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09 febrero 2015

Sobre héroes, dioses y el origen del nombre de las constelaciones

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En muchas ocasiones olvidamos qué es lo que hay detrás de un nombre, cuál es su etimología. En astronomía somos especialmente propensos a ello, y no recordamos que las constelaciones tienen su propia historia, que suele estar ligada a la cultura grecolatina, al Renacimiento o al desarrollo científico-técnico de la Ilustración, con sus viajes de descubrimientos hacia el Sur.

Las constelaciones surgen como alineaciones casuales de estrellas, sin asociación física entre las mismas: ni están a la misma distancia ni tienen la misma edad, salvo excepciones. Las únicas particularidades son su proximidad angular o cercanía al proyectarse sobre la esfera celeste  y su brillo, que las hace destacar sobre el resto. Sin embargo, sus peculiares formas han servido para, además de la navegación,  marcar el ritmo las estaciones, dado que cada una es fácilmente reconocible y es visible en distintos momentos del año.

El poeta heleno Hesíodo, que glosó «Los trabajos y los días» en el siglo octavo antes de nuestra era, nos proporcionó numerosas pruebas de ello. Un ejemplo, extraído de su libro II, bastará:

«Cuando las Pléyades, las Hiadas [1] y la fuerza de Orión hayan desaparecido, acuérdate de que ha llegado el momento de labrar, y así será consagrado todo el año a los trabajos de la tierra».

De hecho, no es el primer relato clásico, dentro de la producción occidental, que nos habla de astronomía. Homero tanto en “La Iliada” como en “La Odisea” describe o asume una Tierra plana; y una cosmología en la que el Sol, la Luna y las estrellas se mueven a su alrededor, alzándose en el Este y poniéndose en el Océano, al Oeste. Y probablemente regresando por el Norte a su origen diurno, aunque solo en representaciones ulteriores se observa de manera explícita este curioso movimiento. Cita Homero, además, a la estrella de la mañana y a la de la tarde, sin reconocer que se trata del mismo planeta, Venus; a las Pléyades y las Híades, dos asociaciones estelares; a Orión y las constelaciones de la Osa Mayor y el Boyero. Esta última incluye a la estrella más brillante del Hemisferio Boreal, Arturo. En cuanto a aquella, la Osa destaca por no ponerse nunca en el mar, y ser herramienta indispensable para marcar el norte y navegar. Esencial para Ulises y su regreso a Ítaca.

La comparación de estos dos autores, que pudieran haber sido coetáneos (de ser Homero un personaje real y autor verdadero de estos textos y otros menos conocidos) muestra coincidencias y diferencias: ambos citan a los mismos objetos celestes, lo que pudiera indicar que el resto de los planetas no se habían identificado como tales en el siglo octavo antes de la era común (en cualquier caso, en la época arcaica, dada la gran incertidumbre sobre las fechas); sin embargo, Hesíodo es mucho más detallado y específico en cuanto a eventos astronómicos como marcadores de fechas y eventos agrícolas, con indicaciones específicas sobre los solsticios y sobre el periodo lunar, que cifra en 30 días. La diferencia entre ambos autores proviene de un hecho básico: los cantos de Homero son épicos, y glosan las glorias guerreras de los héroes, mientras que el texto de Hesíodo es más pragmático, y se ciñe al día a día de labores cotidianas. Tal vez menos atractivo, pero fundamento de la civilización.  Desafortunadamente, Hesíodo presumiblemente también escribió un poema denominado “Astronomía”, del cuál solo se conservan unos fragmentos. Bien es cierto que la autoría está contestada y pudiera ser de otro autor desconocido.

 

Figura 1: Cómo encontrar la estrella Polaris, el Norte geográfico en la actualidad, Ilustración de «Quadrans Apiani astronomicus et iam recens inventus et nunc primum editus …», según Pedro Apiano, 1532. Sin embargo, Polaris no se encuentra exactamente en la posición del Polo Norte. Durante la época de la Hélade homérica, el Polo se encontraba entre ambas constelaciones, alejado de cualquier estrella brillante.

 

Varios siglos después, en el tercero antes de nuestra era,  el poeta Arato en sus «Fenómenos» relata cómo helenos y fenicios hacían uso de diferentes constelaciones para determinar el Norte: La Osa Mayor en el primer caso (denominada Hélice), tal y como hizo Ulises, y la Menor en el segundo (Cinosura, según el poema).  Tales de Mileto, en el siglo sexto, ya había introducido la constelación de la Osa Menor, según Calímaco, y recomendó su uso para la navegación, al contener el Polo Norte verdadero (o estar más cerca de él, ya que la posición varía  con el tiempo, debido al efecto denominado “precesión de los equinoccios”).

Poco después cuenta Eratóstenes, o probablemente un autor posterior que utilizó su nombre, en la obra «Catasterismos», que tanto las Híades como las Pléyades son grupos de hermanas que sufrieron variados avatares. Y de hecho, son dos asociaciones estelares, esta vez sí, con relaciones físicas entre las estrellas que contiene cada una de ellas: las pertenecientes a cada conjunto se formaron a la vez a partir de la misma nube de polvo y gas, y sus respectivos miembros podría decirse que son mellizos: de la misma edad pero distintos entre sí. Sin embargo, las estrellas que dan forma a la constelación de Orión, que domina el cielo otoñal, no tienen más relación entre ellas que el encontrarse proyectadas hacia la misma dirección en la esfera celeste. O al menos eso se creía hasta muy recientemente.

La historia que subyace detrás de cada protagonista correspondiente a una constelación es de gran interés … Es lo que se denomina un catasterismo, cultismo extraído de la obra mencionada con anterioridad: la conversión de un personaje, en principio mitológico, en estrella o constelación. En muchos casos resultado de la intervención de un dios del Olimpo, pero Eratóstenes, en un ejercicio notable de buen hacer cortesano, elevó a los cielos a su reina Berenice II, esposa de Ptolomeo III Evergetes, faraón helenístico de Egipto. Para ser más concreto, destacó la belleza de su pelo, que se convirtió en la constelación de Coma Berenice. Aunque tal vez fuera su contemporáneo Conon de Samos quien imaginara que una diosa había tomado un mechón del pelo de la reina, sacrificado por ésta para invocar a los olímpicos y solicitar el regreso del rey de la tercera guerra siria. Esta adulación será emulada por astrónomos de tiempos posteriores, tal vez mostrando agradecimiento o probablemente buscando patronazgo.

Figura 2: Perseo, con la cabeza de la Medusa, según Bayer en 1603. El atlas celeste «Uranometria» realizado por tanto varios años antes de la utilización del telescopio con fines astronómicos. Real Instituto y Observatorio de la Armada (Signatura 27046).

 

Durante el verano sobresale, entre otras, Perseo. Y con esta constelación, la lluvia de estrellas característica del mes de agosto, denominadas perseidas. La historia de este héroe de la mitología griega está marcada por el destino, por la profecía. Hijo de Danae y de Zeus, y nieto del rey de Argos Acrisio, debía dar muerte a éste y sucederle. Uno de los cuadros más famosos de Tiziano corresponde al momento en el que es engendrado por el señor de los olímpicos, convertido en lluvia de oro, tal vez una de las pinturas más sensuales del Renacimiento.  Ciertamente su historia es triste, en la cual las luchas fratricidas, los desamores, las conspiraciones y los celos, a escala humana y olímpica, se suceden sin cesar. Es también un relato épico, en el que Perseo mantendrá combates singulares, y dará muerte a monstruos supuestamente imbatibles, como fue el caso de Medusa, quien convertía en piedra a quien la mirase directamente a los ojos. Sin duda, es una epopeya tan reseñable como «La Odisea», con un protagonista igualmente inteligente, pero probablemente de valor más arrojado. Porque Perseo nada tiene que envidiar a Ulises, mejor  conocido. Sí, una verdadera tragedia griega, aunque curiosamente no parece haber sobrevivido ninguna con esa temática, aunque sí una comedia de Calderón de la Barca: «Andrómeda y Perseo». En cuanto a la constelación en sí, sobresale durante las noches de otoño en el hemisferio norte, aunque debido a su declinación, es visible también en otras épocas desde esas latitudes.

Figura 3: La nueva constelación del sextante, según Hevelius, cuyo atlas es de 1687.

Sería posible recorrer una a una las constelaciones clásicas visibles desde el hemisferio septentrional y contar todos los catasterismos asociados. Sin embargo, baste aquí con los ejemplos incluidos.

Cayo Julio Higino, un esclavo liberto del emperador Augusto de posible origen hispano que vivió en torno al cambio de era, proporcionó numerosos ejemplos en su «Poeticum astronomicum», aunque la autoría de este texto y de «Fabulae» no está completamente clara. Es una de las fuentes principales y en ocasiones única sobre mitología y astronomía. Algo más de un siglo después, Claudio Ptolomeo describiría 48 constelaciones en su «Almagesto».

Figura 4: Planisferio del hemisferio austral, publicado en 1763 por Lacaille. Denominado «Coelum Australe Stelliferum», cierra la necesidad de nuevas constelaciones.

 

Las exploraciones hacia el Sur y en particular los viajes portugueses a final del siglo XV mostraron una nueva esfera celeste, con estrellas y constelaciones nuevas. Un ejemplo de los nuevos asterismos está en la constelación del Sextante, creada por  Johannes Hevelius en su atlas estelar «Prodromus Astronomiae», publicado póstumamente por su mujer Elisabeth Hevelius, quien contribuyó de manera al trabajo de aquél, en 1690.

Pero no todo es constelación en la esfera celeste. La primera circunnavegación del globo terrestre, iniciada por Fernando de Magallanes, dejó una injusta herencia en el cielo: las dos galaxias satélites de la Vía Láctea llevan su nombre, la Pequeña y la Gran Nube de Magallanes, cuando el navegante portugués al servicio de Juana I y su hijo Carlos, co-monarcas de las Españas y las Indias, falleció a mitad de camino y el viaje fue completado por Juan Sebastián Elcano. ¡Qué homenaje más justo sería el renombrar al menos una de ellas!

El planisferio estelar actual se cerró con la publicación en 1763 de «Coelum Australe Stelliferum», por Nicolas Louis de Lacaille, un año después de su muerte. La completa exploración del cielo austral hizo necesaria la introducción de catorce nuevas constelaciones, lo que completa las ochenta y ocho aceptadas de manera oficial por la Unión Astronómica Internacional.

Así, la esfera celeste nos relata múltiples historias: no solo astronómicas, también sobre la evolución filosófica, desde el mito hasta la ciencia;  la exploración del planeta y la política de expansión comercial e imperial; los avances científicos; y fuente de inspiración literaria y artística. Es, en definitiva, un mapa intelectual en el que se ha perfilado el desarrollo del pensamiento y, sobre todo, de la cultura.

David Barrado Navascués

CAB, INTA-CSIC Centro Europeo de Astronomía Espacial (ESAC, Madrid)


[1] En puridad, “La Gran Nube de Magallanes”, citada como “Al Bakr” o el Buey Blanco,  aparece en “El Libro de las Estrellas Fijas”, del astrónomo de origen persa Abd al-Rahman al-Sufi, escrito hacia 964. Así, dado que los nombres de las dos galaxias celebran tanto su descubrimiento como la primera circunnavegación, una nomenclatura adecuada sería Magallanes-Al Sufi y Magallenes-Elcano o cualquier otra combinación.

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