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Artículo del libro ¿Hacia una nueva Ilustración? Una década trascendente

Hacia la nueva Ilustración digital: el papel de la industria financiera

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La última década ha sido un periodo convulso. La crisis financiera y la incertidumbre ante los efectos de la globalización y la revolución tecnológica han llevado a un amplio cuestionamiento del orden global de democracia representativa y libre mercado. En este artículo se argumenta que para materializar el enorme potencial de crecimiento y bienestar para todos que representa la revolución tecnológica, y disipar ese clima de descontento y pesimismo, necesitamos una nueva Ilustración: una renovación de nuestras bases filosóficas y éticas y de la arquitectura política, económica y legal. Este puede ser un proceso largo y complejo, pero es posible dar pasos inmediatos, con reformas económicas y legales. La transformación digital de la industria financiera es una de estas reformas capaces de mejorar la productividad e impulsar un crecimiento más inclusivo.

Una década trascendente (y convulsa)

Vivimos un periodo convulso, en el que patrones políticos, económicos y sociales que parecían muy firmes, casi permanentes, están siendo radicalmente cuestionados. Sin duda, a ello ha contribuido mucho la crisis financiera que ha marcado la última década. Ochenta años después de la Gran Depresión, y después del periodo de mayor prosperidad global conocido, que arrancó con el fin de la Segunda Guerra Mundial y culminó con la «Gran Moderación» de los primeros años de este siglo, el mundo volvió a experimentar una profunda crisis económica de ámbito global.

BBVA-OpenMind-ilustración-gonzalez-nueva-ilustracion-digital_papel-industrial-financiera_Luminosos de neón de Times Square, con publicidad del mercado de valores Nasdaq el 30 de septiembre de 2008, dos semanas después de la caída de Lehman Brothers
Luminosos de neón de Times Square, con publicidad del mercado de valores Nasdaq el 30 de septiembre de 2008, dos semanas después de la caída de Lehman Brothers

La crisis, con sus secuelas de desempleo, rápido deterioro de las cuentas públicas y políticas de austeridad, ha afectado muy particularmente a los países más desarrollados. La caída del producto y de las rentas fue mayor y más prolongada; y los recortes en las políticas sociales han tenido un impacto mayor en sus poblaciones, tradicionalmente mucho más protegidas e inmersas en un proceso de rápido envejecimiento. Las dudas sobre la sostenibilidad del Estado de bienestar, que ya habían surgido anteriormente y habían dado lugar a reformas de corte liberal en muchos países, se han exacerbado. Además, estas dudas se han extendido a otros elementos clave del sistema liberal democrático. Así, han proliferado las opciones políticas populistas, las propuestas de soluciones autoritarias y se han debilitado la participación y la confianza de los ciudadanos en las instituciones y en las prácticas políticas y de representación democrática. En cambio, están en auge las soluciones populistas no intermediadas por las instituciones y los partidos tradicionales, que supuestamente representan al «pueblo» o al «verdadero pueblo» (Müller, 2017). El resultado es un aumento de la polarización política, con un debate mucho más sesgado y menos transparente, más centrado en el impacto a muy corto plazo que en la solución de los problemas y en la fabricación de enemigos y la confrontación que en la búsqueda de acuerdos. En paralelo, la información y la comunicación políticas se deterioran; las redes sociales favorecen la fragmentación de los medios y la polarización lleva al framing de las noticias o a formas deliberadas de desinformación, como las fake news.

Vivimos un periodo convulso, en el que patrones políticos, económicos y sociales que parecían muy firmes, casi permanentes, están siendo radicalmente cuestionados. A ello, sin duda, ha contribuido la crisis financiera que ha marcado la última década

En este entorno, los ciudadanos tienden a sentirse más inseguros y más pesimistas; por eso, se inclinan hacia soluciones más simples y drásticas y asumen identidades mucho más definidas y unidimensionales: nacionales, étnicas, religiosas, etcétera. El resultado de todo ello es una sociedad menos cohesionada, más dividida, y una mayor hostilidad frente a los que son percibidos como «diferentes» o «ajenos» y, particularmente, los inmigrantes. Sin embargo, estas actitudes de inseguridad y miedo (a los otros, al futuro) no se originaron con la crisis y han continuado en auge incluso durante la recuperación del crecimiento global en los últimos años. Ya en la década de 1990, el gran sociólogo Zygmunt Bauman (1998) acuñó el término Unsicherheit para denominar la combinación de incertidumbre, inseguridad y desprotección que percibía en las sociedades desarrolladas contemporáneas, y que él atribuyó a los efectos económicos, sociales y culturales de la globalización y a su difícil asimilación en contextos más próximos a las personas: nacionales, regionales o locales. Por otra parte, antes de la crisis, muchos economistas como Mary Kaldor (2004) explicaban fenómenos como los llamados «nuevos nacionalismos» como reacciones frente a la globalización. Y, ciertamente, muchas de las nuevas propuestas políticas y económicas se definen, explícitamente, como antiglobalizadoras. La globalización se ve cuestionada, y ese cuestionamiento alcanza al marco geopolítico en el que se ha desarrollado.

Tras el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos emergió como la única gran potencia hegemónica, garante de un mundo cada vez más abierto e interconectado (globalizado). Un mundo en el que parecía que el régimen liberal y democrático había triunfado y que se consolidaría progresivamente un orden mundial de democracias y economías de mercado crecientemente integradas. Pero esta visión del futuro resulta cada vez más incierta. La hegemonía de Estados Unidos ya no es tan nítida, por dos motivos principales. Primero, porque su peso en la economía global está disminuyendo, a medida que otras áreas, en especial China, crecen mucho más rápidamente. Y, segundo, porque Estados Unidos, tras la elección de Trump, ha adoptado una visión más unilateralista, centrada en sus intereses más inmediatos, en detrimento de su papel anterior como promotor de la democracia y del libre comercio. En paralelo, se están debilitando las iniciativas supranacionales de cooperación o integración económica (incluida la más ambiciosa de todas ellas, la Unión Europea), los acuerdos y organismos internacionales (como la OMC, fundamental para sostener la globalización) y los mecanismos de coordinación global de las políticas (el G8 o el G20).

Pero no se trata solo de la globalización. Sus impactos (atribuidos o contrastados, positivos o negativos) se entrelazan con los de la revolución tecnológica en marcha. Porque el avance tecnológico impulsa la globalización a través de la mejora en las telecomunicaciones y la mayor conectividad, y porque el ámbito global es el propio de la revolución tecnológica, en el que puede desarrollarse y extraer el máximo partido de su potencial. De hecho, a lo largo de la historia, los periodos de globalización y de aceleración del avance tecnológico normalmente han venido asociados.

El actual episodio de globalización se inició después de la Segunda Guerra Mundial, tras la Gran Depresión de 1929 y la reacción proteccionista y nacionalista a la que dio lugar. (Aquí, ciertamente, puede verse un paralelismo inquietante con la crisis de 2008 y la situación actual.) Y casi coincidiendo con la reorientación de la política y la economía globales arranca, en la década de 1950, la llamada «revolución de la información», que, desde entonces, se ha venido acelerando sin pausa. Esta ha sido una época de prosperidad global sin precedentes; la población mundial se ha triplicado y se han producido grandes mejoras de las condiciones de vida en la mayor parte del planeta con una reducción muy acusada del número de personas que viven en condiciones de pobreza (World Bank, 2018). Es imposible no atribuir al menos una gran parte de este buen comportamiento de la economía global a la globalización y a la revolución tecnológica, así como al fortalecimiento de las instituciones en muchos países emergentes. La extensión de los principios de libre mercado, el imperio de la ley y la mejora de la seguridad jurídica han ayudado a muchos países —sobre todo en Asia—, a dar un salto sin precedentes en su desarrollo, liderando e impulsando el crecimiento global. Al igual que siempre ha ocurrido en el pasado, la etapa de globalización y el avance tecnológico han aumentado la prosperidad y han creado más empleos que los que se han perdido (Mokyr et al., 2015). ¿Por qué, entonces, estos sentimientos de inseguridad, frustración y pesimismo?

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Reunión de emergencia en la oficina londinense de Lehman Brothers, en el distrito financiero de Canary Wharf, Londres, 11 de septiembre de 2008, cuatro días antes de la quiebra de la compañía y el inicio de la crisis financiera mundial

Como se ha señalado, la crisis y sus secuelas son parte de la explicación. Pero si fueran la única causa, estaríamos ante fenómenos temporales y se debería haber observado una mejora en este clima a medida que se consolidaba la recuperación poscrisis. Por eso, hay que profundizar más en los efectos de la globalización y el avance tecnológico, y uno de los más claros es el aumento de los flujos migratorios. La inmigración hacia los países desarrollados es necesaria, o incluso imprescindible para la sostenibilidad del crecimiento y de los sistemas de protección social. Sin embargo, los inmigrantes con mucha frecuencia son vistos como competidores «desleales» por los empleos con los locales, que contribuyen a mantener bajos los salarios y «acaparan» los servicios sociales. Por otra parte, la globalización y el avance tecnológico, aunque no hayan tenido efectos negativos sobre la renta y el empleo agregados en los países desarrollados, sí han afectado a su composición y distribución. En particular, se han reducido los empleos y deprimido los salarios en los sectores manufactureros. En primer lugar, porque muchos de estos empleos se han desplazado a los países emergentes, con costes salariales más bajos; en segundo lugar, porque la automatización y la digitalización han hecho redundantes muchos empleos rutinarios y repetitivos, en gran medida concentrados en esos sectores. En cambio, han aumentado los empleos en el sector servicios, más difíciles de automatizar, pero en su mayoría de baja cualificación y remuneración y por los que compiten también los inmigrantes (Autor y Solomons, 2017). Simultáneamente, la inestabilidad del mercado de trabajo y la mayor rotación de los empleos han generado una proporción creciente de empleos a tiempo parcial, temporales o por cuenta propia, lo que se ha denominado gig economy (Katz y Krueger, 2016). La debilidad del crecimiento de los salarios en los países desarrollados es uno de los efectos más claramente contrastados de la globalización y el avance tecnológico. En contrapartida, ha aumentado el número (y, sobre todo, la retribución) de los empleos de alta cualificación. Y los fuertes aumentos de la productividad, así como las economías de escala y de red de los sectores más digitalizados, que impulsan el surgimiento de monopolios globales, han llevado a grandes acumulaciones de renta y riqueza por segmentos muy reducidos de la población.

El estancamiento de los salarios y el aumento de la desigualdad en los países desarrollados a los que están dando lugar la globalización y el cambio tecnológico, así como la preocupación por el futuro de los empleos, a la vista de lo ya sucedido en muchos sectores, están en la base del actual clima de incertidumbre y pesimismo

En resumen, la distribución de la riqueza generada por la globalización y el avance tecnológico ha sido muy desigual. Los ganadores han sido los más ricos, tanto en los países desarrollados como en los emergentes, y los trabajadores y las nuevas clases medias de muchos países emergentes, principalmente en China e India. Los perdedores han sido los más pobres entre los pobres (fundamentalmente en áreas como el África subsahariana). También las clases trabajadoras y medias de los países desarrollados y de muchos de los países del antiguo bloque comunista (Milanovic, 2016). El estancamiento de los salarios y el aumento de la desigualdad en los países desarrollados a los que están dando lugar la globalización y el cambio tecnológico, así como la preocupación por el futuro de los empleos, a la vista de lo ya sucedido en muchos sectores, están en la base del actual clima de incertidumbre y pesimismo (Qureshi, 2017).

Una nueva sociedad para la era digital

Al descontento por lo que ya ha ocurrido, se suma la inquietud (la perplejidad) que generan la velocidad y la magnitud del avance científico y tecnológico. La revolución en las biociencias y la revolución digital aparecen como fuerzas capaces de transformar no solo nuestra economía y nuestra sociedad, sino nuestro cuerpo y nuestra mente.

La anterior revolución industrial se basó en las máquinas para superar los límites físicos de los humanos y los animales. La actual se apoya en las tecnologías digitales y las biotecnologías para superar no solo nuestros límites físicos, sino también los intelectuales y los propios límites naturales de duración de nuestra vida. Todo esto nos obligará, más pronto que tarde, a replanteamientos radicales de nuestra economía, sociedad y cultura, nuestros principios éticos e incluso las bases filosóficas fundamentales de nuestra existencia como individuos y como especie.

La revolución en las biociencias y la revolución digital aparecen como fuerzas capaces de transformar no solo nuestra economía y nuestra sociedad, sino nuestro cuerpo y nuestra mente

Ciertamente, resulta imposible prever la naturaleza y la profundidad de los cambios ante una revolución tecnológica de tal magnitud, tan acelerada, y que se encuentra en sus inicios. Podemos temer todo tipo de distopías, pero también podemos ver en la revolución tecnológica una gran oportunidad para mejorar el bienestar de los ciudadanos de todo el mundo. A lo largo de la historia humana, el progreso económico y el bienestar social han venido siempre de la mano del avance técnico. Y esta vez no tiene por qué ser una excepción. Sin embargo, esos efectos positivos se manifestaron tras un proceso de transición largo y difícil, con ganadores y perdedores. Cabe recordar, por ejemplo, la suerte de los jornaleros agrícolas y de los pequeños propietarios, las pésimas condiciones salariales y de trabajo en las fábricas, la explotación infantil y de las colonias en los comienzos de la primera revolución industrial. Aún más, todas las revoluciones tecnológicas, desde el Neolítico, que trajo la agricultura y la urbanización, han requerido largos y profundos procesos de cambio en distintos ámbitos. Por ejemplo, para que se desarrollara la primera revolución industrial en Inglaterra a partir de mediados del siglo XVIII fue necesario que se sucedieran numerosas innovaciones tecnológicas relevantes, de las cuales la primera, y quizá más importante, fue la imprenta ¡tres siglos antes! También fueron necesarios los grandes descubrimientos de finales del siglo XV y el siglo XVI, que aumentaron los recursos disponibles en Europa Occidental y, sobre todo, cambiaron la visión del mundo. Otro elemento imprescindible fue la revolución científica en los siglos XVI y XVII: Bacon, Galileo, Newton, Leibniz y tantos otros hicieron posible el surgimiento de la ciencia tal y como hoy la entendemos. En paralelo, se fue produciendo un cambio en los sistemas políticos con el nacimiento y el desarrollo de los Estados nación, la transición hacia las primeras (y limitadas) democracias parlamentarias y, posteriormente, las revoluciones americana y francesa.

Todo ello fue configurando un cambio radical respecto al pensamiento hasta entonces dominante. El nuevo modelo, que se sintetizó en lo que llamamos la Ilustración dio el gran paso desde una mentalidad básicamente religiosa y estamental, a otra basada en la razón y en los hechos, que reconocía los derechos individuales de todas las personas, fuera cual fuera su rango. Este cambio filosófico fundamental sustentó los procesos de modernización económica, política, social, cultural, jurídica e institucional que condujeron a las democracias parlamentarias contemporáneas y al régimen económico de libertad de mercado que, tras décadas de éxito creciente, y tras haber superado la alternativa comunista, ahora se ve cuestionado.

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Activistas de Oxfam se manifiestan durante la reunión del G20 de julio de 2017, cubriendo sus rostros con las máscaras de las caras de líderes políticos (en la imagen, Vladimir Putin y el anterior primer ministro italiano Paolo Gentiloni) que se dieron cita en Hamburgo, Alemania

Hoy, asistimos a una nueva revolución científica y tecnológica, la que se ha denominado la Cuarta Revolución Industrial (Schwab, 2016). Tenemos los recursos económicos y humanos para hacerla avanzar. Sin embargo, esta revolución está operando sobre unas bases que, en lo esencial, corresponden a la época industrial. Esas bases deben ser renovadas para impulsar la Cuarta Revolución Industrial, para encauzarla, limitar sus riesgos y maximizar y hacer partícipe de sus beneficios al conjunto de la población global. Necesitamos, en suma, una nueva Ilustración, que organice los avances científicos y tecnológicos en un nuevo marco filosófico, nos ayude a ajustar nuestros criterios éticos y oriente cambios legales y políticos. Sin duda, este es un proceso muy complejo. Completarlo podría llevar décadas y, desde luego, desborda la capacidad de cualquier estado u organización supranacional.

Nos esperan años de profundo debate entre visiones diferentes y a menudo opuestas. Pero debemos estimular este proceso y acelerarlo en la medida de lo posible. ¿Cómo? Impulsando la conversación, la confluencia de las ciencias «duras» y la tecnología con las ciencias sociales y las «humanidades»: filosofía, ética, incluso las artes. Hoy tenemos las herramientas para que este debate sea verdaderamente transparente y global y esté abierto a todos los que puedan aportar. En paralelo, y mientras este proceso discurra, es importante concentrarse en aquello que se puede ya revisar y adaptar a nuevas situaciones; esto se traduce, principalmente, en trabajar en dos áreas, a su vez, estrechamente conectadas: la económica y la jurídica.

Una nueva economía política, una nueva arquitectura legal

En el ámbito de la política económica, es importante, primero, impulsar y potenciar los efectos positivos de la tecnología digital, con reformas que fomenten la investigación, el desarrollo y la innovación, apoyen el emprendimiento, impulsen la transparencia y la competencia en los mercados y, finalmente, favorezcan las infraestructuras necesarias para el despliegue y la adopción de las tecnologías digitales.

El mercado de trabajo, como se desprende de las páginas anteriores, es otra prioridad. Es preciso desarrollar mejores políticas frente al desempleo. Políticas que ofrezcan una adecuada protección social, pero que no desalienten la búsqueda de trabajo en un entorno de alta rotación del empleo. También fortalecer las políticas activas, que favorezcan el reciclaje y la movilidad de las personas. Es imprescindible, además, modernizar la regulación para afrontar mejor las cuestiones que plantea una diversidad mucho mayor de situaciones laborales: autónomos, trabajadores a tiempo parcial… Pero, seguramente, el elemento más importante de todos es la educación. Porque es la herramienta más poderosa para asegurar la igualdad de oportunidades y la movilidad social. En definitiva, necesitamos más y mejor educación para cerrar la brecha hasta ahora creciente de la desigualdad. Sin duda, la revolución tecnológica va a demandar mejoras en la formación técnica así como proporcionar destrezas que sean complementarias, y no sustitutivas, con los avances tecnológicos. Y, por supuesto, impulsar la formación continua y el reciclaje. Pero esto no es lo único; ni siquiera lo más importante: vivimos y vamos a seguir viviendo en un mundo de cambio acelerado. Por eso, es fundamental que la educación promueva ciertos valores y actitudes: la valentía frente al cambio, el espíritu emprendedor, la resiliencia y la capacidad de adaptación y el trabajo en equipo, entre otros.

El extraordinario avance de las biotecnologías y las tecnologías de la información plantea también retos muy complejos a la actual arquitectura regulatoria y legal existente. Al afrontar estos retos, es fundamental buscar un equilibrio: controlar los riesgos de la tecnología, sin obstaculizar indebidamente la innovación ni limitar sus efectos positivos, en forma de mejoras de la productividad, el crecimiento y la calidad de vida. Y, además, todo ello debe hacerse de la forma más coordinada posible a nivel global. Potencialmente, la regulación de todas las actividades o esferas de la vida habrá de ser revisada. Sin embargo, se pueden destacar como prioritarios cinco ámbitos, muy estrechamente interrelacionados. El primero es el de la privacidad. Ya hay importantes iniciativas, como la Regulación General de Protección de Datos de la Unión Europea (GDPR, por sus siglas en inglés). Este es un buen primer paso, que en los próximos años habría que ir desarrollando y perfeccionando. Por otra parte, alcanza solo a los europeos. En última instancia, habrá que ir avanzando a nivel global hacia definiciones más precisas de los derechos de las personas sobre sus datos y mecanismos más sencillos y eficaces para proteger y hacer valer esos derechos.

El segundo aspecto es el poder de mercado. Las tecnologías digitales conllevan enormes economías de escala y de alcance y, por consiguiente, una tendencia «natural» hacia el monopolio. En la actualidad, por ejemplo, Apple y Google mantienen un duopolio en el mercado de sistemas operativos para teléfonos inteligentes. Facebook y Google, por su parte, dominan el mercado de la publicidad digital. Amazon se está volviendo cada vez más dominante en la distribución en línea y en la infraestructura de centros de datos. Estos son solo algunos ejemplos de fenómenos similares que podemos ver en otros muchos sectores como el transporte de pasajeros en las ciudades, la distribución de contenidos audiovisuales, etcétera. A este respecto, existe un elemento de preocupación. ¿Están las nuevas tecnologías socavando las estructuras de competencia que impulsaron el crecimiento en el siglo XX? Más allá del fenómeno de las plataformas antes citadas, distintas evidencias macroeconómicas muestran una creciente polarización de la productividad y las ventas en diferentes industrias (Van Reenen, 2018). La producción se estaría concentrando en un número pequeño de empresas con altos márgenes de beneficios.

En contrapartida, se argumenta que las nuevas tecnologías no estarían deteriorando los mecanismos de la competencia, sino simplemente cambiándolos; la concentración no estaría reduciendo los incentivos y las oportunidades para que todos compitan en condiciones de igualdad con el objetivo de convertirse, a su vez, en grandes empresas de éxito a nivel global. ¿Cómo podría ocurrir esto? Se argumenta que las nuevas tecnologías son fácilmente escalables y replicables. Esto debería favorecer la difusión de innovaciones generadas por cualquier empresa (incluidas las pequeñas) y limitar el abuso de poder por parte de los gigantes de la red. De hecho, aunque haya episodios de abuso de poder de mercado, por el momento no hay síntomas de colusión sistemática: los grandes de la red compiten entre sí por la captación de clientes y la expansión en nuevas actividades y mercados. Esta cuestión no está cerrada. Pero, en todo caso, el riesgo de una reducción permanente de la eficiencia en múltiples mercados debería llevarnos a diseñar políticas adecuadas de fomento de la competencia en el entorno digital.

Otro aspecto importante es la concentración de la renta y la riqueza en un número reducido de personas vinculadas a las grandes compañías tecnológicas. Al tiempo, los salarios a nivel general han crecido muy moderadamente —o no han crecido en absoluto durante años—. Esto crea una sensación de agravio que aumenta cuando se percibe que esas grandes compañías maximizan a nivel global su contribución fiscal, pagando impuestos donde les resulta más conveniente. Ciertamente, hay que mejorar el control de los ingresos y beneficios de estas compañías, al igual que el reparto de los impuestos entre las diversas jurisdicciones donde tienen clientes o actividad. No obstante, esto requiere un alto grado de coordinación internacional y mantener los incentivos adecuados a la innovación.

La educación es la herramienta más poderosa para asegurar la igualdad de oportunidades y la movilidad social. Necesitamos más y mejor educación para cerrar la brecha hasta ahora creciente de la desigualdad.
BBVA-OpenMind-ilustración-gonzalez-nueva-ilustracion-digital_papel-industria-financiera_Biblioteca del campus del Indian Institute of Management Bangaloro (IIMB), diseñado por el arquitecto indio Balkrishna Doshi
Biblioteca del campus del Indian Institute of Management Bangaloro (IIMB), diseñado por el arquitecto indio Balkrishna Doshi

También deben abordarse los problemas que han surgido en el ámbito de la información; la irrupción de nuevos medios digitales, incluidas las redes sociales, ha tenido un efecto distorsionador sobre la difusión de las noticias y la transparencia informativa. Y, por último, debe asignarse una alta prioridad a la ciberseguridad, que abarca desde los delitos cometidos a través de las redes sociales hasta las amenazas a la seguridad nacional de los países.

Todos estos elementos habrán de tenerse en cuenta en el futuro de las políticas tecnológicas y en su regulación. Se trata de una tarea extraordinariamente compleja, pero fundamental si queremos que la revolución tecnológica genere prosperidad y bienestar a la altura de su potencial.

BBVA-OpenMind-ilustración-gonzalez-nueva-ilustracion-digital_papel-industria-financiera_Varios manifestantes muestran pancartas durante una votación municipal en Seattle, pidiendo que graven un nuevo impuesto a las multinacionales con sede en la ciudad, entre otras a Amazon, como forma de combatir la subida de los precios de la vivienda
Varios manifestantes muestran pancartas durante una votación municipal en Seattle, pidiendo que graven un nuevo impuesto a las multinacionales con sede en la ciudad, entre otras a Amazon, como forma de combatir la subida de los precios de la vivienda

Y más allá de la regulación, que inevitablemente irá con retraso respecto a los desarrollos tecnológicos y de negocio, necesitamos definir y extender un enfoque ético a la generación y aplicación de los avances científicos y tecnológicos. Un enfoque que integre valores morales y culturales en desarrollos como las aplicaciones biotecnológicas o la inteligencia artificial. Por ejemplo, si pensamos que el sistema político democrático merece perdurar para las próximas generaciones, los sistemas de información que utilicen los gobiernos democráticos deben estar diseñados para favorecer los derechos humanos, el pluralismo, la división de poderes, la transparencia, la equidad y la justicia. De la misma forma, debemos velar porque los algoritmos de inteligencia artificial utilizados para el contacto con personas en cualquier negocio o actividad no estén sesgados, no discriminen en contra de ciertos grupos y no interfieran indebidamente en la libertad de sus procesos de decisión.

Para todo ello, necesitamos cambiar la forma en la que trabajamos con la tecnología, generando ecosistemas más abiertos, participativos y pluridisciplinares, en los que más personas puedan aportar ideas, talento y recursos. Tenemos, sin duda, la capacidad de desarrollar tecnología que no nos esclavice y que, en cambio, nos ayude a vivir mejor. Pero para eso, tenemos que incorporar valores éticos al diseño de esa tecnología. Si lo conseguimos, la Cuarta Revolución Industrial podría, efectivamente, ser mucho menos perturbadora y más inclusiva que las anteriores, una fuente de prosperidad y bienestar para todos.

Una nueva banca para una nueva sociedad

A este objetivo puede contribuir mucho un sistema financiero «digital», mucho más ágil y eficiente, capaz de mejorar la vida de las personas e impulsar un crecimiento más inclusivo. Las tecnologías digitales tienen un enorme potencial para impulsar esa transformación, con enormes beneficios para los consumidores individuales y las empresas, en términos de calidad, variedad, conveniencia y precio de los productos. Y permitirá, también, que miles de millones de personas de todo el mundo, pertenecientes a los estratos más bajo de ingresos, tengan, por fin, acceso a los servicios financieros, aumentando sus posibilidades de prosperar.

La última década ha sido un periodo muy difícil para la banca. Después del impacto durísimo de la crisis financiera, con la caída de muchos bancos y un efecto muy negativo sobre la reputación de la industria, esta afronta un periodo de crecimiento menor del negocio y de rentabilidad más baja, en un entorno de tipos de interés muy bajos y mayores requerimientos de capital. Al tiempo, los clientes han cambiado y demandan productos y servicios diferentes y nuevas formas de acceder a ellos. Y miles de nuevos proveedores (start-ups o, en algunos servicios, grandes compañías digitales) están atendiendo ya a estas demandas (Lipton, Shrier, y Pentland, 2016). Por tanto, en la transformación digital de la banca aparece un caso tanto de conveniencia para el bien general, como de necesidad del propio sector.

El panorama en el que se va a desarrollar esa transformación es muy complejo. A nivel global, el sector se está fragmentando por la entrada, cada año, de cientos de competidores que se suman a los 20.000 bancos que hay en el mundo. Al tiempo, la industria también se está desagregando; la inmensa mayoría de estos nuevos competidores rompen la cadena de valor de la banca, ofreciendo productos y servicios muy especializados. Pero esta tendencia tenderá a revertir en el futuro. Primero, porque la banca ya era un sector con sobrecapacidad, que ahora se está agudizando. Por tanto, es previsible que muchos bancos desaparezcan, junto con multitud de start-ups, cuya tasa de mortalidad es siempre muy alta. Por otro lado, la conveniencia de los usuarios demanda soluciones completas e integradas y, apunta, por tanto, a una reagregación de la oferta.

A la vista de lo ocurrido en otros sectores, lo más probable es que esta reagregación se consiga por medio de plataformas donde diferentes proveedores competirán y, a menudo, también cooperarán para hacer la mejor oferta a los clientes (González, 2017). Los «dueños», gestores de estas plataformas, controlarán la información que se genere en las transacciones y los accesos a los clientes finales, lo que representa un gran caudal de valor.

¿Qué tipo de empresas conseguirán esta posición? Quizá algunas start-ups especialmente exitosas; seguramente, alguna(s) de las grandes compañías digitales actuales y, probablemente, también, aquellos (pocos) bancos que sepan transformarse y adaptarse a este nuevo entorno.

Los bancos tienen una buena oportunidad para competir con éxito porque conocen su negocio, están acostumbrados a operar en entornos regulados y tienen la confianza de los clientes en una materia tan delicada como es el dinero. Y sobre esa confianza, y la información que tienen sobre sus clientes, pueden construir una plataforma que incorpore muchos más servicios. Sin embargo, el proceso de transformación necesario no estará al alcance de la mayoría. La competencia será muy dura.

Pero esa competencia es, precisamente, la que puede llevar a un sistema financiero mucho mejor, más eficiente y productivo, capaz de ofrecer mejores soluciones para un mayor número de usuarios —incluyendo los miles de millones que hoy no pueden acceder a los servicios financieros— y capaz, por tanto, de apoyar el crecimiento y un aumento del bienestar que incluya a todos.

Sobre la confianza de los clientes y la información que tienen de ellos los bancos pueden construir una plataforma que incorpore muchos más servicios. Sin embargo, el proceso de transformación necesario no estará al alcance de la mayoría

Ahora bien, en el ámbito financiero, como en otros, materializar el impacto positivo de la tecnología depende en gran medida de las decisiones que tomemos, tanto los agentes privados como los poderes públicos (y, en este caso, y muy fundamentalmente, los reguladores y supervisores). Porque el avance tecnológico, al tiempo que ofrece grandes oportunidades, entraña riesgos. Y una perturbación grave en el sistema financiero tiene efectos negativos muy importantes sobre el crecimiento, el empleo y el bienestar. Esta, precisamente, es la razón por la que el sistema financiero ha estado sujeto a una regulación particularmente detallada y estricta. Y, en esta ocasión, los reguladores financieros afrontan una tarea especialmente difícil. Primero, porque digital significa global y el nuevo marco regulatorio deberá tener un grado de homogeneidad internacional mucho mayor que el actual. Y, segundo, porque los procesos de consolidación y reagregación que antes señalaba, en un contexto de márgenes y precios a la baja (tal y como impone el mundo digital), nuevos competidores no acostumbrados a operar en un marco altamente regulado, modelos de negocio en continua transformación y cambio tecnológico incesante, van a incrementar grandemente el número de entidades fallidas y la probabilidad de problemas sistémicos (Corbae y Levine, 2018).

El esquema de regulación y supervisión financiera actual, que se concentra en la protección del consumidor y en requerimientos de capital y liquidez, no es adecuado para afrontar los retos de la innovación digital en la industria en tres áreas principales: la protección de los consumidores, la estabilidad financiera y el mantenimiento de un marco de competencia equilibrado. Es preciso construir una nueva regulación financiera sobre bases muy distintas. Una regulación que no se centre en cierto tipo de entidades, sino en las actividades y los riesgos que implican, cualquiera que sea la entidad que las realice; una regulación holística, es decir, que considere también la protección de datos, la ciberseguridad y la competencia. Y debe hacerlo teniendo en cuenta los diferentes ángulos de la cuestión (tecnológico, jurídico, financiero y competitivo). Una regulación transversal, fundamentada en una estrecha coordinación entre autoridades de diferentes sectores y países, que involucre al sector privado desde el comienzo del proceso de diseño de la regulación. Y, por último, flexible, capaz de adaptarse a un entorno cambiante, tanto lo que se refiere a la tecnología como en lo relativo a los modelos de negocio.

Ciertamente, este es un programa muy ambicioso, pero que puede abordarse de manera pragmática, a partir de seis prioridades: la protección de los datos y el acceso a los mismos, el desarrollo de la computación en la nube para la industria financiera, el cibercrimen, los nuevos desarrollos en el área de pagos, la facilitación de la innovación, permitiendo el desarrollo de innovaciones en entornos controlados (sandboxes) y, por último, la construcción de un terreno equilibrado, tanto para los nuevos entrantes como para las entidades ya establecidas.

En lo relativo a los datos, sin embargo, la regulación financiera es una prolongación de una regulación mucho más general del conjunto de los datos de las personas, incluyendo aspectos tan delicados como los médicos. Por eso, su desarrollo debe ligarse a los progresos que se están haciendo en el ámbito más general. Diferentes autoridades, incluyendo el FMI, el Comité de Supervisión Bancaria de Basilea y la Autoridad Bancaria Europea, ya están analizando estas cuestiones; sin embargo, su alcance es limitado y parcial, y ante la falta de coordinación global, las autoridades nacionales están abordando estos temas con enfoques diferentes.

Es imprescindible abrir un debate internacional sobre los temas clave y definir un conjunto común de principios. Este va ser un proceso largo y complejo, en el que los avances van a ser lentos, muchas veces parciales y siempre sujetos a revisión a medida que la tecnología y los modelos de negocio cambian. Pero es una tarea imprescindible para construir un mejor sistema financiero global.

Es preciso construir una nueva regulación financiera que se centre en las actividades y los riesgos que implican, cualquiera que sea la entidad que las realice; una regulación holística, es decir, que considere también la protección de datos, la ciberseguridad y la competencia

Y, además, o incluso por encima de una nueva (buena) regulación, necesitamos principios y valores éticos sólidos. La reputación, la confianza del cliente es, en este mundo digital, un activo tan valioso (o más valioso) que la mejor tecnología. Estos valores tienen que estar plenamente integrados en la cultura de las entidades que quieran tener éxito en la era digital. Y aquí es posible que los bancos, a pesar de sus errores pasados y los problemas de reputación que ha tenido la industria, tengamos una ventaja sobre otros competidores que provienen de otros sectores: los bancos siempre hemos sabido el valor de la reputación y hemos aprendido mucho en estos últimos años tan duros.

BBVA, impulsando la transformación de la industria financiera

BBVA comenzó su transformación digital, o «largo viaje digital», en 2007, hace ya más de diez años. No arrancamos de la nada. Desde el comienzo teníamos muy clara la visión de que la tecnología iba a transformar radicalmente nuestra industria. No se trataba, simplemente, de mejorar, incluso de manera drástica, la eficiencia de los bancos o de dotarles de nuevos canales «remotos» de distribución. Se trataba de convertir a los bancos en otro tipo de compañías diferentes, capaces de competir en un ecosistema completamente nuevo, con clientes diferentes de los del pasado y con competidores de otras especies.

Emprendimos entonces la ejecución de esa visión: una transformación profunda, que se basó en tres pilares: principios, personas e innovación. Empezamos a dotarnos de la mejor tecnología y a aplicarla a nuestras operaciones, a nuestro negocio. Pero siempre tuvimos presente que la tecnología es una herramienta al servicio de las personas: los clientes y, por supuesto, el equipo humano de BBVA. Pronto comprendimos que para ejecutar esa transformación hacía falta contar con el mejor talento. Y aplicar ese talento y esa tecnología para ofrecer las mejores soluciones a nuestros clientes y establecer una relación duradera con ellos, basada en la confianza. No solo su confianza en nuestra competencia técnica, sino, sobre todo, su confianza en que iban a ser tratados con honestidad. Disponer del mejor equipo humano y de una excelente reputación entre los clientes es clave en la banca. Por eso, siempre hemos dado el máximo peso a los valores: la prudencia, la transparencia, la integridad.

Los años transcurridos desde entonces han sido muy difíciles para la industria. Hemos atravesado la crisis y el periodo sucesivo de reforzamiento de la regulación y la supervisión, con el aumento correspondiente de las exigencias de capital y de caída de rentabilidad de la industria. La solidez de nuestros principios nos ha permitido salir fortalecidos de este duro periodo, sin ninguna inyección de capital púbico, ni siquiera de ampliar capital por razón de la crisis, como tuvieron que hacer tantos de nuestros pares.

Al tiempo, el avance tecnológico y su adopción por la industria han seguido acelerándose. Cuando iniciamos nuestro proyecto de transformación de telefonía inteligente estaba muy poco extendida —y las capacidades de los aparatos eran muy inferiores a las de ahora—. En 2007, Apple lanzó el primer iPhone y, en una década, el teléfono se ha convertido en el principal vehículo de interacción de los clientes con los bancos.

En BBVA hemos realizado una profunda transformación cultural; los principios básicos no han cambiado, pero sí las formas de trabajo, las estructuras de organización, los talentos y las actitudes que había que promover: la actitud positiva frente al cambio, la flexibilidad, el trabajo en equipo, la obsesión por el cliente, por mejorar siempre su experiencia

También esta ha sido la época de la eclosión de la computación en la nube y el big data. Y más recientemente, los desarrollos de inteligencia artificial y las tecnologías de registros distribuidos (distributed ledgers), base de blockchain, pueden ser la base de transformaciones aún más profundas y hoy en buena parte imprevisibles, en la industria durante los próximos años. Todos estos desarrollos han afectado a nuestro proyecto y nos han obligado a introducir cambios en su diseño original (algunos de mucho calado).

BBVA-OpenMind-ilustración-gonzalez-nueva-ilustracion-digital_papel-industria-financiera_Equipo trabajando con metodología de trabajo Agile, en BBVA
Equipo trabajando con metodología de trabajo Agile, en BBVA

Otro aspecto clave es la configuración del equipo. Para ejecutar con éxito un proyecto pionero se necesita el mejor talento. Y durante un tiempo resultó difícil atraer talento digital porque un banco convencional no parecía un destino obvio; esto, a su vez, retrasaba los avances creando un círculo vicioso. Pero con mucho esfuerzo nos fuimos convirtiendo en un lugar mucho más atractivo para trabajar, una mezcla exitosa de talento digital y talento financiero (que ya teníamos en abundancia) ha conseguido invertir la situación para desembocar en un círculo continuo en el que los avances en nuestro proyecto atraen más talento que nos ayuda a progresar aún más. Y en relación con el equipo humano, es clave la configuración de un grupo de dirección excelente, que entienda el proyecto, lo comparta y sea capaz de impulsarlo.

Por último, pero no menos importante, hemos venido trabajando en una profunda transformación cultural; los principios básicos no han cambiado, pero sí las formas de trabajo, las estructuras de organización, los talentos y las actitudes que había que promover: la actitud positiva frente al cambio, la flexibilidad, el trabajo en equipo, la obsesión por el cliente, por mejorar siempre su experiencia, el foco en la ejecución, la ambición por mejorar siempre, por plantearse grandes metas y perseguirlas con tesón.

A lo largo de esta década, nos hemos equivocado muchas veces: con la tecnología, con ciertos equipos, pero hemos aprendido de nuestros errores y hemos seguido trabajando. Hoy tenemos una tecnología puntera en la industria, pero, sobre todo, tenemos los equipos, los talentos, una organización (agile), el liderazgo y la cultura que nos permiten avanzar cada vez más rápidamente. Y todo esto se ha traducido en resultados muy importantes:

  • Nuestra aplicación de banca móvil en España ha sido considerada por Forrester como la mejor del mundo en 2017 y 2018 (y la segunda mejor la de nuestro banco en Turquía, Garanti).
  • En junio de 2018 el 46% de nuestros clientes eran digitales y el 38% móviles. En 2019 serán más del 50%. Y las ventas digitales se aproximan al 50% del total.
  • Y lo que es más importante: la satisfacción de nuestros clientes digitales es muchísimo más alta que la de los convencionales. En gran medida, por eso nuestro índice global de satisfacción de los clientes está subiendo continuamente y ya somos líderes en la mayor parte de los países en los que operamos.

Hoy, BBVA está en la vanguardia del sistema financiero global. Queda mucho por hacer: la tecnología cambia constantemente, surgen nuevas ideas, nuevos modelos de negocio, nuevos competidores cada vez más fuertes. Pero esa competencia es la que nos permite cada día «poner al alcance de todos las oportunidades de esta nueva era», tal y como establece nuestro propósito, y contribuir a mejorar el sistema financiero global.

Bibliografía

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