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14 agosto 2020

¿Es posible borrar el coronavirus del mapa? El caso de Nueva Zelanda

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Mientras la pandemia del coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19 continúa avanzando sin remisión en todo el planeta, se ha hecho evidente que no todos los países han obtenido hasta ahora resultados similares, a pesar de que finalmente la mayoría han recurrido a estrategias basadas en cierres y confinamientos. Pero pocos han alcanzado un éxito comparable al de Nueva Zelanda: con una extensión mayor que la de Reino Unido, pero con solo cinco millones de habitantes, sus cifras son la envidia del mundo. En el momento de escribirse estas líneas, se registra un total de 1.569 contagios confirmados y probables, con solo 22 muertes, y el país llega ahora a los 100 días sin transmisión comunitaria del virus. ¿Cómo lo han logrado? Y sobre todo, sería posible exportar su modelo a otros países?

La calle New Regent durante la pandemia de COVID-19, en Christchurch, Nueva Zelanda. Crédito: Michal Klajban

A diferencia de otros territorios, que vacilaron en su respuesta inicial y reaccionaron cuando ya era tarde, Nueva Zelanda actuó de forma rápida y contundente. El 3 de febrero se introdujeron las primeras restricciones a los visitantes extranjeros procedentes de China. El primer caso de coronavirus en el país se registró más de tres semanas después, el 28 de febrero, el mismo día en que se cerraba la entrada a los viajeros procedentes de Irán; precisamente la primera persona infectada provenía de allí. El 19 de marzo se clausuraban las fronteras excepto para los residentes y ciudadanos, que debían someterse a cuarentena a su regreso al país. 

Dos días después se introducía un sistema de alerta de cuatro niveles, que arrancaba en nivel 2, pero que el día 23 ascendía al nivel 3 y el 25 al máximo de 4, el confinamiento obligatorio en toda la nación. Un mes después, y ante la aparente contención de la epidemia —las cifras descendieron solo diez días después de imponerse el confinamiento—, el nivel de alerta bajó al 3 el 27 de abril, al 2 el 13 de mayo y al 1 el 8 de junio, eliminándose todas las restricciones excepto el cierre de fronteras, que hoy permanece vigente. El 1 de mayo, 65 días después de la entrada en el país de la primera persona infectada, se daba por eliminado el virus con el último caso detectado hasta ahora de transmisión comunitaria.

Ir pronto y duro

Así resumida, la respuesta neozelandesa puede no parecer demasiado diferente a la de muchos otros países que han ido elevando y después relajando sus restricciones en función de la evolución de la epidemia. Pero mientras que en otras naciones el objetivo ha sido aplanar la curva de contagios, la primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, pronto renunció a esta meta para reemplazarla por la “eliminación del virus”. El confinamiento estricto se impuso cuando solo se habían registrado 102 casos y ningún fallecimiento. Otros países confinaron a su población en las mismas fechas, pero para entonces ya contaban con cientos o miles de muertes y con una transmisión comunitaria descontrolada, aunque aún subestimada.

La movilidad de los neozelandeses se redujo de forma casi instantánea y un desplome de ciertas actividades en un 90%. Crédito: Michal Klajban

Sin embargo, la propuesta de “ir pronto y duro” contra el virus no ha sido el único factor probable del éxito kiwi: la responsabilidad de la ciudadanía también se juzgó ejemplar. Según un análisis publicado el 12 de abril en su blog por Nick Wilson, epidemiólogo y experto en salud pública de la Universidad de Otago, la movilidad de los neozelandeses se redujo de forma casi instantánea en un 73%, con un desplome de ciertas actividades en un 90%. Al mismo tiempo, se emprendió un gran esfuerzo de testado de la población, y el 20 de mayo se lanzó la app NZ COVID Tracer, basada en situar a la entrada de cualquier instalación relevante un código QR que los usuarios debían escanear, para así poder rastrear su huella y sus posibles contactos en caso de que contrajeran el virus. 

Líderes competentes y capaces 

Pero bajo estos factores, los analistas destacan otro aspecto que ha contribuido a la contención del coronavirus. Con ocasión de un reportaje previo sobre el perfil de los lugares más seguros para refugiarse de una pandemia, Wilson contaba a OpenMind que uno de los requisitos para afrontar semejantes crisis con esperanzas de éxito es “tener líderes competentes y capaces; Nueva Zelanda se ha beneficiado del liderazgo de Jacinda Ardern”. Y lo cierto es que, mientras en otros países la ciudadanía ha tendido a polarizarse hacia las posiciones extremas, a favor o en contra de la gestión de sus gobiernos, tanto en Nueva Zelanda como fuera de sus fronteras se ha elogiado el esfuerzo de la primera ministra, tanto por mantener una comunicación transparente y eficaz como por adoptar medidas basadas en la evidencia científica siguiendo el consejo de su comité técnico asesor.

Tanto en Nueva Zelanda como fuera de sus fronteras se ha elogiado el esfuerzo de Jacinda Ardern. Fuente: Wikimedia

En este aspecto ha sido central la participación del epidemiólogo Michael Baker, también de la Universidad de Otago y miembro del comité técnico asesor. Impulsor de la idea de eliminar el virus, Baker considera que en otros países se pasó por alto el hecho de que el periodo de incubación del SARS-CoV-2, que duplicaba el de otros virus como la gripe, ofrecía la oportunidad de identificar rápidamente a los enfermos y aislar con prontitud a sus contactos antes de que estos a su vez tuviesen tiempo de desarrollar la enfermedad y contagiar a otras personas, rompiéndose así las cadenas de transmisión. El epidemiólogo destacó este factor como una de las claves de la estrategia de eliminación.

Pese a todo lo anterior, la respuesta neozelandesa tampoco cuenta con la aprobación unánime. En el extremo opuesto, el epidemiólogo jefe de Suecia, Andres Tegnell, ha sostenido la visión de que la pandemia es una maratón, no un esprint, y que por lo tanto las medidas deben ser sostenibles a largo plazo. Nueva Zelanda, con sus fronteras cerradas durante casi cinco meses, está perdiendo su principal fuente de divisas, el turismo, que emplea a uno de cada ocho neozelandeses. Incluso analistas dentro del propio país juzgan que el coste económico de la restrictiva estrategia de eliminación es demasiado alto para resultar viable y que se necesitará una reconversión de la economía.

El temor a una posible “fatiga COVID”

Finalmente, existen discrepancias sobre si la eliminación es posible en otros países. Algunos expertos consideran que el modelo neozelandés no es fácilmente aplicable a otros territorios, ya que una nación isleña con una baja densidad de población posee ventajas de partida. Por su parte, Baker asegura que este ha sido un factor menor y que su modelo es exportable. Pero en un estudio de 2019, antes de la actual pandemia, Wilson ya vaticinaba que Nueva Zelanda y otros grandes países insulares, como Australia e Islandia, eran los refugios más seguros en caso de pandemia. En concreto, Australia, el gran vecino, ha logrado también un notable éxito contra el virus, aunque la posterior expansión descontrolada en el estado de Victoria ha obligado a un estricto confinamiento.

Algunos expertos consideran que el modelo neozelandés no es fácilmente aplicable a otros territorios. Crédito: Alan Tennyson

El caso de Victoria ha alertado también a las autoridades neozelandesas, que temen una posible “fatiga COVID” de sus ciudadanos que lleve a peligrosos rebrotes. El diario The Guardian señalaba que los códigos QR ya son poco más que elementos decorativos ignorados por la mayoría, que menos del 13% de la población se ha descargado la app, y que actualmente la población neozelandesa vive relajada creyendo que el coronavirus ya es solo un mal recuerdo. Por el contrario, las autoridades advierten de que la cuestión sobre el resurgimiento del virus “no es si ocurrirá, sino cuándo”. 

En un reciente artículo en The Conversation, Baker hablaba de la posibilidad de “permitir aumentos incrementales en los viajes internacionales”, pero restringido a otros territorios libres del virus. Si será posible mantener la burbuja neozelandesa durante los años que previsiblemente dure esta pandemia, o si el país será capaz de mantener sus impecables registros aumentando su grado de apertura, solo el tiempo lo dirá. Como decía a Nature Rosalind Eggo, experta en modelización de enfermedades infecciosas de la London School of Hygiene & Tropical Medicine, “lo realmente importante es encontrar el equilibrio entre una estrategia que la gente tolere y una estrategia capaz de contener un brote”.

Javier Yanes para Ventana al Conocimiento

@yanes68

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