La revolución sensorial de la tecnología

El nuevo teléfono de Apple, el iPhone 7, ha introducido un cambio relevante: los auriculares serán siempre inalámbricos. Lo que parece una mera optimización tecnológica es la evolución de un sistema perceptivo ampliado y en ciernes: los smartphones tienden a convertirse en extensiones de nuestros sentidos.

Imagen: SplitShire / CC0 Public Domain

Imagen: SplitShire / CC0 Public Domain

Hace ya veinticuatro siglos Aristóteles intuía que el camino de la ciencia tomaría estos rumbos cuando escribió en  las primeras líneas de su Metafísica «Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber. El placer que nos causan las percepciones sensoriales son una prueba de esta verdad». Añadía el filósofo que el de la vista es el más querido en el conjunto de las demás percepciones: el oído, el olfato, el gusto y el tacto. La reflexión de Aristóteles se enmarcaba en las posibilidades naturales de comprender el mundo. La ampliación tecnológica durante el siglo XX se ha concentrado en el oído y la vista. Los medios más conocidos para dicha extensión han sido la radio, el teléfono, el cine y la televisión. Pero eso está cambiando con asombrosa velocidad. Mucho después de que Marshall McLuhan acertara con describir este cambio de paradigma en 1962, hemos ingresado a nuevas dimensiones de esta revolución.

La mejora de calidad en la imagen y sonido de los dispositivos móviles son un paso hacia otro nivel del cambio. A través de ellos percibimos el mundo exterior, de manera táctil también, pues muchos incorporan navegadores o sensores de temperatura. Y lo interesante es que están llegando a un nivel de precisión superior a lo que aparentemente podríamos ver u oír.

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Un hombre utiliza unas gafas de realidad virtual /Imagen: Maurizio Pesce,  Flickr.

Porque ¿cuánto somos capaces de captar naturalmente? En el caso de la vista habría que poner de acuerdo a los investigadores. Una lista de estudiosos que han intentado precisar la capacidad visual del ojo humano durante los últimos siglos: Konig (1897), Hetch (1931), Blacwell (1946) Pirenne (1967), Curcio (1990). Ha sido Roger Clarck, un fotógrafo y astrónomo del Planetery Science Institute, quien se ha preocupado por traducir la visión humana a medidas digitales. Dice Clarck (2005) que nuestros ojos son capaces de observar 530 pixeles por pulgada a una distancia de quince o veinte centímetros. A partir de allí —aparentemente— todo lo que estuviera por encima de dicha resolución superaría nuestras capacidades. Los más potentes móviles no están lejos de lograrlo y eso es un punto de quiebre importante.

Cuando hablamos de calidad del sonido un estándar es el del CD, cuya resolución es de 16 bits y una frecuencia de 44,1 kHz. Un nivel cercano al humano, como acordaron los ingenieros de Philips y Sony hace ya cuarenta y tantos años. Si hablamos de alta resolución, necesitamos valores mayores: 24 bits y 96 kHz. Aún así hay matices difíciles de lograr, pues el sonido también tiene dimensiones y amplitudes de acuerdo al espacio. Lo cierto es que por encima de esas características, habríamos llegado a reproducir sonidos al nivel que un oído promedio puede alcanzar.

Pero la vista y el oído no captan solo de forma unidimensional. El ojo, por ejemplo, es más que concisión porque nos permite identificar dimensiones, distancias e interpretar el entorno gracias al campo de visión y la conexión con los otros sentidos. Y conseguir que nuestros dispositivos asuman esas variantes es todavía un desafío.

¿Nuevos sentidos?

Lo que Aristóteles podía conocer en el siglo III a.C. estaba circunscrito a los maravillosos horizontes del Mediterráneo y un poco más allá por los relatos escritos de los viajeros. Nunca se hubiera imaginado que gracias al robot Curiosity podemos ver imágenes de Marte, conocer la composición del aire y territorio marciano, e incluso escuchar sus paisajes. No tan lejos, el proyecto Oculus ha apostado por la realidad virtual. En un futuro no lejano nuestros dispositivos móviles también tendrán sensores que transmitirán movimientos, olores y texturas.

Vídeo : http://www.dextarobotics.com/

Todavía no podemos sentir el viento u oler el mar a través de la red, tampoco sentir el beso de alguien o saborear una fruta. Los videojuegos han avanzado con las experiencias de inercia sensorial. El guante Dexmo, por ejemplo, permite asir objetos virtuales simulando que son físicos. Esto es abrirnos a nuevas sensaciones y tal vez a nuevos sentidos. La tecnología nos ayudará a escuchar otras frecuencias, captar nuevos sabores o alcanzar a ver lo que solo algunos animales pueden observar. Todo ello es un horizonte emocionante e inexplorado. Potenciar nuestros sentidos también significa elevar nuestras posibilidades de conocimiento. Más aún cuando la interconexión de dichos sentidos nos permitirá saber lo que perciben millones de personas. Esto sería fundamental para, por ejemplo, sentir el planeta. Aparecen ahí también las fronteras del respeto a la privacidad. Lo cierto es que hemos de prepararnos para ello. Porque para ingresar en el mundo de una revolución sensorial compartida, entender sus posibilidades y límites, necesitaríamos desarrollar otra capacidad que Aristóteles barruntó como importante: actuar con responsabilidad moral.

Ángel Pérez

Universidad del Pacífico