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15 octubre 2021

¿Se puede ‘hackear’ el cuerpo humano?

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Un hacker de Estados Unidos debe demostrar hasta dónde estaría dispuesto a llegar para entrar en un grupo de ciberdelincuentes. No hay límites. El joven decide hackear una montaña rusa. Mata a varias de las personas que iban montadas. “Lo que ocurre en el mundo virtual impacta en el mundo real”, señala la ciberpsicóloga y agente especial del FBI Avery Ryan. Toda esta trama forma parte de la serie CSI: Cyber. Nada es real. Nada excepto la frase de la agente Ryan, que pertenece a una de las ciberpsicólogas más influyentes (del mundo real). Mary Aiken es doctora en psicología, pionera en este nuevo campo y rubia —como ella misma bromea—, igual que el personaje que ha inspirado en CSI.

La creciente dependencia de la tecnología está cambiando nuestro comportamiento y nos ha vuelto más confiados y desinhibidos en la Red y, por tanto, más vulnerables. La necesidad de conectividad se ha extendido a todo nuestro entorno, llegando incluso a nuestro propio cuerpo. Y si estamos conectados, somos hackeables.

Aiken está especializada en estudiar el impacto que la tecnología tiene en nuestro comportamiento y la conducta criminal online. “Estudio las interacciones humanas con la tecnología y los medios digitales, desde teléfonos móviles hasta ciborgs. Pero sobre todo, estoy concentrada en la psicología que hay detrás de Internet. Si algo tiene el poder de cambiar el comportamiento humano, quiero estudiarlo y ver cómo y por qué puede hacerlo”, señaló Aiken durante una conferencia en la Cyber Week 2017 que tuvo lugar en Tel Aviv (Israel).

Aiken basa su trabajo en una serie de ideas que le han valido para colaborar de forma recurrente con la Interpol, el FBI y la Casa Blanca, entre otros organismos. Primer concepto: la gente se comporta diferente cuando interactúa a través de la tecnología que en el mundo real. Uno de los principales efectos es el del anonimato. “Es el equivalente moderno a tener el poder de ser invisible. Es el combustible para desinhibirse digitalmente”.

Todo se amplifica en el mundo virtual

Segunda idea: “He estudiado casos desde el cibercrimen organizado hasta la cibercondria, la ansiedad por la salud que provoca la búsqueda de consejos médicos en la web; y lo único que observo que se produce una y otra vez es que el comportamiento humano es amplificado y acelerado en el mundo online”. Aiken tiene un nombre para esto: el ciberefecto.  “El altruismo es amplificado online. La gente es más generosa y da más en el ciberespacio que cara a cara. Podemos ver este fenómeno en el extraordinario crecimiento de las plataformas de crowdfunding. Otro efecto conocido es la confianza: la gente se fía más de aquellos que se encuentra online y da información más rápidamente. Este efecto de desinhibición es como si la gente estuviera borracha. Tienden a creerse seguros cuando no lo están”, describe en profundidad en su libro con el mismo nombre El ciberefecto.

La última idea clave de Aiken es sobre cómo los individuos ignoran todos estos cambios que se producen en ellos. Los seres humanos somos adaptables y ajustamos nuestro comportamiento cuando cambiamos de ambiente: nuevo trabajo, nueva ciudad o nuevo país. “La mayoría de la gente niega que haya entrado en un nuevo ambiente cuando se conecta a la Red, así que se engaña con la sensación de que nada ha cambiado. Están sentados en sus hogares, rodeados de objetos familiares y sus cuerpos están descansando en sus sillas y sofás. Pero en realidad su mente está ya en otra parte. Y las condiciones del ambiente virtual son diferentes a la vida real. Es por eso que nuestros instintos, adaptados al mundo real, nos fallan en el ciberespacio”.

La ciberpsicóloga Mary Aiken. Crédito: maryaiken.com

Las consecuencias de la desinhibición y de la falta de precaución cuando nos movemos por la red pueden ser cada vez más graves con el avance de las herramientas digitales. Ya no se trata solo de que nuestra tarjeta de crédito pueda ser clonada o nuestra identidad suplantada, sino que, mientras se amplía el campo de usos del reconocimiento facial, ya ni siquiera nuestra cara está a salvo con nosotros. La tecnología de deepfakes ha tenido usos recreativos y otros alevosos, como los clips pornográficos en los que se inserta el rostro de otra persona. Pero estos casos muestran cómo el viejo tópico de la ficción, suplantar la huella digital de alguien para superar un control biométrico, ya ni siquiera necesita un dedo cortado. Hoy los investigadores están avanzando también hacia la recreación de un rostro a partir de la voz, lo que añadirá un reto más a la conservación de nuestra privacidad.

Pruebas virtuales en la escena del crimen

Dentro de la ciberpsicología, Aiken está especializada en la forense. Se dedica a estudiar las pruebas de comportamiento virtual que se dejaron en la escena del crimen. “Como me gusta pensar en ellas: las ciberhuellas”. Aiken señala que el estudio de los rastros virtuales sigue siendo muy parecido a las huellas reales. “Todo contacto deja un rastro. Es lo mismo para el ciberespacio”.

Este trabajo trata desde predecir el comportamiento virtual de los individuos, estudiar la ciberdelincuencia juvenil —muchas veces manifestada como hacking—, hasta realizar perfiles sobre comportamientos criminales como el ciberacoso. Las nuevas tecnologías están muy relacionadas con su trabajo. Aiken explora las soluciones que puede aportar la inteligencia artificial —como una forma de encontrar patrones sobre pedófilos— y también los problemas que estas pueden conllevar. El Big Data es una tecnología que ha facilitado el tráfico humano, por ejemplo, considera esta experta.

A la derecha, la agente especial del FBI Avery Ryan con su equipo. Crédito: CSI:Cyber

Una de las primeras influencias de Mary Aiken fue J.C.R. Licklider, un psicólogo e informático estadounidense que escribió ya en 1960: “La simbiosis hombre-ordenador” (Man- Computer Symbiosis). Este ensayo es anterior al nacimiento de Internet, pero ya avanzaba el potencial de una relación simbiótica entre el ser humano y las máquinas.

Cuerpos conectados a máquinas ‘hackeables’

Esta relación entre los humanos y la tecnología se ha hecho más real desde el desarrollo de la interfaz de cerebro y ordenador (BCI, por sus siglas en inglés). Esta tecnología fue creada por grandes centros de investigación de todo el mundo, y está siendo aplicada desde hace algunos años también por algunos de los magnates más importantes del mundo de la tecnología, como Mark Zuckerberg —fundador de Facebook— y Elon Musk —creador de Tesla y Space X—.

Millones de objetos, como prótesis o marcapasos, se conectan a la Red y se vuelven hackeables. Crédito: MaxPixel

Entre todos tratan de vencer esta última barrera: conectar nuestro cerebro con los ordenadores para poder interactuar con el mundo exterior. Las consecuencias de lograr una conexión real parecen de ciencia ficción: personas con lesiones medulares que pueden controlar su silla de ruedas o miembros prostéticos con el pensamiento. A medida que progresa la tecnología de construcción de los miembros biónicos, también lo hace el modo de conectarlos al cerebro para ofrecer nuevas capacidades. Por ejemplo, las BCI de última generación ya son capaces de transmitir sensaciones de tacto al cerebro, lo que ofrece a la mente un feedback que permite controlar los movimientos con mayor precisión. 

Por otra parte, también los dispositivos electrónicos de implantación pueden actuar mejorando y vigilando nuestra salud; un marcapasos o unos electrodos de estimulación cerebral profunda son algo que ya no nos sorprende, pero en el futuro podremos controlar aspectos más amplios de nuestro funcionamiento corporal gracias a la tecnología. Según advierte John Lyons, fundador de la Alianza Internacional de Ciberseguridad: “En unos cinco años podremos registrar todo sobre nuestra condición médica y transmitirla en directo a nuestros médicos. Si eres diabético podrás saber inmediatamente si necesitas tomar menos o más azúcar. Esta interacción traerá beneficios, pero también amenazas. La preocupación ya no será si has perdido dinero en tu cuenta de banco, sino si un hacker puede hacer que se pare tu corazón”.

Al mismo tiempo que los científicos avanzan en la posibilidad de restaurar capacidades perdidas o mejorar la salud gracias a la biónica, existe también un movimiento en forma de comunidades de biohackers que tratan de aumentar sus capacidades mediante la invasión de la electrónica en sus organismos. Es conocido el caso del artista daltónico Neil Harbisson, que en 2004 se implantó una antena en el cráneo para poder percibir los colores en forma de señales electromagnéticas que se transforman en vibraciones audibles a través del cráneo, lo cual le permite “escuchar” los colores. Como resultado del uso de la antena, también relaciona lo que oye a través de sus oídos, como la música o una voz, con diferentes colores, y utiliza esta capacidad para pintar sonidos en sus representaciones artísticas. Harbisson ha experimentado con otros sistemas, como un reloj implantado en la cabeza o un diente con comunicación Bluetooth, llamado, cómo no, Bluetooth Tooth.

El artista Neil Harbisson utiliza la capacidad de percibir colores a través de su antena para "pintar sonidos". Imagen: Wikimedia
El artista Neil Harbisson utiliza la capacidad de percibir colores a través de su antena para “pintar sonidos”. Imagen: Wikimedia

Este movimiento representado por Harbisson, que se reivindica como ciborg y transpecie, ha dado lugar a una corriente de biohackers extremos conocidos hoy como grinders. Pero aunque a la mayoría de los humanos les pueda sonar a algo excéntrico e incluso distópico, ya no está tan alejado de la realidad diaria: en los últimos años algunas compañías han lanzado la propuesta de sustituir las clásicas tarjetas de acceso o de uso de las instalaciones por microchips implantados bajo la piel. Y aunque el debate ético está servido, esta práctica también tiene sus defensores.

Pero no acaban aquí los modos en los que somos cada vez más hackeables. La imparable necesidad de conectividad ha provocado que millones de objetos se conecten a la Red. Neveras, lavadoras, coches o lámparas se pueden controlar ya desde una aplicación. El llamado Internet de las Cosas (IoT, por sus siglas en inglés), del que somos cada vez más dependientes, nos facilita la vida y nos ofrece funciones a las que antes no podíamos acceder, como activar la alarma de nuestro hogar con un smartphone desde el otro lado del mundo. Pero a medida que estamos más conectados, estamos también más expuestos. Por suerte, el caso de la montaña rusa de CSI todavía es solo ficción, pero ya no es ciencia ficción.

Beatriz Guillén Torres y Javier Yanes

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