hay que hacer para vivir una buena vida, una vida ética, es obedecer los mandamientos que nos prohíben hacer cosas (no engañar, robar, mentir, agredir a los demás, etc.), nos tenemos que dar cuenta de que también existe la obligación positiva de ayudar a los que lo necesitan cuando lo podemos hacer de un modo relativamente sencillo. Eso supondría un cambio verdaderamente importante en el mundo actual. Eso cambiaría mucho las cosas.

¿Dónde residen realmente nuestros intereses?

Cuando pensamos en nuestros intereses, solemos centrarnos en el dinero que tenemos. Pero cuando nos paramos a reflexionar sobre ello, ninguno de nosotros diría que lo más importante en la vida es tener mucho dinero en el banco. Probablemente diríamos: “Bueno, sí, está bien tener mucho dinero en el banco, pero eso es porque así se pueden hacer muchas cosas y ser más feliz”. Pero lo que ha quedado claro es que las personas que se implican en causas que trascienden de ellas mismas y que colaboran con distintos tipos de organizaciones benéficas afirman estar más satisfechas con sus vidas que las personas que no lo hacen. Dicha afirmación sigue repitiéndose una y otra vez en las encuestas sobre el bienestar general que se han ido realizando a lo largo de los años en muchos países diferentes.

Incluso estamos empezando a entender los mecanismos que lo provocan, ya que ahora podemos tomar imágenes a tiempo real de lo que ocurre en el cerebro cuando hacemos distintas cosas. Así se ha hecho en un estudio en el que se entregaba a unas personas una cantidad de dinero y se les preguntaba si querían colaborar con una organización benéfica. Ciertamente, se trató de un estudio pequeño y no estaría de más repetirlo. Estas personas podían responder “sí” o “no” de manera anónima, sin que la persona que realizaba el experimento conociera la respuesta. Por lo tanto, la reacción de la que voy a hablar no está relacionada con el hecho de que los sujetos quisieran dar una buena imagen, como algunos cínicos podrían argumentar. Sin embargo, en aquellos que optaron por colaborar, se pudo observar un aumento de la actividad en los centros de recompensa del cerebro, las mismas zonas del cerebro que se activan cuando hacemos cosas que nos gustan, ya se trate de una comida que nos encanta, una actividad de carácter sexual que estamos disfrutando o cualquier otra cosa. Parece que se nos recompensa por ser generosos igual que por hacer otras cosas agradables. Sería interesante descubrir cuál es el motivo exactamente. No hay duda de que tiene algo que ver con la circunstancia de que hemos ido evolucionando en sociedades en las que el hecho de colaborar aumentaba nuestro valor de supervivencia en una comunidad que exigía algún tipo de cooperación. En mi opinión, deberíamos ampliar esta idea más allá de las comunidades inmediatas, hasta abarcar el mundo en su conjunto. Parece que se pueden aplicar los mismos mecanismos.

En lo que respecta al modo en el que vivimos nuestras vidas, es probable que consideremos que la implicación en estas causas es algo gratificante y satisfactorio, algo que nos permite sentir que nuestras vidas tienen un mayor significado del que tendrían si nos dedicáramos simplemente a vivir pensando solo en nosotros y en nuestros propios intereses. Así, aunque el hecho de realizar aportaciones para ayudar a los más desfavorecidos nos pueda suponer un sacrificio económico, no deberíamos pensar que estamos sacrificando nuestros intereses reales, bien entendidos. Por lo tanto, en lo que se refiere a la pobreza mundial, la ética y el interés propio no se encuentran tan enfrentados como uno podría pensar en un primer momento. Por el contrario, existe un alto grado de armonía entre ellos.

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