Un astrónomo llamado Cervantes

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Sobre el nombre de los satélites jovianos descubiertos por Galileo

Miguel de Cervantes fallece el año 1616, pobre, y es enterrado en el monasterio de las Trinitarias de Madrid, en donde ahora se busca su tumba. Además de su monumental obra “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, que ya él mismo considera la primera novela moderna, tiene en su haber una considerable producción literaria que incluye poesía y teatro. Además, su cultura científica debía ser considerable, pues estaba al tanto de los avances que a comienzos del siglo XVII se estaban produciendo a partir de la invención del telescopio. Es posible, incluso, que hiciera una contribución científica significativa dando nombre a los satélites del planeta Júpiter, identificados cuando el astrónomo pisano Galileo Galilei dirigió el nuevo instrumento a los cielos.

Con la publicación de  “Sidereus Nuncius”, el mensajero sideral, en marzo de 1610, Galileo inició una verdadera revolución no solo astronómica, sino del pensamiento, al presentar sólidas evidencias que rompían interpretaciones del mundo asentadas desde hacía siglos. En esta obra nos presenta Galileo una Luna irregular e imperfecta, identifica gran cantidad de estrellas nuevas más débiles que las que se ven a simple vista y revela la naturaleza compleja de la Vía Láctea, y descubre cuatro cuerpos que orbitan alrededor de Júpiter, desbaratando la cosmología tolemaica de una manera devastadora. En sucesivas cartas continúa su demolición de la visión estática aceptada por la ortodoxia aristotélica: observa las fases de Venus y los anillos de Saturno, sin llegar a identificarlos como tales; e interpreta correctamente que las manchas solares son máculas en su superficie. En estos y en otros de sus descubrimientos, Galileo estuvo sumergido en grandes polémicas, que estuvieron cerca de costarle la vida al enfrentarse con la Inquisición romana (censurado en 1616 y condenado en 1633).  Una de estas disputas, circunscrita al ámbito académico, y no resuelta hasta el siglo XX, involucró al astrónomo alemán Simon Marius (versión latinizada del nombre alemán Simon Mayr o Mayer), quien reclamó el co-descubrimiento de los satélites jovianos y que fue atacado de manera demoledora por Galileo debido a ello. El supuesto plagio, aceptado durante 300 años, se desmontó hace décadas, aunque todavía se pueden encontrar citas al mismo en diferentes textos. Veamos la secuencia de eventos:

Simon Marius, nacido en 1570 o probablemente en 1573 cerca de Nuremberg, estudió astronomía en Praga junto a  los renombrados Tycho Brahe y Johannes Kepler, llegando a ser asistente del primero durante unos meses, antes del fallecimiento de aquél en 1601. Durante tres años, hasta el inicio de 1605, estudia medicina en Padua. En esta ciudad italiana tal vez se cruzó con Galileo por primera vez, pues éste vivió allí desde 1592 hasta 1610, su “annus miriabilis”, en donde enseñaba mecánica, geometría y astronomía.

En julio de 1605 ya se encuentra de regreso en Alemania, donde vuelve a tomar posesión de su puesto de matemático en la corte del margrave de Ansbach, George Frederick. Sin embargo, uno de sus alumnos, Baldassarre Capra, entra en conflicto en dos ocasiones con Galileo, llegándole a acusar de plagio en 1607 por la invención del compás militar. Al parecer, Galileo pensó, sin evidencias, que la mano de Marius estaba detrás de esta demanda que terminó ganando el astrónomo de Pisa.

En 1608 Marius tiene en sus manos por primera vez un telescopio, pero sus observaciones del cielo se inician a partir del verano de 1609 (según describe él mismo en 1614), y siempre gracias al patronazgo de Johann Fuchs. En invierno de ese año dirige su telescopio hacia Júpiter. Y aquí se inicia la controversia, acentuada y oscurecida porque Marius y Galileo usan distintos calendarios y pertenecen a dos mundos contrapuestos. Los países católicos ya había aceptado la reforma gregoriana mientras que, paradójicamente, la Alemania protestante seguía anclada en el calendario juliano, que proporcionaba un retraso de 10 días respecto a las fechas reales. Recordemos que el calendario fue reformado en 1582 y adoptado inmediatamente en España e Italia. La Alemania fuera del dominio de la dinastía de los Austria no lo haría hasta 1700.

Así, según el relato de Marius, publicado en 1614 en “Mundus Iovialis” (se cumplen  ahora 400 años), éste se percata de la presencia de varias “estrellas” no catalogadas en los alrededores de Júpiter a comienzos de diciembre de 1609, pero ya el 29 de ese mes sospecha que en realidad pudieran estar orbitando alrededor del planeta e inicia la medida sus posiciones. Esta fecha, según el calendario gregoriano, correspondería al 8 de enero de 1610. La noche anterior, desde Italia, Galileo ya había descubierto tres satélites de Júpiter. Marius observa de manera metódica hasta el 12 de enero juliano, 22 de enero según el calendario gregoriano. En esta fecha ya cree que son cuatro los satélites, y acepta este resultado como definitivo a finales de febrero o principios de marzo (de nuevo, juliano y siguiendo su narración de 1614).

Por parte de Galileo, el 11 de enero comprende que las “estrellas” orbitan alrededor de Júpiter (después de Marius, si se acepta la descripción contenida en “Mundus Iovialis”) y dos días después ve el cuarto satélite, antes que Marius. En marzo se publica en Venecia el “Sidereus Nuncius”. A final de año descubre las fases de Venus, análogas a las lunares, y se lo comunica por carta a Kepler mediante un curioso anagrama, y también a Castelli y Clavio, para asegurarse la prioridad, aunque lo mantiene sin publicar hasta años después.

Kepler, reaccionando a “Sidereus Nuncius”, publica ese año “Dissertatio cum Nuncio Sidereo” y “Narratio de observatis a se quator Jovis satellibus erronibus”, y no hace ninguna mención sobre las investigaciones de Marius. Sin embargo, en 1611 Kepler publica en “Dioptrice” un fragmento de una carta escrita por Marius para Odentius, lector de matemáticas en la universidad de Altdorf y amigo de ambos, en la que queda claro que al menos antes del 30 de diciembre de 1610, fecha de la misiva original, Marius conocía las fases de Venus y estaba realizando observaciones de Júpiter y compilando tablas para predecir las posiciones de sus cuatro satélites.

En 1612 Marius descubre la nebulosa de Andrómeda (M31, la galaxia más cercana) y menciona por primera vez de manera pública sus observaciones de Júpiter y sus satélites en el panfleto “Frankischer Kalender oder Practica”. Un año más tarde, en octubre de 1613, Marius se encuentra con Kepler, quien le sugiere los nombres para los cuatro objetos; cuatro amantes del dios Zeus, el equivalente heleno de Júpiter: Io, Europa, Ganímedes y Calixto, desde el más interior al más alejado.

Finalmente Marius hace público su observaciones en “Mundus Iovialis” en 1614, y aunque da debido crédito a Galileo, también reclama el co-redescubrimiento. El texto incluye también tablas astronómicas precisas para predecir las posiciones de los cuatro satélites en cualquier momento (algo que Galileo había soslayado) y concluye que las órbitas están inclinadas respecto a la Eclíptica, una afirmación que evidencia que Marius realizó observaciones muy precisas. Por otra parte en el libro se proponen varios conjuntos de nombres, y entre ellos recoge la idea de Kepler. Sin embargo, será la nomenclatura de Galileo la que permanecerá: numerales romanos, siendo Jupiter I el más próximo (Io) y Júpiter IV el más alejado (Calixto). No es hasta 1847 cuando John Frederick William Herschel (hijo del descubridor de Urano) propondrá el uso de nombres individuales, tomados de la mitología greco-latina, para los múltiples satélites del planeta Saturno, siguiendo la estela de Kepler y Marius. Es a partir de ese momento cuando los nombres actuales comenzarán a usarse, aunque los numerales de Galileo también seguirán siendo válidos.

El contrataque de Galileo, centrado en su lucha con la jerarquía eclesiástica romana y en la imagen obsoleta del mundo que apoya, se hace esperar, y no es hasta 1623, con la impresión de “Il Saggiatore”, que Galileo desata un ataque destructivo contra la reputación de Marius. Rechaza la veracidad de sus observaciones y afirma que las órbitas de los cuatro satélites son paralelas a la Eclíptica (contrariamente a sus propias observaciones y diagramas tomados años antes).

El re-análisis de las observaciones de ambos ha permitido concluir que lo probable es que Marius fuera honesto en sus datos, aunque tal vez no entendiese la importancia de su descubrimiento en 1610. Por una parte, las posiciones de los satélites publicadas por Galileo son relativos al tamaño angular de Júpiter, que nunca divulgó. Por otra, las tablas calculadas por Marius incluyen estos datos de Galileo. Dado que sus resultados (radios de las órbitas y de los satélites) son mejores que los de Galileo, tuvo, por necesidad, que haber realizado sus propias observaciones. Así que tanto Galileo como las subsiguientes generaciones de astrónomos e historiadores fueron injustos con el papel que representó en el descubrimiento de los satélites.

La ironía de todo esta aventura es que las lunas de Júpiter son los suficientemente brillantes para ser vistas con el ojo desnudo, sin necesidad de telescopio. Ganímedes o Júpiter III según Galileo, es el más grande (más que la Luna o Mercurio) y es notablemente brillante, alcanzando magnitud 5 (por comparación, las estrellas más débiles visibles en una noche oscura tienen magnitud 6), lo que en principio permitiría su identificación sin el auxilio de un telescopio y desde la antigüedad podrían haberse descubierto. Pero es Galileo Galilei quien deja primera constancia de su existencia.

Portada original de la primera impresión de las “Novelas Ejemplares”

¿Y qué tiene esta historia que ver con Miguel de Cervantes? Sorprendentemente, bastante. En el relato “La Gitanilla”, de las “Novelas Ejemplares” aparece un romance que incluye las siguientes líneas:


Junto a la casa del Sol
va Júpiter; que no hay cosa
difícil a la privanza
fundada en prudentes obras.
Va la Luna en las mejillas
de una y otra humana diosa;
Venus casta, en la belleza
de las que este cielo forman.
Pequeñuelos Ganimedes
cruzan, van, vuelven y tornan
por el cinto tachonado
de esta esfera milagrosa.

El poema glosa las virtudes de la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III. La cultura científica de Cervantes es manifiesta, no solo por la descripción de los planetas y del Sol, que hasta aquel momento la mayoría de los intelectuales aceptaba que  orbitaban alrededor de La Tierra, según la denominada teoría geocéntrica. Lo más significativo es que Cervantes hace referencia a los satélites de Júpiter, poco tiempo después de su descubrimiento, ya que los últimos cuatro versos tienen un significado explícito: el “cruzan, van, vuelven y tornan” deja poco espacio a la imaginación, y correspondería a una descripción bastante concisa del hecho de orbitar alrededor de Júpiter; y los dos últimos versos, “por el cinto tachonado / de esta esfera milagrosa” hacen referencia a la Eclíptica, el  círculo imaginario sobre el que se mueven los planetas y de manera aparente el Sol, y a la esfera celeste. Está escrito, pues, en clave astronómica y no únicamente mitológica.

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La datación del texto es relativamente sencilla: se publica en 1613, con dedicatoria firmada en julio; la censura está datada el 2 de julio de 1612 y la aprobación es de siete días después. La propuesta de Kepler a Marius sobre los nombres de los satélites es bastante posterior, de octubre de 1613, según “Mundus Iovialis”, que aparece en 1614.  Por tanto, el nombre sugerido por Cervantes precede claramente a la sugerencia de los dos astrónomos alemanes.

Lo que es más significativo, nos proporciona indicios de la cultura científica de Cervantes y sobre la difusión de los importantes descubrimientos de Galileo. El poema versa sobre una misa partera, aunque no identifica a cual de los partos corresponde. Margarita de Austria tuvo ocho hijos entre 1601 y 1611, pero el contexto del poema pudiera indicar que se refiere al último, Alfonso de Austria, nacido y fallecido el 22 de septiembre de 1611, aunque en general se asume que se refiere al nacimiento del futuro Felipe IV, que tuvo lugar el 8 de abril de 1605.  De ser así, “La Gitanilla” tuvo que ser escrito entre estas fecha y junio de 1613. Por propio desarrollo de la trama indica que es posterior a 1610, dado que la protagonista, Preciosa, es raptada en 1595, tiene 15 años cuando la historia se desarrollo y sería extraordinario que Cervantes hubiera trasladado la historia hacia su futuro. Sin embargo, es posible que la romanza anteceda o sea posterior a la propia novela y haya sido incluida en el texto antes de la impresión del mismo. En cualquier caso, recordemos que la publicación de “Sidereus Nuncius” fue en marzo de 1610.

Es muy improbable que Kepler o Marius tuvieran acceso a las “Novelas Ejemplares” de Cervantes. Es posible, aunque de demostración poco factible,  que alguien que las hubiera leído le hubiera comentado a Kepler el nombre cervantino, genérico para los cuatro satélites, de pequeños Ganímedes. Pero es más que plausible que el autor de “El Quijote” imaginase un nombre muy adecuado para la pequeña corte de seguidores del mayor planeta del Sistema Solar, basado en la mitología griega (norma cuya práctica se ha mantenido hasta tiempos recientes) y que coincidiese plenamente con Kepler. Cervantes sería, por tanto, no solo el primero en novelar en castellano, y de manera extraordinaria, sino que con su poesía no siempre bien valorada, habría bautizado a estos cuatro objetos que ayudaron a construir la imagen del mundo tal y como ahora lo entendemos.

Finalmente, cabe pensar que Cervantes no es el único autor español de comienzos del siglo XVII que incorpora elementos de esta revolución científica. Con una mirada crítica, ¿cuántas referencias astronómicas se encontrarán en la literatura de la segunda parte del Siglo de Oro? De ser significativas, España, en esa época, no estaría tan aislada de los avances del conocimiento. El reto está lanzado.

David Barrado Navascués

CAB, INTA-CSIC
Centro Europeo de Astronomía Espacial (ESAC, Madrid)