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Artículo del libro La era de la perplejidad. Repensar el mundo que conocíamos

El auge ¿imparable? del populismo

Democracia | Ética | Perplejidad | Sociología | Tecnocracia
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El presente artículo [1] plantea que el populismo no debe ser entendido como una forma primaria de anti-elitismo. Por el contrario, el sello distintivo de los populistas es la afirmación de que ellos, y solo ellos, representan a los ciudadanos (o lo que los populistas suelen llamar «la gente real»). Niegan la legitimidad del resto de contendientes para llegar al poder y sugieren que los ciudadanos que no los apoyan son gente que aún duda. Igualmente se analiza el comportamiento de los populistas en el poder, y se argumenta que podemos ver el surgimiento de un patrón distintivo de gobernación autoritaria allí donde los populistas consiguen mayorías suficientemente grandes y los no populistas son demasiado débiles. Finalmente, se sugieren una serie de estrategias para intentar contrarrestar el populismo.

En la actualidad, el significado profundo de todas las elecciones en Europa (tal vez en el mundo entero) parece haberse agotado en la respuesta a una pregunta: «¿Es esta una victoria o una derrota del populismo?». Hasta el referéndum holandés de marzo de 2017, la imagen de una irrefrenable oleada populista —o, como lo calificó Nigel Farage, un «tsunami» populista— copaba todas las conversaciones; particularmente tras la gran victoria de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales y legislativas de Francia, en la primavera de 2017, se dice a menudo que vivimos un «momento pospopulista». Sin embargo, ambos diagnósticos son erróneos y merecen la misma etiqueta que se le cuelga al populismo: «simplistas».

El presente artículo propone una adecuada comprensión del populismo y pone de manifiesto las razones por las cuales el populismo representa un peligro para la democracia (y de ningún modo, como algunos observadores sostienen, un «correctivo útil» para los defectos del sistema).2 En este contexto, explicaré por qué los discursos del «triunfo inevitable» y del «esto se acabó» son tan engañosos.

Asimismo, lanzaré algunas hipótesis sobre las «causas probables» del populismo y señalaré posibles estrategias para contrarrestar a los populistas.

¿Ser populista es lo mismo que ser «antisistema»?

La noción de «oleada imparable» daba por sentado que tanto el Brexit como la victoria de Donald Trump eran triunfos del populismo. Tanto Farage como Trump son populistas, pero no porque «critiquen a las élites». Eso solo es un tópico. No todos los que critican a las élites son automáticamente populistas. Criticar a la élite no es tan raro —en definitiva, cualquier libro de texto nos instruiría para estar alerta frente a los poderosos—; en cualquier caso, vigilar de cerca a las élites no deja de ser una señal de compromiso democrático de la ciudadanía. Por supuesto, cuando los populistas están en la oposición critican ferozmente a los gobiernos. Pero, lo que es clave, proclaman que ellos, y solamente ellos, representan a «la gente real» o a la famosa «mayoría silenciosa». Por consiguiente, señalan a todos sus oponentes como fundamentalmente ilegítimos. Nunca están en tela de juicio solamente las diferencias políticas, ni siquiera los valores —lo cual sería no solo absolutamente normal sino muy productivo en una democracia—. Lo que hacen los populistas es personalizar y moralizar el conflicto político: «los otros» insisten, son corruptos, «los otros» son deshonestos. No trabajan para el pueblo sino para ellos mismos (para el sistema, se entiende), o para las corporaciones multinacionales, la UE, o cualquier otra cosa. En este sentido, la retórica empleada por Donald Trump durante la campaña presidencial de 2015-2016 llegó prácticamente al paroxismo, aunque no por ello fue una excepción. Todos los populistas, de un modo u otro, comparten el mismo discurso que utilizó Trump contra Hillary Clinton.

Tengamos en cuenta que el populismo puede ocasionar un daño significativo a a cultura política democrática, aunque no llegue a gobernar.

Menos obvio es que los populistas insinúan que todo el que no comparte su concepción de «pueblo» —y que, por lo tanto, no los apoya— pertenece al grupo contrario, a los sospechosos. Farage, sin ir más lejos, afirmó durante la noche del fatídico referéndum que el Brexit había sido «una victoria para la verdadera gente del pueblo», lo cual implica que el 48 por ciento de votantes que querían permanecer en la Unión Europea no forman parte del verdadero pueblo británico; en definitiva, que no son auténticos británicos. Pensemos también en Trump cuando dijo, en un mitin de campaña, que «lo más importante es la unificación de la gente porque los demás no significan nada». Es decir, que el populista es el que decide quiénes forman parte del pueblo real; el que no quiera ser un integrante de esta masa unificada queda completamente excluido, aunque tenga un pasaporte británico o estadounidense.

Por consiguiente, el indicador —si es que esta es la palabra correcta— clave del populismo no es un «vago sentimiento antisistema»; criticar a las élites puede tener justificación o no, pero no resulta un problema en sí mismo para la democracia. Lo que sí es preocupante es el antipluralismo de los populistas. Siempre suelen excluir a dos niveles: en el ámbito de la política de partidos se presentan a sí mismos como los únicos representantes legítimos del pueblo, mientras que el resto queda excluido, por lo menos moralmente; y a otro nivel menos evidente, el del propio pueblo si se quiere, quienes no comparten su construcción simbólica del «pueblo real» (y, consecuentemente no los apoyan desde el punto de vista político) quedan también excluidos. Dicho de otro modo, el populismo lleva implícita la reivindicación del monopolio moral de la representación del supuesto «pueblo real», que conduce inevitablemente a políticas identitarias excluyentes.3

Tengamos en cuenta que el populismo puede ocasionar un daño significativo a la cultura política democrática, aunque no llegue a gobernar. Los partidos populistas que no salen bien parados en las urnas deben enfrentarse a una evidente paradoja: ¿cómo es posible que los únicos representantes moralmente legítimos del pueblo real no arrasen en las urnas?

No todos los populistas optan por lo que parecería la forma más fácil de eludir esta contradicción, pero muchos lo hacen, sugiriendo que la «mayoría silenciosa» que los apoya es en realidad una mayoría «silenciada». Por lógica, si la mayoría pudiera expresarse libremente, los populistas estarían siempre en el poder, así que hay que buscar algo o a alguien que impida que la mayoría haga oír su voz. En otras palabras, sugieren —de forma más o menos sutil— que ellos no pierden elecciones, sino que las élites corruptas manipulan taimadamente el proceso. Volvamos a pensar en Trump cuando dejó abierta la posibilidad de aceptar una victoria electoral de Hillary Clinton para pasar de inmediato a poner en tela de juicio la integridad del sistema electoral estadounidense. Sus partidarios comprendieron lo que les estaba diciendo: según un sondeo, el 70 por ciento de sus votantes pensaban que si Clinton ganaba las elecciones sería porque el resultado había sido «manipulado».

Por supuesto, cualquiera puede criticar el sistema electoral en Estados Unidos porque decididamente hay mucho que criticar. Y, una vez más, críticas de ese tipo pueden ser un síntoma de salud democrática. Lo que no es compatible con la democracia es la afirmación populista de que «dado que no ganamos, nuestro sistema es corrupto». Con este tipo de afirmaciones, los populistas consiguen socavar sistemáticamente la confianza de los ciudadanos en sus instituciones, dañando cualquier cultura política aunque nunca lleguen a estar cerca de los resortes del poder.

No estoy sugiriendo que todos los populistas recurran constantemente a teorías conspiratorias para justificar sus fracasos. Pero como mínimo, siempre les cuesta distinguir el resultado moralmente frente al técnicamente correcto. (Recordemos al populista húngaro Viktor Orbán, que tras perder las elecciones de 2002 señaló que «la nación no puede estar en la oposición». O bien a Andrés Manuel López Obrador cuando argumentó que «la victoria de la derecha es moralmente imposible» y se declaró «el único presidente legítimo de México» tras su derrota en las presidenciales mexicanas de 2006.) Así las cosas, los populistas seguirán invocando a un «pueblo real» amorfo, que habría tomado una decisión política diferente. Por ejemplo, el candidato perdedor en las elecciones presidenciales de Austria de 2016, el populista de extrema derecha, Norbert Hofer, dijo del ganador —el verde Alexander van der Bellen— que había sido «correctamente contabilizado pero no elegido» (gezählt, aber nicht gewählt); en otras palabras, que su oponente había recibido más votos pero que no había sido realmente elegido por el pueblo, como si una verdadera elección pudiera ser por aclamación general o algún otro proceso que no implicara un recuento de votos. Como dice el abogado constitucionalista alemán Christoph Möllers, no es lo mismo contar la mayoría que sentir la mayoría. A menudo los populistas enfrentan los sentimientos contra los números cuando, en definitiva, contar correctamente los números es todo lo que tenemos en una democracia.

A menudo los populistas enfrentan los sentimientos contra los números cuando, en definitiva, contar correctamente los número es todo lo que tenemos en una democracia.

Si se me permite, voy a ilustrar el juego populista con otro ejemplo reciente. En octubre de 2016 el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, celebró un referéndum sobre el tema de la aceptación o no de refugiados en Hungría, y lo hizo sin el consentimiento del parlamento de su país. Obtuvo el resultado que esperaba: el 98 por ciento de los participantes dijeron «no». Sin embargo, Orbán se enfrentaba a un problema: la participación no había sido lo suficientemente alta como para alcanzar el quórum, así que técnicamente el resultado no era válido. En este caso, el primer ministro no podía apelar a lo que todos los populistas apelan, a saber, que el proceso había sido manipulado. En definitiva, como señalaron muchos observadores, Orbán y su partido, el Fidesz, habían estado creando un sistema político, económico e incluso cultural a su gusto desde el año 2010, cuando el Fidesz obtuvo una mayoría de dos tercios del Parlamento húngaro. Y, para colmo, el gobierno se había gastado millones de euros en vallas publicitarias y lustrosos folletos —enviados a cada hogar— para advertir a todos los húngaros de los terribles peligros que les acechaban si aceptaban la llegada de terroristas musulmanes disfrazados de refugiados. Todo ello para conseguir el resultado «moralmente correcto». Pero poco le importó este problema paradójico; simplemente entendió que la «mayoría silenciosa» que no había ido a votar estaba también a favor del «no», y con este magnífico argumento Orbán afirmó que, por fin, el pueblo real se había pronunciado sobre la cuestión de las políticas europeas relativas a los refugiados y que no le gustaban nada las propuestas «nihilistas liberales» de Bruselas.

¿Un auge imparable…?

Entender el populismo como una forma particular de antipluralismo debería ayudarnos a librarnos del estereotipo según el cual «el pueblo real» se levanta en todas partes contra «el sistema». Este tópico no es una descripción inocente ni neutral de los acontecimientos políticos solo es lenguaje populista. Acepta que los populistas son los auténticos representantes «del pueblo». Pero la realidad es que figuras como Farage o el holandés de extrema derecha Geert Wilders ni siquiera llegan a tener éxito entre la cuarta parte del electorado.

A pesar de ello, y extrañamente, tanto políticos como periodistas, a menudo cambian de una perspectiva extrema de los populistas a otra. Es decir, pasan de asumir que todos los populistas son demagogos cuyas declaraciones pueden pasarse por alto, a otra: los populistas articularán «preocupaciones reales». Otorgan a los populistas el monopolio de interpretar lo que verdaderamente preocupa a los ciudadanos y revela un profundo malentendido en cuanto al modo en que funciona la representación democrática. Pero esta no debe entenderse como una reproducción mecánica de intereses e identidades, sino que estos se van formando dinámicamente en el proceso político mismo (así como en la sociedad civil, entre amigos y vecinos, etc.) haciendo ofertas de representación a las que los ciudadanos respondan. No es que todo lo que dicen los populistas sea mentira, pero es un error pensar que solo ellos saben lo que está pasando realmente en la sociedad. Trump, sin ir más lejos, consiguió sin duda que una parte de los estadounidenses se vieran a sí mismos como una especie de movimiento por la identidad blanca. Lo malo es que la percepción que los ciudadanos tienen de sí mismos es cambiante.

Por lo tanto, sería un error pensar que los populistas nos revelan la verdad objetiva y última sobre la sociedad. Sin embargo, muchos no populistas actúan dando por válida esta premisa. Pensemos, por ejemplo, en muchos socialistas y socialdemócratas europeos que, en estos tiempos, parecen pensar: «A la clase obrera no le gustan los emigrantes, lo demuestra el éxito de los populistas de derecha. Y no hay nada que podamos hacer al respecto».

Otro error común se comete al pensar en los éxitos electorales del populismo. Se asume que, necesariamente, todos los votantes de partidos populistas son también populistas, esto es, que comparten las opiniones excluyentes de los líderes populistas. Por ejemplo, un votante del Frente Nacional francés puede no estar de acuerdo con las críticas que hace Marine Le Pen a otros partidos —que son inmorales, que traicionan a Francia— y votar al FN, sencillamente porque su política agraria le parece atractiva y él es agricultor. No podemos dar por sentado que todos los votantes de partidos populistas son excluyentes y están de acuerdo con los programas antipluralistas de los líderes. Este es un elemento fundamental que, además, tiene implicaciones en la estrategia política. Recordemos cuando Hillary Clinton calificó de «deplorables» a Trump y sus votantes y le salió el tiro por la culata. Podría haberse dedicado a criticar ferozmente a su oponente, sin meterse con los votantes ni generalizar.

No obstante, ¿estamos seguros de que la oleada de populismo está vacía de contenido, aunque esté retrocediendo en este momento? El tema ha sido siempre engañoso. En definitiva, Nigel Farage no consiguió el Brexit él solo, sino que necesitó la ayuda de conservadores veteranos como Boris Johnson y Michael Gove (ambos ahora en el gabinete de Theresa May). Fue Gove quien dijo en la primavera de 2016 en una televisión británica, con toda la cara dura y a pesar de las advertencias sobre el Brexit que hacían los expertos, que el pueblo británico ya había tenido suficientes expertos. Lo irónico es que el mismo Gove fue considerado durante mucho tiempo como un intelectual conservador, como un «experto». En resumen, los populistas no escogieron a uno cualquiera para decirle a la gente que se estaba sobrevalorando la experiencia, sino que lo puso en boca de un auténtico experto.

Trump no se convirtió en el presidente de Estados Unidos por ser el candidato en representación de un movimiento popular de protesta de la clase obrera indignada. En realidad representaba a un partido muy asentado y necesitó la bendición de pesos pesados del republicanismo, como Rudy Giuliani, Chris Christie y Newt Gingrich. Este último le dijo a un reportero de la CNN en el verano de 2016, durante la convención republicana, que no confiaba en las estadísticas de criminalidad pero sí creía en lo que la gente siente. O sea, que utilizó el mismo truco que usó Gove en Reino Unido. Diga lo que diga Gingrich, siempre será considerado un intelectual entre los conservadores estadounidenses. Y escogieron a todo un «experto» para menospreciar a los expertos.

Lo que ocurrió el 8 de noviembre de 2016 no fue una victoria aislada del populismo, sino una confirmación de la política de partidos estadounidense; el 90 por ciento de los republicanos declarados votaron a Trump, y aunque no se planteaban ni por asomo dar el voto a los demócratas, muchos de ellos expresaron profundas dudas sobre la conveniencia de un candidato como Donald Trump. Probablemente, la demonización de Hillary Clinton por parte de los republicanos dio sus frutos; demonización que empezó mucho antes de la aparición estelar de Trump, cuando la derecha norteamericana empezó a referirse a Bill Clinton como «su presidente» en los años noventa, deslegitimándolo. (Hillary hablaba de una «vasta conspiración de la derecha contra los Clinton»; en realidad no se puede hablar de conspiración, pero hay que reconocer que muchos republicanos consagraron sus vidas a desacreditar a esta pareja.) Sea como sea, lo único cierto es que ningún populista de derechas consigue llegar al poder, ni en Europa occidental ni en Estados Unidos, sin la colaboración de las élites conservadores bien establecidas.

Tras las elecciones holandesas y francesas, muchos observadores declararon que habíamos llegado a una etapa «pospopulista», que habíamos recuperado una «nueva normalidad» y que la amenaza populista era ya cosa del pasado. Pero dicha lectura no ve la distinción entre el populismo entendido como la pretensión de hacerse con el monopolio moral que representa al pueblo real, y el que se entiende como una serie de posicionamientos políticos concretos que se alinean con el pensamiento excluyente de la derecha más feroz —como el rechazo a los inmigrantes— pero que no es populista stricto sensu. Porque la realidad es que el antipluralismo y el contenido político concreto son analíticamente distintos.

En los Países Bajos, Wilders, que es un populista redomado, se comportó como se esperaba. Lo malo es que su competidor oficial, el primer ministro liberal Mark Rutte, adoptó una retórica semejante a la de Wilder, con afirmaciones del estilo de que los inmigrantes deberían comportarse «con normalidad» o abandonar el país. En mi opinión, Rutte no es populista —en el sentido de que no está reclamando la representación única del auténtico pueblo holandés—, pero lo que hizo fue tan insólito como inaceptable; no le corresponde al primer ministro decidir lo que es «normal» en la cultura de los Países Bajos (con todo lo que eso significa, a saber, holandeses «normales» frente a «otros» que no lo son). La consecuencia de tales acercamientos oportunistas al discurso populista es un desplazamiento hacia la derecha de la cultura política, sin ninguna autorización democrática por parte de los ciudadanos. En este sentido, más que estar viviendo una etapa pospopulista, podríamos estar presenciando un triunfo del populismo, aunque técnicamente esté perdiendo las elecciones. Después de todo, los conservadores no colaboran oficialmente con ellos, pero les copian las ideas. Esta dinámica se puso de manifiesto en la campaña británica para las elecciones generales de la primavera de 2017, en la que Theresa May afirmó que sería capaz de destruir el Partido de la Independencia de Reino Unido, de Farage, simplemente imitándolo.

BBVA-OpenMind-Libro 2018-Perplejidad-Muller-Populismo-Trump-La presidencia de Donald Trump no es una victoria aislada del populismo. Trump contó con el apoyo de los republicanos y de la élites más conservadoras de Estados Unidos.
La presidencia de Donald Trump no es una victoria aislada del populismo. Trump contó con el apoyo de los republicanos y de la élites más conservadoras de Estados Unidos.

Por último, además del plagio, existe la posibilidad de que los propios conservadores de derechas aprueben el populismo. Por ejemplo, el Partido Popular Europeo (PPE), la familia política supranacional integrada por los partidos democristianos y conservadores moderados, ha protegido eficazmente a Viktor Orbán de todas las críticas (incluidas las de la propia Comisión Europea). Orbán ha sido un pionero del ascenso del populismo europeo al poder. Nunca podría haber instaurado su régimen, en cierto modo autoritario, sin el amparo proporcionado por el PPE. Pero de nuevo, no es que los miembros del PPE se hayan vuelto populistas, ni mucho menos. Sin embargo, sus decisiones estratégicas, fundamentalmente encaminadas a mantener al PPE como el mayor partido en el Parlamento Europeo, han conducido a los conservadores a allanar el camino a los populistas de derechas.

En este contexto vale la pena recordar que en unas elecciones recientes muchos conservadores decidieron no colaborar. Digamos que esa imagen de «oleada imparable» ya había sido cuestionada con el caso de Austria, donde la victoria de Norbert Hofer había sido pronosticada. Muchos políticos conservadores se pronunciaron contra Hofer, particularmente alcaldes y pesos pesados provinciales que gozaban de credibilidad en la Austria rural, en una medida en la que los líderes verdes llegados de Viena no podían aspirar a conseguir. Al contrario de lo que generalmente se piensa, no es inevitable la completa división entre el ámbito rural, más populista, y el ámbito urbano y cosmopolita, comprometido con el liberalismo.

Lo más sensato es resistir a las élites que colaboran con los populistas, que copian sus ideas o que disculpan su conducta y les protegen de las críticas.

Como sostiene el politólogo Daniel Ziblatt, la consolidación de las democracias europeas ha dependido básicamente del comportamiento de las élites conservadoras. En el período de entreguerras optaron por colaborar con partidos autoritarios e incluso fascistas, y en muchos lugares la democracia acabó muriendo por culpa de dicha colaboración. Tras la guerra, decidieron atenerse a las nuevas reglas de juego democráticas, incluso cuando no beneficiaban sus intereses. No estamos viviendo un momento en absoluto comparable con el período de entreguerras y los populistas actuales no son fascistas, pero la lección que aprendimos sigue siendo la misma: que el destino de democracia está en manos de las élites establecidas, tanto como de los insurgentes. Como ha apuntado Larry Bartels, uno de los investigadores más destacados de la política estadounidense, es más que dudoso creer en un aumento (y mucho más lo es hablar de «tsunami») del populismo de derechas; por el contrario, lo que sí es demostrable es que tanto los empresarios como los emprendedores recién llegados, han decidido a lo largo del tiempo calmar o, movilizar y explotar dichos sentimientos.4 Es importante no obsesionarse con los populistas aislados (para sobrevalorarlos o para subestimarlos). Lo más sensato es resistir a las élites que colaboran con los populistas, que copian sus ideas o que disculpan su conducta y les protegen de las críticas.

El populismo en el poder

Espero que haya quedado suficientemente claro que no insinúo en modo alguno que el populismo no sea un problema real y que no represente una amenaza para la democracia. Podría parecer que lo expuesto hasta ahora se resume en que los populistas viven en un mundo de fantasía política que no puede ser llevado a la práctica. Muchos observadores liberales opinan que los populistas solo saben vender recetas simplistas que rápidamente se revelarán como impracticables o, incluso, tienen miedo a ganar porque, una vez en el poder, no iban a tener ni la menor idea de qué hacer (impresión confirmada por la «espantada» de Nigel Farage de la vida política después del referéndum). La opinión generalizada afirma que los partidos populistas son partidos de protesta y que la protesta no sirve para gobernar porque, lógicamente, uno no puede protestar contra sí mismo; la política «antipolítica» no puede generar políticas reales. Más aún, si los populistas utilizan la consabida retórica anti-elitista, dejarán de ser populistas cuando estén en el poder y se convertirán en parte de la élite.

La idea de que los populistas que lleguen al poder se verán abocados a fallar estrepitosamente, a no ser que se moderen de una manera u otra, parece reconfortante. Pero es otra ilusión. Por una parte, que protesten necesariamente contra las élites no significa que cuando estén en el gobierno se vuelvan contra sí mismos. De todos los fracasos de un gobierno populista se puede seguir culpando a las élites, que seguirán actuando entre bambalinas y manejando los hilos, ya sea dentro del país o desde el extranjero (y en este punto volvemos a encontrar la nada casual conexión entre populismo y teorías conspiratorias). Muchos populistas vencedores siguen comportándose como víctimas después de haber ganado; las mayorías pueden actuar como minorías maltratadas. Hugo Chávez, por ejemplo, se refería siempre a oscuras maquinaciones de la oposición —esto es, la «oligarquía» oficialmente depuesta— o a Estados Unidos, que pretendía sabotear su «socialismo del siglo XXI». El presidente turco Erdogan se presentaba a sí mismo como un David ante Goliat; siempre sería un luchador callejero del barrio estambulí de Kasimpasa, enfrentándose valientemente al antiguo régimen kemalista de la república turca mucho después de empezar a concentrar en sus manos todo el poder económico, político y cultural del país. Un efecto secundario del golpe militar del verano de 2016 fue el refuerzo de su imagen como luchador del pueblo contra las fuerzas visibles e invisibles del mal —los militares y la oscura red de Gülen— en contraste con la imagen de sultán recluido en su pomposo palacio presidencial que había estado mostrando en los años anteriores.

Todavía más inquietante resulta el hecho de que, cuando los populistas consiguen mayorías suficientes en el parlamento, intenten construir regímenes que parezcan democracias, pero perfectamente diseñados para perpetuar el poder de los populistas (como los supuestos únicos representantes moralmente legítimos del pueblo real). Lo primero que hacen es colonizar u «ocupar» el Estado. Pensemos en Hungría y en Polonia como ejemplos recientes. Uno de los primeros cambios que introdujeron Orbán y su partido tras llegar al poder en 2010 fue transformar la Ley de Servicio Civil para poder colocar a sus leales en puestos burocráticos que no deberían ser partidistas. Tanto el Fidesz en Hungría como el Partido de la Ley y la Justicia (PIS), de Jaroslaw Kaczynski en Polonia, se movieron deprisa para eliminar la independencia del poder judicial. Captaron a los líderes de los medios de comunicación y se decretó que los periodistas no podían informar de manera que los intereses de la nación (o sea, del partido en el gobierno) se vieran perjudicados. Y todo el que criticara estas medidas era vilipendiado y tildado de colaboracionista de las élites corruptas o, directamente, de traidor (Kaczynski hablaba de «polacos de la peor calaña» que «llevan la traición en su ADN»). El resultado final es que los partidos populistas crean un Estado a su gusto y a su imagen y semejanza; un estado PIS y un estado Fidesz, si se quiere.

Esta estrategia para consolidar o incluso perpetuar el poder no es exclusiva del populismo, evidentemente. Lo que los populistas tienen de especial es que ocupan y colonizan abiertamente las estructuras del Estado: ¿por qué no lo iban a hacer, preguntan indignados, si es el pueblo real y soberano el que toma posesión del Estado a través de sus únicos representantes legítimos?; ¿por qué no se va a purgar a aquellos que están obstruyendo la genuina voluntad popular en nombre de la neutralidad del servicio civil?

De igual modo, los populistas entran en el juego de los intercambios de favores, materiales o no, para asegurarse el apoyo de las masas, algo que los politólogos califican de «clientelismo de masas». Nuevamente, esta conducta no es exclusiva de los populistas; infinidad de partidos premian a sus clientes por escoger su papeleta cuando van a votar, llegando tan lejos como el superpopulista austríaco Jörg Haider, que fue regalando, literalmente, billetes de cien euros a «su gente», por las calles de Carintia.

Cabe insistir en que lo que hace distintos a los populistas es que participan en tales prácticas descaradamente, sin esconderse lo más mínimo y con justificaciones morales; después de todo, solo algunas personas pueden ser consideradas «el pueblo real» y merecen el apoyo de lo que, en derecho, es «su propio Estado». De no ser así, sería muy difícil entender que Erdogan haya sobrevivido políticamente a la tremenda corrupción de su régimen, que empezó a destaparse en 2013.

Algunos han tenido la suerte de conseguir los recursos suficientes para construir clases enteras que apoyen a sus regímenes. Hugo Chávez se benefició del auge del petróleo. En Europa central y oriental se han utilizado los fondos de la Unión Europea como algunos países árabes autoritarios han sabido usar el petróleo. De este modo, los estados utilizan estratégicamente las subvenciones para comprar apoyos o, al menos, para mantener tranquilo al pueblo. Incluso pueden llegar a crear estratos o clases sociales que se ajusten a su imagen de «pueblo real», los cuales serán decididamente leales al régimen. Erdogan sigue disfrutando del inquebrantable respaldo de la clase media anatolia surgida con el auge económico al amparo del AK Parti, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (una clase que encarna la imagen del turco ideal, devoto, opuesto a las élites occidentales seculares y a las minorías como la kurda).

El Fidesz húngaro ha forjado un nuevo modelo que combina el éxito económico, los valores familiares (tener hijos da beneficios) y la devoción religiosa en una amalgama que casa perfectamente con la visión de Orbán de una cultura «nacionalcristiana».

BBVA-OpenMind-Libro 2018-Perplejidad-Muller-Maduro-Manifestación progubernamental en apoyo del presidente venezolano Nicolás Maduro. Incluso en el poder, el «chavismo» culpa del estado de las cosas a maquinaciones de la oligarquía depuesta o al imperialismo estadounidense.
Manifestación progubernamental en apoyo del presidente venezolano Nicolás Maduro. Incluso en el poder, el «chavismo» culpa del estado de las cosas a maquinaciones de la oligarquía depuesta o al imperialismo estadounidense.

Queda aún un elemento de la política populista —que casi podríamos llamar «el arte de gobernar» populista— que debe entenderse con claridad. Los populistas que llegan al poder tienden a ser duros (como mínimo) con las organizaciones no gubernamentales que los critican. Bien es verdad, nuevamente, que hostigar a la sociedad civil no es exclusivo del populismo, pero sí que lo es la visión que tienen de la oposición social como un desafío simbólico; cuando es la sociedad civil la que los ataca, ven amenazada su reivindicación de ser los únicos representantes morales del pueblo. Sería una paradoja intolerable y necesitan desesperadamente argumentar (y supuestamente «demostrar») que la sociedad civil no tiene nada de «civil», y que cualquiera que se les oponga no tiene nada que ver con el «pueblo real». Así, tanto Putin como Orbán y el PIS polaco han hecho enormes esfuerzos para desacreditar a las ONG acusándolas de estar controladas por potencias extranjeras (declarándolas legalmente como «agentes extranjeros») y llamando a sus miembros «activistas a sueldo». Algo así hizo Trump cuando millones de personas se manifestaron contra su prohibición de entrada en Estados Unidos de los musulmanes.

En todo caso, el populismo utiliza la protesta para fomentar enfrentamientos culturales de los que obtiene ventajas: apuntan con el dedo a una supuesta minoría de manifestantes y afirman que no forman parte del «pueblo real»; pretenden que están traicionando activamente a la patria y recuerdan que solo los que están a su favor son gente justa, decente y real. No estoy afirmando que la gente debería abstenerse de salir a las calles a protestar, por supuesto, sino que hay que ser conscientes de lo rápidos y sofisticados que resultan los populistas a la hora de incorporar la protesta a su propio discurso para justificar sus políticas identitarias excluyentes.

En cierto modo, los populistas pretenden hacer realidad ese pueblo unido en cuyo nombre hablan: silenciando o desacreditando a todo el que rechace que Putin u Orban les representen (y a veces, ofreciendo incentivos a sus detractores para que se vayan del país), y se separen de la mayoría «pura» (en los últimos años, 500.000 personas han abandonado Hungría). Así, un gobierno del PIS o un gobierno del Fidesz no solo crean un Estado PIS o un Estado del Fidesz; sino que crean un pueblo PIS o un pueblo Fidesz. En otras palabras, los populistas crean el pueblo homogéneo en cuyo nombre han venido hablando. Consiguen que se cumpla su propia profecía.

Los populistas no son más que élites diferentes que intentan acceder al poder con la ayuda de una fantasía colectiva

Pero en todo esto hay una trágica ironía: los populistas incurren en los mismos pecados que antes habían cometido las élites del sistema y acaban excluyendo a los que no interesan y usurpando el Estado. Todo lo malo que ha estado haciendo el sistema es justo lo que los populistas en el poder acabarán haciendo. La diferencia estriba en que el sistema corrupto era consciente de actuar mal en beneficio propio y escondía su corrupción, mientras que los populistas siempre encuentran la justificación moral adecuada que les permite ir con la cabeza muy alta y dormir con la conciencia tranquila. Es realmente ilusorio creer que el populismo pueda mejorar la democracia. Los populistas no son más que élites diferentes que intentan acceder al poder con la ayuda de una fantasía colectiva de pureza política.

Las causas

La idea de la pureza en política puede ser una fantasía, pero el éxito de los populistas ha sido muy real (basta con recordar el resultado de las elecciones de 2017 en Alemania que hasta ahora presumía de ser «inmune» al populismo). Ese éxito no solo se apoya en ficciones y teorías conspirativas. Aunque preguntarse por las causas que subyacen al éxito del populismo es urgente, las respuestas que se ofrecen son asombrosamente simplistas. Por ejemplo, sorprende que los observadores liberales afirmen por un lado que los populistas son todos unos mentirosos o al menos unos grandes simplificadores, pero, al mismo tiempo, estos mismos analistas se crean las explicaciones que dan los populistas cuando se trata de justificar su victoria. Si los populistas claman que «todo va de los perdedores de la globalización», todo el mundo lo repite sin cuestionarlo. Parece que quisiéramos una vida fácil, así que es más cómodo repetir explicaciones de una línea que lidiar con el complejo fenómeno del populismo. Resulta tentador pensar que, dado que el populismo es muy parecido en todas partes (con su pretensión del monopolio moral de la representación), las causas subyacentes también deben de ser muy parecidas. Pero la realidad demuestra que no es para nada así.

¿Y cómo se puede pensar en las causas del populismo de una manera más compleja? Para empezar, hay que reconocer que el contexto de cada nación es importante y hay que tenerlo en cuenta. Las razones que conducen a la aparición de un Haider no son las mismas que conducen a un éxito de Le Pen y, a su vez, no son las mismas que las del inesperado triunfo de Trump. Muchos estudios coinciden en reconocer que los problemas económicos parecen desempeñar un papel preponderante, pero no es lo único; el populismo no puede reducirse a una especie de «socialismo de los tontos», la respuesta rápida: “tiene que ver con el liberalismo”, es demasiado rápido. En lugar de echar mano rápidamente de esas explicaciones monocausales, deberíamos detenernos en la reivindicación central de los populistas: que son los únicos representantes legítimos del «pueblo real», de la gente decente; el resto es élite corrupta. De ahí se sigue que es útil para los populistas conjurar la imagen de una élite homogénea y egoísta. Esto es más fácil en unos contextos que en otros (es más fácil en Francia que en Alemania, por ejemplo, sin que ello signifique que Alemania sea mejor o más justa que Francia).

Segundo, al populismo puede venirle bien que un país esté ya experimentando algún tipo de «guerra de culturas». Los populistas harán todo lo que esté en sus manos para hacer creer que sus partidarios —y solo ellos— son el pueblo real, los auténticos, y que «los otros» no son verdaderos ciudadanos o que, son fundamentalmente inmorales. Esto no implica que allí donde haya diferencias culturales o diversidad en general se geste el populismo; los conflictos derivados de la pluralidad pueden abordarse sin embarcarse en políticas identitarias excluyentes. Sería un auténtico error creer que hablar «del pueblo» es automáticamente pernicioso porque fomenta la aparición del populismo; muy al contrario, ofrecer una visión clara de «quién es el pueblo», en qué quiere convertirse o, en definitiva, señalar en qué dirección debe moverse un país en su conjunto, es una parte fundamental del trabajo de todo político profesional. Y esa visión ha de entenderse como «llamadas a seguir una visión» o si se prefiere como hipótesis factibles. Los populistas, asumen que solo ellos conocen el verdadero sentir de la gente, y que solo hay un camino correcto. El primer ministro indio Narendra Modi dijo que él era «simplemente el medio» y que «se hace eco de la voz del pueblo». Por supuesto, esto no es ofrecer a los ciudadanos visiones diferentes de principios diversos para vivir en armonía en el futuro; lo que hacen es pretender que la gente ya ha hablado.

En tercer lugar, y a riesgo de parecer obvio: es necesario que haya agravios. Los populistas no tendrían su discurso de oposición frontal a las élites si no hubiera nada de lo que quejarse. No obstante, como he insinuado más arriba, es un error pensar que estas quejas son objetivas: a quién se culpe, por qué, cómo y cuándo dependeránde los políticos, de la sociedad civil, de la familia, etcétera, dependerá de la respuesta del gobierno a las quejas populistas. Sería absurdo pensar que Turquía era una democracia en una sociedad pluralista y maravillosa hasta que llegó Erdogan y lo destruyó todo. Sería ridículo pensar que Venezuela era una democracia fabulosamente igualitaria hasta que Chávez y Maduro la arruinaron. Todos ellos podrían haber llevado a sus países en una dirección autoritaria de cualquier caso. No obstante, no podemos perder de vista la posibilidad de una escalada en la retórica populista (y de sus prácticas), porque determinadas preocupaciones totalmente legítimas fueron desoídas por el poder en democracias liberales.

En cuarto lugar está lo que podríamos llamar la «tecnocracia liberal» que fortalece el populismo. Los tecnócratas —y esto puede ser una caracterización dura pero no una absoluta caricatura— sostienen que solo hay una solución lógica para un desafío político específico (recordemos la postura del gobierno alemán durante la crisis del euro). Tanto ciudadanos como parlamentos no pueden hacer otra cosa que aceptar la solución propuesta porque no hay más debate razonable. Todo el que se oponga a dichas políticas se revela como irracional. Y con esta postura se les allana el camino a los populistas para que pregunten: «¿Y aquí dónde están las personas, los ciudadanos? ¿Cómo puede haber una auténtica democracia sin opciones entre las que elegir?». Lo cierto es que los populistas no son en realidad partidarios de una mayor participación de los ciudadanos de a pie en las decisiones de Estado. Y si los ciudadanos apoyan a los populistas, los tecnócratas se sienten justificados para tomar tantas decisiones como sea posible, tan lejos de la gente. Y así se entra en un círculo vicioso.

Lo que parece ser menos obvio, porque tecnocracia y populismo parecen extremos opuestos, es que ambos compartan una característica importante: son formas de antipluralismo. Los tecnócratas entienden que solo hay una solución política correcta; los populistas afirman que solo hay una verdadera voluntad del pueblo soberano (al que ellos representan en exclusiva). Quien no esté de acuerdo con ellos es un traidor al pueblo. A ninguno de los dos le interesa el intercambio de opiniones, no hay espacio para el debate y al final, no hay necesidad. En pocas palabras: ambos son un peligro para la democracia, y el hecho de que se retroalimenten es todavía más peligroso.

Finalmente quisiera, si se me permite, señalar un conflicto básico de nuestro tiempo que no es en sí una causa del populismo pero que favorece el papel de los populistas en la política democrática. El momento actual se caracteriza por el enfrentamiento entre dos bandos: por un lado, los que quieren más apertura (que toma de los tópicos sobre la globalización económica y cultural pero puede también simplificar el reconocimiento de las minorías étnicas, sexuales y religiosas en el propio país). En otras palabras, no tiene que ser necesariamente un proyecto internacional, ni han de tener distinción entre globalismo y localismo.5 Y por otro, los que quieren más cierre. En este escenario, los populistas tienen siempre sus respuestas preparadas; en definitiva, hacen políticas de identidad y tienen claro quiénes pueden considerarse ciudadanos de verdad y quiénes no. No es que tengan razón, pero al menos tienen algo que decir al respecto.

Contra estrategias

Lo que ahora tenemos más claro es lo que no funciona a la hora de lidiar con el populismo. En un extremo tenemos una de las estrategias que no funcionan, que es la exclusión absoluta de los populistas, sobre todo si se trata de una excusión moral como la utilizada por estos últimos («Nosotros, los buenos, los demócratas, ni siquiera aparecemos en la tele con los populistas, ni hablamos con ellos», o bien «Cada vez que los populistas hacen una pregunta en el parlamento, nos levantamos y nos vamos», etc.). Este es un error tanto estratégico como normativo, destinado a fracasar desde el momento en que confirma todo lo que los populistas les dicen a sus partidarios: que el sistema corrupto se une contra ellos para conservar sus inmerecidos privilegios; todos a una, como Fuenteovejuna. Además, desde el punto de vista de la teoría democrática, cuando unos partidos están representados en el parlamento, excluir a uno de ellos equivale a excluir a todos los ciudadanos que votaron por él. Como ya he puesto de manifiesto anteriormente, no todos los votantes de partidos populistas son personas comprometidas, que no aceptan las reglas de juego democráticas.

Tecnocracia y Populismo son extremos opuestos, ambos comparten una característica importante: son formas de antipluralismo.

La estrategia opuesta es: en vez de excluir, o al menos ignorar, a los populistas, empezar a correr tras ellos. Pero por mucho que corras no los coges. Todo lo que hagas o digas, por ejemplo en relación con la inmigración, como político convencional nunca satisfará al Partido Popular Danés o a Alternativa para Alemania. Pero en este caso el problema no es solamente estratégico o instrumental, sino que se mezclan temas normativos; copiar a los populistas es una estrategia que se apoya en una visión errónea de la representación democrática, que ya hemos apuntado. Es asumir que los populistas se conforman creyendo que por fin han revelado las preferencias políticas verdaderas de muchos ciudadanos, sin darse cuenta de que la representación es un proceso dinámico y continuo. Volvamos a Trump: bastantes europeos han podido sentir una cierta Schadenfreude (o «alegría por el mal ajeno») cuando el 8 de noviembre se confirmó oficialmente una sospecha que pendía desde hace tiempo sobre Estados Unidos: ¡que es un país con 63 millones de racistas! Algunos sociólogos se apresuraron a comentar que, aunque hay allí muchísimos racistas, el racismo no puede ser la explicación fundamental de todo el voto a Trump (al menos algunos ciudadanos votaron a Trump después de haber votado a Obama dos veces).

No hay alternativa a involucrarse con los populistas. Pero una cosa es hablar con ellos y otra, hablar como ellos. No es necesario adoptar sus descripciones de los retos políticos, económicos o sociales para ser creíbles en un debate con ellos. También es importante reconocer que hay una serie de posiciones políticas, que a los liberales les resultan problemáticas, que son perfectamente lícitas en una democracia y que deben ser rebatidas con los mejores argumentos y pruebas disponibles, no en la acusación polémica de populismo. No obstante, cuando los populistas se revelan como tales y niegan la legitimidad de sus oponentes y la de una parte de la ciudadanía, cuando cuestionan los fundamentos de las reglas de juego democrático, es esencial que los otros políticos tracen una línea clara. Por ejemplo, si un populista dice que Angela Merkel tiene un plan «secreto» para reemplazar al Volk (el «pueblo») alemán por sirios, es imperativo que se hagan oír voces no populistas para advertir de que, con semejantes afirmaciones, se está saliendo del terreno democrático y legítimo. Obviamente, el populista no se echará para atrás, ni se disculpará por lanzar al aire teorías conspirativas que sugieren que la democracia alemana es pura fachada; pero la esperanza inspirada por la teoría democrática —aunque puede resultar una esperanza piadosa— es que los ciudadanos no se adhieran al populismo. Puede que concluyan que comparten algunas posiciones con ellos, pero sentirán que no están en el mismo barco ni creen teorías de la conspiración.

¿Y cuál es el papel de los condescendientemente llamados «ciudadanos de a pie»? Recordemos la primera vez en que «la oleada» no fue capaz de barrer al «sistema», en Austria. La campaña del candidato ganador movilizó a muchos ciudadanos, que dejaron claro que no estaban totalmente de acuerdo con el programa del Partido Verde; en lo que sí lo estaban era en que el candidato ultraderechista constituía una auténtica amenaza para la democracia austríaca. Y lo que es más importante, la campaña alentó a los ciudadanos a entablar conversaciones con gente con la que nunca hubiesen hablado, sin contar con que se contribuyó a que no surgieran las acusaciones de «fascista» o «racista» los primeros minutos de la conversación. Una vez más podríamos hablar de vanas esperanzas por parte de los teóricos democráticos; las investigaciones sociales afirman que «la hipótesis de contacto» es demasiado buena para ser cierta, es decir, que no es suficiente con conocer a gente muy diferente de nosotros para fomentar la tolerancia y el respeto a la diversidad. Cualquier cosa que pueda abrirse paso, a través de la fantasía populista de un pueblo completamente homogéneo y unido, es de ayuda. Al contrario de lo que a los liberales les gusta creer, no todo lo que dicen los populistas es necesariamente demagógico y falso, aunque ciertamente se presenten apoyados en una gran mentira: que hay un pueblo singular y auténtico del que ellos son los únicos representantes. Para combatir al populismo, es necesario comprender y socavar ese pilar fundamental del discurso populista.

Notas

1 Este artículo se basa en un capítulo de mi libro What is Populism? (Londres, Penguin, 2017) y en el artículo «Trump, Erdoğan, Farage. The Attractions of Populism for Politicians, the Dangers for Democracy», aparecido en The Guardian, 2 de septiembre de 2016.

2 En este texto me centraré en el populismo de derecha, aunque con ello no estoy sugiriendo que no exista el populismo de izquierda. Los populistas de izquierda también reclaman el monopolio moral de representar al pueblo; no obstante, el contenido con el que tratan de avalar dicha afirmación es extraído de fuentes izquierdistas. Los ejemplos más obvios de nuestro tiempo son Chávez y Maduro.

3 Lo cual no implica que toda política identitaria tenga que ser excluyente, y mucho menos populista.

4 Larry Bartels, «The Wave of Right-Wing Populist Sentiment is a Myth», Washington Post, 21 de junio de 2017, www.washingtonpost.com/news/monkey-cage/wp/2017/06/21/the-wave-of-right-wing-populist-sentiment-is-a-myth/ (última consulta: 24 de septiembre de 2017).

5 A pesar de que recientemente se ha debatido mucho sobre esta división, es importante distinguir entre las distintas formas de «apertura»; estar a favor del libre comercio no es lo mismo que estar a favor de una frontera abierta, y tampoco es lo mismo que fomentar la apertura de miras de los ciudadanos frente a las minorías afincadas en el país y en el extranjero. Además, la «apertura» no es un valor político de primer orden, como la libertad o la igualdad.

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