Animales al borde de la desextinción

La quagga, una cebra surafricana con franjas solo en la mitad de su cuerpo, se extinguió el 12 de agosto de 1883, cuando murió el último ejemplar en el zoo de Ámsterdam. Un siglo después, en 1988, la quagga volvió a la vida. Según un viejo lema ecologista, la extinción es para siempre, pero los avances actuales están logrando que la desextinción de especies sea una posibilidad cada vez más al alcance de la ciencia.

La nueva quagga no es exactamente el mismo animal que la vieja. Gracias a que se han conservado 23 pieles repartidas por museos de todo el mundo, en 1984 pudo analizarse por primera vez el ADN de un animal extinto. El análisis del genoma mitocondrial reveló que este equino no era una especie separada, sino una subespecie (Equus quagga quagga) de la cebra común (Equus quagga). Un equipo de investigadores de Suráfrica tuvo entonces la idea de que mediante cruces selectivos de cebras sería posible restaurar el fenotipo de la subespecie original.

Así, en 1987 nacía el Proyecto Quagga, que al año siguiente produjo el primer potro de lo que se han denominado Rau quaggas, en honor al fundador del proyecto, Reinhold Rau. Los científicos no pueden estar seguros de que el resultado sea una verdadera quagga, ya que no se conoce en detalle el genoma de la subespecie. Pero con animales cada vez más parecidos en su aspecto a la quagga original, los investigadores esperan algún día repoblar los antiguos dominios de este herbívoro africano.

Cronología interactiva: La resurrección de las especies

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El Proyecto Quagga ha sido el primero de la era de la genética en emplear el procedimiento de cruces selectivos para tratar de recuperar un animal extinguido, pero hubo otros intentos anteriores. En 1921 los hermanos y zoólogos alemanes Heinz y Lutz Heck pusieron en marcha un programa de cría para restaurar el fenotipo del uro (Bos primigenius), el ancestro salvaje del ganado vacuno actual, extinguido en Polonia en 1627. Los dos científicos, con el apoyo posterior del régimen nazi, crearon así una nueva raza llamada Heck a la que se le suponen rasgos parecidos al uro.

Los cruces selectivos son una aplicación del método clásico de selección artificial repasado por Charles Darwin en El origen de las especies y empleado por el ser humano desde antiguo para obtener nuevas variedades de animales domésticos. Pero son las nuevas tecnologías de bioingeniería desarrolladas en las últimas décadas las que para científicos como Gwen Iacona, experta en biodiversidad de la Universidad de Queensland (Australia), hoy están convirtiendo la resurrección de especies en una realidad: “El camino técnico está progresando muy deprisa y algunos tipos de desextinción ya están ocurriendo”, apunta Iacona a OpenMind.

Animales clonados

El primer paso en este camino es la clonación, una técnica que en 1996 dio como fruto la oveja Dolly, el primer animal clonado utilizando ADN de una célula adulta. En 2003, un equipo de investigadores españoles y franceses logró por primera vez la obtención de un clon de un animal extinto, el bucardo (Capra pyrenaica pyrenaica), la subespecie pirenaica de la cabra montés ibérica, extinguida en 2000. La clonación fue posible gracias a que se habían conservado células congeladas del último ejemplar, pero la cría nació con un defecto en los pulmones y murió a los pocos minutos de nacer.

La clonación requiere disponer del ADN intacto de la especie extinguida, lo que ha desinflado las esperanzas de recrear animales como el tilacino o lobo marsupial. Por ello, el objetivo actual de varios grupos de investigadores es emplear células de la especie viva más próxima y modificar sus genes para obtener un ADN lo más parecido posible al del animal extinguido.

Esta ingeniería genética se está aplicando a la recuperación de la paloma migratoria (Ectopistes migratorius), extinguida en 1914 por la caza masiva, y de la que se decía que sus inmensas bandadas oscurecían el cielo de Norteamérica. El proyecto The Great Passenger Pigeon Comeback arrancó en 2012 con el objetivo de editar el ADN de la paloma de collar (Patagioenas fasciata), el pariente vivo más próximo, y recrear el ave extinguida.

El proyecto de la paloma migratoria es obra de Revive & Restore, una iniciativa que persigue también la desextinción de otras especies como el urogallo norteamericano Tympanuchus cupido cupido, extinguido en 1932. Pero sin duda, la idea que más ha captado la atención de los medios y el público es la posible recreación de uno de los animales más icónicos de la prehistoria, el mamut lanudo.

Con el apoyo de Revive & Restore, el equipo que dirige el genetista George Church en la Universidad de Harvard (EEUU) está introduciendo genes del mamut, identificados a partir de animales conservados en el hielo, en el genoma de su pariente actual más cercano, el elefante asiático. Ya lo ha logrado con algunos genes relacionados con las orejas pequeñas, el pelaje y la resistencia al frío. Church confía en obtener un híbrido elefante-mamut, con ciertos rasgos del gigante lanudo, en un plazo de sólo dos años.

¿Debemos devolver a la vida especies extintas?

El reto técnico no es el único obstáculo a superar en el camino hacia la desextinción. Expertos como Iacona no sólo se preguntan si podremos devolver a la vida a ciertas especies extintas, sino si debemos: “Hay discusión sobre las implicaciones éticas y ecológicas”, dice. La principal preocupación de Iacona es que este empeño diluya la necesidad de conservar la biodiversidad que hoy aún tenemos. “Tiene el potencial real de distraernos de las maneras más eficaces y eficientes de resolver los problemas de conservación más inminentes”.

Reconstrucción de un Mamut lanudo en el Museo Real de la Columbia Británica de Canada. Crédito: Rob Pongsajapan

Reconstrucción de un Mamut lanudo en el Museo Real de la Columbia Británica de Canada. Crédito: Rob Pongsajapan

Pero otro peligro de resucitar especies extinguidas, sobre todo las desaparecidas largo tiempo atrás, es su impacto medioambiental. “A mí también me encantaría ver mamuts”, dice a OpenMind el biólogo evolutivo y ecólogo Alexandre Robert, del Museo Nacional de Historia Natural de París. Pero una especie es mucho más que ella sola, añade: “Incluso si eres capaz de reconstruir un mamut, no necesariamente vas a poder recrear una población que persista, crezca, se adapte y desempeñe un papel funcional en su ecosistema”.

El problema, explica Robert, es que el hábitat del gigante lanudo ya no existe. “El mundo donde habitaban los mamuts ha sido reemplazado por otro mundo al que llamamos el Antropoceno”. En este planeta modificado a la medida del ser humano, no parece sencillo encontrar un hueco para estos animales sin que provoquen daños ecológicos irreversibles. “En este momento es imposible saber qué ocurrirá si decidimos devolverlos a la vida”, concluye Robert. Pero si hay algo claro para los expertos, es lo que no debe hacerse: rescatar animales de la extinción para encerrarlos en zoológicos. “No sería ético relegar a una especie a una cautividad perpetua”, sentencia Iacona.

Javier Yanes

@yanes68