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Artículo del libro Las múltiples caras de la globalización

La ciudad global: introducción a un concepto

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Cada fase de la larga historia de la economía mundial plantea interrogantes específicos acerca de las condiciones particulares que la hacen posible. Una de las propiedades clave de la fase actual es la influencia de las tecnologías de la información y el incremento asociado de la movilidad o liquidez del capital. Ha habido largos procesos económicos transfronterizos: flujos de capital, mano de obra, bienes, materias primas, turistas… pero en gran medida éstos se produjeron en el marco de un sistema interestatal, donde los principales agentes eran los estados nacionales. El sistema económico internacional estaba básicamente articulado en torno a este sistema interestatal. Esto ha cambiado de forma drástica durante la última década como resultado de la privatización, la desregulación, la apertura de las economías nacionales a empresas extranjeras y la creciente participación de los agentes económicos nacionales en los mercados globales.

En este contexto observamos una reorganización de los territorios estratégicos que articulan el nuevo sistema. Con la disgregación parcial o, al menos, el debilitamiento de lo nacional como unidad espacial causada por la privatización, la desregulación y el consiguiente fortalecimiento de la globalización se han creado condiciones propicias para la prevalencia de otras unidades o dimensiones espaciales. Entre éstas figuran las subnacionales (es decir, ciudades y regiones), las regiones transnacionales que abarcan dos o más entidades subnacionales y las entidades supranacionales (es decir, mercados digitalizados globales y bloques de libre comercio). Los procesos y las dinámicas que se territorializan a estas diversas escalas pueden ser, en principio, regionales, nacionales o globales.

Yo sitúo la aparición de las ciudades globales en este contexto y dentro de este rango de escalas estratégicas y unidades espaciales (Sassen 2001, 2006a). En el caso de las ciudades globales, los procesos y las dinámicas que se territorializan son también globales. En este ensayo examinaré los elementos conceptuales y empíricos generales que son válidos para un gran número de ciudades muy diversas, cada una con sus características específicas.

Elementos de una nueva arquitectura conceptual

La globalización de la actividad económica hace necesaria una nueva clase de estructura organizativa. Para que esto sea posible tanto teórica como empíricamente debe existir antes un nuevo tipo de arquitectura conceptual (1). Nociones como las de ciudad global o región global son, en mi opinión, elementos importantes en esta nueva arquitectura conceptual. Existen otros términos íntimamente relacionados que también podrían haberse empleado: la vieja y ya clásica expresión ciudad del mundo (2), superciudad (Braudel 1984) o ciudad informacional (Castells 1989). Así, cada nuevo nombre elegido lleva implícita una nueva conceptualización.

Cuando decidí por primera vez emplear ciudad global (1984), lo hice de forma consciente, ya que era un intento por llamar la atención sobre una diferencia: la especificidad de lo global a medida que se institucionaliza en la era contemporánea. No escogí la alternativa obvia, ciudad del mundo o ciudad mundial, porque precisamente llevaba asociado el atributo opuesto: hace referencia a la clase de ciudad que hemos visto a lo largo de los siglos (véase, por ejemplo, Braudel 1994; Hall 1996; King 1990; Gugler 2004) y, con toda probabilidad, también —en periodos muy anteriores— en Asia (Abu-Lughod 1989) o en centros coloniales europeos (King 1990) antes que en Occidente. En este sentido podría afirmarse que casi todas las ciudades globales actuales son también ciudades mundiales, pero puede haber algunas ciudades globales que no lo son en el sentido completo de la expresión. Ésta es en parte una pregunta empírica. Es más, a medida que la economía global se expande e incorpora nuevas ciudades a sus variadas redes, es muy posible que la respuesta varíe de un momento a otro. Así, el hecho de que Miami haya desarrollado funciones de ciudad global a partir de finales de la década de los ochenta no la convierte en una ciudad del mundo en el sentido tradicional de la expresión.

El modelo de la ciudad global: organizar las distintas hipótesis

Existen siete hipótesis en torno a las que he organizado los datos y la formulación teórica del modelo de la ciudad global. Describiré cada una de ellas brevemente y por separado, para que se entienda mejor.

En primer lugar, la dispersión geográfica de las actividades económicas que trae consigo la globalización es, junto con la integración simultánea de dichas actividades, un factor clave a la hora de alimentar el crecimiento y la importancia de funciones corporativas centrales. Cuanto más dispersas por distintos países están las operaciones de una empresa, más complejas y estratégicas se vuelven sus funciones centrales, es decir, las tareas de gestión, coordinación, mantenimiento y financiación de su red de operaciones.

En segundo lugar, estas funciones centrales se vuelven tan complejas que las sedes centrales de las grandes empresas globales empiezan a exteriorizarlas, es decir, a contratar una parte de sus funciones centrales con empresas de servicios altamente especializadas: contabilidad, asesoría legal, relaciones públicas, programación informática, telecomunicaciones, etcétera. Así pues, mientras que hace tan sólo diez años el emplazamiento clave de la producción de estos servicios centrales era la sede central de cada empresa, hoy hay una segunda base de operaciones: las empresas de servicios especializados contratadas por la sede central para producir algunos de sus componentes o funciones. Esto se da especialmente con empresas que trabajan en mercados globales o realizan operaciones no rutinarias. Pero la contratación externa está cada vez más extendida entre las grandes empresas.

En tercer lugar, estas empresas especializadas en servicios que operan en mercados cada vez más complejos y globales están sujetas a una economía de aglomeración. La complejidad de los servicios que necesitan producir, la incertidumbre de los mercados en los que participan —directamente o a través de la sede central de la empresa para la que trabajan— y la creciente importancia de la velocidad de todas estas transacciones resulta en una combinación de condiciones que constituye en sí misma una dinámica de aglomeración. La mezcla de empresas, talento y pericia en una amplia variedad de campos especializados hace que un determinado tipo de entorno urbano funcione como centro de información. Estar en una ciudad se ha vuelto sinónimo de estar en un circuito de información extremadamente intenso y tupido.

Una cuarta hipótesis, derivada de la anterior, es que cuanto más exteriorizan las sedes centrales sus funciones más complejas y menos estandarizadas, en especial aquellas sujetas a mercados cambiantes e inciertos, más libres son de optar por cualquier emplazamiento geográfico, porque cada vez es menor la carga de trabajo que se lleva a cabo en la sede central y que, por lo tanto, es vulnerable a las economías de aglomeración. Esto viene a subrayar el hecho de que el sector clave en el cual residen las ventajas de producción de las ciudades globales es el altamente especializado e interconectado sector de los servicios. Al desarrollar esta hipótesis, estoy respondiendo al concepto amplio de lo que define a una ciudad global. Desde el punto de vista empírico, todavía puede ser cierto en muchos países que el principal centro de negocios sea también aquel donde se concentra el mayor número de sedes centrales, pero eso puede muy bien deberse a que haya una ausencia de alternativas geográficas. Pero en países con infraestructuras bien desarrolladas fuera del sector dominante es más probable que haya más opciones para sedes alternativas.

En quinto lugar, estas empresas especializadas en servicios necesitan proporcionar un servicio global que se traduzca en una red global de afiliados o alguna otra modalidad asociativa, lo que ha favorecido un fortalecimiento de las transacciones y las redes transfronterizas o interurbanas. Esto, llevado al límite, puede muy bien significar el principio de la formación de sistemas urbanos transnacionales. El crecimiento de los mercados globales para las finanzas y los servicios especializados, la necesidad de redes de servicios transnacionales debida a las fuertes subidas de la inversión internacional, el papel cada vez menos decisivo de los gobiernos en la regulación de la actividad económica internacional y el subsiguiente auge de otros contextos institucionales, y en especial el de los mercados globales y las sedes centrales corporativas, apuntan a la existencia de una serie de redes de ciudades transnacionales.

Hay una hipótesis relacionada con esto: la de que las trayectorias económicas de estas ciudades cada vez están más desconectadas de sus áreas de influencia, o incluso de sus economías nacionales. Aquí se está produciendo la formación, al menos incipiente, de sistemas urbanos transnacionales. En los principales centros de negocios mundiales cada vez cobran más importancia estas redes transnacionales. No existe una única ciudad global, y en este sentido la situación es muy distinta de la de las capitales imperiales de antaño.

Una sexta hipótesis es la de que el número creciente de profesionales de alto nivel y empresas de servicios altamente especializadas ha agudizado la desigualdad espacial y socioeconómica presente en estas ciudades. El papel estratégico de estos servicios especializados ha revalorizado el mercado de profesionales de primer nivel, que también ha aumentado cuantitativamente. Además, dado que el talento puede resultar decisivo para la calidad de estas funciones —y, dada la urgencia con la que se solicitan, el talento probado es un valor añadido—, es muy probable que la estructura de las remuneraciones experimente un rápido aumento. En cambio, las actividades y los trabajadores que no tengan estos atributos, ya se trate de servicios de fabricación o industriales, tienen muchas probabilidades de sufrir los efectos contrarios.

Una séptima hipótesis, resultado de las dinámicas descritas en la sexta, es la de la creciente informalización de toda una serie de actividades económicas que cuentan con una demanda efectiva en estas ciudades y, sin embargo, tienen tasas de beneficios que no les permiten competir por determinados recursos con las grandes empresas situadas en lo más alto del sistema. Informalizar parte o todas las actividades de producción y distribución, incluidos los servicios, es una manera de sobrevivir a estas circunstancias.

Recuperar el lugar y los procesos de trabajo

En las primeras cuatro hipótesis he tratado de definir lo que estaba emergiendo en la década de los ochenta como discurso dominante sobre globalización, tecnologías y ciudades, que preconizaba el fin de éstas como centros económicos principales. Observaba una tendencia en ese sentido a considerar la existencia de un sistema económico global como una manifestación del poder de las corporaciones transnacionales y las comunicaciones globales.

Opino, sin embargo, que las capacidades para operar, coordinar y controlar de forma global contenidas en las nuevas tecnologías de la información y en el poder de las corporaciones transnacionales aún están por verse. Al llamar la atención sobre estas capacidades estoy añadiéndole una dimensión hasta ahora ignorada al debate ya clásico sobre el poder de las grandes corporaciones y la capacidad de las nuevas tecnologías para neutralizar la distancia y el lugar. Con ello estoy al mismo tiempo poniendo el énfasis en las prácticas que constituyen lo que llamamos globalización económica y control global.

Además, un análisis de la globalización de la economía centrado en dichas prácticas hace posible incluir las categorías de lugar y procesos de trabajo. Se trata de dos categorías que a menudo se pasan por alto en los análisis centrados en la hipermovilidad del capital y el poder de las empresas trasnacionales. Desarrollar categorías como las de lugar y procesos de trabajo no implica negar la importancia de la hipermovilidad y el poder económico. Por el contrario, pone de manifiesto el hecho de que muchos de los recursos necesarios para las actividades económicas globales no son móviles, sino que están profundamente integrados en lugares geográficos como las ciudades globales, las regiones de influencia de las ciudades globales y las zonas francas industriales.

Ello implica toda una infraestructura de actividades, empresas y puestos de trabajo necesarios para que una economía avanzada funcione. Estas industrias suelen estar conceptualizadas en términos de la hipermovilidad de su producción y los altos niveles de especialización de sus profesionales antes que en términos de la producción de procesos de trabajo o la infraestructura necesaria en instalaciones y empleos no especializados que también forman parte de ellas. Centrarse en los procesos de trabajo implica un aumento de la polarización económica y espacial debido a la concentración desproporcionada en estas ciudades globales de empleos situados en ambos extremos de la escala salarial. Centrarse en el lugar, las infraestructuras y los empleos no especializados se vuelve importante porque tradicionalmente la atención se ha concentrado en la neutralización de las distancias geográficas que han hecho posible las nuevas tecnologías.

El crecimiento de las dinámicas en red y transfronterizas entre las ciudades globales atañe a una gran variedad de ámbitos: político, cultural, social y criminal. Hay transacciones transfronterizas entre comunidades inmigrantes y comunidades de origen, y crece la intensidad, incluyendo las actividades económicas, en el uso de dichas redes una vez se han establecido. También se aprecian mayores redes transnacionales con propósitos culturales, en paralelo al crecimiento de los mercados internacionales del arte y los museos, y con propósitos políticos no-formales, como en el crecimiento de las redes transnacionales de activistas unidos por causas medioambientales, de derechos humanos, etcétera. Se trata en su mayoría de redes transfronterizas de una ciudad a otra (o, al menos, eso es lo que parece). Lo mismo es cierto de las nuevas redes criminales transfronterizas.

Recuperar la geografía de los lugares que participan de la globalización nos permite también recuperar a las personas, los trabajadores, las comunidades y, más concretamente, la gran variedad cultural que existe al margen de la cultura corporativa, que también participa de los procesos de globalización. También supone la creación de nuevos campos de investigación que vayan más allá del ya familiar aumento en los flujos transfronterizos de bienes de consumo, capital e información. Significa la apertura de la ciudad global como espacio para una nueva clase de política que defienda los derechos de la ciudad como tal.

Por último, al establecerse el hecho de que los procesos globales están —al menos parcialmente— integrados en territorios nacionales resultan nuevas variables en las concepciones actuales sobre la globalización económica y el menguante papel regulador del Estado. Eso quiere decir que el espacio económico para los grandes procesos económicos transnacionales difiere en muchos sentidos de la dualidad global/transnacional implícita en muchos análisis de la economía global. La dualidad nacional contra global sugiere dos espacios mutuamente excluyentes: uno termina donde empieza el otro. Una de las consecuencias de un análisis centrado en la ciudad global es que pone en evidencia que lo global se materializa por fuerza en lugares específicos y acuerdos institucionales, gran parte de los cuales (si no todos) está localizada en territorios nacionales.

Redes mundiales y funciones directivas centrales

La geografía de la globalización contiene simultáneamente dinámicas de dispersión y centralización. Las tendencias a gran escala hacia la dispersión espacial de las actividades económicas a niveles metropolitanos, nacionales y globales que asociamos a la globalización han aumentado la demanda de nuevas formas de centralización territorial de las funciones de alta dirección y control. En la medida en que estas funciones se benefician de las economías de aglomeración tienden a localizarse en ciudades, incluso cuando se produce la integración telemática de las operaciones de fabricación y servicios globalmente dispersas de una empresa. Esto plantea la cuestión de si deberían beneficiarse de las economías de aglomeración, habida cuenta de que los sectores económicos globalizados tienden a usar de forma intensiva las nuevas tecnologías de telecomunicación e informáticas, así como a generar cada vez más un tipo de producto parcialmente desmaterializado, como los instrumentos financieros o los servicios especializados. Existen cada vez más indicios de que las redes de negocios son una variable decisiva que debe diferenciarse de las redes técnicas. Estas redes de negocios llevan siendo cruciales desde antes de que se desarrollaran las actuales tecnologías. Las redes de negocios se benefician de las economías de aglomeración y, por lo tanto, florecen en las ciudades incluso en un momento como el actual, en el que son posibles las comunicaciones globales simultáneas. He examinado esta cuestión en otros trabajos (2001, capítulos 2 y 5), y he encontrado que la variable clave que contribuye a la concentración espacial de las funciones centrales y las economías de aglomeración asociadas a ella es el grado en el que se da esta dispersión bajo condiciones de concentración en cuanto a control, propiedad y reparto de beneficios.

La dinámica de la dispersión geográfica y la concentración simultáneas es uno de los elementos centrales en la arquitectura organizativa del sistema económico global. Aunque no hay espacio en este ensayo para explicarlo con detalle, se trata de un rasgo sistémico que también favorece formas específicas de enfrentamientos e implementaciones vinculadas a las sostenibilidad medioambiental (Sassen 2006b; Marcotullio y Lo 2001). En primer lugar enumeraré una serie de referentes empíricos, y a continuación examinaré algunas de las implicaciones para teorizar sobre el impacto de la globalización y las nuevas tecnologías en las ciudades globales.

El rápido crecimiento de filiales ilustra la dinámica de dispersión geográfica y concentración simultáneas en las operaciones de una empresa. En 1999 había empresas con más de medio millón de filiales fuera de sus países de origen, y en 2005 el número alcanzaba el millón (Sassen 2006a, capítulo 2). Las empresas con un gran número de fábricas y centrales de servicios geográficamente dispersas se enfrentan a nuevas necesidades de coordinación central, en especial cuando sus filiales se encuentran en países extranjeros con sistemas legales y contables distintos.

Otro ejemplo actual de esta negociación constante entre las dinámicas transfronterizas y la especificidad territorial es el de los mercados financieros globales. La magnitud de este tipo de transacciones ha aumentado de forma drástica, como ilustran los más de 300 billones de dólares en Estados Unidos procedentes de productos derivados, un componente esencial de la economía global que hace parecer insignificante el valor del comercio global, que en Estados Unidos era de 14 billones de dólares. Estas transacciones están parcialmente integradas en sistemas electrónicos que hacen posible la transmisión instantánea de dinero e información en todo el mundo. Esta capacidad de transmisión instantánea de las nuevas tecnologías ha recibido no poca atención. Pero la otra cara de la moneda es el grado en que los mercados financieros globales están situados en una red creciente de ciudades, con una concentración desproporcionada de las mismas en ciudades del norte global. De hecho, los índices de concentración —internacionalmente y dentro de los países— son inesperadamente altos para un sector económico cada vez más globalizado y digitalizado. Dentro de los países, los centros financieros líderes de ahora concentran una porción de actividad financiera nacional mayor incluso que hace diez años, y, desde el punto de vista internacional, las ciudades del norte global concentran más de la mitad del mercado global de capital.

Uno de los componentes del mercado de capital global son los mercados de valores. A finales de la década de los ochenta y principios de la de los noventa se sumaron a estos nuevos mercados ciudades como Buenos Aires, São Paulo, Ciudad de México, Bangkok, Taipei y Moscú, además de un gran número de empresas no nacionales presentes en la mayoría de dichos mercados. El número creciente de mercados de valores ha supuesto el aumento del capital susceptible de ser movilizado mediante estos mercados, lo que se refleja en el fuerte crecimiento mundial de la capitalización de los mercados de acciones, que superó los 30 billones de dólares estadounidenses en 2007. Este mercado financiero integrado globalmente hace posible la circulación de acciones de dominio público por todo el mundo, y está firmemente imbricado en lugares físicos, materiales y estratégicos.

Las formas específicas que ha asumido la globalización en la última década han creado nuevos requisitos de organización. La emergencia de mercados globales para las finanzas y los servicios especializados y el crecimiento de la inversión como una nueva clase de transacción internacional han contribuido a la expansión de las funciones directivas, así como a la demanda de servicios especializados por parte de las empresas (3).

Con funciones centrales no me refiero únicamente a las sedes centrales directivas, sino a todas las funciones financieras, legales, de gestión, ejecutivas y de planificación necesarias para dirigir una organización corporativa que opera en más de un país, e incluso en varios a la vez. Estas funciones centrales se asumen en parte en la sede central, pero también en gran medida en lo que ha dado en llamarse el complejo de servicios corporativos, es decir, la red de empresas financieras, legales, contables y publicitarias que gestionan las complejidades que supone operar dentro de más de un sistema legal nacional o contable, dentro de diferentes culturas publicitarias, etcétera, y lo hacen bajo condiciones de rápidas innovaciones en todos estos campos (Bryson y Daniel 2005). Estos servicios se han vuelto tan complejos y especializados que las sedes centrales prefieren cada vez más subcontratarlos con empresas especializadas antes que producirlos ellas mismas. Estos aglomerados de empresas ejerciendo funciones centrales para la gestión y coordinación de los sistemas económicos globales están concentrados de forma desproporcionada en los países altamente desarrollados —en particular, aunque no exclusivamente, en ciudades globales—. Dicha concentración de funciones constituye un factor estratégico en la organización de la economía global, y se articula dentro de una creciente red de ciudades globales (4).

Es importante, desde el punto de vista analítico, diferenciar las funciones estratégicas para la economía global o las operaciones globales de las de la economía corporativa general de un país. Estas funciones de control y dirección global están parcialmente integradas en las estructuras corporativas nacionales, pero también constituyen un sector corporativo diferenciado. Dicho subsector puede concebirse como parte de una red que conecta las ciudades globales de todo el mundo a través de filiales de empresas u otra clase de oficinas representativas (5). Dependiendo de lo que se está buscando, esta distinción carece de importancia. A efectos de comprender la economía global, sin embargo, sí la tiene.

Esta distinción también importa en lo referente a la regulación, sobre todo a la regulación de las actividades transfronterizas. Si las funciones centrales estratégicas —tanto las asumidas por las sedes centrales como las asignadas al sector especializado de los servicios corporativos— están situadas dentro de una red de centros financieros y de negocios, la cuestión de regular lo que constituye un segmento clave de la economía global requerirá un tipo distinto de esfuerzo del que sería necesario si las funciones de gestión y coordinación estratégicas estuvieran repartidas geográficamente, como suelen estarlo las fábricas, los centros proveedores de servicios o las filiales. También podemos interpretar esto como una situación geográfica estratégica para los activismos políticos que buscan exigir responsabilidades a los grandes agentes corporativos referidas a (entre otros asuntos) reivindicaciones medioambientales y de condiciones de trabajo.

Los mercados nacionales y globales, así como las organizaciones integradas globalmente, requieren que exista un centro físico donde se efectúen las tareas de globalización. Los servicios financieros y los servicios corporativos avanzados son industrias que producen las herramientas de organización necesarias para la implementación y gestión de los sistemas económicos globales. Por lo general se prefiere que los centros para la producción de dichos servicios —en especial los más innovadores, arriesgados e internacionalizados— sean las ciudades. Además, las principales empresas de la industria de la información requieren de una inmensa infraestructura física que contenga nodos estratégicos con una hiperconcentración de instalaciones. Tenemos que distinguir entre la capacidad para la transmisión/comunicación global y las condiciones materiales que la hacen posible. Por último, incluso las industrias de información más avanzadas tienen un proceso de producción que necesita (al menos en parte) localizarse físicamente en algún lugar, debido a la combinación de recursos que precisa incluso cuando sus productos son extremadamente móviles.

En teoría esto nos acerca a dos fuentes actuales del debate entre especialistas. Una de ellas es la compleja articulación entre el capital fijo y el capital móvil; la otra, la posición de las ciudades en una economía global. En otras de mis publicaciones he desarrollado la tesis de que la movilidad del capital no puede reducirse simplemente a lo que se mueve, ni tampoco a las tecnologías que hacen posible ese movimiento (Sassen 2008, capítulos 5 y 7). Antes bien, muchos de los elementos de lo que consideramos capital fijo son en realidad elementos de movilidad de capital. Esta aclaración nos permite reposicionar el papel de las ciudades en un mundo cada vez más globalizado, en el sentido de que contienen los recursos que les permiten a las empresas y los mercados realizar operaciones globales (6). La movilidad del capital, ya sea en forma de inversiones, comercio o filiales en otros continentes, necesita ser coordinada, supervisada y gestionada. Estas funciones se realizan a menudo en lugares geográficos específicos, y, sin embargo, son elementos clave de la movilidad del capital. Por último, los estados y las instituciones de emplazamiento geográfico concreto han tenido un papel a menudo crucial a la hora de generar entornos regulatorios que faciliten la implementación de operaciones transfronterizas para empresas nacionales y extranjeras, inversores y mercados (Sassen 2008, capítulos 4 y 5).

En suma, centrarse en las ciudades hace posible reconocer el anclaje de múltiples dinámicas transfronterizas en una red de lugares, de entre los cuales sobresalen las ciudades, y en especial las globales o aquellas con funciones de ciudad global. Ello, a su vez, afianza varios aspectos de la globalización dentro de las circunstancias actuales e históricas de estas ciudades, el funcionamiento de sus economías nacionales y sus relaciones con las distintas economías mundiales a través del tiempo (Abu-Lughod 1999; Allen et al. 1999; Gugler 2004; Amen et al. 2006; Taylor 2004; Lo y Yeung 1996; Harvey 2007; Orum y Chen 2004). Esta manera de ver la globalización contribuye a identificar una compleja arquitectura organizativa que no entiende de fronteras, y que está en parte desterritorializada y en parte concentrada espacialmente en ciudades. Además, deja abundante espacio para la investigación, en el sentido de que cada economía nacional o urbana particular posee sus formas específicas y heredadas de funcionar dentro de los circuitos globales actuales. Una vez tengamos más información sobre esta diversidad, seremos capaces de determinar si la posición dentro de la jerarquía global supone alguna diferencia, así como las distintas maneras en que esto puede ser cierto.

Los impactos de las nuevas tecnologías de la comunicación en la centralidad

Tradicionalmente, las ciudades han proporcionado a las economías, las políticas y las sociedades nacionales algo que podemos llamar centralidad. En términos de su función económica, las ciudades son el escenario de economías de aglomeración, y enormes concentraciones de información sobre los últimos avances, así como de mercados. ¿Cómo influyen las tecnologías de la comunicación en el papel de la centralidad y, por ende, de las ciudades como entidades económicas?

Ya he mencionado que la centralidad sigue siendo una característica determinante en la economía global actual. Pero hoy en día ya no existe una identificación directa entre centralidad y lugares geográficos precisos como el centro urbano o el distrito financiero. En el pasado —y, de hecho, hasta épocas bastante recientes— centro era sinónimo de centro urbano o distrito financiero. Hoy por hoy —en parte como resultado de las nuevas tecnologías de la información—, los correlatos espaciales del centro pueden adoptar diversas formas geográficas, desde el distrito financiero hasta una nueva retícula global de ciudades (Herzog 2006; Burdett 2006; Short 2005; Marcuse 2003).

Para simplificar, podríamos identificar tres formas en las que puede encarnarse la centralidad hoy en día (7). Primero, aunque ya no existe una relación directa entre centralidad y entidades geográficas como los centros urbanos, como ocurría en el pasado, el distrito financiero de las ciudades continúa siendo una forma clave de centralidad. Pero está profundamente reconfigurado por los cambios tecnológicos y económicos.

En segundo lugar, el centro puede extenderse hasta abarcar un área metropolitana en forma de retícula con nodos de intensa actividad financiera, un caso que ilustra a la perfección la reciente expansión de ciudades tan diversas como Buenos Aires (Ciccolella y Mignaqui 2002), Chicago (Lloyd 2005), Shangai (Chen y Jianming 2007) y París (Veltz 1996; Landrieu et al. 1998). Cabría preguntarse si una organización espacial caracterizada por una alta densidad de nodos estratégicos diseminados por una región más amplia constituye o no una nueva forma de organizar el territorio del centro, antes que —según la visión tradicional— un ejemplo de suburbanización o dispersión geográfica. En la medida en que estos distintos nodos están articulados mediante ciberrutas o autopistas digitales, representan un nuevo correlato geográfico del tipo más avanzado de centro. Los lugares que caen dentro de esta nueva retícula de autopistas digitales, sin embargo, pasan a formar parte de la periferia, un fenómeno que tiene su ejemplo más extremo en los casos de ciudades que encogen de tamaño (Gisecke 2005). Esta retícula regional de nodos representa, en mi opinión, una reconfiguración del concepto de región. Lejos de anular las distinciones geográficas, la retícula regional tiende a integrarse en formas convencionales de infraestructuras de comunicaciones —en especial los trenes de alta velocidad y las autopistas que unen las ciudades con los aeropuertos—. Tal vez irónicamente, es probable que las infraestructuras convencionales maximicen los beneficios económicos derivados de la telemática. Creo que se trata de una cuestión de importancia que de alguna manera se ha pasado por alto en los debates sobre la desaparición de las distancias geográficas a causa de la influencia de la telemática.

En tercer lugar, estamos asistiendo a la formación de un centro transterritorial constituido sobre la telemática e intensas transacciones económicas. Las más poderosas de estas nuevas geografías de la centralidad interurbana que une los principales centros financieros y de negocios son, entre otras, Nueva York, Londres, Tokio, París, Fráncfort, Zúrich, Ámsterdam, Los Ángeles, Sidney y Hong Kong (8). Pero esta geografía incluye hoy en día también ciudades como São Paulo y Ciudad de México. La intensidad de las transacciones entre estas ciudades, en particular a través de sus mercados financieros, de servicios y de inversiones, ha crecido significativamente. Por último, están apareciendo nuevas jerarquías regionales, con casos como los corredores de crecimiento económico del sudeste asiático (Lo y Yeung 1996), el de São Paulo en el área de libre comercio Mercosur (Schiffer 2002) y las relaciones entre las partes del corredor Irán-Dubai (Parsa y Keivafin 2002). (Para lograr una perspectiva general, véase el informe MasterCard International Global Hearts of Commerce Report on 70 Cities de 2008.)

Además de su impacto en los correlatos espaciales de la centralidad, es de suponer que las nuevas tecnologías también influirán en la desigualdad entre las ciudades y en el seno de las mismas. Gran parte de la literatura que existe sobre dichas tecnologías pronostica que pondrán fin a las antiguas jerarquías y desigualdades espaciales mediante la universalización de la conectividad que representan. Los indicios de los que disponemos hasta el momento sugieren que no es así. Ya se deba a la existencia de una red de centros financieros y patrones de inversión directa extranjera (ya mencionada en este apartado) o a la organización espacial de diversas ciudades, el caso es que las nuevas tecnologías no han reducido las jerarquías ni las desigualdades (Graham 2004; Graham y Marvin 2001; Castells 1996; Rutherford 2004; Journal of Urban Technology, varios números). Y ello a pesar de las colosales mejoras y las excelentes infraestructuras de un número de ciudades cada vez mayor. No hay duda de que conectarse a circuitos globales ha traído consigo un nivel significativo de expansión de las áreas urbanas y redes metropolitanas de los centros de negocios, así como un dinamismo económico considerable. Pero el problema de la desigualdad continúa intacto.

Es más: la marcada orientación a los mercados financieros evidente en muchas de estas ciudades plantea cuestiones relativas al funcionamiento de las naciones-Estado, sus regiones y las estructuras económicas y sociales de las ciudades mismas. Las ciudades han estado tradicionalmente integradas en las economías de las regiones a las que pertenecen —de hecho, a menudo han sido un reflejo de éstas, y todavía lo son—. Pero las ciudades que son también emplazamientos estratégicos dentro de la economía global tienden, en parte, a desconectarse de su región. Esto entra en conflicto con una de las premisas clave de la teoría tradicional sobre los sistemas urbanos, a saber, que dichos sistemas promueven la integración territorial de las economías regionales y nacionales. Se ha producido una profunda desigualdad en la concentración de recursos y actividades estratégicas dentro de cada una de estas ciudades y en relación con otras de sus mismos países, aunque este fenómeno tiende a hacerse evidente sólo en niveles muy fragmentarios. Por ejemplo, Ciudad de México concentra actualmente una porción más alta de ciertos tipos de actividad económica y producción de valor que en el pasado (9), pero apreciarlo requiere llevar a cabo una serie de análisis muy pormenorizados (Parnreiter 2002).

La ciudad global como núcleo de nuevas alineaciones sociopolíticas

La incorporación de las ciudades a una nueva geografía de centralidad transfronteriza también señala la emergencia de una geografía política paralela. Las grandes ciudades se han convertido en un emplazamiento estratégico no sólo para el capital global, sino también para la transnacionalización de la mano de obra y la aparición de comunidades e identidades translocales (Smith 2006; Kloosterman y Rath 2003; Bartlett 2007; Hagedorn 2007; Sandercock 2003). En este sentido, las ciudades son el escenario de nuevas formas de operaciones políticas, culturales y subjetivas (Frause y Petro 2003; Sennett 1992; Peterson 2007; King 1996). La centralidad del lugar en un contexto de procesos globales hace posible una apertura económica y política transnacional para la formación de nuevas reivindicaciones y, a partir de ahí, la constitución de nuevos derechos, un fenómeno que podría culminar en la aparición de nuevas formas de ciudadanía (Holston 1996; Torres et al. 1999; Sassen 2008, capítulo 6).

El énfasis en el carácter transnacional y móvil del capital ha contribuido a crear una sensación de impotencia entre los agentes locales, una impresión de que toda resistencia es vana. Pero un análisis centrado en el lugar sugiere que la nueva retícula global de los emplazamientos estratégicos es el caldo de cultivo idóneo para la política y el compromiso (Allen et al. 1999; Brenner y Theodore 2002; Copjek y Sorkin 1999; Berner y Korpf 1995; INURA 2003). La pérdida de poder a nivel nacional apunta a la posibilidad de que surjan nuevas formas de poder y políticas a nivel subnacional. Además, en la medida en que lo nacional es un escenario de procesos sociales y el poder se resquebraja (Taylor 1995; Beck 2006; Marcuse 2003) se abren nuevas posibilidades para una geografía de medidas políticas que vinculen espacios subnacionales entre sí a través de las fronteras (Sassen 2008, capítulos 7 y 8). Las ciudades son la encarnación principal de esta nueva geografía. Esto define mi punto de vista sobre la formación de una nueva especie de política transnacional localizada en dichas ciudades.

La inmigración, por ejemplo, es uno de los procesos principales mediante los cuales se están constituyendo una nueva política económica transnacional y nuevas estrategias domésticas translocales. Se trata de un fenómeno profundamente integrado en las grandes ciudades, que es donde se concentra la mayoría de los inmigrantes, al menos en el mundo desarrollado, ya hablemos de Estados Unidos, Japón o Europa Occidental. En mi opinión, es uno de los procesos constitutivos de la globalización hoy en día, aunque no está reconocido como tal en la literatura dominante sobre la economía global (Sassen 2008, parte 2; Robas-Mateos 2005; Farrer 2007; Ehrenreich y Hochschild 2003).

El capital global y la nueva mano de obra inmigrante son dos ejemplos importantes de los agentes transnacionales que, además y al mismo tiempo, poseen propiedades unificadoras a través de las fronteras y se enfrentan unos con otros en el seno de las ciudades globales (Bonilla et al. 1998; Sassen 2006a, capítulo 8; 2008, capítulo 6; Brenner y Theodore 2002; Gugler 2004). Investigar y teorizar sobre estas cuestiones requerirá alejarse de las perspectivas tradicionales marcadas por los estudios de elites políticas, políticas partidistas locales, asociaciones de vecinos, comunidades de inmigrantes, etcétera, a través de las cuales el paisaje político de las ciudades y regiones metropolitanas ha sido conceptualizado en el ámbito de los estudios urbanos.

Una forma de abordar las implicaciones políticas de este espacio estratégico transnacional anclado en las ciudades globales es desde las nuevas reivindicaciones que han surgido en él. La ciudad global, en particular, se ha constituido en escenario de nuevas demandas por parte del capital global, que emplea la ciudad global como recurso organizativo, pero también por parte de sectores desfavorecidos de la población urbana, a menudo con una presencia tan internacional en las ciudades globales como el capital. La desnacionalización del espacio urbano y la aparición de nuevas reivindicaciones por parte de agentes transnacionales plantean la pregunta ¿a quién pertenece la ciudad?

La ciudad global y la red de la que forma parte constituyen un espacio que pivota alrededor de un eje central y al mismo tiempo está integrado en localizaciones específicas y estratégicas. Son transterritoriales porque conectan lugares que no están próximos geográficamente y, sin embargo, se encuentran intensamente conectados unos con otros. Si consideramos que las ciudades globales concentran tanto los sectores principales del capital global como una porción cada vez mayor de grupos de población desfavorecidos —inmigrantes, mujeres en situación de dependencia, gente de color en general y (en las megaciudades de países en desarrollo) auténticas comunidades chabolistas—, entonces veremos que las ciudades se han convertido en caldo de cultivo para toda una serie de conflictos y contradicciones. También podemos pensar en las ciudades como en los escenarios de las contradicciones de la globalización del capital, aunque, siguiendo la opinión de Katznelson (1992), se trataría de una visión excesivamente simplista.

Conclusión

Un repaso de la globalización a través del concepto de ciudad global implica centrarse en los elementos estratégicos de la economía global antes que en las dinámicas homogeneizantes más amplias (y, por ello, más difusas) asociadas a la globalización de los mercados de consumo. En consecuencia, hay que centrarse en las cuestiones de poder y desigualdad, lo que a su vez implica prestar atención a las tareas de gestionar, mantener y financiar una economía global. En segundo lugar, un enfoque basado en la ciudad a la hora de estudiar la globalización tiende a poner de manifiesto las crecientes desigualdades entre los que tienen mucho y los sectores de la población y los espacios urbanos más desfavorecidos, por lo que de nuevo surgen las cuestiones de la desigualdad y el reparto de poder.

En tercer lugar, el concepto de ciudad global implica dar primacía a las redes económicas debido a la naturaleza de las industrias que operan en ellas: las finanzas y los servicios especializados, así como los nuevos sectores multimedia y de las telecomunicaciones. Estas industrias se caracterizan por redes transfronterizas y divisiones especializadas de funciones entre ciudades antes que por la competencia entre países. En el caso de las finanzas globales y los servicios especializados que trabajan para los mercados y las empresas globales —derecho, contabilidad, calificación crediticia, telecomunicaciones—, es evidente que nos enfrentamos a un sistema transfronterizo integrado en una serie de ciudades, cada una posiblemente de un país distinto. Se trata de un sistema global de facto.

En cuarto lugar, un enfoque basado en la red de las dinámicas transfronterizas entre ciudades globales nos permite entender mejor la creciente presencia de estas transacciones en otros terrenos: político, cultural, social y criminal.

Las ciudades globales del mundo son el escenario en el que múltiples procesos globalizadores adoptan formas concretas y locales. Estas formas locales son, en buena parte, la esencia de la globalización. Recuperar el espacio físico significa recuperar una multiplicidad de presencias en este paisaje. Las grandes ciudades de hoy en día se han convertido en un emplazamiento estratégico para toda una nueva clase de operaciones políticas, económicas, culturales y subjetivas. Son uno de los núcleos donde la aparición de nuevas reivindicaciones —por parte tanto de los poderosos como de los desfavorecidos—, se materializa y adopta formas concretas.

 

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Notas

1. Aquí resulta de interés el análisis de Arrighi (1994), en el sentido de que propone la recurrencia de determinados patrones organizativos en distintas fases de la economía del mundo capitalista, pero en órdenes superiores de complejidad y alcance que siguen o preceden a configuraciones particulares de la economía mundial (para otras visiones de ciudades menos sistematizadas véase, por ejemplo, Amin y Thrift 2002; Herzog 2006; Neuwirth 2005; Short 2005).

2. Originalmente atribuida a Goethe, esta expresión volvió a estar en uso tras la publicación de la obra de Peter Hall (1966) y, más recientemente, ha sido redefinida por John Friedmann (Friedmann y Goetz 1982) (véase también Stren 1996).

3. A este respecto he elaborado un argumento, que desarrollo extensamente en mi obra, según el cual no podemos considerar el sistema económico global como algo dado, sino que debemos examinar las formas particulares en las que se producen las condiciones de la globalización económica. Esto requiere examinar no sólo las habilidades de comunicación y el poder de las multinacionales, sino también la infraestructura de las instalaciones y los procesos de trabajo necesarios para la implementación de sistemas económicos globales, incluida la proporción de aquellos inputs que hacen posible el control global y la infraestructura de los empleos que intervienen en la producción. El énfasis se traslada entonces a la práctica del control global: la tarea de producir y reproducir la organización y gestión de un sistema de producción global y un mercado global para las finanzas, ambos bajo condiciones de concentración económica. Volver a prestar atención al emplazamiento específico y la producción también implica que los procesos globales pueden estudiarse con gran detalle desde el punto de vista empírico.

4. Estamos asistiendo a la formación de un complejo económico que posee una dinámica de valorización con propiedades que lo distinguen claramente de otros complejos económicos cuya dinámica de valorización está mucho más articulada dentro de las funciones económicas públicas del Estado, cuyo ejemplo típico sería la fabricación de Ford. Los mercados globales de finanzas y servicios avanzados operan parcialmente por medio de un paraguas regulador que no tiene su eje en el Estado, sino en el mercado. Esto plantea a su vez la cuestión del control vinculado a las capacidades actualmente insuficientes para gobernar las transacciones en el espacio electrónico.

5. Las ciudades globales son distintas de las antiguas capitales de los imperios económicos históricos en el sentido de que funcionan como redes transfronterizas antes que como ciudades más importantes dentro de un imperio. No existe, tal y como yo lo veo, una entidad que pueda considerarse una ciudad global única, como existía una única capital de un imperio. La categoría de ciudad global sólo tiene sentido como elemento dentro de una red global de ciudades estratégicas. El subsector corporativo desde el que se ejercen las funciones de control y dirección globales está parcialmente integrado en dicha red.

6. Este argumento tiene muchos matices. Por ejemplo, y por emplear el argumento contrario, el desarrollo de las herramientas financieras que representan un capital fijo inmobiliario reposiciona este último en varios sistemas de circulación, incluyendo los globales. Al hacerlo, el significado del capital fijo se modifica parcialmente —y, al mismo tiempo, el capital fijo también se convierte en un contexto para la circulación— (véase Sassen 2001, capítulo 2).

7. Existe un cuarto caso que he abordado en otros trabajos (Sassen 2001, capítulos 4 y 5), y que está representado por nuevas formas de centralidad constituidas en espacios generados electrónicamente.

8. En el caso de un paisaje tan complejo como el europeo, se distinguen de hecho varias geografías de centralidad —una de ellas global, y otras continentales y regionales—. Una jerarquía central urbana conecta las principales ciudades, muchas de las cuales desempeñan a su vez un papel determinante en el gran sistema global de ciudades: París, Londres, Fráncfort, Ámsterdam y Zúrich. Estas ciudades también forman parte de una red de capitales europeas financieras, culturales y de servicios, algunas sólo con una de estas funciones, y otras con dos o más. Otras están menos orientadas hacia la economía global que París, Fráncfort o Londres. Y después están varias geografías de la marginalidad: la división entre Este y Oeste y la división entre Norte y Sur, así como otras más recientes. En Europa del Este, determinadas ciudades y regiones, en especial Budapest, resultan atractivas desde el punto de vista de la inversión, tanto europea como no europea, mientras que otras, como Rumanía, Yugoslavia y Albania, se quedarán cada vez más rezagadas. En el sur de Europa se aprecia una diferenciación similar: Madrid, Barcelona y Milán están ganando puestos en la jerarquía europea, mientras que Nápoles, Roma y Marsella no (para una visión general de la situación en Europa, véase Kazepov 2005).

9. Esto también es cierto del mundo altamente desarrollado. Por ejemplo, la región de París concentra más del 40% de todos los productores de servicios de Francia, y más del 80% de los más avanzados. Se calcula que Nueva York acumula entre una cuarta y una quinta parte de toda la exportación de servicios de Estados Unidos, aunque en ella sólo viva el 3% de la población del país. Londres supone el 40% de todas las exportaciones de servicios del Reino Unido, y hay tendencias similares en Zúrich, Fráncfort y Tokio, todas ellas ciudades de países mucho más pequeños.

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