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28 enero 2014

Un paseo por el futuro que nunca fue

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En uno de los parques Disney más antiguos, el de Anaheim, California, hay una atracción llamada Futureland [Tierra del futuro] que considero de especial interés histórico, tanto que creo que debería ser rebautizada, tal vez junto con el resto del parque, con el nombre Tierra futura del pasado, puesto que escenifica al detalle el porvenir que el mundo profetizaba mediada la década de los cincuenta, cuando Disneylandia abrió sus puertas por primera vez. Esta atracción tiene unos coches pequeños con dos asientos en cuya conducción no intervienen de manera alguna los pasajeros. En lugar de ello, se supone que cada coche tiene que encontrar por sí mismo un camino a través de un itinerario relativamente complejo de curvas, colinas e intersecciones, dando así la impresión de que la conducción es un mecanismo automático dentro de un poderoso circuito que sustituye las necesidades humanas de desplazamiento y transporte.

Crédito: Patrick McGarvey (Intamin10) en flickr

Sueños de vida automática de esta clase siempre han llevado consigo inevitablemente la idea de un estado benigno que domina, absorbe y determina cualquier aspecto de la vida individual, en una especie de versión optimista (después de todo, estamos hablando de Disneylandia) de 1984, de Orwell. Otras atracciones están inspiradas —lo que se antoja un contrasentido hoy por hoy— por las utopías pasadas sobre viajar al espacio: recrean unos tambaleantes y, en ocasiones, precarios vuelos a galaxias remotas, y en otros casos la sensación de estar desplazándose con movimientos rápidos y bruscos giros por la oscuridad absoluta del universo. Por último, y en tercer lugar, este viejo parque Disney está plagado de vestigios de nuestras antiguas creencias en robots como máquinas de forma y apariencia más o menos humana (sus versiones de menor tamaño suelen parecer aspiradoras) que se suponía que harían aquellas tareas de las que la desidia humana siempre ha aspirado a liberarse, y que el espíritu predominantemente socialdemócrata del siglo xx ha declarado indignas de las personas.

Este viejo parque Disney está plagado de vestigios de nuestras antiguas creencias en robots como máquinas de forma y apariencia más o menos humana

Me parece notable que ninguna de estas tres dimensiones principales del hoy histórico futuro de mediados de la década de los cincuenta sea una realidad presente ni algo probable en el futuro que imaginamos en este momento. La abrumadora idea del estado total que se hace cargo de todos los deseos y todas las necesidades de los seres humanos, y cuya versión hiperbólica inspiró la novela de Orwell, se ha desvanecido con la desintegración de los gobiernos comunistas en Europa del Este a partir de 1989, independientemente de si uno celebra o lamenta este hecho histórico.

La tendencia nueva y general es la de limitar e incluso eliminar el poder del Estado, tal y como refleja el nuevo concepto de gobernanza, que prescribe una serie de orientaciones de carácter informal para un comportamiento interactivo que, en lugar de venir impuesto por las leyes del Estado, emerge de pactos entre estados nacionales y corporaciones (a menudo multinacionales). Podemos afirmar entonces que disponemos de mucha mayor libertad (tenemos más autonomía y estamos menos guiados automáticamente) que los conductores del Futureland de Disney, y en ocasiones eso es algo que nos lleva a la confusión. Después de todo, los sistemas de navegación que tanto nos gusta usar hoy siguen reaccionando de manera bastante flexible a la información que les damos, e incluso a nuestras equivocaciones.

Disponemos de mucha mayor libertad  que los conductores del Futureland de Disney

De igual forma —tal vez más evidente— nuestros ambiciosos sueños de viajar por el espacio y colonizar planetas extranjeros, o tal vez incluso otras galaxias, han desparecido prácticamente (es curioso: al mismo tiempo, ha dejado de preocuparnos el crecimiento demográfico). Una vez más, y tal vez de forma más definitiva que en los últimos siglos, la Tierra constituye el confín último de nuestras preocupaciones y nuestros proyectos, y esa puede muy bien ser la característica esencial y menos mencionada de la globalización (que de alguna manera sigue cultivando una autoimagen y una retórica de agresiva expansión). Tanto colectiva como ideológicamente, nos preocupa ahora más la Tierra que cuando todavía acariciábamos la idea de dejarla atrás. Al mismo tiempo, y desde una perspectiva individual, el poder de cubrir el planeta, literalmente, con nuestros sistemas de comunicación ha crecido de forma exponencial.

Con cada correo electrónico que enviamos y cada página web que visitamos estamos contribuyendo a la complejidad e intensidad de la red tecnológica dentro de la cual nos comunicamos o, lo que es prácticamente lo mismo, en la que vivimos

Por último, en lugar de crear batallones de robots que trabajen por nosotros, hemos desarrollado, sobre todo durante las tres últimas décadas, la convergencia de nuestra mente con dispositivos electrónicos, hecho éste que, en lugar de propiciar una relación amo/esclavo, parece una prolongación de nuestra eficacia mental, y a veces incluso física, basada en el acoplamiento o en la integración prostética de nuestros cuerpos con las máquinas. Nadie emplea la electrónica sin trabajar para uno mismo, y al mismo tiempo estamos, inevitablemente, trabajando para los demás. A primera vista, el mundo de los ordenadores da la impresión de que hemos ganado independencia y autonomía, pero esta visión optimista pasa por alto la naturaleza adictiva de este acoplamiento, y tal vez menosprecie también la gestación, como resultado de nuestro uso acumulativo de los ordenadores, de un cerebro externo colectivo que podría terminar ejerciendo un poder ciego superior al imaginado por ningún estado totalitario. Porque con cada correo electrónico que enviamos y cada página web que visitamos estamos contribuyendo a la complejidad e intensidad de la red tecnológica dentro de la cual nos comunicamos o, lo que es prácticamente lo mismo, en la que vivimos.

Lee más sobre este tema en el artículo completo de Hans Ulrich Gumbrecht  Una antropología negativa de la globalización

Ventana al Conocimiento

Por Hans Ulrich Gumbrecht

 

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