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02 agosto 2019

Así se crean los monstruos… en la imaginación humana

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Desde la Antigüedad y durante la Edad Media, quien abriera uno de los entonces populares bestiarios podía encontrar allí una mezcla de realidad y ficción. Junto a los animales verdaderos, compartían páginas criaturas que jamás han existido, pero que se heredaban de unos volúmenes a otros porque alguien, alguna vez, dijo haberlas visto. Aunque muchos de aquellos monstruos quedaron definitivamente descartados con el avance de la zoología, las leyendas sobre otros han perdurado casi hasta nuestros días.

Y sin embargo, muchos de aquellos monstruos no eran fantasía al cien por cien, sino que más bien estos críptidos —animales supuestos, a todas luces inexistentes— nacían cuando el raciocinio humano trataba de completar un conocimiento rudimentario de la naturaleza con una dosis de imaginación. Repasamos aquí algunos casos clásicos y la ciencia en torno a ellos.

De las serpientes marinas al monstruo del lago Ness

No es de extrañar que las antiguas travesías por océanos ignotos y hostiles dieran origen a toda clase de mitos sobre bestias marinas. Muchos de los relatos referidos por los navegantes hablaban de monstruos con forma de serpiente, y de hecho no resulta descabellado, ya que en los mares no faltan criaturas con este aspecto: desde las verdaderas serpientes marinas hasta los brazos de los calamares gigantes, pasando por otros organismos más aberrantes como el pirosoma, una especie de larguísimo calcetín luminoso formado por miles de individuos.

La “Gran Serpiente de Mar” según Hans Egede. (1734 ilustración). Fuente: Ellis, R. 1994. Monsters of the Sea. Robert Hale Ltd.

Sin embargo, en el siglo XIX comenzó a darse un curioso cambio de tendencia. Según escribió en 1968 el autor de ciencia ficción Lyon Sprague de Camp, “después de la popularización de los reptiles del Mesozoico, los avistamientos de serpientes marinas, que hasta entonces habían tendido hacia la forma serpentina, comenzaron a describir al monstruo como más y más parecido a un reptil marino del Mesozoico como un plesiosaurio o un mosasaurio”. El escritor sugería que fueron el descubrimiento de los fósiles de estos animales y su divulgación los que fueron convirtiendo a las serpientes en seres de cuerpo fusiforme, aletas y cuello alargado, cuyo representante más célebre es sin duda Nessie, el monstruo del lago Ness.

Recientemente, los investigadores británicos Charles Paxton y Darren Naish decidieron someter a riguroso escrutinio la hipótesis de Sprague de Camp; es decir, si, en efecto, los presuntos monstruos marinos decidieron cambiar de forma para adaptarse a los cánones científicos de la época. Paxton y Naish reunieron multitud de informes antiguos sobre serpientes marinas y analizaron su evolución a lo largo del tiempo. Según su estudio, publicado en Earth Sciences History, “en los últimos 200 años, existe en efecto un declive en los informes de serpientes marinas serpentiformes y un aumento en la proporción de avistamientos de cuellos”. Aunque, curiosamente, parece que la imagen del plesiosaurio ha resultado mucho más seductora: “No hay pruebas de un aumento en la proporción de informes de animales como los mosasaurios”.

Dragones, miedo a las serpientes y mitología fósil

Resulta curioso cómo las culturas tan diversas a lo largo y ancho del mundo han resultado a veces en patrones comunes cuando se trata de dar forma a los monstruos. Un ejemplo son los dragones, que con una variedad de formas han estado presentes en la mayoría de las culturas, de oriente a occidente y de sur a norte. El antropólogo de la Universidad Central de Florida David E. Jones publicó en 2000 un libro titulado An Instinct for Dragons, en el que exponía la hipótesis de que la imaginería del dragón nace del miedo atávico de los humanos a las serpientes. Según datos citados por Jones, el pánico a estos reptiles no entiende de diferencias culturales, y está extendido incluso en aquellas regiones donde estos animales son raros.

Ilustración que representa un mítico “dragón alpino”. Crédito: Johann Jakob Scheuchzer

Según han sugerido varios autores, probablemente la mitología de los dragones ha venido alimentada también desde antiguo por el hallazgo de fósiles de dinosaurios y otros animales extintos cuyo origen no podía determinarse. Durante largo tiempo, la Medicina Tradicional China ha empleado el llamado hueso de dragón o Long Gu, en realidad huesos fosilizados de mamíferos extinguidos a los que la creencia popular atribuye propiedades curativas.

Pero aunque los asociemos a la antigua China o a la Edad Media europea, los dragones han pervivido en occidente hasta tiempos más recientes. Entre 1702 y 1704, el médico y científico suizo Johann Jakob Scheuchzer emprendió extensos viajes por los Alpes con el fin de documentar su historia natural. Recogiendo las narraciones de los lugareños, Scheuchzer incluyó espléndidas láminas sobre los tipos de dragones que poblaban la región alpina en su obra Itinera alpina tria, patrocinada ante la Royal Society nada menos que por Isaac Newton.

Sirenas y tritones, nuestros primos acuáticos

Otro patrón que se repite en distintas culturas es el de la sirena y el tritón, esos seres mitad humanos, mitad peces. El griego Poseidón y el romano Neptuno tienen su antecedente en el dios babilonio Ea, cuyos 4.000 años de antigüedad atestiguan el largo recorrido del mito de nuestros primos acuáticos. A través del relato de La Odisea y del muy laxo filtro de la Historia Natural de Plinio el Viejo, las sirenas quedaron para siempre grabadas en la imaginación popular, posiblemente ayudadas por los avistamientos de manatíes y dugongos.

Ilustración de sirena y tritón. Fuente: New York Public Library

Un curioso giro al mito de los humanos marinos surgió en 1960, cuando el biólogo británico Alister Hardy publicó su hipótesis del Homo aquaticus. Según esta idea, algunos ancestros del ser humano habrían llevado una vida más acuática que terrestre, lo que para Hardy explicaba ciertos rasgos peculiares como la escasez de vello, el bipedalismo o la grasa subcutánea semejante a la de ciertos mamíferos marinos. La hipótesis del simio acuático hoy perdura en un pequeño círculo de partidarios, pero es contemplada por la comunidad paleoantropológica mayoritaria como improbable o incluso como pseudociencia.

El yeti y el Bigfoot, nuestros hermanos perdidos

Igualmente comprensible es que el folclore en distintas regiones del mundo haya relatado otro patrón común: seres antropomorfos que representan nuestro lado más salvaje, hundidos en las selvas profundas o en las nieves perpetuas. El yeti y el Bigfoot se llevan el premio a la popularidad, pero están tan extendidos por el mundo que prácticamente no hay cultura que no haya originado sus propias versiones.

Fotografía de una supuesta huella yeti encontrada por Michael Ward. Crédito: Gardner Soule

El mito de la bestia primitiva con aspecto humano ha tenido también sus buenos escarceos con la ciencia formal. En 2014, el controvertido genetista de la Universidad de Oxford Bryan Sykes publicó el resultado de un análisis de ADN practicado a muestras de pelo supuestamente atribuidas al yeti, concluyendo que se trataba de un animal híbrido entre un oso pardo y un oso polar del Paleolítico que vivió en el Ártico. Sin embargo, estudios posteriores han descartado las conclusiones de Sykes, asignando el ADN analizado a ejemplares normales del oso pardo del Himalaya.

Aún más estrambótico fue el caso de la forense de Texas Melba Ketchum, que en 2012 anunció haber secuenciado el genoma del Bigfoot o Sasquatch, que resultaba ser un primate surgido hace 15.000 años del cruce entre Homo sapiens y otro pariente desconocido. El estudio, autopublicado por la autora, fue del todo descalificado por la comunidad científica, que no encontró en sus secuencias de ADN sino un incalificable batiburrillo de contaminaciones.

Javier Yanes

@yanes68

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