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08 junio 2016

Francis Crick, el detective de la vida

Antropología | Biología | Ciencia | Física | Genética | Grandes Personajes
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¿Qué tienen en común Francis Crick, codescubridor de la estructura del ADN y premio Nobel en 1962, y el antiguo cantante y periodista Rael, líder de una secta ufológica que defiende el amor libre entre sus miembros? El vínculo parece improbable, pero existe, y se llama panspermia dirigida: la hipótesis según la cual la vida en la Tierra es producto de los designios de una avanzada civilización alienígena.

Claro que ahí acaban los parecidos. El líder de los raelianos se basa en su presunto encuentro personal con seres de otro mundo. Crick, por su parte, se preguntaba cómo era posible que la naturaleza hubiera inventado al mismo tiempo dos elementos mutuamente interdependientes para la vida: el material genético –ácidos nucleicos, como ADN o ARN– y el mecanismo necesario para perpetuarlo –las proteínas llamadas enzimas–. La síntesis de ácidos nucleicos depende de las proteínas, pero la síntesis de proteínas depende de los ácidos nucleicos. Con este problema del huevo y la gallina, Crick y su colaborador Leslie Orgel razonaban que la vida debería haber surgido en un lugar donde existiera un “mineral o compuesto” capaz de reemplazar la función de las enzimas, y que desde allí habría sido diseminada a otros planetas como la Tierra por “la actividad deliberada de una sociedad extraterrestre”.

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Francis Crick en su oficina en sus últimos años /Autor: Marc Lieberman

Lo cierto es que la panspermia dirigida no desmerece en absoluto el pensamiento de Crick. Más bien al contrario, revela con qué potencia funcionaban los engranajes de una mente teórica, incisiva e inquieta, ávida de respuestas racionales, aunque no fueran convencionales. Para comprender cómo llegó Crick a la panspermia debemos remontarnos unos años atrás. Hijo de un fabricante de zapatos de Weston Favell (Northampton, Reino Unido), Francis Harry Compton Crick (8 de junio de 1916 – 28 de julio de 2004) llegó al final de su infancia con sus principales señas de identidad ya definidas: su inclinación por la ciencia y su convencido ateísmo. En cuanto a la primera, escogió la física.

Curiosamente, la biología molecular habría perdido uno de sus padres fundadores de no haber sido por la guerra. Crick comenzó su investigación en el University College de Londres trabajando en lo que él mismo describió como  “el problema más aburrido imaginable”: medir la viscosidad del agua a alta presión y temperatura. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial fue reclutado por el ejército para el diseño de minas. Tras el fin del conflicto, descubrió que su aparato había sido destruido por una bomba (en su autobiografía él hablaba de una “mina de tierra”), lo que le permitió abandonar aquella tediosa investigación.

Crick debía entonces elegir un nuevo campo de investigación, y fue entonces cuando descubrió lo que llamó el test del chismorreo: “lo que realmente te interesa es aquello sobre lo que chismorreas”. En su caso, “la frontera entre lo vivo y lo no vivo, y el funcionamiento del cerebro”. En resumen, la biología. O como físico, la biofísica. Comenzó a trabajar en la estructura de las proteínas en el Laboratorio Cavendish de Cambridge, hasta que conoció a un estadounidense llamado James Watson, 12 años más joven que él pero ya con un doctorado que él aún no había conseguido.

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Watson y Crick, y su modelo de ADN en el Laboratorio Cavendish (1953)/ Autor: Antony Barrington de Brown

Los dos investigadores descubrieron que ambos compartían una hipótesis. Por entonces se creía que la sede de la herencia eran las proteínas. Crick y Watson pensaban que los genes residían en aquella sustancia ignota de los cromosomas, el ácido desoxirribonucleico (ADN). Y aquel convencimiento, con la participación de Maurice Wilkins y Rosalind Franklin, alumbraría el 28 de febrero de 1953 uno de los mayores hallazgos de la ciencia del siglo XX, la doble hélice del ADN. El trabajo se publicó en Nature el 25 de abril de aquel año. Crick no obtendría su título de doctor hasta el año siguiente.

Pero aunque a Crick se le conoce fundamentalmente por este hito fundador de la biología molecular, lo cierto es que él mismo se ocupó de colocar los primeros raíles de esta nueva ciencia. Fue él quien propuso que el ADN se transcribía a ARN y que éste se traducía por medio de unas moléculas adaptadoras encargadas de convertir el código genético a proteínas, los ladrillos de la vida. Y fue este “dogma central” de la biología, como él mismo lo bautizó, el que le llevaría a publicar en 1973 su hipótesis de la panspermia, por entonces una idea tan cabal que incluso tuvo en el astrofísico Carl Sagan a otro de sus proponentes.

Sólo años después se descubriría que el ARN puede actuar por sí mismo como enzima sin la intervención de proteínas, solucionando así el problema que inspiró la panspermia. En 1993 Crick y Orgel publicaban un artículo que ya no mencionaba ninguna “sociedad extraterrestre”. El problema del huevo y la gallina “pudo resolverse si, temprano en la evolución de la vida, los ácidos nucleicos actuaron como catalizadores”, escribían.

Por entonces Crick había cambiado de continente y de campo de estudio: en 1976 se trasladó al Instituto Salk en La Jolla (California, EEUU), para un año sabático que duraría casi tres decenios. Allí saldó su cuenta pendiente con el segundo de sus “chismorreos”: el cerebro. Durante el resto de su carrera, y en colaboración con el neurocientífico del Instituto Tecnológico de California (Caltech) Christof Koch, se dedicó a tratar de localizar la conciencia en la materia cerebral: “tú, tus alegrías y tus penas, tus recuerdos y tus ambiciones, tu sentido de identidad personal y de libre albedrío, de hecho no son más que el comportamiento de un vasto ensamblaje de células nerviosas y sus moléculas asociadas”, escribió en 1994.

Nunca logró desentrañar el problema de la conciencia, aunque aportó notables avances en el conocimiento de la percepción visual. En 2004 perdió su batalla contra el cáncer de colon, pero nunca perdió el ánimo ni la pasión por el estudio de la vida. Según escribiría Christof Koch, “estaba corrigiendo un manuscrito en su lecho de muerte, científico hasta el amargo fin”.

Javier Yanes para Ventana al Conocimiento
@yanes68

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