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23 noviembre 2018

Cómo convertirse en astronauta

Espacio | Física
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Desde que el cosmonauta ruso Yuri Gagarin se convirtió en el primer ser humano en salir al espacio en 1961, solo 560 personas más han vivido una experiencia parecida. Un logro colectivo que alcanzó su cénit cuando el estadounidense Neil Armstrong pisó la Luna en julio de 1969. Tras décadas sin grandes titulares sobre hazañas de astronautas, los vídeos del canadiense Chris Hadfield, realizando experimentos cotidianos en gravedad cero e interpretando con su guitarra el tema Space Oddity en la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés), han recuperado la fascinación por formar parte del notable grupo de personas que viaja al espacio. Pero, ¿qué hay que hacer para llegar a ser astronauta?

Los primeros astronautas estadounidenses fueron seleccionados a finales de la década de 1950 entre pilotos militares, que también debían cumplir otros requisitos, como no haber cumplido 40 años, medir por debajo de 1,80 m o disponer de una forma física sobresaliente. Satisfechas esas condiciones básicas, después tenían que superar severas pruebas militares, médicas, físicas y psicológicas. Un proceso que hasta pareció inalcanzable al propio Hadfield, que con nueve años decidió ser astronauta; lo cuenta en su Guía de un astronauta para vivir en la Tierra: «Sabía, como todos los niños de Canadá, que aquello era imposible. (…) No obstante… justo hasta el día anterior había sido imposible caminar por la Luna, y Neil Armstrong no se había arredrado por eso. A lo mejor un día yo también podría ir, y si ese día llegaba, quería estar listo».

Un exigente entrenamiento

La última vez que la NASA publicó una convocatoria para seleccionar astronautas fue en 2017. Recibió una avalancha de más de 18.000 solicitudes, de las que escogió a 12 personas que satisfacían las siguientes características: tener un grado en Ingeniería, Biología, Física o Matemáticas, contar con tres años de experiencia en su campo de especialidad y superar un exhaustivo examen físico. También tuvieron que demostrar habilidades de liderazgo, trabajo en equipo y comunicación. En la actualidad no hay restricción de edad y solo es necesario tener las suficientes horas de vuelo para ser comandante o piloto.

Los astronautas del Proyecto Mercury en una simulación de vuelo parabólico. Crédito: NASA

La docena escogida comenzó un exigente entrenamiento de dos años de duración, en el que se preparan para soportar las excepcionales condiciones de vivir en el espacio (entrenando en cámaras de vacío) o para manejarse en situación de ingravidez (que se consigue en impresionantes vuelos parabólicos). También deben aprender, entre muchas otras tareas, el complejo funcionamiento de la ISS.

La prueba más dura a superar antes de salir al espacio es la centrífuga humana, un máquina que simula las fortísimas aceleraciones que sufre el cuerpo durante el vuelo suborbital, y que es determinante para saber si se está preparado física y psicológicamente para el reto. Con todo, una misión de 10 a 14 días requiere una preparación de entre cinco y ocho años. Hadfield explica por qué en su libro: «… cada paseo espacial es un esfuerzo de muchos años sumamente coreografiado que involucra a centenares de personas y supone una gran cantidad de trabajo obstinado y no reconocido para garantizar que se han considerado detenidamente todos los detalles y eventualidades».

Las astronauta Samantha Cristoforetti en la cámara de vacío. Crédito: Samantha Cristoforetti

La frontera entre la atmósfera y el espacio

La NASA no es la única agencia espacial que busca reclutas para ser astronautas. La ESA (European Space Agency) también realiza convocatorias, igual que la rusa FKA (Federal Space Agency, más conocida como Roscosmos) o la china CNSA (China National Space Administration). En total, son 40 los países que han puesto a alguno de sus ciudadanos en el espacio. Esto significa superar la línea de Kármán, la frontera entre la atmósfera y el espacio exterior, a 100 km por encima del nivel del mar. «A modo de experimento, suelto la lista de control unos segundos y veo que se mantiene inmóvil en el aire antes de ir serenamente a la deriva en vez de estrellarse contra el suelo. (…) Estoy en el espacio, ingrávido, y en llegar aquí he tardado solo ocho minutos y cuarenta y dos segundos. Aunque a eso hay que echarle unos cuantos miles de días de instrucción», escribe su experiencia Hadfield. El récord de permanencia en el exterior lo tiene el comandante ruso Guennadi Pádalka con 879 días en órbita.

Aunque lo más atractivo de los astronautas es que salen al espacio, lo cierto es que pasan casi todo su tiempo de trabajo en tierra. El día a día de esta profesión de élite consiste en identificar y corregir fallos de otros astronautas, ayudar a resolver problemas técnicos que experimentan colegas en órbita y crear herramientas y procedimientos nuevos para el futuro. También reciben entrenamiento, clases y se someten a exámenes. Solo salir al espacio no convierte a alguien en astronauta. De hecho, desde 2001, una persona puede convertirse en turista espacial si paga entre veinte y cuarenta millones de dólares. El viaje incluye abandonar la Tierra en la nave rusa Soyuz y pasar unos 10 días en la ISS, tras unos seis meses de instrucción.

Imagen de las últimas capas de la atmósfera, al comienzo de la termosfera está la línea de Kármán. Crédito: NASA

La larga y concienzuda preparación que requiere ser astronauta los dota de cualidades difíciles de obtener de otra manera. «Con el paso del tiempo, aprendí a prever problemas a fin de prevenirlos, así como a responder con eficacia en situaciones críticas. Aprendí a neutralizar el miedo, a mantener la concentración y a alcanzar mis objetivos», asegura en su biografía Hadfield. Sin duda, todo un desafío y un sueño, para los que, quizás, nunca cruzaremos la línea de Kármán.

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