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Artículo del libro Hay futuro: visiones para un mundo mejor

Replantear los paisajes urbanos. Infraestructura, tecnología y territorio autosuficientes

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Utopía urbaneering, una nueva profesión para el diseño de las ciudades

¿Quién es la autoridad principal en la creación de una utopía o una ciudad del futuro extraordinaria? El urbaneering es una disciplina emergente basada en el diseño urbano que puede gestionar la compleja mezcla de tecnología, teoría y práctica que abarca la reinvención de la ciudad para superar las necesidades del planeta. Hoy en día, este campo interdisciplinario naciente está en un estado de desarrollo radical.

A lo largo de la historia de la humanidad han sido imprescindibles ciertas chispas de reflexión utópica en las sociedades evolucionadas (Moro 1516). Las utopías, por lo general, son un paradigma necesario. Las utopías muestran soluciones supremas a los problemas existentes en el mundo real. Afrontan la inestabilidad con una retribución ordenada. En casi todas las variantes, las utopías son deliberadamente excesivas, sobrepasan la respuesta a una crisis para acentuar el problema.

La sociedad necesita un marco psicológico de referencia (Lasswell 1930). Es útil describir la utopía como una inscripción personal a un gimnasio. ¿Cuál es la imagen perfecta de una constitución física? ¿Por qué necesitamos hacer ejercicio? La aspiración a parecerse a un determinado atleta o supermodelo idílico sustenta nuestros objetivos de hacer ejercicio. Muchos de nosotros entendemos que no podemos convertirnos en los inalcanzables autómatas retocados que decoran las revistas de moda. Sin embargo, estas caracterizaciones proporcionan una medida común para reflexionar sobre nuestras deficiencias. Y en algunos casos, estas imágenes falsas nos hacen admirar las preciosas imperfecciones y límites de la realidad. En lugar de ser grandioso e ideal, el objetivo pasa a ser serio y bueno (Collins 2001).

Un catalizador para imaginar una buena ciudad se basa en la creación de un campo patentemente nuevo que supere la anticuada agenda del diseño urbano. El diseño urbano fue concebido por Kevin Lynch (1960) como diseño de ciudad en el MIT a finales de 1950 y no ha sido mejorado de forma significativa para adaptarse a la percepción contemporánea. Lynch no podía haber imaginado los más recientes factores de cambio: Google, redes sociales, omnipresentes teléfonos inteligentes, dinamismo climático, adicciones a la energía, desastres económicos globales, etcétera.

En todo el mundo desarrollado, el diseño urbano se encuentra en un callejón sin salida, incapaz de reparar la brecha entre la teoría y la práctica y atascado en discusiones crípticas, como la que existe entre el “urbanismo del paisaje” y el “nuevo urbanismo”. Los urbanistas del paisaje desarrollan conceptos que dan prioridad al paisaje sobre la arquitectura en la planificación de una ciudad (Waldheim et al. 1997). Por el contrario, los esquemas del nuevo urbanismo promueven el desarrollo de barrios históricos centrados en los peatones (Calthorpe et al. 1993). La diferencia entre los dos enfoques no es de interés para casi ningún organismo público, únicamente para los arquitectos, planificadores y demás. Recordemos la ampliación neotradicionalista de la ciudad de Poundbury, cerca de Dorchester, aprobada por el príncipe Carlos, nuevo urbanista, y comparémosla con la zona interactiva de espacio abierto altamente tecnológica de Schouwburgplein, Róterdam, obra de los urbanistas del paisaje West.

El urbaneering emprende una amplia gama de proyectos como una receta para el diseño supremo. Lleva a la práctica sistemas totalizados que replantean todas las escalas de participación. Sus proyectos pueden variar desde nuevos materiales, sistemas de transporte y espacios abiertos hasta edificios, ciudades y regiones circundantes. En la actualidad, varios urbaneers han desarrollado estanques de fitorregeneración, estructuras de plantas leñosas vivas, granjas en azoteas, coches y autobuses hechos de materiales blandos, espacio basura urbano y planes de acción en toda la ciudad. Para inspirar la innovación interdisciplinaria, los urbaneers animan a la gente a cambiar de papel: los arquitectos deben diseñar automóviles, los ingenieros de automoción deben diseñar ecosistemas, y los ecologistas deben planificar edificios.

En el núcleo del urbaneering hay una gran carga de inquietud utópica que disipa los caducos mitos de modernismo con objetivos equitativos. Un urbaneer sustituye las normas y planes maestros poco convincentes por memes sugerentes y modelos polémicos. Es difícil discutir con memes amorfos como “ciudad hermosa”, “ciudad jardín”, o “crecimiento inteligente” (Burnham y Bennett 1909; Calthorpe y Kelbaugh 1989). El público puede unirse alrededor de estos gestos y frases simbólicos e inconclusos. Dado que el meme no es totalmente explícito, el concepto deja lugar a amplias interpretaciones culturales. Es prácticamente lo que anhelan las comunidades: la libertad de definir sus propios espacios urbanos.

El objetivo de los urbaneers es apoyar a la gente para que participe en una iniciativa intelectual avanzada enmarcada en el nuevo calibrado de la ciudad. Proyectos como el Canary Wharf de Londres, la Potsdamer Platz de Berlín, el Highline de Nueva York, Masdar en los Emiratos Árabes Unidos y Tianjin en China ya requieren directivas innovadoras. La nueva profesión de urbaneering las ofrece en formas sorprendentemente colaborativas.

En el pasado, el diseño urbano solía ser interdisciplinario, pero no ha sido modernizado desde su creación formal. El urbaneering implica el diseño de la ciudad con una enorme variedad de nuevas ideas, incluyendo crowdsourcing, proyectos de bricolaje, energía localizada, transporte compartido, gobierno electrónico, informática de alto rendimiento, biotecnología y ecología. Los urbaneers se centran tanto en los ecosistemas y la infraestructura de las ciudades –áreas propicias para la mejora–, como en temas más convencionales, como edificios y parques.

El urbaneering es una disciplina emergente basada en el diseño urbano que puede gestionar la compleja mezcla de tecnología, teoría y práctica que abarca la reinvención de la ciudad para superar las necesidades del planeta. Hoy en día, este campo interdisciplinario naciente está en un estado de desarrollo radical.     

¿Qué aspecto tiene el urbaneering? La forma puede ser cualquiera siempre que no sea inmotivada. Los diagramas que combinan la ecología y el urbanismo, llamados ecogramas, sirven para dar prioridad a las directivas del diseño. La luz y el aire son dos de los muchos factores causales que responden al contexto en estos ecogramas. Igualmente, el compendio del programa está correctamente orquestado a través de cualquier volumen incorporado de baja energía o densos lofts genéricos. Altamente maleables, estos espacios apoyan el crecimiento mediante la elaboración y la magnificación hasta el límite del carácter. Son ecogramas de una pluralidad desenfrenada en los que el estilo de vida es electivo y fluido. Dependiendo del nervio con el que presione el ecograma, la reinvención y reprivatización de consecuencias puede ser ilimitada.

Además de utilizar el ecograma, los urbaneers poseen una serie de competencias que fusionan funciones previamente dispares. La disciplina da cobijo a casi todas las actividades profesionales recombinadas, siempre y cuando cumplan con las necesidades en constante cambio de la urbanización. Un excelente ejemplo histórico de alguien que ahora sería un urbaneer es Frederick Law Olmsted (1822-1903), el activista del siglo XIX que combinaba periodismo, acción social y arquitectura del paisaje con un único fin político (Beveridge y Rocheleau 1998).

La próxima ciudad necesita un nuevo tipo de comunicador. Una persona experta en el arte de las ciudades más allá de los típicos utopistas, planificadores, ingenieros civiles y arquitectos de la actualidad. Estas áreas necesitan un filtro multifacético racional para incorporar un conocimiento profundo del lugar. Un urbaneer propone soluciones a problemas municipales que generalmente necesitan múltiples disciplinas para resolverlos. Los urbaneers intentan combinar la edificación y la experiencia necesaria de cara a reformar la ciudad de hoy para la utopía del mañana.

Brooklyn urbaneering

¿Cuál es el objetivo clave de las ciudades ecológicas? Una aserción principal para la próxima ciudad es que se satisfacen todas las necesidades dentro de sus fronteras físicas accesibles. En esta versión intensificada, este objetivo se cumple. En esta ciudad, la comida, el agua, la calidad del aire, la energía, los desechos, la movilidad y la vivienda están reestructurados radicalmente para sustentar la vida en todas sus formas. Se celebra la infraestructura como el nuevo centro.

La estrategia incluye la sustitución de estructuras deterioradas por agricultura y viviendas verticales fusionadas con redes de carreteras. Las antiguas calles se convierten en serpenteantes arterias de espacios habitables en los que se incrustan fuentes de energía renovable, vehículos de material blando para moverse y productivos espacios ecológicos. El plan utiliza el antiguo trazado urbano como base para las redes actuales. Rediseñando las calles obsoletas, podemos instalar vías inteligentes radicalmente sólidas y ecológicamente activas. Estas operaciones no son solo un modelo integral de la ciudad del futuro, sino una plataforma inicial para el diálogo. Los urbaneers piensan que el futuro requerirá viviendas maravillosas junto a una sólida red de recursos cíclicos.

Rapid re(f)use (reutilización rápida de desecho), ecologías positivas de residuos fabricadas en 3D

Imaginemos nuestros colosales vertederos municipales como naves de recursos razonables para construir el futuro urbano y los espacios periurbanos. ¿Qué tipo de esfuerzo se requiere para reutilizar su abundante contenido? Ahora que la mayor parte de la humanidad ha optado por asentarse en zonas urbanizadas, la gestión de residuos necesita una revisión radical.

Durante cientos de años hemos diseñado ciudades que generan residuos. Ya es hora de empezar a diseñar residuos que regeneren nuestras ciudades. ¿Cuáles son las posibilidades para los entornos urbanos después de recalibrar nuestra infraestructura obsoleta? ¿Cómo podrían combinarse la intensificación urbana y los residuos? La hipótesis de Terreform ONE es reasignar las corrientes de recursos para que fluyan en una dirección positiva (Mitchell et al. 2012). En este caso, los residuos no se reciclan solo a través de mecanismos infraestructurales, sino que se reaprovechan a perpetuidad.

Estados Unidos es el principal creador de residuos del mundo; produce aproximadamente el 30 % de la basura, 0,72 toneladas por ciudadano al año (EPA 2008). Sin ninguna delicadeza, nuestro sistema de valores se ha deteriorado. Parece que el valor ha degenerado en una desenfrenada producción de residuos: megaproductos a escala para marcas de franquicia de tamaño gigante, grandes almacenes, parafernalia de enormes XXL, etcétera. Así, la mentalidad de Estados Unidos está sintetizando una carrera conjunta para la ubicuidad y la instantaneidad. ¿Dónde acabará todo esto? Heather Rogers afirma en su libro de investigación Gone Tomorrow que tirar las cosas es insostenible (2006: 54-67, 104-32). El primer paso que debemos dar es reducir –lo que significa la suspensión masiva de los objetos diseñados para no durar–. A continuación necesitamos un plan radical de reutilización. La crisis de los residuos es inmensa. ¿Cuál es nuestra llamada a la acción?

Un dilema semejante acecha en Nueva York. Nueva York elimina actualmente 32 840 toneladas de residuos por día (Cohen 2008). En el pasado, la mayor parte de este material de desecho terminaba en Fresh Kills, Staten Island, antes de que se bloquearan las operaciones. Los habitantes de Manhattan desechan suficientes productos de papel para llenar un volumen del tamaño del Empire State Building cada dos semanas. Los proyectos Rapid Re(f)use y Homeway de Terreform ONE tratan de capturar, reducir y rediseñar la infraestructura de residuos de Nueva York. La iniciativa supone una ciudad ampliada reconstituida a partir de sus propios materiales de desecho. El concepto reconstruye la ciudad utilizando toda la basura enterrada en el vertedero de Fresh Kills. En teoría, el método debería producir, como mínimo, siete islas de Manhattan totalmente nuevas a tamaño natural. El vertedero principal de la ciudad de Nueva York fue creado por Robert Moses y estaba dirigido por trabajadores apáticos y máquinas (Moses 1951). Ahora, guiados por una prudente comunidad con un equipo inteligente, debemos darle forma.

El urbaneering emprende una amplia gama de proyectos como una receta para el diseño supremo. Lleva a la práctica sistemas totalizados que replantean todas las escalas de participación. Sus proyectos pueden variar desde nuevos materiales, sistemas de transporte y espacios abiertos hasta edificios, ciudades y regiones circundantes.

¿Cómo podría funcionar? Podrían modificarse descomunales impresoras automatizadas 3D para procesar rápidamente la basura y completar la tarea en cuestión de décadas. Estos autómatas potenciales se basarían en técnicas existentes utilizadas habitualmente en los dispositivos industriales de compactación de desechos. Para realizar este trabajo no hay que inventar nada drásticamente nuevo. La mayor parte de las tecnologías están destinadas al consumo inmediato. En vez de máquinas que trituran objetos en cubos, los dispositivos de compactación podrían contar con mandíbulas ajustables que transformaran formas simples en “bloques de rompecabezas” inteligentes para su posterior montaje. Usando geometrías informáticas, podrían predeterminarse bloques de material de desecho que se adaptaran a cúpulas, arcadas, celosías, ventanas o a cualquier patrón necesario. Los distintos materiales podrían servir para fines específicos: el plástico transparente para las ventanas, los compuestos orgánicos para andamios temporales degradables, los metales para las estructuras principales, y así sucesivamente. Con el tiempo, la ciudad futura no haría distinción entre residuos y suministros.

Es cierto que este tema del metadiseño no es del todo novedoso. Aproximadamente al mismo tiempo que se iniciaba el proyecto Rapid Re(f)use, se concebía la película WALL·E. Esta película infundió profundamente el programa de investigación de Terreform ONE.

Excursión a Disneyland

Inspirado por el mismo interés en las producciones de ficción del futuro como Tomorrowland de Disney, Terreform ONE visitó la central de Walt Disney Imagineering (WDI) en Glendale, California del Sur. El grupo había preparado una presentación que desvelaría una visión completa de su versión del futuro: un mundo libre de carbono en la atmósfera y repleto de estilos de vida autosuficientes. Como arquitectos que apuestan por una visión ecológica del futuro, el equipo había confeccionado meticulosamente las ciudades dentro de la rúbrica de una esfera socioecológica –replantear el diseño de sistemas enteros, desde un simple pomo hasta la propia democracia.

Cuando Ben Schwegler, cerebro e ingeniero jefe de imaginación corrió el imponente telón para mostrar a WALL·E, el grupo se deprimió. Disney se les había adelantado. WALL·E era perfecto –casi–: un sólido dispositivo robotizado de compactación y distribución de basura, accionado por energía solar, curioso, obediente y evolucionado. Su nombre es un acrónimo: Waste Allocation Load LifterEarth Class [Levantador de Carga y Distribuidor de Residuos Clase Terrestre]. Abandonado por los humanos, se afana con trillones de toneladas de basura no reciclada del centro de la ciudad. WALL·E no solo es un gestor de basura muy avanzado, también es un arquitecto mecanizado e inventivo. Lleva a cabo sus inmensas tareas sin dejar de ser totalmente adorable. Algo difícil.

La vida de WALL·E es el cuento de un compactador de basura ultramoderno enamorado. Trabaja sin cesar configurando montañas de material desechado. ¿Por qué pirámides de basura? Las perpetuas proezas diarias de WALL·E parecen casi inútiles. Disney omite concretamente por qué está programado para amontonar residuos –y ahí está el fallo.

Residuos futuros y ciudades pasadas

Los colaboradores de Terreform ONE estaban interesados en explorar una motivación más profunda para apilar basura. Al igual que en la película de Disney, ¿qué pasaría si la basura volviera a fabricarse para transformarse en verdaderos espacios urbanos o edificios? Si fuera posible adaptar la maquinaria actual, ¿cuánto material habría disponible? A primera vista, cualquier vertedero sanitario puede considerarse como un amplio suministro de nutrientes para la construcción. Ya existen tecnologías industriales pesadas que compactan coches o clasifican automáticamente la basura. También disponemos de otras tecnologías que harían posible la articulación de formas específicas si se ajustaran a tamaños más grandes. La impresión tridimensional tiene unas posibilidades abrumadoras si se adapta a escalas más grandes. Aquí es donde comenzó la ciudad de Terreform ONE.

La ciudad imaginada se crearía con basura: no basura común, sino “desechos inteligentes”. Un factor significativo de la ciudad formada por desechos inteligentes es el “ajuste posterior”, ya que los dispositivos unificados no se adaptarían inmediatamente. La integración en la estructura de la ciudad sería un proceso de aprendizaje. Con el tiempo, las respuestas se adaptarían cada vez más a las necesidades de la población urbana. Esta ciudad está concebida a partir de basura, pero cada componente individual estaría reforzado con un mínimo de potencia de la CPU. Eventos de corta duración proporcionarían a estas “unidades inteligentes” las experiencias necesarias para su evolución.

El objetivo principal de la ciudad de Rapid R(e)fuse es establecer un urbanismo inteligente, autosuficiente y en movimiento perpetuo. Se ha defendido la idea de que el movimiento perpetuo no puede existir. El movimiento perpetuo desafía las leyes de la termodinámica y de la conservación de la energía, ya que se necesitaría una máquina que produjera más energía de la que consume. Las ciudades, a diferencia de las máquinas, son similares a una ecología compleja1. La ecología es capaz de alcanzar un estado de armonía continuo o, es más, una intensificación positiva. Si los modelos ecológicos son eternamente productivos, por lógica, los modelos urbanos también pueden serlo.

Los arquitectos llevan reflexionando sobre instrumentos de física improbables desde la Edad Media. En el siglo XIII se desvelaron pruebas de la existencia del móvil perpetuo en los cuadernos de bocetos del arquitecto francés Villard de Honnecourt (Bowie 2006, 32-49). ¿Y si la ciudad del proyecto Rapid R(e)fuse fuera un instrumento que produjera más energía de la que consumiera a partir de fuentes renovables? En este caso, “no se podría tirar nada”. Cada pedacito sería una pieza vital de energía almacenada lista para ser reutilizada en un flujo cíclico de nutrientes (McDonough 1998, 5-57). Imaginamos Rapid R(e)fuse como una ciudad sin tubo de escape, una ciudad que no solo tiene impacto cero, sino que contribuye positivamente al entorno natural.

John Fitzgerald Kennedy dijo una vez: “Nuestros problemas son provocados por el hombre, por lo tanto, pueden ser resueltos por el hombre”2. El asunto que se plantea no es únicamente solucionar nuestros problemas ecológicos, sino también volver a un sistema de perpetuidad. Este es el único futuro posible para un verdadero urbanismo vivo, interconectado y metabólico. Las ciudades han pasado la era de la industrialización y han entrado en la era de la recuperación. Después de esta gran limpieza, podemos hacer la transición a un orden mayor: “los residuos positivos”. Se trata de un orden que capture nuestras necesidades socioecológicas: no una utopía, sino un lugar donde todo es valioso y nada se desecha.

Imaginar las ciudades ecológicas

¿Cómo debería prever el diseño urbano nuevas tecnologías instrumentalistas para las ciudades? Durante ciento cincuenta años, la innovación del ascensor ha influido más en el diseño urbano que la mayoría de los urbanistas. Los ascensores tuvieron un éxito increíble en la creación de ciudades compactas y más ecológicas. Imaginen lo que podría hacer por las ciudades la llegada del cinturón cohete. El diseño urbano se modifica considerablemente por estos dispositivos. Por ejemplo, los automóviles han definido los límites de las ciudades durante casi un siglo. Sin embargo, a diferencia del ascensor, podría decirse que el automóvil ha causado más problemas de los que ha resuelto. Tal vez sea hora de que el diseño urbano replantee tecnologías que se adapten a las ciudades, no que las limiten. Como disciplina diversa y extensa, puede iluminar sin esfuerzo el potencial tecnológico para las ciudades. El diseño urbano se posicionará satisfactoriamente mediante la producción de futuros escenarios a escala macro basados en innovadores dispositivos.

El físico y erudito Freeman Dyson afirma que la mejor forma de comprender nuestro futuro próximo urbano es examinar la ciencia ficción, no las previsiones económicas. Según su experiencia, la ciencia ficción es válida para décadas de logros tecnológicos. Desafortunadamente, los pronósticos económicos solo son precisos en un intervalo de cinco a diez años. La mayor parte de estos modelos económicos predictivos están basados en la cantidad y les resulta difícil extrapolar los indicadores asociados a la creatividad. La ciencia ficción es una extraordinaria forma de describir nuestro posible futuro urbano que no debería ser ignorada por los diseñadores urbanos.

Dyson (1988) está seguro de que la era urbana de la información derivará pronto en “la era de la biotecnología domesticada”. En su novela Infinite in All Directions afirma: “La biotecnología nos ofrece la oportunidad de imitar la velocidad y flexibilidad de la naturaleza”. Él imagina un reino de objetos funcionales y arte que los humanos “cultivarán” para su uso personal. Según un artículo de The New York Times sobre Dyson, “The Civil Heretic”, también cree que la información sobre el cambio climático es profundamente incorrecta. “Añadía el matiz de que si los niveles de CO2 se dispararan demasiado, podrían mitigarse mediante el cultivo masivo de ‘árboles que se alimentan de carbono’ plantados especialmente (Dawidoff 2009). Dyson no se ocupa de predecir el futuro, sino más bien de expresar las posibilidades. Estas expresiones están fundamentadas a lo largo de líneas de deseo social como una especie de optimismo relevante. Así, Dyson mide las necesidades de la civilización y promueve nuestras expectativas.

Durante siglos, las ciudades han sido diseñadas para dar cabida al teatro de nuestro deseo humano. Nos hemos unido a las filas de los que ofrecen un nuevo sentido de la ciudad, un sentido que favorece la obra de la naturaleza sobre los caprichos antropocéntricos. Luchamos constantemente por una perspectiva clarividente y profunda.

A cierto nivel, el diseño urbano reivindica esta posición que promete un futuro mejor. Numerosos profesionales y urbanistas sufren en cierta medida con esta búsqueda constante de dirección y clarividencia. Alex Krieger (2009) afirma enérgicamente que la vocación en el sentido más amplio es más una sensibilidad escrupulosa que una autoridad exclusiva. La profesión se debate entre las diferentes agendas incompatibles: teorías de peso y aplicaciones simplificadas, torres de marfil y nuevo urbanismo, marcas de creadores y ecologías radicales, formas vernáculas y estudios de futuro… Una de las principales directivas de mi grupo de investigación es localizar sagazmente la intersección de la tecnología y el urbanismo, especialmente bajo la rúbrica de la ecología. Nuestros proyectos varían desde subrayar los posibles efectos de las ciudades autosuficientes a estudiar las bandadas de cinturones cohete. Estas ideaciones nos hacen prosperar como investigadores del diseño urbano. Nuestra hipótesis es que la ciudad ecológica potencial tiene que ver con encontrar soluciones extremas para las situaciones extremas. Nuestro futuro depende fundamentalmente de la inmensidad que imaginen nuestras soluciones.

La imaginación es, por definición, una visión o concepto que evoluciona más allá de los límites existentes. Esta noción de la previsión puede interpretarse de muchas maneras distintas, cada una de las cuales destaca las ideaciones y procesos particulares que describen el siguiente evento. En Estados Unidos necesitamos esas nuevas visiones radicales que ayuden a resolver nuestro desastre global actual. Actualmente, el clima de la Tierra soporta un estado incesante de trauma. Buscamos recetas precisas que abarquen un amplio espectro para modificar este enorme dilema.

Prevemos estrategias para que la gente se adapte simbióticamente a su entorno natural. Para lograrlo consideramos todos los elementos posibles. Diseñamos motos, coches, trenes y dirigibles, así como las calles, parques, espacios abiertos, zonas culturales, centros cívicos y centros de negocios que componen la metrópoli futura. Durante siglos, las ciudades han sido diseñadas para dar cabida al teatro de nuestro deseo humano. Nos hemos unido a las filas de los que ofrecen un nuevo sentido de la ciudad, un sentido que favorece la obra de la naturaleza sobre los caprichos antropocéntricos. Luchamos constantemente por una perspectiva clarividente y profunda. Deseamos visualizar previamente una imagen de nuestro futuro colectivo todavía impreciso.

Nuestra previsión del diseño ecológico no es solo una filosofía que inspira visiones de sostenibilidad, sino también un esfuerzo científico focalizado. La misión es determinar las consecuencias de instalar un proyecto en nuestro entorno natural. Las soluciones proceden de numerosos ejemplos: hábitats de materia viva, grupos de altos edificios climáticos y tecnologías de movilidad. Estas iteraciones de diseño consiguen activar la ecología como símbolo productivo y como artefacto evolucionado. La investigación actual intenta establecer nuevas formas de conocimiento del diseño y nuevos procesos de práctica en interfaz de diseño, informática, ingeniería estructural y biología.

Nexo de extraterritorialidad, una nueva genealogía: investigaciones sobre las ciudades mediante la redefinición de la extraterritorialidad en el contexto de la ecología.

Ya no trazamos mapas de los territorios, los territorios trazan nuestro mapa. La humanidad está inscribiendo su enorme impacto sobre la superficie de la Tierra; estos nuevos territorios grabados no tienen fronteras, retratan lo que somos, lo que hemos hecho y a dónde nos dirigimos.

Dentro de estas formas globales de red y sus interrelaciones, desvelan nuestras ciudades y paisajes en constante cambio. Estas incalculables impresiones humanas están tejidas de una forma tan compleja que cada vez es más difícil distinguir entre la naturaleza, la cultura y el entorno construido. Excepciones fragmentadas definidas como zonas geográficamente autónomas de extraterritorialidad diseminan esas figuras interrelacionadas. ¿Qué oportunidades incondicionales existen dentro de esos procesos confinados?

El pensamiento utópico ha sido fundamental en nuestra evolución y será un paradigma necesario prever una interconexión de la extraterritorialidad y la ecología como un escenario novedoso de experimentación que cuestiona un diálogo innovador más allá de un conducto de sostenibilidad. Las investigaciones descritas por el nexo de extraterritorialidad se centran en la comprensión de los nuevos enfoques para la cosificación de la ciudad. Esto puede lograrse mejor mediante una mayor comprensión de estas excepcionales ecologías fragmentadas emergentes –y cómo se relacionan con la arquitectura y el diseño urbano– como instrumentos concisos para el desarrollo de la sociedad. Con el fin de verificar esta visión en un ámbito socio-ecológico, más allá de –un mundo de motivaciones nulas como lo describen los defensores de la sostenibilidad–, el objetivo es estructurar una investigación de las condiciones urbanas mutables en la medida en que guardan relación con la crisis y los fenómenos globales. Hay una serie de preguntas que vienen a la mente al encarar esta difícil situación. ¿Cómo podemos integrar y reinventar el mecanismo político de extraterritorialidad ya existente como una herramienta excepcional para hacer frente a las perturbaciones sociales y ecológicas que predominan sobre nuestros paisajes urbanos? ¿Qué podemos aprender y extraer de nuestras nociones anteriores de las ciudades y la humanidad? Cuando nos enfrentamos a un desastre urbano absoluto como los de Puerto Príncipe, Nueva Orleans o Fukushima, ¿cuál es la magnitud del impacto de la arquitectura, si lo hay? Tras la destrucción de Fukushima, y muchos lugares similares, la intervención genuina de la arquitectura ha sido ineficaz. Hoy en día los sucesos ocurren con tal velocidad y complejidad que ya no hay nada seguro. Un gran número de personas vive en un mundo donde las economías y las culturas locales están estrechamente vinculadas a las globales, por tanto los efectos se propagan con una enorme velocidad y consecuencias (Sassen 1996).

Las perturbaciones naturales y sintéticas son dinamismos de inmensa fuerza que separan los mundos. Guías y leyes gubernamentales de todo el mundo esbozan soluciones detalladas para las operaciones de rescate en las situaciones de crisis. Los planes de mitigación de riesgos, los escenarios militares y las estrategias de crisis son directivas instrumentales que ofrecen a la sociedad un mecanismo de seguridad para prevenir y superar los peligros creados por las fuerzas de los desastres naturales, incendios, corrimientos de tierras, terremotos, huracanes, inundaciones y tsunamis, así como la delincuencia, la violencia, los actos de terror, la guerra y la destrucción. Planeados con todo detalle, permiten a sus creadores saciar a la sociedad con una respuesta constante a las impredecibles demandas relacionadas con la influencia de las inestabilidades naturales y sociales de nuestro entorno construido3.

Tras el traumático suceso del 11 S, el acto de terrorismo sigue desensibilizando nuestra resistencia a conquistar nuevos retos. Los efectos de la catástrofe en el entorno construido y en sus habitantes continúan invadiendo la vida cotidiana. Nueva York ofrece un punto significativo para analizar las políticas de impacto y terrorismo. Ciudad de inmigrantes, muchos de los cuales están conectados con otras ciudades que han sufrido una catástrofe, hoy en día los ciudadanos de Nueva York tienen una contribución única que ofrecer a los numerosos proyectos urgentes de replantear las ciudades de todo el mundo. Para hacer frente a la devastadora destrucción tras los acontecimientos que tuvieron lugar el 11 de septiembre de 2001, la convocatoria para la reconstrucción del World Trade Center tuvo como resultado el mayor concurso de arquitectura del mundo, con la mayor cantidad de proyectos de la historia. Está implícita la urgencia de la restauración para que la población pueda recuperarse de estos tremendos hechos (Universidad de Columbia 2011).

Si vamos a estudiar las ciudades, también deberíamos estudiar lo que es radicalmente anticiudad. Las amenazas contra nuestras ciudades se miden en términos de bandas armadas o momentos de ataques terroristas perpetrados, así como de inestabilidades generadas por los desastres naturales; sobre todo esto se cierne asimismo el pensamiento apocalíptico de algo que simplemente podría aniquilar la totalidad de las ciudades. Las catástrofes nucleares marcan el único y verdadero indicador a largo plazo de la presencia humana en la tierra. Las armas creadas por la geología, los minerales convertidos en sobrenaturales, posterrestres, a través de la intervención antropológica, forman un poder destructivo que los convierte en un antipaisaje ubicuo, algo que ninguna geografía, construida o natural, puede resistir.

El peor desastre nuclear que golpeó a Japón desde que una única bomba cayó sobre Nagasaki en 1945 se produjo en la primavera de 2011, en la planta nuclear de Fukushima, después del épico tsunami (Hirose 2012). La gran liberación de radiación y el temor a esta ha obligado a los japoneses y a otros pueblos de todo el mundo a reflexionar sobre lo que le ocurrió al país en 1945 y sobre la continua amenaza actual de las armas y la energía nuclear. El 6 de agosto de 1945 se lanzaba la primera bomba atómica desde un avión estadounidense sobre los 245 000 habitantes de Hiroshima. La mayor parte de la ciudad fue destruida y murieron miles de habitantes. Algunos de sus habitantes sobrevivieron y sufrieron los aplastantes efectos de terribles quemaduras y enfermedades radiactivas. Las vidas de seis de esos supervivientes se narran en los días posteriores al bombardeo. Hiroshima, de John Hersey (1989), una obra maestra del periodismo, narra lo que sucedió ese día. Más de seis décadas después de los sucesos de Hiroshima, un nuevo activismo de los supervivientes del bombardeo hace campaña contra la energía nuclear que ha proporcionado la mayor parte de las necesidades energéticas de su país. Los supervivientes, que ahora se denominan hibakusha, se han convertido en el objetivo de la política y del movimiento por la paz. La lluvia radiactiva en Fukushima, el desastre nuclear más reciente, nos recordó a todos que no existen límites para las amenazas. Provocada por un terremoto que desató un tsunami y afectó a la costa de Japón destruyendo la planta de energía nuclear de Fukushima, fue solo el comienzo de algo que afectará a toda la vida futura en la Tierra y más allá. El efecto inmediato del desastre en la ciudad lo constituían tres elementos: los edificios, las comunicaciones y el transporte. Una fase más ominosa del desastre apareció después de hacerse pública la primera explosión en la planta nuclear de Fukushima Daiichi. Cortes de energía, escasez de productos y advertencias sobre la radiación y la salud siguieron a esta información, todo ello acentuado por la incertidumbre sobre las consecuencias reales de este impacto. En menos de una semana, la nube nuclear llegó a la costa de California continuando su viaje a través del país en dirección a Europa y Asia. Transportada por las fuerzas eólicas y fuertes corrientes marinas, los efectos de la amenaza son incalculables y su longevidad es previsible. Este periodo de sufrimiento, restricciones y sobriedad fue una reminiscencia de las luchas de los años de posguerra y, aún más atrás, de los años posteriores al terremoto que destruyó Tokio en 1923. A pesar de las dificultades, los años de reconstrucción fueron tiempos de energía y aspiraciones en los que se construyeron una nueva ciudad y un nuevo país.

En las décadas de 1950 y 1960, la arquitectura fue la respuesta inmediata a la amenaza de las armas nucleares mediante el diseño de refugios atómicos como parte fundamental de la estrategia de defensa civil (Monteyne 2011). En una era de armas nucleares, el gobierno federal –cuya tarea era proteger a los ciudadanos y comunidades estadounidenses– confió en la experiencia arquitectónica para estudiar, diseñar y construir refugios atómicos. Durante el apogeo de la guerra fría, los arquitectos y planificadores urbanos se convirtieron en instrumentos de la importancia y eficacia de los refugios antinucleares construidos a tal efecto, los que les concedió el estatus de expertos. A la larga, la arquitectura para la planificación de la defensa civil en Estados Unidos fue un fracaso debido a la falta de fondos federales, a las contradicciones y ambigüedades en el diseño del refugio nuclear y a la creciente resistencia a sus implicaciones políticas y culturales. Sin embargo, la asociación entre la arquitectura y la defensa civil influyeron en la percepción y el uso de los espacios urbanos y suburbanos. El resultado de esta arquitectura búnker fue una filosofía de construcción y urbanismo que cambió su enfoque de la aniquilación nuclear a los disturbios urbanos (US Department of Defense 1961).

El futuro no será igual al pasado, pero la alteración de una parte desata legados de reacciones en la otra. El hip-hop, movimiento cultural de Nueva York en la década de 1970, procede en muchos aspectos de una alteración –la alteración de un barrio y una comunidad en el Bronx con una infraestructura masiva de autopistas que pronto margina a la vecindad, llevando a las bandas recién formadas a expresar este impacto a través de retratos acústicos de su entorno alterado–. Robert Moses fue la figura principal de estos enormes proyectos y prácticas de renovación urbana en la ciudad de Nueva York a mediados del siglo XX (Caro 1975). Ante la destrucción de otra vecindad local en 1961, la activista comunitaria Jane Jacobs (1992) logró el respaldo popular para bloquear el proyecto de renovación urbana de Greenwich Village, lo que jugó un papel decisivo en la anulación del Lower Manhattan Expressway.

Los sucesos globales identificables como volátiles disturbios sociales, políticos, económicos y ecológicos están afectando al frágil ecosistema mundial y, en última instancia, influyen en la forma en que actualmente imaginamos las ciudades del mundo. La comprensión de los procesos y entornos inestables se traduce en un intento de crear un nuevo orden global sugerente y contemporáneo que reconozca un continuo flujo espacial de las zonas extraterritoriales y utilice su excepción como herramienta progresiva para imaginar nuestro futuro. Una investigación sobre la extraterritorialidad surge como un nexo para explorar las alteraciones ecológicas y sociales como herramienta activa para reinventar e imaginar nuestras ciudades y vastas redes de hoy en día. El marco para esta emergencia define nuestra historia presente y futura: hay que crear el impacto con el fin de reconocer estos procesos como un impulso positivo para regenerar nuevos paisajes de emergencia.

Los lugares extraterritoriales están situados fuera de la soberanía y jurisdicción que los rodea o linda con ellos. Los tratados de propiedad internacionales demarcan los aeropuertos y puertos, las aguas internacionales, los fondos marinos internacionales, la Luna, el espacio exterior, la zona internacional, las Naciones Unidas, la Antártida, los bienes raíces extraterrestres… Estos espacios aspiran a ser mundos dentro de sí mismos, y proporcionan una cruda evidencia de la debilidad, resistencia o violencia que conllevan estos enclaves. Jurisdiccionalmente ambiguos, están impregnados de mitos, deseos y capital simbólico (Easterling 2007). La condición de extraterritorialidad, que se define por su segregación, transforma estos espacios híbridos en espacios que intentan crear vastos lugares utópicos imaginados y un nuevo orden socio-ecológico radical. Estas nuevas características de nuestro tiempo pueden vislumbrar el poder de nuevas transformaciones y procesos intensos de conectividad global, donde el choque cultural y la segregación proporcionen nuevas técnicas para un diálogo sobre la composición política de nuestros paisajes urbanos (Weizman, Franke y Keenan 2005).

La necesidad de toda las escalas: diseño planetario en la era de la globalidad

La globalización tiene un resultado final; no es interminable. Sin recursos, la humanidad se dirige hacia la era de la globalidad, el estado final del proceso de globalización. La globalidad es el final del juego, un estado terrestre con todo incluido. En este mundo totalmente conectado, las poblaciones competirán unas con otras en todas partes, por todo, en todo momento y en todas las escalas. Los amplios vínculos de comunicación en red se invertirán, desarrollando economías mundiales y logrando que las naciones desarrolladas se corroan parcialmente si no ceden. Un estado de equilibrio planetario concebible debería influir con profundas transformaciones en los principales sectores de la industria, el comercio, la gestión de recursos, la infraestructura, la tecnología, la energía y la gobernanza. ¿Qué aspecto tiene el diseño en esta condición saturada de globalidad?

El economista estadounidense Jeremy Rifkin sugiere que la edad moderna se ha caracterizado por un “espíritu prometeico”, una inagotable energía que se alimenta de récords de velocidad y soluciones rápidas, sin pensar en el pasado ni preocuparse por el futuro, y que solo existe para el momento y la solución rápida (Rifkin 2000). Los ritmos terrenales que caracterizan un modo de vida más bucólico han sido dejados de lado para hacer paso a la vía rápida de una existencia urbanizada. Perdidos en un mar de perpetua transición tecnológica, los humanos de hoy en día se encuentran cada vez más alejados de la coreografía ecológica del planeta. La humanidad espera que jets comerciales colapsen el espacio de un continente en cuestión de horas. Hemos perdido en parte el sentido de la escala, el tiempo y la distancia.

La escala también determina nuestra profunda conexión con el lugar. Las conjeturas ambientales de Yi Fu Tuan (1974) transmiten el conocimiento y el amor al lugar con descripciones, mapas e itinerarios que permiten a la gente apreciar el lugar donde viven del mismo modo que los aborígenes o los animales. Esta literatura también intensifica la experiencia de los lugares cotidianos con nuevos hechos y mecanismos retóricos que pueden recalibrar los alrededores conocidos para mantener vivo un sentimiento del país por descubrir en las cercanías. Estos textos dirigen el conocimiento, tanto intuitivo como oficial, hacia la “topofilia”, el amor por el lugar. La intención es ampliar nuestro sentido de la tierra, no limitarla a un solo tamaño. Necesitamos la proximidad del terreno, no el distanciamiento.

Los desastres de Chernobyl y Fukushima ya demostraron la influencia de largo alcance sobre la salud ambiental de todo el mundo y finalmente sobre los mercados financieros mundiales. Los efectos de escala se transfieren constantemente entre lo irreductible y lo descomunal. Pequeños cambios se ramifican en resultados masivos y viceversa. La globalidad opera a todas las escalas simultáneamente sin dar prioridad a una forma. Su propia naturaleza implica cambios inconmensurables de tamaño. Las propuestas de reflexión en el marco de categorías estrictas de escala son caducas y contra-intuitivas. Charles y Ray Eames (1968) facilitaron el caso perfecto. Ilustrada en Powers of Ten, la escala está adecuadamente definida en claros marcos cuadrados. El punto de su animación es cruzar las diferentes percepciones de la escala de manera coherente. Su concepto es capacitar a las personas para visualizar los intervalos de observación fundidos en uno. Desafortunadamente, unos cuantos espectadores también interpretan esto como que hay que agrupar sitios y cosas en escalas específicas. Eso es un descuido común del mensaje de Powers of Ten. Nada ocurre en un solo marco de espacio/tiempo. El encuadre puede ayudar a estudiar un fenómeno en un momento determinado, pero las cosas siempre se mueven. Además, unir artificialmente un lugar a una escala numérica es en cierta medida aleatorio y arbitrario. ¿Qué ley afirma que las medidas deben estar expresadas en unidades divisibles por diez? En sus conferencias, Jamer Caza subraya esto perfectamente haciendo referencia a la película This is Spinal Tap. Una escena en particular muestra al actor, Christopher Haden-Guest, refiriéndose a su equipo de amplificación de guitarra con un botón de volumen que llega hasta once. Dentro de la idea central de esta narrativa absurda, se presenta la escala como algo realmente caprichoso.

Rem Koolhaas y Bruce Mau (1995) pretendían subrayar la escala en el libro S, M, L, XL, pero también hacían referencia a los umbrales intermedios y a la diferenciación de proyectos. Una lectura falsa de S, M, L, XL es suponer que los trabajos de la Office for Metropolitan Architecture (OMA) encajan limpiamente en categorías medibles por una unidad ordenada. ¿Qué es exactamente un proyecto “pequeño”: ¿un detalle de la bisagra de una puerta, un ascensor, un revestimiento de madera? Más notablemente, ¿qué proyecto “pequeño” no tiene impactos significativos en una escala XL? Todo tiene sus repercusiones. Por supuesto, Rem Koolhaas y su grupo son plenamente conscientes, pero tal vez hayan fracasado en comunicar su grandioso mensaje en el título. Al igual que Powers of Ten, subraya una simplificación explícita en grados de cambio. El urbanismo no puede compilarse en categorías ordenadas definidas por tamaño. El diseño necesita escapar de la cuestión emblemática del tamaño, especialmente en lo que se refiere a un planeta. Un solo tamaño no sirve para todos; más bien, todos los tamaños sirven para uno.

Visualizar en una escala es notablemente problemático. Un análisis comparativo de las opiniones de Johann Wolfgang von Goethe e Isaac Newton demuestra mejor esta afirmación. Goethe fue precursor de una lúcida descripción global del color dentro de un contexto perceptivo humano. Transmitió ardientemente que los colores estaban definidos por una relación inseparable que denominó Teoría de los colores (Goethe 1970). Un color no puede ser reducido a un elemento individual. Necesita el marco de otros colores y circunstancias para poder ser percibido totalmente como un fenómeno observable por los seres humanos. Goethe proclamaba que para identificar el azul es necesario, a algún nivel, reconocer el rojo, el naranja, el amarillo y todo el espectro. Newton (1730), por el contrario, trataba el color analíticamente y veía cada color como longitudes de onda discretas en un espectro óptico. Newton conjeturaba que es totalmente posible observar un color desconectado de su esfera. Cada color tiene una frecuencia particular y puede ser definido como tal. Aunque ambos pensadores están en lo cierto, el problema que tienen los profesionales del diseño con la escala es idéntico. La escala puede ser newtoniana y verse en un marco de referencia unificado. Sin embargo, la escala se percibe mejor integralmente en relación con otras escalas para poder entender su verdadero fenómeno.

La mayoría de los diseñadores arquetípicos tolera la tendencia a dividir los conceptos en unidades específicas. Con ello pretenden ayudar a comprender o visualizar mejor el problema. Sin embargo, esto es inherentemente erróneo. El diseño es una presciencia que afecta a todas las disciplinas y no puede ser conceptualizado como un área enmarcada o contenida. La condición de globalidad y escala asevera una reestructuración de las profesiones del diseño tal como las conocemos. Esto exige una nueva generación de diseñadores que puedan especular y producir a nivel nanoescala proezas de geoingeniería y más. A estos pensadores puede denominárseles diseñadores planetarios.

Como una comunidad globalizada meta-Pangea, el diseño está obligado a ser generalizado. Simplemente no puede regularse a una sola escala o ámbito de proyecto. Si es así, su importancia y utilidad disminuyen considerablemente. Las principales operaciones de la escala y los sistemas que la implementan limitan y confunden la complicada realidad de los problemas de diseño. Cuanto más se usa, más fracasan los diseñadores en visualizar la imagen completa. El diseño asistido por ordenador es parte de esta disyuntiva, tanto una solución como un problema.

La mayor parte del software de diseño obliga involuntariamente a los diseñadores a las formas de medida. En cuanto se abre el archivo, se les pide que definan las unidades de medida, las ventanas gráficas y la escala. Esto no ocurre cuando una persona toma un lápiz. La libertad para dibujar y por tanto conceptualizar sin límites es prácticamente inestimable. Parafraseando a Frank Stella, “los artistas no piensan en unidades”.

Nuestro futuro en la arquitectura reconoce que hay una incalculable calidad ecológica que va mucho más allá de los límites del lugar de construcción. La arquitectura del futuro, o incluso del presente, debe entenderse sin una escala solitaria. Debe ser planetaria, con un alcance que incluya desde los límites exteriores de la atmósfera hasta las regiones más profundas del espacio interior.   

La capacidad de procesamiento de los ordenadores distorsiona las implicaciones de la medida. El software permite una flexibilidad aparentemente ilimitada. Los operadores pueden cambiar del detalle más pequeño a los componentes más grandes. Es posible ampliar de forma infinita hacia el exterior en regiones enteras. Por un lado, supone una capacidad de visualización tremendamente eficaz. Consideremos el diseño de un clavo de rail y su conexión con la vía: podemos ampliar esas vías, continuar ampliando todos los trenes de esas vías, salir de la estación Pensilvania y finalmente de toda la región metropolitana de la ciudad de Nueva York. Es una herramienta realmente impresionante. Sin embargo, el software no hace distinción alguna entre las reglas de la física y las fuerzas naturales que rigen cada capa ampliada. En muchos casos, las limitaciones actuales de la memoria tampoco proporcionan todos los detalles esenciales dentro de cada zona consecutiva. Además, no se describe el comportamiento material y químico de los objetos y lugares relacionados unos con otros más allá de la localización geométrica. Es cierto que la tendencia actual es reestructurar la informática para que tome en cuenta estas características que faltan. Imaginemos un programa de ordenador que simule por completo el ecosistema de la tierra y toda la mecánica cuántica asociativa. Sería un mapa del mundo de Jorge Luis Borges con una especificidad tal que guardaría una correlación con el tamaño exacto del mundo de 1:1 (Borges 1975).

Otros escenarios de escala relacionados con el planeta están representados en The End of Nature de Bill McKibben (1999). McKibben recopila las últimas pruebas científicas sobre el efecto invernadero, el agotamiento de la capa de ozono y toda una desgarradora serie de desastres ecológicos, y explica sin lugar a dudas las consecuencias aterradoras de la destrucción que han causado las ciudades a nuestro planeta. Cuestiona la histeria ecológica y las previsiones científicas razonables. En uno u otro enfoque, The End of Nature tiene una posición filosófica. McKibben habla con confianza sobre el significado de esos cambios, sobre la miseria de la vida donde no hay escape posible de la humanidad. Aunque la civilización ha saqueado y contaminado la tierra durante siglos, en el pasado esas agresiones eran relativamente localizadas; ahora, con los cambios globales causados por los gases de efecto invernadero y el agotamiento de la capa de ozono, el hombre y las ciudades han alterado los procesos más elementales de la vida en todo el planeta. La naturaleza misma se ha contaminado, convirtiéndose en el equivalente de una enorme sala climatizada. Al convertir la naturaleza en un –artefacto– o un subproducto del desarrollo económico, la sociedad ha perdido algo de gran importancia: la naturaleza como una fuente casi celestial de significado y valor supremos. Esta pérdida es lo que McKibben denomina desastre apocalíptico. El final de la naturaleza es algo independiente del hombre, más grande que él, y no controlado por él. En este mundo nihilista cada espacio medible se ve afectado por la interferencia humana. Aquí, hasta el derecho de toda la vida a respirar se ha visto afectado.

Múltiples diseñadores y planificadores sienten una creciente inquietud en los últimos años por revelar “las verdaderas ventanas” a la naturaleza para evitar su fin. Estos profesionales destacan en sus diseños los procesos ecológicos para que los usuarios del entorno puedan experimentar, comprender y apreciar estéticamente las escalas de esos procesos. En la práctica, la revelación de los procesos ecológicos ha significado de todo, desde recoger el agua de lluvia de la superficie de la tierra antes de que se drene por el alcantarillado hasta plantar una hilera de árboles en una plaza urbana donde antes existía un arroyo. Además, los procesos ecológicos revelados pueden ser realmente naturales, en el sentido de que podrían continuar subsistiendo sin la gestión de la sociedad, o pueden ser sistemas de ingeniería profundamente artificiales que necesitan una supervisión implacable si tienen que subsistir en un contexto urbanizado. En última instancia, la intención es hacer visibles las escalas de ecología y por tanto exhibir un supuesto espectáculo de belleza que de otra manera no podría presenciarse.

Nuestro futuro en la arquitectura reconoce que hay una incalculable calidad ecológica que va mucho más allá de los límites del lugar de construcción. Es evidente que los principios ecológicos incluyen una red de conceptos interconectados, y dentro tiene que encajar un metabolismo vivo y saludable. Por lo tanto, la arquitectura del futuro, o incluso del presente, debe entenderse sin una escala solitaria. Debe ser planetaria, con un alcance que incluya desde los límites exteriores de la atmósfera hasta las regiones más profundas del espacio interior.

El nuevo y sofisticado campo de la geoingeniería, por ejemplo, constituye una muestra de la falta de comprensión de la escala. En geoingeniería se realiza un esfuerzo en el ámbito de todo un continente. Los geoingenieros producen resultados equivalentes al canal de Panamá como proezas cotidianas. Al analizar las consecuencias y los dispositivos que pueden causar cambios a nivel regional, no debemos analizar solo la propia región, sino todo el hemisferio, varias megalópolis, así como el sistema biológico más imperceptible. Debemos ser conscientes de que hay una especie de arrogancia, un heroísmo y poder ilimitados al conquistar la naturaleza. Diseñar modificaciones a escala continental sugiere que los accidentes serán inigualables.

La cuestión de la escala parece proliferar en la discusión y la polémica sobre las ciudades ecológicas. La escala es un término generalizado en ingeniería, arquitectura, urbanismo y diseño. Sirve como punto de referencia constante y definitivo para ayudar a dilucidar un determinado proyecto, aunque no está libre de fallos. Hemos separado nuestras disciplinas profesionales, los ámbitos del proyecto y el lenguaje de programación en términos de tamaño, una suposición redundante en la era de la globalidad. La forma en que los diseñadores podemos jugar un papel importante en este territorio expansivo y estar a la altura de nuestro mérito proléptico es algo digno de mayor comprensión. La responsabilidad de los diseñadores es reestructurar el punto medio, el de transición y el de nexo. En este caso, la infraestructura con directivas ecológicas innovadoras aplicadas se convierte en el penúltimo objetivo antes de reformar totalmente el mundo. Las operaciones de infraestructura determinan una amplia gama de circunstancias. La infraestructura en todas sus dimensiones y alcances es la frontera actual. Frente a las soluciones tecnológicas, sociales y ecológicas ya implementadas de otras disciplinas, las innovaciones de diseño están siendo mermadas rápidamente, si no superadas, por otras áreas competitivas. Los diseñadores debemos tomar medidas y modificar nuestra postura en todas las escalas y morfologías con el fin de producir un efecto positivo en la comunidad global. Nuestra hipótesis se basa ante todo en un sucinto predicado: el final de la escala.

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Notas

  1. “Las ciudades no son máquinas ni organismos, y tal vez incluso lo parezcan menos […] En lugar de comunidades de organismos nopensadores sometidas a fases inevitables hasta que llegan a un determinado límite férreo […] las ciudades son el producto de seres capaces de aprender. La cultura puede estabilizar o alterar el sistema del hábitat, y no está claro si queremos que sea de otra manera” (Lynch 1984, 26-27).
  2. John F. Kennedy durante un discurso en la Universidad Americana, Washington D. C., 10 de junio de 1963.
  3. Ciudad de Los Ángeles, “Hazard Mitigation Plan” [Plan de Mitigación de Riesgos]. http://emergency.lacity.org/stellent /groups/departments/@emd_contributor/documents /contributor_web_content/ lacityp_019906.pdf
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