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Artículo del libro ¿Hacia una nueva Ilustración? Una década trascendente

Cambio climático: la humanidad en la encrucijada

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El cambio climático —o quizá deberíamos hablar de colapso climático— es el gran problema al que se enfrenta hoy la humanidad. Los combustibles fósiles están presentes en todos los aspectos de la vida moderna, pero quemarlos libera dióxido de carbono, un gas invisible que calienta la Tierra mediante la absorción de infrarrojos y permanece en la atmósfera durante miles de años. En 2018, el calentamiento de cerca de 1,2 °C por encima de la cifra de referencia ya ha tenido efectos inaceptables que empeorarán vertiginosamente si el calentamiento prosigue. En la última década se hicieron progresos en la ciencia climática, pero también hubo una serie de desastres naturales relacionados con el cambio climático que afectaron tanto a humanos como a no humanos. Aunque la sensación de urgencia aumenta, sigue muy por debajo del nivel requerido para evitar un calentamiento catastrófico que amenazaría la civilización tal y como la conocemos.

«Es probable que los próximos años sean los más importantes de la historia [humana]».

Dra. Debra Roberts, copresidenta del Grupo de trabajo II del IPCC

Es difícil saber por dónde empezar a escribir sobre cambio climático, ya que afecta prácticamente a todos los aspectos de la vida humana en el planeta y a todos los niveles. Afecta a la seguridad, a los sistemas alimentarios e hídricos, a la energía y los sistemas económicos, y también a las infraestructuras. Afecta a la intensidad y el coste de los desastres naturales. Afecta a casi todos los ecosistemas que nos pongamos a estudiar, ya sean terrestres o marinos. Afecta a la salud mental, a las prioridades de las comunidades y las ciudades, al futuro de nuestros hijos. Afecta a la política, a la apertura de las sociedades, a nuestra forma de relacionarnos en tanto naciones e individuos, sobre todo con aquellos que no consideramos parte de nuestra tribu.

Cuando la temperatura media global solo en superficie se ha incrementado en 1,2 ºC, muchos de esos aspectos del cambio climático ya son no solo apreciables sino catastróficos. Y es esencial comprender que todas las transformaciones se agudizarán a medida que avance el calentamiento. Dicho de otro modo, lo que experimentamos ahora no es en absoluto la «nueva normalidad»: las transformaciones serán cada vez peores, mucho peores a medida que avance el calentamiento. En realidad, puede que la expresión «cambio climático» ya no exprese adecuadamente la urgencia de esta realidad, que quizá sería mejor calificar de «colapso climático», y muchos climatólogos, incluido yo mismo, ya estamos adoptando la etiqueta de «alarmista». Porque hay que activar la alarma.

El colapso climático es un problema endiablado para la humanidad. Durante el siglo XIX un puñado de científicos precisó cómo estaban calentando el planeta las emisiones de combustibles fósiles. A esos primeros climatólogos no les preocupó un fenómeno que creían afortunadamente futuro, y algunos pensaban incluso que sería positivo vivir en una Tierra más cálida. Cada década que pasaba, los combustibles fósiles se iban afianzando más y más en la vida cotidiana, desde el transporte a la construcción, pasando por la industria y el sector alimentario. La inyección de combustibles fósiles impulsó de manera espectacular la riqueza, la movilidad, el consumo, la tecnología y la medicina. Propulsó una revolución agrícola y el aumento exponencial de la producción de alimentos promovió inevitablemente un crecimiento demográfico también exponencial. Puede decirse que la civilización humana actual funciona a base de combustibles fósiles. Somos adictos a esos productos: intentemos imaginar un mundo sin ellos. Intentemos imaginar un ejército que renunciara a ellos de forma voluntaria. En tanto individuos, comunidades, empresas y naciones estamos profundamente vinculados a esos combustibles tan prácticos, rentables y potentes.

Puede que la expresión «cambio climático» ya no exprese adecuadamente la urgencia de esta realidad, que quizá sería mejor calificar de «colapso climático», y muchos climatólogos, incluido yo mismo, ya estamos adoptando la etiqueta de «alarmista». Porque hay que activar la alarma

Pero el diablo se cobrará lo que se le debe. En la década de 1960 los científicos empezaron a comprender las peligrosas repercusiones del calentamiento global y a dar la voz de alarma. Por ejemplo, un informe de la Casa Blanca de 1965 advertía de que la utilización continuada de combustibles fósiles generaría un «cambio climático irreversible» y «apocalíptico», que incluiría una subida del nivel del mar de tres metros. A pesar de estas claras advertencias, la respuesta del gobierno de Estados Unidos fue nula. Al principio, las grandes empresas del ramo sí intentaron comprender el problema. Pero en la década de 1980, percibiendo que las inminentes acciones respecto al clima podrían poner en peligro sus enormes beneficios, optaron por traicionar al mundo entero y se embarcaron en una campaña de desinformación sistemática para sembrar la confusión en la opinión pública y posponer lo más posible la aprobación de medidas. Entretanto, la opinión pública carecía incluso de usuales y visibles indicios de contaminación como la basura tirada por el suelo o los tóxicos hongos urbanos. La quema de combustibles fósiles emite dióxido de carbono (CO2), un gas que aparece de forma natural en la atmósfera y que, al evitar la salida de los rayos infrarrojos, calienta la Tierra. Las emisiones de CO2, al ser inodoras e incoloras, escapan al radar de nuestra conciencia. Y el hecho de que su aumento sea paulatino y global facilita que veamos en el cambio climático un fenómeno que, afortunadamente, ocurrirá en un futuro lejano. En gran medida, ni siquiera los propios ecologistas fueron conscientes de la amenaza climática hasta por lo menos la década de 1980.

Quizá esta falta de inmediatez sea el principal obstáculo para la acción climática, ya que, a la hora de votar, la opinión pública continúa ajena al cambio climático, que sitúa en el último puesto de sus preocupaciones. Sin embargo, mientras la vida sigue su curso y la experiencia cotidiana parece normal —aunque el observador tiene indicios, incluso en su propio patio trasero, de los enormes cambios que se están produciendo—, cada vez hay más geocientíficos que piensan que el cambio climático pone en peligro la existencia de la civilización humana.

Dicho de otro modo, la civilización está en una encrucijada. A escala global, los seres humanos son ahora la principal perturbación para el mundo natural, sobre todo a través de dos mecanismos: la irrupción en los hábitats de otras especies y su transformación, y la emisión de gases de efecto invernadero y el calentamiento del planeta. En la actualidad, la humanidad debe elegir entre abandonar toda la infraestructura energética de los combustibles fósiles en un periodo increíblemente corto —los próximos treinta años— o sufrir consecuencias cada vez más catastróficas.

No cabe duda de que este breve repaso a las posibilidades que tiene el colapso climático de trastocar el avance de la humanidad constituye un aleccionador contrapeso frente a la euforia que muestran otros textos de este libro. Aunque según ciertos indicadores, a la humanidad le va mejor que nunca, el cuadro general es un tanto más sombrío, ya que el colapso climático podría hacer descarrilar todo su progreso. Para minimizar el riesgo, la humanidad debe afrontarlo con la mayor urgencia y movilizarse con un brío y un nivel de cooperación nunca vistos en la historia de nuestra especie. Por desgracia, hasta ahora el conjunto de la humanidad apenas está mostrando este urgente compromiso; en realidad, en los últimos años se han producido ciertos retrocesos, ya que en Estados Unidos, Europa y otras zonas están llegando al poder gobiernos populistas y anticientíficos. El desafío al que nos enfrentamos como especie da verdaderamente que pensar. Aunque quienes proclaman que a la humanidad le va mejor que nunca siempre serán los mensajeros con mejor prensa, quizá no sea este momento para fiestas, sino para ponerse manos a la obra.

Bañistas en la playa de Wannsee cercana a Berlín, en julio de 2014, cuando en Alemania se llegaron a superar los 30 ºC, cuando la temperatura habitual en esa época ronda los 20 ºC. El año 2014 fue el más caluroso de la historia desde que se tienen registros.

El resto del presente capítulo se organizará de la siguiente manera. En primer lugar, daré un repaso a lo ocurrido en la década anterior a 2018, mencionando algunos hitos sobre el clima. Después analizaré algunas de las repercusiones climáticas previstas aunque la temperatura solo aumente 1,5 ºC o 2 °C. A continuación, plantearé algunas posibles soluciones. En mi opinión necesitamos múltiples soluciones, a todos los niveles, un enfoque «que no descarte opciones», aunque también debemos evitar sucedáneos de soluciones, atractivas pero peligrosas, que puede que al final no resuelvan nada. Por último, alejaré el foco para observar este laberinto climático desde una perspectiva astronómica y terminaré señalando ideas sobre lo que podría significar una «nueva ilustración» en el contexto del colapso climático.

Como para escribir este amplio repaso debo apartarme de mis áreas de especialización científica y también ofrecer mis opiniones, este capítulo lo he escrito principalmente desde el punto de vista de un ciudadano.

El cambio climático en los últimos diez años

Durante los diez años anteriores a 2018 aumentaron tanto las emisiones de gases de efecto invernadero como el calentamiento, y también se produjeron avances en climatología, se incrementó el número de desastres relacionados con el cambio climático y también sus costes, y se acentuó la sensación de que era urgente actuar.

Quizá una buena manera de iniciar una breve revisión (inevitablemente incompleta) sobre los últimos diez años de cambio climático sea mencionar ciertos datos sencillos pero increíbles: la Antártida se está derritiendo a un ritmo tres veces superior al de hace solo una década.1 Así está el hielo en un mundo que se calienta.

El proceso de calentamiento durante el periodo 2008-2017 queda demostrado en diversos indicadores de calor independientes. El hecho de que el variable sistema terrestre pueda emitir esas señales durante un periodo tan corto evidencia a las claras la inusitada rapidez del calentamiento

Los principales causantes del calentamiento son las emisiones de CO2 que produce el ser humano al utilizar combustibles fósiles y la deforestación. En junio de 2018, la cifra de CO2 atmosférico que se midió en el observatorio hawaiano de Mauna Loa fue de 411 ppm, frente a las 388 ppm de junio de 2008.2 Esa cifra se viene incrementando de forma exponencial y constante a un ritmo del 2,2% anual desde aproximadamente 1790, partiendo de un nivel preindustrial de 280 ppm.3 La media de los crecimientos interanuales recientes se ha situado en 2 ppm al año. Este persistente incremento exponencial del CO2 atmosférico indica lo esenciales que han sido los combustibles fósiles para la civilización humana desde la Revolución Industrial; para detener ese crecimiento de manera controlada (sin colapso) hará falta una revolución energética. Durante toda la existencia de la humanidad, la principal forma de obtener energía ha sido la combustión. Ahora nuestro cometido es enchufarnos directamente al sol.

Un mundo que se calienta

El proceso de calentamiento durante el periodo 2008-2017 queda demostrado en diversos indicadores de calor independientes. El hecho de que el variable sistema terrestre pueda emitir esas señales durante un periodo tan corto evidencia claramente la inusitada rapidez del calentamiento. En ninguna otra época de la historia se ha calentado el planeta con tanta rapidez.

El gráfico 1 muestra la temperatura media mundial en superficie desde 1850, tomando como marco de referencia los valores medios del periodo 1850-1900 y basándose en los datos reunidos en Berkeley Earth, que conjugan las temperaturas en la superficie oceánica y las recogidas en tierra, cerca de la superficie.4 El valor medio entre 2015-2017 fue de 1,2 °C por encima de la cifra de referencia; el de 2017, calculado en función de una media de treinta y un años extrapolada, es de 1,15 ºC por encima de la cifra de referencia.5 El valor medio del calentamiento global en superficie se ha incrementado recientemente hasta alcanzar 0,20 ºC por década (tal como indicó un ajuste lineal de las cifras de 1988 a 2017). La última década incluyó siete de los diez años más cálidos de los que se tiene constancia. Si la temperatura global continúa subiendo a este ritmo, en torno a 2035 se alcanzará una subida media del 1,5 °C por encima del dato de referencia y de 2 °C en torno a 2060.

Gráfico 1. Temperatura media mundial en superficie durante 2017 en relación con la media durante el periodo 1850-1900, datos de Berkeley Earth. La década 2008-2017 aparece en rojo
Gráfico 2. Contenido calórico medio en los océanos respecto a la media durante el periodo 1955-2006. Los sombreados representan el intervalo de confianza del 90%

El contenido calórico de los océanos es un indicador del calentamiento global todavía más fiable, ya que los océanos reciben más del 90% del desequilibro calórico actual de la Tierra. El gráfico 2 presenta el contenido calórico de los océanos desde 1955, en la capa que va desde la superficie hasta los 2 kilómetros de profundidad.6 La temperatura mundial media en superficie y el contenido calórico de los océanos están aumentando con tanta rapidez que ya no tiene sentido señalar, por ejemplo, que en 2017 el calor oceánico batió récords.

Por diversos factores, el volumen estival del hielo ártico varía considerablemente de un año al siguiente y tiene que ver con el resto del sistema terrestre. Sin embargo, partiendo de una media de 18.900 km3 durante la década de 1998-2007, se ha reducido en más del 20% hasta alcanzar una media de 14.700 km3 durante el periodo 2008-2017.7 En 2017, el volumen de hielo ártico cayó hasta la cifra récord de 12.900 km3. Ese mismo año, un buque cisterna que transportaba gas natural se convirtió en el primer mercante en atravesar el Ártico sin necesidad de rompehielos, y durante el verano de 2018, por primera vez en la historia, un portacontenedores logró transitar la ruta ártica.8 En febrero de 2018 se registró un prolongado e intenso periodo de calentamiento en el Ártico, con temperaturas medias diarias de hasta 20 °C por encima de las medias entre 1958 y 2002. Sus consecuencias, aunque anómalas y alarmantes, aún no están claras.9

Entretanto, el nivel del mar, cuya situación se sigue desde el espacio desde 1993, subió entre 3 y 4 cm en la década pasada. En torno a 2/3 de la subida se debe al derretimiento de los hielos continentales y los glaciares, y alrededor de 1/3 a la dilatación térmica que produce el calentamiento de los océanos. En 2017 el nivel medio del mar en el mundo superaba en 77 cm el de 1993. Ahora se acelera a un ritmo de 0,084 mm anual. La subida del nivel del mar varía según la zona geográfica, con anomalías de hasta 15 cm por encima o por debajo del incremento medio.10 Durante la última década ha influido enormemente en la aparición de marejadas ciclónicas tropicales en los países de escasa altitud y en las inundaciones que ocasionan las mareas en las ciudades costeras, y su coste económico se ha disparado.

En 2017 un buque cisterna que transportaba gas natural se convirtió en el primer mercante en atravesar el Ártico sin necesidad de rompehielos, y durante el verano de 2018, por primera vez en la historia, un portacontenedores logró transitar la ruta ártica

Entre 2014 y 2017 las olas de calor oceánico devastaron los arrecifes de coral. En ese periodo más del 75% de los arrecifes de coral del mundo sufrieron decoloración por estrés térmico y el 30% murieron a causa de ese estrés.11 En la actualidad, la decoloración masiva se repite cada seis años, con lo que los corales no tienen tiempo de recuperarse. Se cree que esta situación se agravará a medida que avance el calentamiento.

Durante la última década el calentamiento global ha producido otros múltiples y profundos cambios en los sistemas terrestres mundiales y regionales: el deshielo de los glaciares de montaña, el incremento de los días de calor extremo, el adelanto de la primavera y la mayor frecuencia de fenómenos como la sequía, los incendios forestales y otras transformaciones ecológicas afines en el oeste de Estados Unidos y en otros países.

Desastres naturales relacionados con el clima

Durante los últimos diez años hemos asistido a un incremento de los desastres naturales de origen climático y de las pérdidas que ocasionan. Entre los desastres naturales de creciente intensidad relacionados con el calentamiento global figuran los ciclones tropicales, los incendios forestales, la sequía y las inundaciones.

Los huracanes y los tifones se están volviendo más frecuentes e intensos a consecuencia del rápido calentamiento de los océanos; de la mayor temperatura de la atmósfera, que retiene más humedad; de la subida del nivel del mar, que promueve la formación de marejadas ciclónicas, y de movimientos de mayor lentitud ocasionados por cambios de origen climático en la corriente en chorro. Ahora los ciclones también suelen cobrar fuerza con más rapidez. Cinco de los seis huracanes atlánticos más devastadores ocurrieron entre 2008 y 2017, y el sexto fue el Katrina, de 2005.

Al aumentar el número de regiones cálidas y secas a consecuencia del cambio climático, los incendios forestales se tornan más devastadores. En mi estado, el de California, por ejemplo, 15 de los 20 incendios principales de la historia se han producido desde 2000.12 A este respecto, 2017 fue para California el año más destructivo desde que se tienen registros y parece que 2018 batirá ese récord.

Los incendios forestales, la sequía, las inundaciones y los ciclones tropicales están relacionados con el calentamiento global. Cinco de los seis huracanes más devastadores ocurrieron entre 2008 y 2017, y el sexto fue el Katrina, en 2005

Aunque la sequía sea un fenómeno difícil de definir y de calibrar, al que contribuyen múltiples factores, desde hace poco (2013) ha quedado claro que el calentamiento global está agravando las sequías en algunas regiones del mundo. Las sequías agravadas por el clima las pueden ocasionar dos fenómenos: la reducción de las precipitaciones y el incremento de las temperaturas, que evapora la humedad del terreno y reduce la acumulación de nieve al derretirla con más rapidez y producir más lluvia que nieve. Ahora se cree que el cambio climático ha agravado la sequía reciente que sufren California y el suroeste de Estados Unidos y que fue uno de los factores que contribuyó a precipitar la guerra civil siria en 2011.13

La otra cara de la sequía es el exceso de precipitaciones, que puede causar inundaciones y corrimientos de tierra. De hecho, las grandes teleconexiones atmosféricas (ondas estacionarias) pueden conectar la desecación del oeste de Estados Unidos con las inundaciones en el sudeste asiático,14 como ocurrió con el monzón de 2017, que afectó a más de 45 millones de personas y ocasionó la muerte de más de 1.000. Además de transformar la dinámica atmosférica, una atmósfera más caldeada retiene más agua, con lo que las precipitaciones son más intensas.

Las aseguradoras ya sufren pérdidas a consecuencia del incremento de los riesgos y no han tenido tiempo de adaptarse. En 2017 el sector registró cifras de pérdidas nunca vistas.15

Avances en climatología

Al llegar 2007 ya hacía mucho tiempo que los climatólogos habían ofrecido al mundo pruebas fehacientes de una importante realidad: quemar combustibles fósiles produce calentamiento, lo cual está teniendo consecuencias catastróficas, de manera que hay que dejar de quemarlos. En este sentido, durante la última década no se han producido grandes avances climatológicos. En cualquier caso, durante ese periodo la comunidad científica ha ofrecido información muy relevante; a continuación figuran algunos de mis datos favoritos:

La utilización de modelos climáticos para atribuir determinados acontecimientos climatológicos al cambio climático mediante el cálculo de probabilidades avanza con rapidez, algo que se consideraba imposible a comienzos de la década de 2000. En 2004, Stott, Stone y Allen publicaron el primer estudio de este tipo para explicar la letal ola de calor que sufrió Europa en 2003.16 En la actualidad se realizan estudios de atribución de responsabilidades relacionados con una amplia gama de cuestiones. En 2013 el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) declaró que no era posible achacar las sequías al cambio climático y hasta hace pocos años los periodistas no dejaban de señalar que ningún acontecimiento concreto podía atribuirse al cambio climático. Sin embargo, en la actualidad, se publican rigurosas atribuciones de responsabilidad basadas en modelos, incluso pocos días después de los desastres naturales, y no tardarán en realizarse en tiempo real.17 Las atribuciones de responsabilidades en tiempo real podrían contribuir a que la opinión pública fuera más consciente de la urgencia de las medidas. En general, ese tipo de explicación podría tener repercusiones legales para las empresas que contaminan con sus emisiones de carbono.

En la última década se han producido avances en los sensores remotos de los satélites. GOSAT (lanzado en 2009) y OCO-2 (lanzado en 2014) proporcionan medidas precisas de las concentraciones de CO2 en todo el planeta, algo crucial para la cooperación internacional en políticas de mitigación. Los datos procedentes de estos satélites que vigilan las emisiones de carbono también son esenciales para comprender mejor su ciclo. También se ha registrado una revolución silenciosa en los sensores remotos de los sistemas ecológicos; por ejemplo, GOSAT y OCO-2 también proporcionan, casualmente, medidas de la fluorescencia de origen solar, lo cual permite a los investigadores hacer inferencias sobre la salud de las plantas, el estrés que soportan y su productividad. En líneas generales, los registros de datos de muchas medidas espaciales iniciadas en la década de 1990 ahora superan las dos décadas, lo cual los convierte en algo cada vez más útil para la climatología.

Aunque las medidas in situ de la atmósfera hace tiempo que se basan sobre todo en tecnologías consolidadas como los globos meteorológicos, el radar y el lídar, durante la última década se ha asistido a una revolución en las medidas oceánicas in situ, gracias a la disponibilidad del sistema Argo, compuesto por unos 4.000 flotadores distribuidos por todos los océanos. Esos flotadores, que se pasan gran parte del tiempo deambulando a una profundidad de 1 km, miden la temperatura, la salinidad y las corrientes. Cada diez días bajan hasta los 2 km y después emergen a la superficie, donde unos satélites recogen sus mediciones. El proyecto de colaboración internacional Argo comenzó a funcionar con 3.000 flotadores en 2007 y desde entonces ha revolucionado nuestra forma de medir el desequilibrio energético de la Tierra.

Los modelos climáticos también han ido mejorando sistemáticamente. En 2007 se presentó el AR4 (Cuarto informe de evaluación) del IPCC, cuando los modelos climáticos globales (del tercer Proyecto de Intercomparación de Modelos Acoplados, CMIP3) solían tener resoluciones horizontales de unos 110 km. La resolución ha mejorado desde entonces y el refinamiento de malla adaptativo sitúa la alta resolución donde más se necesita. En 2008 se utilizaron por primera vez modelos para estudiar puntos de inflexión climáticos como el hielo marino ártico y la capa de hielo de Groenlandia. Se mejoró la modelización de aerosoles y se está prestando más atención al carbono negro.18 El CMIP5 sirvió de base para el informe AR5 del IPCC, que se presentó en 2013 y que incluía una evaluación en profundidad del conjunto de modelos del CMIP5. En la actualidad, ya de camino hacia el CMIP6 y el informe AR6 del IPCC, la mayoría de las proyecciones de cambio global emanarán de Modelos del Sistema Tierra (MST), que incluyen modelos acoplados sobre los ecosistemas y la biosfera, además de otros sobre la atmósfera, el océano, el hielo y la Tierra. Ahora se tiende a incrementar la resolución espacial, ya que los equipos informáticos cada vez son más potentes. Los avances en materia de modelización y reducción de las escalas regionales también han permitido la obtención de proyecciones regionales cada vez más útiles.

En 2008 se utilizaron por primera vez modelos para estudiar puntos de inflexión climáticos como el hielo marino ártico y la capa de hielo de Groenlandia. Se ha mejorado la modelización de aerosoles y se está prestando más atención al carbono negro

En resumen, ahora podemos supervisar, medir y modelizar el sistema terrestre con más precisión y exactitud que nunca. Sin embargo, todavía queda mucho por mejorar. Por ejemplo, se calcula que el rango de equilibrio respecto a la sensibilidad climática en el caso de que se duplicaran las emisiones de CO2 no ha dejado prácticamente de situarse entre 1,5 °C y 4,5 °C desde el Informe Charney de 1979. Sigue siendo difícil modelizar ciertos fenómenos y representar mejor, por ejemplo, las nubes y los aerosoles, los efectos de retroalimentación que desata el ciclo del carbono, o los vegetales; y representar puntos de inflexión no lineales. Todos los modelos se equivocan, pero algunos son útiles.19 Las comunidades de modelizadores y observadores han colaborado para que los modelos —que nos permiten avanzar en el conocimiento del futuro— sean útiles.

Por último, merece la pena mencionar que durante la última década se ha descubierto que casi todos los climatólogos en activo (por lo menos el 97%) coinciden en que los seres humanos están calentando el planeta.20 ¿Y el 3% restante que no participa de ese consenso? En esa última década quienes lo componen escribieron 38 artículos revisados por colegas. Resulta que todos ellos tenían errores y que, cuando se corrigieron, las revisiones resultantes sí que participaban del consenso.21

La respuesta de la humanidad

El indicador más importante a la hora de evaluar la respuesta de la humanidad en la última década son las emisiones de CO2, que siguen creciendo en todo el mundo. La conclusión inevitable es que, si la humanidad está haciendo algo, no funciona, al menos por ahora.

En 2017 los cuatro emisores principales eran China (28%), Estados Unidos (15%), la Unión Europea (10%) y la India (7%).22 Las emisiones de China comenzaron a aumentar drásticamente en torno a 2000 y superaron las de Estados Unidos en 2005. Sin embargo, disminuyeron el 0,3% entre 2015 y 2017, en tanto que las de la India aumentaron el 4,5% en ese mismo periodo. La India y China tienen una población parecida (1.300 y 1.400 millones de habitantes, respectivamente). Aunque la participación de la India en el calentamiento ha sido relativamente menor durante la última década, su peso será cada vez más importante en el futuro.

Gráfico 3. Emisiones de CO2 procedentes de combustibles fósiles e industrias. Se calculaba que en 2007 las emisiones globales por ambos conceptos aumentarían el 2%, coincidiendo obstinadamente con el crecimiento exponencial de las emisiones a lo largo de la historia. Fuente: Global Carbon Project

En 2013 los países del mundo se reunieron en París para debatir sobre acciones climáticas al amparo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Teniendo en cuenta lo poco que se había logrado con anterioridad en el ámbito internacional, la propia organización de esta reunión constituyó un gran éxito. El cumplimiento del Acuerdo de París supondría que en 2030 las emisiones globales de gases de efecto invernadero (no solo de CO2) equivaldrían a unas 55 Gt de CO2 anuales, una reducción que ni por asomo serviría para mantener el calentamiento por debajo de 1,5 °C y que produciría un calentamiento bastante superior a 3 °C.23 Fundamentalmente, se puede decir que todas las formas de alcanzar el objetivo de 1,5 °C implicarían emisiones inferiores a una cifra equivalente a 35 Gt de CO2 al año en 2030, y la mayoría exigirían todavía menos emisiones. La idea era fortalecer la aplicación del Acuerdo de París para alcanzar los objetivos. Sin embargo, Estados Unidos y el presidente Trump proclamaron a los cuatro vientos que no solo harían caso omiso del acuerdo, sino que aplicarían políticas encaminadas a aumentar las emisiones, como las que miman al sector carbonífero. Otros podrían seguir el ejemplo del país que, una vez fuera del acuerdo, más contribuye al cambio climático a través de sus emisiones.

Ante el vacío creado en el gobierno federal de Estados Unidos y en otros países, las ciudades y los estados intentan asumir las labores de mitigación del cambio climático. La red C40, constituida en 2005, la forman megalópolis del mundo comprometidas con la lucha contra este fenómeno. Lo que pretenden sus integrantes es contribuir a que el ascenso térmico no supere el nivel de 1,5 °C. California, estado en el que resido y quinta economía del mundo, lidera las iniciativas climáticas en Estados Unidos. En 2018 California aprobó leyes innovadoras para que en 2030 el 60% de la energía eléctrica sea renovable y en 2045 esté absolutamente libre de carbono.

Las energías renovables han crecido en todo el mundo, sobre todo gracias a la reducción de costes y al aumento de volumen que genera China. En 2016 la capacidad de la energía solar fotovoltaica aumentó el 50%, y en 2017 la producción solar incorporó 98 gigavatios en todo el mundo, más que la producción conjunta procedente de combustibles fósiles y nucleares. En la actualidad, China tiene más de 300 millones de empleos ligados al sector solar, más de 1.000 veces más que Estados Unidos (230.000).24 Aunque Estados Unidos tuvo la oportunidad de liderar el sector de las energías limpias hace cinco o diez años, hoy en día China es la que lleva la voz cantante. En 2017, poco menos del 5% de la electricidad mundial era de origen solar o eólico.25

China también está tomando la delantera respecto a los vehículos eléctricos (VE). En 2017 había un total de 3,1 millones de VE en China, el 56% más que en 2016.26 En Noruega, en 2017, el 39% de los coches que se vendieron eran VE. Irlanda ha manifestado que no permitirá ventas de vehículos con motores de combustión interna después de 2030. En California los VE representaban casi el 8% de las ventas de vehículos ligeros en abril de 2018.

Aunque resulta difícil calibrar el cambio cultural, tengo la sensación de que durante la última década se ha producido una considerable transformación respecto al clima. Los movimientos de base y la acción directa están cobrando impulso. Los enfrentamientos que ha suscitado el oleoducto de Keystone XL y el campamento de protesta instalado en la reserva india de Standing Rock han marcado un antes y un después respecto a la extracción de combustibles fósiles; esas y otras acciones aumentan la conciencia de lo dañinos que son. En Europa existe un importante movimiento de oposición a la expansión de los aeropuertos. Los académicos intentan cambiar una cultura basada en frecuentes desplazamientos en avión. Los medios de comunicación siguen sin mencionar el cambio climático cuando se producen desastres naturales, aunque puede que esta actitud esté empezando a cambiar. Las demandas por causas climáticas comienzan a cobrar fuerza y ahora hay jóvenes que denuncian al gobierno de Estados Unidos en un caso judicial que podría ser trascendental. El Sierra Club ha detenido la construcción de más de 200 centrales eléctricas de carbón y ha obtenido garantías del cierre de otras 275. Por lo que escucho a mi alrededor, tengo la sensación de que en la vida cotidiana los estadounidenses hablan más del cambio climático que en 2008, aunque no lo suficiente.

En 2016 la capacidad de la energía solar fotovoltaica aumentó el 50%, y en 2017 la producción solar incorporó 98 gigavatios más que la producción conjunta procedente de combustibles fósiles y nucleares

El movimiento ecologista popular se está transformando en un movimiento por la justicia climática, una respuesta a la profunda injusticia que supone el colapso climático: quienes más han contribuido a producirlo (los ricos de los países ricos del Norte global) serán los que menos lo sufran, y quienes menos han tenido que ver en su aparición (los pobres de los países pobres del Sur global) serán los que más lo sufran. La mitad de las emisiones mundiales las produce el 10% de la población del planeta. La justicia climática podría ayudarnos a adoptar con más rapidez una mentalidad inclusiva «que no descarte opciones» y cree el «movimiento de movimientos» que se necesita. El movimiento por la justicia climática nunca debe perder de vista el factor más importante: las emisiones. A las moléculas de efecto invernadero no les importa la política y, para ser potente, el movimiento no debe excluir a nadie. Centrarse en la reducción de emisiones podría minimizar el riesgo de politizar aún más la acción climática.

En resumen, la respuesta humana, en toda su inevitable complejidad, ha comenzado a coger carrerilla a todos los niveles. Ahora es insuficiente, pero se está produciendo un cambio cultural. Las personas se inspiran las unas a las otras.

Hace unas pocas noches un amigo me llamó para decirme que, en un par de horas, el ayuntamiento de una localidad cercana iba a votar si declaraba que sus ciudadanos utilizaran, por defecto, el 50% o el 100% de la energía eléctrica renovable. Aquí en California, muchas comunidades están adoptando la llamada «opción energética comunitaria», gracias a una ley estatal que permite a ciudades y condados coaligarse y elegir cómo se genera su mix energético. Los residentes entran, por defecto, en un determinado plan, aunque también pueden elegir otro. Como la gran mayoría se queda en el primero, nuestra misión era presionar al ayuntamiento para que adoptara la opción 100% renovable. Así que me fui al centro de la localidad. Hablé durante dos minutos y el Ayuntamiento comenzó sus deliberaciones. Mi amigo, retrasado por una acción similar en otra ciudad, llegó justo a tiempo para la votación y también tuvo oportunidad de hablar. Los concejales votaron 5-0 a favor de la opción 100% renovable. Después de la votación, tres de los concejales se bajaron del estrado y nos abrazamos. La acción tenía poco peso, pero la sensación fue estupenda.

Todos somos mamíferos. Nuestras acciones son limitadas. Por lo tanto, es natural que nos abrume el colapso climático. Pero si nos desconectamos nos sentiremos todavía peor. Puede que no sea suficiente hacer cada uno lo que pueda, pero no podemos hacer más. Al hacer todo lo posible nos relacionamos con los demás seres humanos del mundo que están adoptando la misma actitud. Es el mejor antídoto contra la tristeza que genera la situación climática.27

El presupuesto de carbono para no superar 1,5 °C de calentamiento

En 2017 la humanidad emitía 42 ±3 Gt de CO2 al año, o alrededor de 1 Gt de CO2 cada 8,6 días,28 mientras que en 2007 emitía 34 Gt de CO2 al año (la media entre 2002 y 2012).29 Esto supone que las emisiones de CO2 de la humanidad se han incrementado al mismo ritmo del 2,2% anual que la parte de CO2 que hay en la atmósfera. Durante esos once años la población humana se ha incrementado en el 13%, es decir, en casi 1.000 millones de personas (ha pasado de 6.700 millones en 2007 a 7.600 en 2017). En el mundo, las emisiones de CO2 per cápita se incrementaron el 9%. Dicho de otro modo, las emisiones globales las disparan tanto el crecimiento demográfico como el consumo individual.

Al llegar 2017 la humanidad había emitido una cifra acumulada que se situaba en torno a los dos billones de toneladas de CO2 (2200 ±320 Gt de CO2).30 Según el IPCC, todavía es físicamente posible no superar el máximo de 1,5 °C. A finales de 2018, si nos situamos en una posibilidad de ⅔ de quedarnos por debajo de 1,5 °C, el IPCC calcula que la humanidad todavía podría emitir 530 Gt de CO2 o 380 Gt de CO2 más, dependiendo, respectivamente, de si la temperatura se mide en función de la existente en la superficie marina o del aire oceánico cercano a esa superficie.31

Si se mantiene el nivel de emisiones actual, es probable que el planeta supere la barrera de 1,5 °C algún año de finales de la década de 2020 o comienzos de la siguiente.32 Si continúan las emisiones, el planeta superará la barrera de los 2 °C de calentamiento a mediados de siglo.

Si la humanidad comenzara a atenuar esa tendencia de inmediato, alcanzara la neutralidad en materia de emisiones de carbono en 2055 y comenzara también a reducir los agentes emisores no relacionados con el CO2 en 2030, las emisiones de este gas se mantendrían dentro del presupuesto de 530 Gt de CO2.33 Para eso harían falta una cooperación y una movilización mundiales mayores que en la Segunda Guerra Mundial y no podríamos permitirnos enfrentamientos entre países.

Las olas del mar de Escocia golpean contra un iceberg tabular, o isla de hielo, con cueva. Antártida, cerca de Georgia del Sur

Si la humanidad alcanzara la neutralidad en materia de emisiones de carbono y redujera (a cero) los agentes emisores no relacionados con el CO2 más o menos en esos periodos, es probable que el calentamiento antropogénico se detuviera pasadas unas décadas.34 Fenómenos producidos por el sistema terrestre, como el metano que libera el permafrost, la pérdida de bosques y la relación directa entre el tamaño de las zonas heladas y la alteración del albedo, pueden mantener el calentamiento mucho después de superado ese momento; se desconoce cómo discurrirá ese calentamiento (su fuerza en función del tiempo y su duración última).35 Una parte del CO2 atmosférico acumulado, paulatinamente decreciente, se mantendría en la atmósfera durante miles de años, lo cual también iría reduciendo poco a poco la temperatura; el mantenimiento del calentamiento antropogénico durante siglos acentuaría aún más las pérdida de hielo y las subidas del nivel del mar.36 La eliminación del dióxido de carbono podría atenuar estas consecuencias a largo plazo, pero no se sabe si ese proceso es viable a gran escala.

La relativa sencillez de la formulación de presupuestos de CO2 oculta un enorme grado de complejidad e incertidumbre, y la comunidad científica tiene la sensación de que lo más probable es que el cálculo del IPCC sea más abiertamente optimista que pesimista, por dos razones principales. En primer lugar, el IPCC utilizó una referencia preindustrial, la de 1850-1900. Como las emisiones de CO2 de origen fósil habían comenzado unos cien años antes, puede que esta referencia de finales del siglo XIX minusvalorara las temperaturas medias mundiales hasta en 0,2 °C.37 Por lo tanto, en el peor de los casos esto supondría que la humanidad ya habría generado el equivalente a una década de emisiones, más o menos 400 Gt de CO2, con lo que solo quedaría un presupuesto de 100 Gt de CO2. En segundo lugar, el IPCC no se ha propuesto incluir repercusiones del ciclo del carbono como la desaparición del permafrost y las emisiones de los humedales; según el informe SR1.5 del IPCC, las emisiones que generan esos procesos podrían restar 100 Gt de CO2 al presupuesto necesario para no superar 1,5 ºC. En consecuencia, bastan estas dos consideraciones para pensar que la humanidad ya ha consumido todo ese presupuesto. Es evidente que cuantas más emisiones se van produciendo cada día, más probable es que, por inercia, se supere la barrera de 1,5 °C.

Entre las demás causas de incertidumbre que pesan sobre el presupuesto está el conocimiento incompleto de la respuesta climática (±400 Gt de CO2) y las dudas sobre cómo podrá la humanidad mitigar las emisiones no relacionadas con el CO2 (metano, carbono negro, óxido nitroso e hidrocarburos fluorados, ±250 Gt de CO2).

Es importante recordar que la cifra de 1,5 °C es un umbral arbitrario, destinado a comunicar riesgos y fijar objetivos. Si pensamos en lo que realmente le importa al planeta, cuanto más aumenta la temperatura, peores serán las repercusiones. Sea cual sea la verdadera cantidad de CO2 (imposible de conocer) que podemos emitir sin alcanzar cierto nivel de calentamiento arbitrario, ya sea 1,5 °C o 2 °C, lo que debe hacer la humanidad es lo mismo: reducir las emisiones con la mayor celeridad posible (mitigación) y agarrarse porque vienen curvas (adaptación).

Qué podemos perder con aumentos de 1,5 °C, 2 °C o más

Con todo, parece claro que un incremento de 1,5 °C es lo mejor que puede esperar la humanidad en este momento, y por desgracia este nivel de calentamiento hará que las repercusiones sean mayores que las actuales. A continuación hago un breve repaso a esas repercusiones. Por razones de espacio me limitaré a comparar las que producirían aumentos de temperatura de 1,5° y 2 °C, y aunque se cree que esas consecuencias variarán enormemente según las regiones, aquí ofreceré una panorámica global.

Según las proyecciones, en tierra las temperaturas extremas subirán en torno a 3 ºC, aunque este cambio variará según las regiones; en términos generales, se espera que las olas de calor que ahora alcanzan 47 °C lleguen a unos 50 °C en las zonas más cálidas.38 Si se llegara al nivel de 2°C, las olas de calor serían 4 °C más cálidas que en la actualidad; cabe esperar que las que ahora alcanzan 47 °C lleguen a 51 °C. Se prevé que la frecuencia de los periodos de calor extremo (que en el clima actual tienen lugar cada veinte años) se incremente el 129%, con un calentamiento de 1,5 °C y el 343% con un calentamiento de 2 °C.39 La duración de los periodos cálidos se incrementaría una media de 17 días si aumentara la temperatura 1,5 °C y 35 días si aumentara 2 °C.40 Se prevé que la frecuencia de las precipitaciones extremas en tierra aumente el 17% con un calentamiento de 1,5 °C y el 36% con un calentamiento de 2 °C.41

Según las proyecciones, en tierra las temperaturas extremas subirán en torno a 3 ºC; en términos generales, se espera que las olas de calor que ahora alcanzan los 47 °C lleguen a unos 50 °C en las zonas más cálidas

Las proyecciones indican que el nivel del mar habrá subido entre 26 y 77 cm en 2100 si el calentamiento es de 1,5 °C y 10 cm más si es de 2 °C; aunque este aumento adicional parezca escaso, es probable que suponga el desplazamiento de 10 millones de personas más en todo el mundo.42 Desde el punto de vista alimentario, se calcula que las pérdidas económicas se situarán en 10 billones de dólares con un calentamiento de 1,5 °C y de 12 billones si es de 2 °C.43 El nivel del mar seguirá subiendo después de 2100, y durante cientos de años podrá seguir subiendo varios metros ya que las grandes superficies heladas se habrán perdido para siempre.44 Sin embargo, todavía no está nada claro cómo irán desapareciendo esas superficies heladas y cómo se producirá la subida del nivel del mar. Los expertos en capas heladas están insistiendo cada vez más en que la subida del nivel del mar podría ser mucho más generalizada y más rápida si la desaparición de las capas heladas no fuera lineal, sobre todo en la Antártida occidental, y que ese proceso podría desatarlo hasta un calentamiento global de solo 1,5 °C.45 Ese rápido incremento tendría graves consecuencias para las ciudades costeras, la economía y la estabilidad política del mundo.

La pérdida de extensión media del hábitat de los vertebrados se duplicaría con un calentamiento de 1,5 °C y se triplicaría si es de 2 °C.46 En este segundo caso se perderían entre 1,5 y 2,5 millones de km2 más de permafrost que si el calentamiento se limitara a 1,5 °C.47

En el primer supuesto se perderían entre el 70% y el 90% de los arrecifes de coral de las aguas cálidas del mundo; en el segundo se perderían el 99%.48 Con un calentamiento de 1,5 °C se calcula que el volumen de pesca anual se reduciría en 1,5 millones de toneladas, frente a los 3 millones que se perderían con un calentamiento de 2 °C.49

Se calcula que en 2100 la circulación meridional de retorno del Atlántico se habrá reducido el 11% con un calentamiento de 1,5 °C y el 34% con un calentamiento de 2 °C.50

Cadáver de un pez globo, también llamado puercoespín, en la isla de Saint Martins, bangladesh, marzo de 2018

Las pérdidas de biodiversidad son rápidas y duraderas; por ejemplo, se cree que la pérdida de biodiversidad de los mamíferos que tendrá lugar en los próximos cincuenta años se mantendrá durante millones de años, ya que la evolución reproduce la diversidad paulatinamente.51 A mí me parece asombroso que las consecuencias de las decisiones que tomemos durante las próximas décadas se mantengan durante millones de años.

Los riesgos sanitarios aumentan con la temperatura. Se cree que la proclividad de las zonas secas a la trasmisión de la malaria aumentará en el 19% con un calentamiento de 1,5 °C y el 27% con un calentamiento de 2 °C.52 Cuanto más aumenten las temperaturas, más proliferarán los mosquitos Aedes y en mayores extensiones geográficas, con lo que se acrecentará la incidencia del dengue, la chikungunya, la fiebre amarilla y el virus del Zika. Según las proyecciones, la extensión y la estacionalidad de la enfermedad de Lyme y otras dolencias trasmitidas por la garrapata aumentarán en Norteamérica y Europa, y a mayor temperatura, peores pronósticos.53 Con un calentamiento de 1,5 °C, es probable que sufran estrés térmico el doble de megalópolis que ahora, con lo que en 2050 otros 350 millones de personas podrían sufrir olas de calor mortales.54

El sistema alimentario global integrado es, como mínimo, complejo. La seguridad alimentaria futura dependerá de la interacción entre las tensiones que sufran las cosechas en cada región (respecto a temperatura, agua, plagas o empobrecimiento del suelo), la adaptación, la población, las pautas de consumo, los costes energéticos y los mercados internacionales. Hasta el momento, las mejoras de rendimiento de origen tecnológico han logrado seguir el ritmo al calentamiento global, pero si las tensiones crecen, puede que ya no sea así. Según un estudio, al llegar 2100 las cosechas de maíz del mundo se habrán reducido el 6% con un calentamiento de 1,5 °C y el 9% con un calentamiento de 2 °C.55 Otro estudio pronostica que las cosechas medias en cuatro países que acumulan dos tercios de la producción de maíz (Estados Unidos, Brasil, Argentina y China) se reducirán entre el 8 y el 18% con un calentamiento de 2 °C y entre el 19 y el 46% si el calentamiento es de 4 °C.56 (Estos cálculos no incorporan la tensión adicional que generaría el agotamiento de los acuíferos.)

Según un estudio, al llegar 2100 las cosechas de maíz del mundo se habrán reducido el 6% con un calentamiento de 1,5 ºC y el 9% con un calentamiento de 2 ºC

Es posible que las cosechas de todos los productos puedan reducirse más drásticamente con mayores temperaturas, ya que no se cree que la reacción de las plantas y las plagas al calentamiento vaya a ser lineal; esta acusada reducción con el alza de la temperatura garantizará una mayor variabilidad en el tiempo de la cosecha. Al aumentar la probabilidad de pérdida simultánea de cosechas en múltiples regiones y productos, podrían ser más frecuentes sacudidas de precios graves como la registrada entre 1972 y 1974 (por las temperaturas extremas en la URSS), que los multiplicó por tres.57 Resulta preocupante que tales pérdidas de cosechas e incrementos de variabilidad puedan coincidir con el previsto crecimiento demográfico.

Se prevé que la pobreza global aumente con el calentamiento. Si este se limitara a 1,5 °C, y no alcanzara 2 ºC, al llegar 2050 hasta varios cientos de millones de personas habrían evitado caer en la pobreza producida por la situación climática.58

Si se superan los 2 °C de calentamiento, las repercusiones serán mucho peores y la adaptación más cara y menos eficaz.

Soluciones a corto plazo: sin descartar opciones, pero sin engañarnos

Para evitar superar la barrera de 1,5 °C de calentamiento respecto al punto de referencia de 1850-1900 en esta fecha tan tardía (si es que aún es posible) haría falta una enorme movilización global que superara con mucho los niveles actuales y que incluso fuera más allá de los compromisos del Acuerdo de París. En mi opinión, para obtener éxito, la humanidad necesitaría convertir la acción climática en su principal prioridad y ponerla incluso por delante del crecimiento económico.

El reciente informe especial del IPCC (SR1.5) apunta que sigue siendo físicamente posible el objetivo de un calentamiento global que no supere 1,5 °C.59 Sin embargo, para las medidas que debe tomar la humanidad, esto resulta irrelevante. Como ya hemos visto en el apartado anterior, la senda que conduce a un calentamiento de 2 °C pasa por el umbral de 1,5 °C, y las repercusiones empeoran enormemente cuanto más acusado es el calentamiento.

Aunque los pormenores de estas repercusiones previstas siguen siendo objeto de debate científico, nadie duda de lo esencial: el peligro del calentamiento antropogénico. Sin embargo, la respuesta humana siempre será objeto de discusión. En consecuencia, las recomendaciones que se hacen a continuación solo pueden expresar mis opiniones como ciudadano del mundo.

En líneas generales, debemos poner mucho empeño en adoptar soluciones que reduzcan de verdad, aquí y ahora, las emisiones. Dirán que estoy loco, pero creo que una buena manera de responder a una crisis ocasionada por la quema de combustibles fósiles es dejar de quemarlos, a todos los niveles. No cabe esperar que la vida vaya a ser igual que en la época de los combustibles fósiles. Tampoco importa: un planeta habitable es mucho más importante que la conservación de un statu quo que ni siquiera nos ha hecho felices.

Un pensamiento peligroso

Activistas medioambientales se agarran a una verja frente a la Casa Blanca durante una protesta contra el oleoducto de Keystone XL en marzo de 2014

Al evaluar la utilidad de una determinada acción climática también debemos tener en cuenta su viabilidad. Por desgracia, la naturaleza humana gravita hacia posibles soluciones que no exigen cambios inmediatos, pero que por alguna razón resultan tecnológicamente atractivas. Quizá muchos de nosotros tendamos a venerar esos apaños tecnológicos porque participan de la idea de progreso, uno de los mitos más potentes de nuestra sociedad. Esas «soluciones» son peligrosas porque atenúan la urgencia y nos apartan de acciones climáticas de peso.

Quizá el ejemplo más peligroso de este tipo de pensamiento mágico sean las tecnologías de emisiones negativas (TEN). Entre las más importantes TEN figuran la bioenergía con captura y almacenamiento de carbono (BECCS, por sus siglas en inglés) y la meteorización mejorada. Aunque creo que hay que multiplicar la investigación en TEN, resulta peligrosamente irresponsable pensar que pueden servir para evitar el colapso climático. Esas tecnologías todavía no existen en la magnitud requerida y quizá no lleguen a existir a tiempo para ser útiles. Dar por hecho que algún día las TEN puedan reducir el CO2 de la atmósfera, sirviéndonos por tanto para expiar por arte de magia la culpa de nuestras emisiones de carbono actuales, es cargar sobre los hombros de nuestros hijos tanto el precio de esos planes (que la segunda ley de la termodinámica garantiza que será elevado) como el sufrimiento que traerá consigo un nivel de calentamiento mayor del que tendrían si hubiéramos aplicado con urgencia medidas mitigadoras.

Otro ejemplo es el biocombustible de origen agrícola. En vista de los pronósticos en materia de inseguridad alimentaria descritos en el apartado anterior, podemos decir que no resulta viable que ese tipo de biocombustible se convierta en un elemento importante de la acción climática. Es más, la tasa de retorno energético (TRE) de la producción de etanol de maíz es más o menos 1:1, lo que supone que para producirlo se consume tanta energía como la que se libera en su combustión.60 Hasta las ineficaces arenas bituminosas tienen una TRE de 4:1, y la de la energía eólica es de 20:1. Aunque se debe seguir investigando en fuentes de energía no convencionales como la fotosíntesis artificial, estos programas no deben considerarse «soluciones», por la sencilla razón de que todavía no existen y puede que no lleguen a tiempo para mitigar la crisis climática actual. Para poder mitigarla con eficacia tendrían que poder desplegarse a escala mundial más o menos en los próximos diez años (es decir, antes de 2030), lo cual parece enormemente improbable. Cuanto más tarden en llegar, menos eficaces serán.

La geoingeniería solar promueve iniciativas a gran escala destinadas a reflejar una parte de la radiación solar que recibe la humanidad.61 De las iniciativas posibles, la más difundida es la que propone reproducir el efecto de las erupciones volcánicas mediante la distribución de aerosoles brillantes por la estratosfera. Al contrario que las TEN, la geoingeniería de los aerosoles es tecnológica y económicamente factible. Por desgracia, podría ocasionar nuevos y perturbadores cambios climáticos y precipitaciones, no afectaría a la acidificación del océano y, lo que es peor, podría producir un «frente de choque de terminación» que impondría a nuestros hijos una súbita y disparada subida de temperatura si, por alguna razón, la civilización se viera incapaz de continuar sufragando una amplia flota de aviones propagadores de contaminación. Nuestro conocimiento de las ramificaciones que podría tener la geoingeniería sigue siendo superficial y es preciso acelerar las investigaciones. Sería lamentable que la humanidad pensara que esta es la mejor opción, pero quizá lleguemos pronto a ese punto si la tendencia a posponer decisiones continúa y se permite que las repercusiones climáticas vayan empeorando. En ese caso sería muy aconsejable disponer de investigaciones sólidas que orientaran el proyecto.

Medidas de calado

Para tomar medidas de calado, y no las supuestas soluciones antes mencionadas, hará falta una transformación cultural y un amplio apoyo de la opinión pública. Quemar combustibles fósiles es dañino y ya no debe considerarse aceptable. La población no entiende lo desesperada que es la situación. Para mí, esto en realidad permite albergar esperanzas: cuando la población despierte, la rapidez de las acciones podría ser verdaderamente sorprendente. Su apoyo induciría a instituciones y gobiernos poderosos a luchar contra el cambio climático, no a favorecerlo. Para mí, ese apoyo marcaría la diferencia entre el día y la noche.

De todos nosotros depende que se adelante ese cambio cultural. No hay atajos. Creo que este mensaje nos da poder: lo que haga cada individuo tiene su importancia, porque las acciones individuales, comunitarias y colectivas están inextricablemente unidas. La acción colectiva permite la acción individual (al cambiar los sistemas) y esta permite aquella (al cambiar las normas sociales). La diferencia entre la acción individual y la colectiva se difumina y se convierte en una falsa dicotomía. Necesitamos acciones a todos los niveles. A quienes les preocupe el colapso climático, les recomiendo que reduzcan drástica y sistemáticamente sus propias emisiones y que se esfuercen por el cambio en su comunidad y fuera de ella, a través de sus conocidos, de las instituciones locales y de una apasionada comunicación que coordine los talentos de unos y otros.62

A muy corto plazo, la primera y mejor medida que los países podrían aplicar es la aprobación de un impuesto y un dividendo para el carbono.63 Siempre que se extraiga un combustible fósil o se importe de otro país se le aplicará un arancel en función de las emisiones de CO2 que lleve incorporadas (y puede que también en función de otros gases de efecto invernadero). Al principio el arancel sería modesto (probablemente menos de 100 dólares por tonelada de CO2) y se iría incrementando cada año a un ritmo regular, de manera que terminara por resultar prohibitivo (miles de dólares). Así se solventaría un enorme problema que plantea el mercado: a la civilización le sale carísima la contaminación, pero contaminar sigue saliendo gratis. De este modo, las alternativas a los combustibles fósiles se irían haciendo cada vez más viables en todos los sectores económicos, desde la electricidad libre de carbono hasta los alimentos orgánicos de kilómetro cero, pasando por fábricas sostenibles y formas de viajar más lentas que la aviación. El carácter predecible de los precios aceleraría tanto una desinversión escalonada y ordenada en combustibles fósiles como una inversión sistemática en fuentes alternativas. Naturalmente, los individuos, las instituciones y las empresas buscarían nuevas formas de utilizar la energía de manera más eficiente (incluso en los alimentos). Las dietas abandonarían con naturalidad la carne y, para sustituirla, seguirían desarrollándose productos que los consumidores irían aceptando.

El 100% de los ingresos por esos conceptos redundaría en beneficio de todos los ciudadanos. Así se lograría que los hogares pobres no se vieran penalizados por la política; de hecho, alrededor de ¾ de los hogares más pobres mejorarían su situación, ya que los más acomodados, al utilizar más energía, harían una mayor aportación a los ingresos. El dividendo favorecería la aceptación de la política, que debería ser bien acogida tanto por los conservadores (ya que arregla el mercado, no aumenta el tamaño del Estado y no perjudica a la economía) como por los progresistas (puesto que protege el medio ambiente y ayuda a los hogares pobres y a las comunidades marginales). Imaginémonos que es posible una acción climática unificadora.

Otra medida excelente que todos los países podrían tomar es, simplemente, utilizar menos energía. Esto facilitaría mucho la transición energética. Por ejemplo, calculo que para reducir a la mitad el consumo energético de Estados Unidos solo haría falta desarrollar el 25% más la capacidad de producción de energía libre de carbono; así se proporcionaría también electricidad a otros sectores como el transporte, la industria, la calefacción y la refrigeración. Para consumir menos energía haría falta una regulación pública que, para ser eficaz, debería contar evidentemente con el apoyo de la población. En Estados Unidos, el estado de California constituye un magnífico ejemplo a este respecto y continúa demostrando lo que de verdad se puede hacer.

Países líderes como China, Estados Unidos y los de la Unión Europea deben reconocer su enorme papel en la crisis climática y proporcionar el apoyo económico necesario a otros cuyo peso en ese sentido ha sido mucho menor

La regulación también sería positiva para solucionar problemas como las emisiones no relacionadas con el CO2 (como las de hidrocarburos fluorados) y la deforestación. En primer lugar, los gobiernos tendrán que ejercer de líderes dentro de sus propias fronteras. Después necesitarán abogar por normativas internacionales estrictas y viables. Dicho de otro modo, el cambio cultural tendrá que cobrar fuerza suficiente para impulsar medidas de calado y de alcance internacional. Para ello será preciso que países líderes como China, Estados Unidos y los de la Unión Europea reconozcan su enorme papel en la crisis climática y acuerden proporcionar el apoyo económico necesario a otros cuyo peso en ese sentido ha sido mucho menor. Por ejemplo, a los países líderes les beneficiará que Indonesia detenga la deforestación; quizá deban darle apoyo económico para que la detenga y para compensar las pérdidas en las que incurrirá. En términos más generales, el cambio cultural deberá cobrar suficiente fuerza como para iniciar procesos de expiación (reconocimiento de la responsabilidad) y de reparaciones (apoyo económico).

En una democracia, políticas importantes como el impuesto y el dividendo al carbono, así como regulaciones estrictas que permitan evitar de manera rápida y sistemática las emisiones no relacionadas con el CO2 exigen políticos partidarios de esos programas; para que esos políticos lleguen al poder, hace falta que ganen elecciones con programas que incluyan esas políticas; para ganar elecciones se necesitan votos suficientes; para tener votos suficientes hace falta una población claramente partidaria de esas políticas, y para contar con el apoyo de la población es preciso un cambio cultural. Por ejemplo, en Estados Unidos, las encuestas indican que tanto para los votantes republicanos como para los demócratas el clima es la última o casi la última de las preocupaciones. Esto debe cambiar.

En consecuencia, preguntarse cómo podemos conseguir las políticas necesarias para que la acción contra el cambio climático sea eficaz equivale a preguntarse cómo podemos promover el cambio cultural que convierta el clima en una preocupación.

El Golmud Solar Park de Qinghai, China, es uno de los seis primeros proyectos de energía limpia del país. China invirtió más de 127.000 millones de dólares en energías renovables en 2017

La humanidad también necesita avanzar hacia el respeto a los condicionantes ecológicos con la mayor celeridad posible. En mi opinión, para que la acción colectiva sea eficaz y genere el respeto de la civilización a los límites del planeta hará falta que el cambio cultural vaya aún más lejos de lo necesario para alcanzar marcos reguladores e impuestos al carbono estrictos. Cuando pienso en cómo puede la humanidad evitar un mayor colapso de la civilización, me imagino que primero vendrán las normativas climáticas y los impuestos al carbono, que a su vez irán fomentando el cambio cultural al insuflar esperanza y mejorar la existencia de las personas. A muy corto plazo, por ejemplo, el impuesto y el dividendo, que son una medida viable, podrían promover un cambio de relato: pasar de «un dominio y un crecimiento humanos tristones» a una «gozosa gestión de una Tierra frágil e interconectada». Resulta difícil imaginarse el poder transformador que ese cambio podría desatar.

La perspectiva astronómica

Al observar la icónica fotografía conocida con el nombre de Earthrise, que tomó el astronauta del Apolo 8 Bill Anders en 1968, es imposible no apreciar la realidad de nuestro planeta: un oasis frágil y astronómicamente improbable, en medio de un vacío oscuro y frío. Vivimos en la nave espacial Tierra, todos los seres humanos junto al resto de la vida, tal como la conocemos. El mundo que muchos de nosotros, y nuestra cultura colectiva, pensábamos que siempre existiría, que «teníamos controlado», es en realidad un sistema minúsculo y aislado, perfectamente situado respecto a un infierno nuclear esférico y cuya finísima atmósfera está dotada de la mezcla idónea de productos químicos para permitir la vida y la civilización humanas. Quizá, de todos los logros que ha cosechado la climatología en los últimos diez años, el más importante sea esta conciencia; algo que se añade a la inequívoca constatación de la fragilidad del clima terrestre y de que ahora los seres humanos, sin ayuda de nadie, están abandonando la zona de seguridad de su propia civilización.

La astrobiología estudia cómo surge la vida en los planetas del universo. En la actualidad, los astrobiólogos se están planteando que quizá el colapso climático no solo sea un desafío para la civilización humana, sino para las civilizaciones de otros planetas.64 Ese colapso podría ayudar a comprender el asombroso silencio que emana de millones y millones de planetas que orbitan en torno a casi todas las estrellas del cielo nocturno. Quizá nuestra civilización no haya sido la única que haya descubierto los combustibles fósiles y su utilidad, que se hizo adicta a su consumo y que calentó peligrosamente el clima de su planeta.

Era natural que la humanidad utilizara los combustibles fósiles para construir civilizaciones. Pero ahora que tenemos tan claro que su combustión ocasiona daños irreversibles al conjunto del planeta, debemos comenzar a abandonarlos como si de ello dependiera el futuro de la vida humana y no humana en la Tierra.

Hacia una nueva Ilustración: el lugar de la humanidad en la trama de la vida

En su avance, más le valdría a la humanidad analizar por qué se encuentra su civilización en esta encrucijada y qué lecciones puede aprender. Las dos crisis que debe afrontar con más urgencia la biosfera global, y con ella la humanidad, son el cambio climático y la pérdida de hábitats. Ambos emanan del principio rector de la cultura globalizada predominante: «toma y consume», sin pararte apenas a pensar en cómo pueden tus acciones influir en los demás seres que habitan la nave Tierra, tanto humanos como no humanos.

En consecuencia, la principal lección que se podría extraer sería que nada en la biosfera —incluidos el individuo humano y desde luego la especie humana— está aislado, sino que se relaciona con todo lo demás. Esto nos conduce lógicamente a una regla de oro para la civilización sostenible: tratar a la Tierra y a sus seres como nos gustaría que ella y ellos nos trataran a nosotros. Una diferencia fundamental entre aquellos cuya mentalidad se basa en la separación y quienes parten de la conexión es que los primeros dan cosas por hechas y que sus acciones se basan en el egoísmo; en tanto que los segundos se sienten profundamente agradecidos a todos los factores que contribuyen a su existencia y sus acciones se basan en esa gratitud.

Además de una rápida transición que la aparte de los combustibles fósiles, la humanidad debe enfrentarse a otra gran crisis global ya en marcha: la pérdida de hábitats. Por lo menos la mitad de la Tierra debería considerarse hábitat no humano para dar espacio a otras especies.65 Esta podría ser la única manera de que el planeta comenzara a regenerar una biosfera sana, algo que, a la larga, sin duda beneficiaría a la humanidad. Para conseguir ese objetivo habría que cambiar totalmente de paradigma y abandonar el crecimiento exponencial incontrolado con el fin de hacernos conscientes de nuestra propia colectividad, respetar los límites y aceptar con gozosa humildad que solo somos uno de los hilos de la trama que envuelve la vida en este hermoso planeta.

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