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Artículo del libro Las múltiples caras de la globalización

La dinámica compleja de la globalización y la crisis financiera

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Este libro es el segundo de una serie que edita el Grupo BBVA, y se encuadra dentro del esfuerzo de promoción y difusión del conocimiento que BBVA lleva a cabo, en línea con la visión de nuestro grupo: «BBVA, trabajamos por un futuro mejor para las personas».

El trabajo que realizamos por y para las personas se sostiene sobre dos pilares: los principios y la innovación. Principios que se resumen en actuar de acuerdo con firmes valores de honestidad, integridad y transparencia, con la convicción de que la ética es esencial para establecer relaciones de confianza duraderas con los accionistas, los clientes, los colaboradores, el regulador y la sociedad. Por eso, en BBVA pensamos que la ética no sólo es deseable, sino que también es rentable. Por su parte, una sociedad en mutación permanente, en la que cambian desde la ciencia y la tecnología hasta los valores y los estilos de vida, obliga a todas las organizaciones, y muy especialmente a aquellas que tienen un estrecho contacto con la vida de sus clientes, a capturar, desarrollar y aplicar el mejor conocimiento, proyectándolo hacia nuevas soluciones y procesos; en definitiva, a innovar.

Naturalmente, nuestra contribución fundamental para mejorar la vida de las personas debe venir de nuestra actividad diaria. Por eso BBVA se esfuerza cada día por ofrecer más y mejores soluciones a nuestros clientes y facilitarles el acceso a los servicios financieros a más personas. Ayudando a hacer posibles las aspiraciones de las personas, creamos más valor de forma sostenible para nuestros accionistas, y contribuimos a que nuestros colaboradores tengan una vida profesional más rica y gratificante. Y también, de esta forma, estamos contribuyendo al desarrollo y la mejora del bienestar en todas aquellas sociedades en el seno de las cuales llevamos a cabo nuestro trabajo.

Pero nuestro compromiso desborda el terreno puramente financiero. Porque pensamos que el desarrollo económico y social y la estabilidad de las sociedades en las que trabajamos es clave para el crecimiento sostenido del grupo BBVA. Para lograrlo es fundamental ampliar el horizonte de posibilidades de las personas; y esto significa esencialmente ampliar y profundizar el conocimiento —individual y colectivo—.

Por eso BBVA lleva a cabo una intensa acción en el terreno social que se centra en el impulso de la educación y el conocimiento.

En el ámbito del conocimiento, el Grupo BBVA desarrolla, principalmente a través de su Fundación, amplios programas recurrentes de apoyo a la investigación y la difusión científicas, con especial atención a las Ciencias Sociales, la Biomedicina, las Ciencias del Medioambiente y las ciencias básicas, además de a la cultura y las artes.

En esta línea es en la que se inscriben los dos libros de la serie dedicada al conocimiento que BBVA ha editado: libros que difunden y proyectan en la sociedad el conocimiento y el debate sobre las grandes cuestiones que están configurando nuestro tiempo. Y para ello buscamos a los mejores investigadores y creadores a nivel internacional para que, con el mayor rigor y la mayor objetividad —compatibles con un lenguaje y un enfoque accesibles para los no especialistas—, pongan a nuestro alcance los avances del conocimiento y los argumentos del debate que perpetuamente tiene lugar en la frontera de la ciencia.

El primero de los libros que editamos, Fronteras del conocimiento, se vinculó a la primera edición de los premios del mismo nombre, otorgados por la Fundación BBVA, y constituía una panorámica del estado del arte en un conjunto de ocho áreas que son objeto de reconocimiento en dichos premios: las ciencias básicas; la biomedicina; la ecología y biología de la conservación; el cambio climático; las tecnologías de la información y la comunicación; la economía, las finanzas y la gestión de empresas; la cooperación para el desarrollo; y las artes contemporáneas.

Para este segundo libro hemos elegido presentar una panorámica de la globalización, un fenómeno muy complejo y controvertido, característico de la sociedad de nuestro tiempo y decisivo en la vida diaria de todos los ciudadanos del mundo a principios del siglo xxi.

La globalización y su emergencia como fenómeno multidimensional

Cuando comenzó a utilizarse el término globalización, en los años sesenta del pasado siglo, su significado estaba restringido al ámbito económico. Todavía hoy, la Real Academia Española define la globalización como «la tendencia de los mercados y las empresas a extenderse, alcanzado una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales» (DRAE, 2006).

En las dos últimas décadas, la palabra globalización ha pasado de la jerga de los economistas a ser un cliché universal. The Economist la ha llamado «the most abused word in the 21st Century». Se utiliza en todos los ámbitos, desde los más coloquiales a los más académicos, y se aplica a todo tipo de fenómenos. No es, por lo tanto, extraño que sea un término muchas veces mal utilizado, borroso o confuso.

Con todo, de la omnipresencia del término globalización y el interés que suscita se puede concluir: primero, que refleja una percepción muy general de que algo fundamental está cambiando en el mundo; y, segundo, que se trata de un fenómeno complejo, multidimensional y característico de nuestro tiempo.

En buena medida, la globalización responde a una tendencia secular. Entendida como la profundización y expansión del ámbito de intercambio de bienes, ideas o personas, es un proceso casi tan antiguo como la humanidad que se remontaría a la dispersión del Homo sapiens por todo el mundo hace unos 50.000 años. En este sentido, el descubrimiento de América puede también considerarse como un hito en la globalización que marcaría una aceleración del proceso —y también el inicio de la transición hacia la Edad Moderna—. Un precedente más inmediato serían las décadas finales del siglo xix y el comienzo del xx, un periodo de rápido crecimiento de los intercambios globales que sólo habrían frenado temporalmente la Primera Guerra Mundial y, posteriormente, la Gran Depresión.

Podría interpretarse que en nuestros días asistimos a una nueva e intensa aceleración de la globalización, que marcaría el paso a una nueva Edad Global, en la que se trasciende el concepto de nación que ha gobernado los últimos cinco siglos de la historia de la humanidad.

Un científico social, Peter Worsley (1), señaló a finales de los años ochenta del pasado siglo que el mapa de la realidad socioeconómica, política y cultural del ciudadano medio de cualquier país desarrollado estaba construido sobre la base de las naciones. Las fronteras nacionales servían para demarcar sistemas culturales, instituciones económicas, sociales y políticas e incluso modos de vida: «It is natural enough that most of us should be mainly concerned with the country in which we live. We also tend to think of the “country” —the particular nation-state— we live in as the maximal social unit not only of economic and political life, but also of social organization and culture, the “way of life” we are part of» (Worsley 1987).

Stephen Toulmin ha destacado la vinculación entre Modernidad y Estado-nación. Y, siguiendo a Peter Drucker en Landmarks for Tomorrow, ha apuntado a la fractura de la continuidad entre las estructuras de la Modernidad y las del último tercio del siglo xx: «Drucker pointed out radical differences between current economic, social, and political conditions and those typically associated with the term “Modernity” … The times that we live in demand institutions of new and more functional kinds: institutions that overlap national boundaries and serve transnational social and economic needs» (Toulmin 1990).

Si durante la primera mitad del pasado siglo el centro de la acción y el pensamiento lo ocupaban instituciones, estructuras y actores nacionales, después de la Segunda Guerra Mundial el paisaje familiar ha ido poblándose de actores, organizaciones, estructuras y problemas no reductibles al plano nacional. Esa novedad conoció en el plano político dos impulsos decisivos: en los años sesenta, con el movimiento de descolonización, y dos décadas más tarde, con el hundimiento del bloque socialista. En ambos casos aumentó el número de naciones soberanas, pero al tiempo se generó una dinámica de mayor integración apoyada en fuertes movimientos demográficos, la constitución de grandes espacios económicos comunes y una cooperación política de todo el planeta.

Sin perjuicio de la importancia que el Estado-nación y otras unidades menores siguen teniendo, hoy se reconoce que existen grandes desafíos y oportunidades que sólo pueden situarse en el marco del sistema global o, desde otra perspectiva, dentro del entorno ecológico-natural que Boulding etiquetó tempranamente como la nave espacial Tierra (Boulding 1970). Esas expresiones apuntan a dos cuestiones conexas: a) que han aparecido estructuras, organizaciones y problemas políticos, socioeconómicos y medioambientales que desbordan los marcos nacionales, y que son la expresión más acabada de la globalización, de una nueva ordenación de la realidad social y económica; b) que incluso organizaciones y cuestiones, prima facie, de ámbito local o nacional no pueden operar ni entenderse cabalmente si se hace abstracción del todo natural en que se inscriben, esto es, al margen del sistema mundial del que son parte.

Pero para entender el proceso que ha llevado desde estas nociones tempranas a lo que hoy constituye la globalización conviene mencionar, aunque sea brevemente, algunos de los factores que han promovido su avance imparable en las últimas dos o tres décadas.

En primer lugar, hay que referirse a la variable tecnológica —y, más precisamente, a las tecnologías de la información—. Las últimas décadas del siglo pasado se caracterizaron por un sostenido auge tecnológico derivado de la interacción de los avances en las telecomunicaciones y la informática, que darían forma a la aparición de Internet y la www. El avance de estas tecnologías sin fronteras, abrió la posibilidad de comunidades sin fronteras, tal y como anticipó Ithiel de Sola Pool antes del despegue de la web a escala (Sola Pool 1990). Desde entonces se ha desarrollado una amplísima literatura acerca de las virtualidades de esas tecnologías. Uno de los focos principales de esos análisis ha sido la constitución virtual de la aldea global de McLuhan. El reforzamiento de la primera de las infraestructuras de la comunicación —los sistemas de transporte— con un segundo estrato de tecnología de la información —los medios de comunicación de masas (prensa, radio y televisión), pero también la red telefónica mundial— habría difuminado las fronteras entre marcos sociales de dimensiones territoriales varias (2). Por su parte, las tecnologías de la información propiamente dichas, y en especial Internet, estarían acelerando este proceso, insertando en la sociedad global no sólo a unas pocas organizaciones grandes, sino también a las pequeñas y los individuos.

En segundo lugar, habría que mencionar la creciente integración supranacional y global de los modos de organización de la actividad económica (3). Muchas de las empresas multinacionales, que en los años setenta todavía tenían un firme arraigo cultural, organizativo y directivo en su país-matriz, se han ido metamorfoseando en corporaciones globales, con capitales, management, técnicos y trabajadores distribuidos por todo el planeta, vínculos verticales y horizontales a lo largo y ancho del globo y una cultura también global, capaz de acoger múltiples facetas locales. Al tiempo, se ha producido la globalización de las instituciones bancarias y la conexión en una malla muy tupida, en tiempo real, de los mercados financieros de todo el mundo. También corresponde a esta esfera la rápida integración económica supranacional de una amplísima parte de Europa y, en menor medida, otras regiones del mundo.

En tercer lugar, los procesos de unidad política en el mosaico de países de Europa Occidental (tradicionalmente separados por barreras lingüísticas, diversidad de instituciones políticas democráticas, barreras socioeconómicas e incluso conflictos territoriales y bélicos), en paralelo con la reunificación de Alemania y el colapso de los países socialistas, supone una de las transformaciones más radicales en el último siglo, con un enorme impacto en relación con un nuevo orden mundial del siglo xxi (Maier 1997; Zelikow y Rice 1997).

En cuarto lugar, la ciencia, que siempre trascendió las fronteras nacionales, desde las décadas finales del siglo xx ha experimentado un nivel de integración global sin precedentes. La sociedad científica actual es, en ese sentido, una sociedad global y distribuida en la que participan activamente grupos de investigación de un número creciente de países. Como destaca el profesor Shankar en su contribución a este libro, las tecnologías de la información y la Red están facilitando que los investigadores de países menos desarrollados puedan participar activamente en la investigación puntera. Por otra parte, muchos de los programas de investigación científica y técnica requieren hoy un nivel de recursos financieros y tecnológicos que desborda con mucho las posibilidades hasta de los países con un mayor nivel de desarrollo, y la cooperación supranacional, bajo formas que incluyen la elaboración de proyectos comunes y la cooperación en la construcción de grandes instalaciones científicas, es cada vez más la regla, y no la excepción, principalmente en áreas de vanguardia, con mayor potencial tecnoeconómico. Lo que Derek de Solla Price denominó gran ciencia involucra hoy por hoy estructuras y recursos globales (Solla Price 1986). La gestión adecuada de ese conocimiento distribuido plantea nuevos y difíciles problemas de ámbito global, que Brian Kahin aborda en su artículo en este libro.

La globalización ha venido impulsada también por la atención creciente que se les presta a problemas ecológicos a escala planetaria surgidos durante las últimas décadas del siglo xx, desde el agujero en la capa de ozono hasta el calentamiento global, pasando por la pérdida de biodiversidad o los problemas del acceso a fuentes de energía capaces de sostener el desarrollo de los países más avanzados y los que como China están emergiendo rápidamente.

Los grandes problemas ecológicos desbordan un marco de análisis exclusivamente centrado en ámbitos nacionales, y, por supuesto, cualquier programa de corrección de los mismos resulta escasamente viable si no se adoptan perspectivas globales capaces de evitar las conductas del tipo free rider (o rémora) por parte de naciones o actores nacionales y la imposición de cargas excesivas a los países insuficientemente desarrollados. Estos problemas han pasado al primer plano de la agenda de los principales gobiernos y las distintas instancias de colaboración o gobernanza internacional, y han dado un fuerte impulso a nuevas fuerzas políticas y asociaciones que se apartan del perfil de los movimientos políticos convencionales y aspiran a promover decisiones de ámbito global (Keck y Sikkink 1998).

Por último, las tecnologías avanzadas de la información, las compunications (informática + telecomunicaciones), junto con la expansión de los medios de transporte y el acceso a los mismos, han contribuido a un grado significativo de universalización de la cultura, así como a un consenso más amplio en torno a una constelación de valores básicos al margen de líneas divisorias nacionales, étnicas, lingüísticas o religiosas. Morgenthau señaló hace más de dos décadas que «When we say that this is “One World”, we mean not only that the modern development of communications has virtually obliterated geographical distances with regard to physical contacts and exchange of information and ideas among the members of the human race. We mean also that this virtually unlimited opportunity for physical and intellectual communication has created that community of experience, embracing all humanity, from which a world public opinion can grow» (Morgenthau y Thompson 1985).

Los estudios mundiales de valores impulsados por Inglehart (autor que participa en esta obra) desde hace tres décadas documentan un significativo proceso de convergencia en la estructura de los valores de los individuos en amplias zonas del globo, sobreponiéndose a las líneas divisorias que algunas minorías organizadas y, en ocasiones, violentas tratan de mantener sobre la base de credos religioso-morales (Inglehart et al. 2004).

Pero no todas las variables empujan en la dirección de la constitución de una comunidad y una polity globales. El propio Morgenthau puso de manifiesto las importantes limitaciones que en gran medida siguen aún con nosotros: «Those who believe that world public opinion is the direct result of the free flow of news and of ideas fail to distinguish between the technical process of transmission and the thing to be transmitted».

Siguen existiendo sociedades o países en los que los principios de la autoridad tradicional siguen primando sobre los de carácter secular-racional (por decirlo con la tipología de Inglehart), obstaculizando el desarrollo de la democracia, el mercado y las libertades y los derechos individuales. Otro obstáculo relevante para asentar la arquitectura institucional de la globalización sobre bases equilibradas es la obsolescencia de nuestro repertorio ético, necesitado de una adaptación para hacerse cargo de los problemas globales del presente, entre ellos la pobreza y la gestión medioambiental a escala planetaria, como viene señalando otro de los autores de este libro, Peter Singer (Singer 2009).

Sin perjuicio de la existencia de un vector tecnológico que empuja a la mundialización, a la presencia a distancia en cualquier extremo del planeta, no cabe desconocer la presencia simultánea de vectores de dirección y sentido contrapuestos: los controles y barreras políticas nacionales y las coordenadas culturales de un mundo todavía parcialmente fragmentado llevan a interpretaciones de sentido distinto a propósito de los (prima facie) mismos ítems informativos. Esas disímiles experiencias desde las que la misma información se lee o interpreta ilustran las dificultades para la emergencia de una opinión pública global y el mantenimiento de visiones del mundo tan radicalmente encontradas que eventualmente desembocan en el grave problema del terrorismo global, emergido con un perfil y una escala sin precedentes tras los brutales atentados del 11-S, el 11-M y el 7-J.

En definitiva, aunque el trayecto recorrido haya sido mucho y algunas de las líneas divisorias hayan caducado, siguen existiendo demasiados retos de primera magnitud como para que la divisa un solo mundo pueda desplazar definitivamente a la dualidad en la que ha quedado la trilogía acuñada por Alfred Sauvy: el primer mundo de los países altamente desarrollados con democracia política, el segundo mundo de los regímenes socialistas —prácticamente extinguido— y el tercer mundo integrado por los países insuficientemente desarrollados.

En última instancia, la barrera fundamental es la falta de un correcto entendimiento de la nueva realidad, la insuficiente incorporación a los mapas mentales de los agentes públicos y privados, de las coordenadas y los datos de la globalización. Ayudar a corregir estas carencias debe convertirse en un objetivo sistemático de las ciencias —particularmente las ciencias sociales—.

En este sentido, la modelización de lo global, que experimentó un auge en las décadas de los setenta y los ochenta del pasado siglo, está registrando una renovada atención, debida a la mayor potencia de los computadores, los algoritmos y las herramientas conceptuales y estadísticas y los modelos económicos y las teorías sociológicas y politológicas del presente. Mientras que los modelos globales del fenómeno del cambio climático son objeto de cobertura hoy en día por parte de los medios de comunicación, son menos conocidos los esfuerzos de los pioneros de la modelización global, a quienes resulta obligado rendir tributo, aunque sea brevemente.

Las décadas de los setenta y los ochenta del siglo pasado conocieron un notable desarrollo de modelos mundiales o globales, inspirados en su mayoría en la metodología de sistemas. Esa generación de modelos tenía tres características que siguen siendo necesarias en el presente. Un carácter globalizador u omniabarcante, una proyección hacia el futuro (a medio e incluso a largo plazo) y una vocación práctico-tecnológica (dotar de instrumentos para alterar las políticas y constelaciones de valores del presente, a fin de prevenir la ocurrencia de catástrofes regionales o globales).

Entre esos modelos de primera generación habría que mencionar los estudios del Club de Roma, World Dynamics y The Limits to Growth. El segundo de los Informes al Club de Roma, debido a M. Mesarovic y E. Pestel, Mankind at the Turning Point (1974), contribuyó a la difusión entre la opinión pública de una sensibilidad global, trascendiendo los sistemas de coordenadas nacionales, pero estableciendo, a la vez, distinciones regionales —o, dicho de otro modo, corrigiendo la visión excesivamente homogénea del planeta que presentaba el primero de los informes—. Las estimaciones de tendencias llevadas a cabo por el World Integrated Model (WIM) de Mesarovic-Pestel partían de dos postulados: las sociedades humanas son subsistemas de un todo mundial, sin perjuicio de que conserven su identidad en marcos o agregados regionales: el mundo había evolucionado hasta «la condición actual, en la que naciones y regiones alrededor del globo no sólo se influyen mutuamente, sino que dependen fuertemente de las demás. Los nuevos problemas globales característicos de nuestra era actual, tales como la dependencia mundial respecto a unas existencias comunes de materias primas, los problemas de suministro energético y de alimentos, el uso compartido del medio ambiente físico en la tierra, el mar y la atmósfera, etc., además de los lazos tradicionales de tipo político, ideológico y económico, han contribuido a esta transición. La comunidad mundial parece ser un “sistema”, con lo cual queremos decir un conjunto de partes interdependientes, y no sólo un grupo de entidades prácticamente independientes como en el pasado». Consiguientemente, muchos de los problemas generados local o regionalmente tienen la capacidad de hacer sentir sus impactos en el conjunto del planeta. Sin embargo, eso no implica la existencia de un solo mundo homogéneo y monolítico, cosa desmentida por la evidencia.

Esas cautelas metodológicas de los primeros esfuerzos modelizadores necesitan ser mantenidas hoy, en un contexto en que el énfasis excesivo en las tendencias homogeneizadoras de la globalización puede hacer perder de vista la existencia de procesos y estructuras locales dotadas de grados de libertad amplios, así como la interacción entre ambos.

Los nuevos conocimientos de las ciencias del medioambiente y las ciencias sociales, junto con la formidable potencia del instrumental estadístico y computacional del presente, deberían permitir una mejor comprensión de la dinámica global, ofreciendo marcos robustos susceptibles de ser trasladados a la sensibilidad de la ciudadanía y los mapas mentales de los agentes decisorios públicos. Precisamente, nuestra fundación va a iniciar, como una de sus líneas preferentes, su apoyo a la investigación multidisciplinar y el diálogo sobre cuestiones de la sociedad global.

Globalización y crisis: ¿hacia una nueva dinámica de la globalización?

Como ya hemos visto, la globalización no es un fenómeno estrictamente nuevo, aunque en nuestro tiempo haya alcanzado una magnitud y una complejidad antes desconocidas. Tampoco son nuevas las crisis financieras: se conocen desde que existe el dinero. Y desde que los sistemas financieros alcanzaron cierto grado de desarrollo se caracterizan invariablemente por los rasgos que definió Minsky (1972): «caídas abruptas de los precios de los activos (financieros y/o reales), quiebras de empresas (financieras y/o no financieras), deflaciones (o rápidas desinflaciones) y fuertes perturbaciones en los mercados de divisas»; elementos que pueden combinarse en distintas formas y proporciones.

Las crisis financieras tampoco son poco habituales. Charles Kindleberger, en su ya clásico Manias, Panics & Crashes (1978) recoge más de 30 crisis de importancia en Europa Occidental y Estados Unidos en los dos siglos que van desde 1729 hasta la Gran Depresión. Uno de los primeros análisis de la crisis asiática (FMI 1998) destacaba que entre 1975 y 1997 se habían producido unas 240 crisis financieras en los diferentes países del mundo.

A pesar de la elevada frecuencia de las crisis (aproximadamente 20 al año) en un periodo de acelerado avance de la globalización, no existe evidencia (Bordo et al. 2001) de que la globalización cause las crisis. En cambio, sí hay abundantes pruebas de que la globalización favorece la extensión —el contagio— de las crisis y multiplica su impacto. No podía ser de otra forma. Tal y como resume el historiador Niall Ferguson, «Globalization is about connectivity and integration» (Ferguson 2003).

Si el alto grado de globalización alcanzado es clave para explicar la virulencia y la amplitud de la crisis actual, es pertinente preguntarse cuál será el efecto de esta crisis sobre el proceso de globalización.

Esta es la cuestión sobre la que Väyrynen y Canals centran sus contribuciones, y la que subyace en otros artículos de este libro. A pesar de ello, en esta introducción me gustaría apuntar unas consideraciones basadas en mi experiencia al frente de un banco transnacional, es decir, un agente activo de la globalización en una industria en el centro de la crisis y profundamente afectada por ella.

Muchos analistas han planteado que la crisis va a suponer un fuerte retroceso de la globalización, tal y como ocurrió con la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado.

Desde luego, ya hay pruebas de un fuerte impacto negativo inicial de la crisis: los flujos financieros internacionales se han reducido, y, por primera vez en mucho tiempo, el volumen de comercio internacional disminuyó en términos absolutos en 2008, y continuará haciéndolo en 2009.

También se observa un rebrote del proteccionismo: varios países han elevado diferentes aranceles, y en muchos lugares se han producido llamamientos por parte de las autoridades a consumir productos nacionales.

Las dificultades de algunas grandes compañías multinacionales a raíz de la crisis han desencadenado otras reacciones políticas que favorecen a los nacionales en detrimento de los extranjeros: apoyos a los bancos condicionados al crecimiento del crédito en un propio país, ayudas a las reestructuraciones industriales que buscan desplazar los cierres de fábricas y/o los recortes del empleo a otros países, etcétera.

En definitiva, la influencia política nacional ha cobrado un peso mucho mayor en las empresas trasnacionales. Este fenómeno alcanza su máxima expresión en la banca. Hoy por hoy, los gobiernos participan en el capital de bancos que representan más del 75% (en Estados Unidos) o el 40% (en Europa) de la capitalización del sector antes de la crisis. Este poder de los estados se ve reforzado por otros mecanismos de ayuda pública sin contrapartida accionarial, pero que en la práctica son también instrumentos muy poderosos de control.

Por otra parte, muchos analistas geopolíticos se muestran preocupados por un aumento de la inestabilidad global causado por el deterioro de las condiciones económicas generales y las debilidades de Estados Unidos y el resto de los países occidentales desarrollados que la crisis ha puesto de manifiesto.

Incluso antes de la crisis, y a pesar de unas condiciones económicas extraordinariamente favorables, la globalización era objeto de fuertes críticas en ciertos sectores de opinión. Y la crisis ha dado nueva fuerza a sus adversarios.

Sin embargo, existen también motivos para pensar que esta ola de globalización es distinta de las anteriores: hay diferencias en el volumen absoluto y relativo de los flujos de préstamos internacionales, comercio e inversión, así como en la magnitud y el grado de integración de los mercados financieros, el número y la proporción de personas que viven y trabajan en países extranjeros…

Y, lo que es más relevante, hay diferencias cualitativas, que yo resumiría en dos aspectos fundamentales:

Primero, la existencia de organizaciones y mecanismos de coordinación internacionales que, por imperfectos e insuficientes que sean, ayudan a gobernar la actividad financiera y económica internacional. De hecho, a diferencia de lo que ocurrió durante la Gran Depresión, en esta crisis las autoridades económicas de los distintos países han reaccionado con decisión, y sus actuaciones fundamentales han sido coherentes a nivel global.

Y segundo (y seguramente más importante), éste es el proceso de globalización que más rápida, amplia y profundamente se ha extendido por todo el mundo.

La globalización ha tenido un efecto transformador en la economía, la cultura y la sociedad de una intensidad y rapidez sin precedentes. La prosperidad global de los últimos veinte años —con altos crecimientos sostenidos en casi todo el mundo— tiene un denominador común: la participación de un mayor número de países en la economía global, su integración en los flujos comerciales y financieros internacionales.

La globalización ha ayudado a mejorar las condiciones de vida y las oportunidades para prosperar de muchos ciudadanos del mundo, mejorando la salud, la educación y, en sentido amplio, la difusión de la información y el conocimiento, como han reconocido incluso críticos acérrimos de la globalización como Joseph Stiglitz: «Globalization has given many people in the developing world access to knowledge well beyond the reach of even the wealthiest in any country a century ago» (Stiglitz 2003).

A lo largo de las dos décadas previas a la crisis, el porcentaje de personas que viven en situación de pobreza extrema (con menos de un dólar por día) en los países en desarrollo se ha reducido a la mitad. Y aquellas áreas donde la pobreza no se ha reducido (en especial, el África subsahariana) son precisamente las que han permanecido en mayor medida al margen de la globalización (a este respecto, véase, por ejemplo, Dollar y Kraay 2002 y 2004).

Pero aún más diferenciador es el hecho de que la globalización se haya individualizado gracias a la revolución de las telecomunicaciones y la información. Internet se ha convertido en una herramienta personal que integra la vida de cada individuo en un universo de información, contactos y posibilidades de desarrollar todo tipo de actividades. Ya no se trata sólo de un cambio económico, sino también cultural, de modos de vida, que vuelve este proceso de globalización mucho más rápido, complejo e incontrolable que cualquiera en el pasado.

La globalización es hoy en día un proceso tan multiforme, con una base tan amplia y tan profunda, que no existe voluntad política en el mundo capaz de acorazar su sociedad frente a las influencias exteriores.

Ahora bien, este proceso que ofrece tantas oportunidades comporta también ciertos riesgos. Un par de ellos es, sin duda, el mayor riesgo de contagio y la mayor rapidez en la extensión de las crisis, que finalmente conducen a amplificar su impacto, con sus correspondientes secuelas de recesión y aumento de la pobreza y la desigualdad.

Por su parte, los cambios culturales y sociales que se desarrollan —sobre sustratos muy diferentes y a ritmos distintos— en las diversas ideas del mundo incrementan también el potencial de conflicto.

En este marco, la globalización facilita la extensión de los problemas, y los lleva a una escala que hace imposible que ningún país u organización pueda afrontarlos por sí solo: desde el cambio climático y el deterioro del medio ambiente hasta la proliferación nuclear, la inmigración ilegal, el crimen organizado, el terrorismo o las pandemias.

Por eso la reacción más adecuada ante la crisis no es combatir la globalización, ni tampoco aceptar pasivamente sus consecuencias indeseadas, sino intentar desarrollar las políticas que permitan potenciar sus ventajas y prevenir o limitar su impacto negativo.

En primer lugar, necesitamos gestionar la salida de la crisis de la mejor manera posible para todos. Y, además, sentar las bases de un orden económico y financiero menos vulnerable a los desequilibrios, y que permita sostener tasas elevadas de crecimiento y articular soluciones a los grandes problemas globales.

Por lo que se refiere a la salida de la crisis, es fundamental que las instancias internacionales —especialmente el G-20, pero también los organismos multilaterales (el FMI, la OMC, etc.)— eviten acciones que atenten contra la integración comercial. Los programas económicos de estímulo y las ayudas nacionales a empresas o sectores deben coordinarse suficientemente y evitar políticas cambiarias de beggar-thy-neighbor que alienten las devaluaciones competitivas y exacerben la inestabilidad de las divisas. No menos importante es la coordinación de las exit strategies (la vuelta de los tipos de interés a niveles más normales en el medio y largo plazo, y la corrección gradual de los enormes déficits fiscales que se están generando).

En cuanto a las grandes cuestiones globales que antes citaba, este libro ofrece una panorámica amplia y autorizada: Loayza se centra en la lucha contra la pobreza; Broecker, Lovejoy y Laurance abordan el cambio climático y el deterioro medioambiental; y Tomlinson, Gumbrecht, Inglehart y Singer abordan, desde distintas ópticas, la complejidad de los valores culturales, religiosos y éticos de nuestra época.

Afrontar todas estas cuestiones exige, a su vez, mecanismos mejores —y más participativos— en el diseño y la aplicación de soluciones, es decir, una renovación y un fortalecimiento de los esquemas de gobernanza global. En este volumen, Scholte plantea una propuesta ambiciosa.

La configuración del G-20 como el foro principal de discusión de los temas globales ha sido un paso significativo. Pero sólo es un primer paso en un camino muy difícil. En definitiva, se trata de asumir las necesidades de un nuevo orden global, que necesariamente habrá de funcionar sobre la base de un multilateralismo muy complejo en el que se contraponen los intereses globales con los nacionales y los de otras múltiples redes geográficas o deslocalizadas que la sociedad civil virtual está generando. Una de las características fundamentales de la globalización, como señala Dicken en su ensayo para este libro, es que, lejos de aplanar o simplificar el mundo, la globalización crea múltiples geografías relevantes, algunas supranacionales, pero otras subnacionales —aunque altamente globalizadas—, como las ciudades globales a las que Saskia Sassen les dedica un ensayo en este libro. Y en este marco sólo se puede avanzar a partir del reconocimiento de la interdependencia, el respeto a todas las partes y el trabajo por el interés común.

Los cambios de las actitudes, los valores y las estrategias a nivel geopolítico sólo serán sostenibles y conducirán a resultados positivos si se corresponden con cambios igualmente profundos en las actitudes, los valores y las estrategias de los grandes agentes privados de la globalización, es decir, las grandes empresas transnacionales —incluyendo entre ellas a los bancos—.

Globalización, crisis y cambio en la industria financiera

Un capítulo muy importante en la agenda global inmediata es el de la industria financiera en general y el sector bancario en particular.

Esto es así porque el sector financiero es un motor fundamental del desarrollo que ha contribuido de forma muy destacada al crecimiento y la mejora globales del bienestar en las últimas décadas. Y también porque el sector financiero ha tenido, lamentablemente, un papel fundamental en la génesis y el desarrollo de la crisis.

Ciertamente, en muchas instituciones financieras se han cometido errores graves en el análisis y el control del riesgo que se han traducido en apalancamientos a todas luces excesivos. Han primado la codicia y el afán de obtener grandes beneficios en muy poco tiempo, a su vez favorecidos por unos incentivos diseñados de manera errónea.

Pero todo esto fue posible porque, simultáneamente, ha habido fallos graves en la regulación y la supervisión de las entidades financieras.

Y, desde luego, se han producido errores de juicio muy importantes en las políticas macroeconómicas: debería haber sido evidente que un largo periodo de tipos de interés extraordinariamente bajos, crecimiento rapidísimo de la liquidez y acumulación de desequilibrios de la balanza de pagos conduciría en un momento u otro a problemas muy graves.

Nada de esto es nuevo: difícilmente se encontrará una crisis en la que no haya habido unos intermediarios financieros imprudentes, una regulación y supervisión insuficiente o ineficaz y errores en la gestión macroeconómica.

Pero en esta crisis había un factor diferencial clave: el altísimo grado de internacionalización (globalización) de la industria financiera, que se tradujo, entre otras cosas, en la elevada exposición de muchos bancos en todo el mundo a un conjunto de activos que resultaron altamente tóxicos.

A raíz de la caída de los precios de estos activos en los mercados se puso en marcha un círculo vicioso que constituye lo que podemos llamar la primera fase de la crisis: las pérdidas desencadenaron decisiones de venta de estos activos, pero la falta de liquidez impedía llevarlas a cabo. Esto, a su vez, deprimió aún más los precios de esos activos tóxicos —y de aquellos que no lo eran—, e incrementó aún más las pérdidas y la carencia de liquidez. Finalmente, todo ello resultó en un credit crunch global, que es el principal factor desencadenante de esta recesión, la más grave de los últimos setenta años.

El peligro de una crisis bancaria generalizada y unos efectos devastadores sobre la economía global fue la primera preocupación de todas las autoridades del mundo. Y la reacción ha sido rápida y de una contundencia sin precedentes: hemos visto drásticos recortes en los tipos de interés oficiales, inyecciones masivas de liquidez, una extensión generalizada de las garantías de los depósitos y cuantiosos apoyos públicos al capital de muchas entidades, algunas de las cuales tuvieron que ser rescatadas in extremis.

Todo ello evitó el colapso del sistema financiero internacional, marcando el fin de la primera parte de la crisis.

Ahora nos encontramos en la segunda fase económica de esta crisis, en la que el efecto negativo predominante es el impacto de la recesión en los bancos, en forma de caída de la actividad y —sobre todo— deterioro de la calidad de su cartera de crédito, con un crecimiento sostenido de la morosidad.

Nos encontramos ante un sistema financiero global muy debilitado que afronta un entorno económico muy desfavorable. En este momento los indicadores cíclicos apuntan al inicio de la recuperación. Sin embargo, esa recuperación es de una magnitud y una duración muy inciertas, a la vista de los desequilibrios acumulados en la economía global —incluyendo, muy destacadamente, los elevados déficits públicos y el ingente volumen de deuda pública en la mayor parte de los países desarrollados—.

Este es el entorno en el que la industria financiera global va a tener que abordar la tercera fase, específicamente bancaria, de la crisis: una transformación radical para adaptarse a los profundos cambios industriales y tecnológicos de las últimas décadas.

El avance tecnológico ha afectado a todas las industrias. Pero donde ha tenido efectos verdaderamente disruptivos ha sido en aquellas cuyos productos son susceptibles de almacenarse, procesarse y transmitirse de forma digital.

Por ejemplo, en la industria del automóvil hemos visto cambios importantes en las últimas dos décadas, pero los productos y los procesos de producción y distribución siguen siendo esencialmente los mismos. Comparemos esto con lo que ha ocurrido con la industria de la música, en la que durante los últimos cinco años se ha producido la revolución que media entre el DVD distribuido a través de tiendas y Spotify, que permite el acceso en cualquier momento a una variedad prácticamente infinita de grabaciones a un coste inferior al que antes costaba acceder a una hora de música.

Pues bien, el producto de la industria bancaria se parece mucho más a la música: sus materias primas son el dinero y la información; ambas son reducibles a bits (en el caso del dinero, a lo que llamamos apuntes contables); y son transmisibles de forma instantánea a un coste casi nulo.

Sin embargo, si observamos —especialmente en el caso de la banca minorista— los procesos de distribución de la industria bancaria, son mucho más parecidos a los del automóvil que a la música. Siguen descansando en redes de oficinas físicas donde se distribuyen productos y servicios muy homogéneos, prácticamente iguales para todos los clientes. Sin duda, existen canales remotos, pero se utilizan principalmente para realizar transacciones banales y, en mucha menor medida, para la contratación de productos y servicios masivos (comoditizados).

Hoy en día, en la banca las ganancias potenciales en eficiencia (y, por lo tanto, en precio), en conveniencia para los clientes y en posibilidades de personalizar la oferta para cada necesidad son incalculables.

Hasta ahora, esta transformación no se ha producido por diversos motivos —entre los que hay que contar la regulación específica para la banca y la propia bonanza para el sector en los últimos años—. Pero ahora va a resultar inevitable. En primer lugar, porque en cualquier momento surgirá de la red un modelo de negocio financiero que tendrá un efecto absolutamente disruptivo en el sector. Y en segundo lugar, porque la propia crisis financiera ha alterado —y seguirá alterando— el statu quo.

Por otra parte, un horizonte previsible de menor expansión de la actividad que en la década pasada (incluso cuando la economía global se recupere) y una regulación que va a girar hacia un mayor rigor —en términos de requerimientos de capital y provisiones, protección de los consumidores, etcétera— tenderá a reducir el crecimiento y la rentabilidad de la industria financiera. Este contexto hace aún más necesaria una mejora radical de los niveles de eficiencia de la industria.

Parte de esa mejora puede venir por la vía de la consolidación del sector. Efectivamente, en el sistema bancario global existe un importante exceso de capacidad instalada que la crisis ha puesto claramente de manifiesto, y que los efectos de la propia crisis ya han comenzado a corregir.

Pero las mejoras en eficiencia que puedan conseguirse por esta vía son limitadas. Por eso resulta inevitable el cambio en la industria hacia un modelo mucho más apoyado en la tecnología que permita reducir los costes de producción y distribución de forma radical.

Ésta va a ser una transformación difícil. Pero llevarla a cabo con éxito es fundamental, porque la construcción de un sistema financiero global más robusto, eficiente e inclusivo es imprescindible no sólo para la recuperación tras la crisis, sino también para la mejora sostenida del bienestar de las personas de todo el mundo.

¿Qué pueden hacer las autoridades para favorecer este resultado?

Está claro que durante los próximos años se va a avanzar en la dirección de una regulación y un control de la actividad financiera mayores. Creo que esto está justificado, a la vista de los problemas a los que ha dado lugar el entorno extremadamente permisivo de los últimos años y los costes que ha supuesto para los contribuyentes de muchos países del mundo, así como para el crecimiento y el bienestar globales.

Pero más importante que una mayor regulación es que esa regulación sea mejor. A mi juicio, esto significa tres cosas fundamentales:

La primera, que los requerimientos de regulación y supervisión sean lo suficientemente homogéneos y coordinados a nivel internacional.

La segunda, que las decisiones de los Gobiernos, así como de los reguladores y supervisores, promuevan (o al menos no obstaculicen) la consolidación de la industria, que es una condición necesaria —aunque no suficiente— para conseguir un sistema financiero global más eficiente y estable.

Y la tercera, que aseguren que los incentivos se alineen con el valor creado a medio y largo plazo.

Las políticas y regulaciones públicas serán un elemento importante que determinará el futuro de la industria bancaria. Pero el factor decisivo será el comportamiento de la sociedad civil (incluyendo en ésta a las propias empresas financieras).

Mirando al futuro: valores e innovación en una banca para las personas

Todas las grandes empresas transnacionales —incluidos los bancos— han prosperado, hasta hoy, en un mundo caracterizado por tres elementos básicos: primero, el avance tecnológico; segundo, un poder creciente de los consumidores (las personas), cada vez mejor informados; y tercero, unos mercados cada vez más globales, pero en los que siguen existiendo diferencias muy importantes entre las distintas regulaciones, culturas y estructuras sociales (lo que Ghemawat llama semiglobalización).

El éxito de estas empresas se ha basado en su capacidad para gestionar de manera eficaz estos tres elementos a la hora de crear más valor.

A partir de la crisis aparecen nuevos elementos de incertidumbre acerca de cómo evolucionará el proceso de globalización y, por lo tanto, cómo deben ajustarse las estrategias de las empresas.

En este libro Pankaj Ghemawat centra su artículo en esta cuestión. Si algo puedo añadir es mi experiencia directa en la banca, un sector con importantes especificidades, pero representativo de una industria en proceso de globalización acelerada y cuyas condiciones operativas y competitivas se han visto especialmente alteradas por la crisis.

La actividad bancaria se funda en la confianza de sus clientes. Ésa es, además, la mayor ventaja competitiva de los bancos frente a posibles agentes entrantes en el negocio —principalmente aquellas empresas capaces de construir modelos alternativos sin los legacies de los bancos, por lo que resultan mucho más ágiles y eficientes—.

La confianza de los clientes se refleja en la información sobre ellos mismos a la que permiten que los bancos accedan. Los bancos, apoyados en tecnologías cada vez más sofisticadas, pueden convertir esa información en conocimiento. Y ese conocimiento, a su vez, puede servir para ofrecer a sus clientes soluciones a una gama más amplia de necesidades, y soluciones que sean mejores, es decir, más oportunas, convenientes y adaptadas a sus condiciones personales.

Todo esto significa que la confianza es la base de la banca hoy en día y la palanca para su transformación.

Pero esos mismos clientes que históricamente han dado su confianza a la banca son cada vez más exigentes, porque son conscientes de que tienen más información y más capacidad para ejercer el poder que la información les otorga. La tecnología ofrece enormes posibilidades para coordinar las acciones de las personas, que ahora pueden ejercer un activismo mucho más potente. En este marco, mantener esa confianza de los usuarios requiere, cada vez más, no sólo calidad en los productos y servicios, sino también una buena reputación en términos éticos.

Todas las empresas han de ser gestionadas en un marco cada vez más exigente de principios y valores éticos. Pero esta exigencia alcanza muy especialmente a los bancos. El comportamiento injustificable de muchos bancos y banqueros durante la reciente crisis y los enormes costes de ese comportamiento para el conjunto de los ciudadanos han erosionado la reputación del conjunto del sector.

Los bancos y los banqueros deben abordar un autoanálisis riguroso. Conceptos como los valores éticos, la transparencia, la prudencia, la conciencia de los problemas sociales o la sostenibilidad deben ser parte integrante de la cultura, la estrategia y la gestión diaria de los bancos. Deben también ser un vector clave en la comunicación interna y externa.

Esto va a requerir una revisión de algunos aspectos básicos del paradigma de la actividad bancaria, comenzando por el propio concepto de valor creado para el accionista como objetivo final y vara de medir la gestión; la noción de «valor» debe incorporar las percepciones de otros stakeholders y alinearse con los intereses de los accionistas a largo plazo.

El gobierno corporativo y los esquemas de incentivos y remuneraciones, así como los contenidos y las formas de interacción con la sociedad, también habrán de experimentar una revisión profunda.

Junto con estos valores y su articulación en la actividad y la comunicación de los bancos, la innovación debe ser otro elemento clave del nuevo paradigma de la banca. Nada de todo lo anterior tendrá sentido si los bancos no son capaces de mejorar de forma drástica el servicio que les prestan a los clientes y la sociedad. Los bancos deben entender y utilizar de forma inteligente la tecnología para generar soluciones útiles para satisfacer las necesidades de las personas.

La transformación de la banca durante la tercera fase de la crisis de la que antes hablaba será lo que les permita a los bancos hacer crecer sus mercados. Sólo con capacidades tecnológicas superiores y niveles de eficiencia mucho mejores que los actuales podrán ofrecer nuevos productos y servicios a sus clientes, así como proporcionar acceso a esos servicios a más del 80% de la población del mundo, para la cual los modelos actuales de banca convencional son demasiado costosos.

Este gran salto adelante requerirá, además de valores e innovación, un enfoque absoluto en las personas.

Los bancos necesitan tecnología, pero también el talento de las personas que configuren un nuevo modelo organizativo y cultural que se centre en las personas que son sus clientes. Y personas que sean capaces de entender las diferencias culturales, de hábitos y de intereses de otras personas en todas las zonas del mundo. La transformación de la banca sólo se conseguirá mediante la búsqueda del talento, la diversidad y la flexibilidad necesarios para comprender la diferencia y adaptarse a ella.

Algunos de estos cambios de paradigma están ya en marcha. Otros todavía tienen que ser formulados con precisión. Lo más importante es comprender que la industria bancaria no está ante un mero reajuste financiero o técnico: está en una encrucijada filosófica.

Todos estos cambios representan una amenaza formidable para los bancos existentes, pero también una gran oportunidad para aquellos otros que emerjan de la crisis con la suficiente solidez financiera y, sobre todo, la capacidad y la voluntad de adaptarse e innovar.

En BBVA estamos decididos a ser uno de estos últimos. Desde hace cinco años estamos siguiendo una estrategia basada en tres pilares (principios, personas e innovación). Estamos trabajando para construir un banco con valores que sea capaz de crear valor de forma sostenida, generando y ofreciendo innovaciones útiles y reales, innovaciones para las personas.

Esta estrategia es la que nos ha llevado a tener un comportamiento diferencial para con el conjunto del sector en el transcurso de la crisis, y la que soporta nuestro esfuerzo por convertirnos en líderes de la transformación del negocio bancario hacia un modelo mucho más eficiente, que aporte mucho más valor a las personas y al conjunto de la sociedad.

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Notas

  1. Peter Worsley ha sido uno de los pioneros en desplazar el estudio de los problemas sociales a una escala o un espacio global, y, junto con el demógrafo Alfred Sauvy, el primer autor del esquema conceptual acerca del llamado Tercer Mundo.
  2. Como ya escribiera Marshall McLuhan en Understanding Media: «[…] after more than a century of electronic technology, we have extended our central nervous system itself in a global embrace, abolishing both space and time as far as our planet is concerned».
  3. Sobre la base de esos cambios ha surgido un área de estudio a medio camino entre la economía, las relaciones internacionales y la sociología, la llamada Gobal Political Economy (Gill y Law 1988).
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