Rita Levi-Montalcini, coraje y amor a la ciencia

Quienes eligen la ciencia como profesión saben que no escogen el rumbo más fácil, sobre todo en sus comienzos. Pero todo investigador que se sienta tentado de rendirse ante la adversidad cuenta con un modelo en el que inspirarse: la neurocientífica italiana Rita Levi-Montalcini (22 de abril de 1909 – 30 de diciembre de 2012), que construyó su carrera a través de una guerra mundial y superando lo que en su país y época eran dos obstáculos monumentales, ser mujer y judía. Y no sólo triunfó: ganó un Nobel.

De hecho, no es que Levi-Montalcini hubiera podido decantarse por otras opciones más cómodas, sino que le habría bastado con aceptar el destino que su padre, el ingeniero eléctrico y matemático Adamo Levi, ya había diseñado para ella y sus dos hermanas. La suya era una familia victoriana, según describió la propia Rita, y su madre, la pintora Adele Montalcini, vivía sometida a su marido. A Rita y a sus hermanas no se les facilitó el acceso a la Universidad, ya que esto podía interferir en su futuro papel como esposas y madres. Y para una familia culta y acomodada de Turín, no faltarían los pretendientes.

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Rita Levi, con 98 años, fue ponente invitada en el encuentro internacional NGF de 2008: la Conferencia Katzir sobre vida y muerte en el sistema nervioso, en Kftar Blum, Israel. Crédito: audrey_sel

Pero ya a una pronta edad, Rita comprendió que el de esposa complaciente no era su lugar en la vida. Tras algún titubeo, optó decididamente por la medicina. Salvadas las reticencias de su padre y sus propias lagunas académicas, ingresó en la Universidad de Turín, donde compartió bancos con los futuros premios Nobel Salvatore Luria y Renato Dulbecco. Los tres fueron discípulos de una figura que sería esencial en la trayectoria de Levi-Montalcini, el neurohistólogo Giuseppe Levi. Después de graduarse con honores en 1936, Rita permaneció como investigadora a cargo de su mentor, iniciando sus estudios en el desarrollo del sistema nervioso en el embrión de pollo.

El aliento del avance nazi

Como la de tantas otras personas en aquella época, la vida de Levi-Montalcini iba a entretejerse con las turbulencias políticas de Europa. En 1939, con las nuevas leyes contra los judíos impuestas por Benito Mussolini, Rita dejó su puesto en la universidad, trasladando sus experimentos a su propio dormitorio. Allí montó un laboratorio con su microscopio y algunos utensilios caseros adaptados, como agujas de coser y pinzas de relojero.

En los años siguientes, Levi-Montalcini fue sintiendo en la nuca el aliento del avance nazi: en la primavera de 1940 regresaba a Turín de una estancia en Bruselas poco antes de la invasión alemana de Bélgica. Tras la alianza entre Mussolini y Hitler, en 1941 las bombas aliadas comenzaban a caer sobre Turín, lo que obligó a los Levi-Montalcini a mudarse a su casa de campo en las montañas. Allí Rita se llevó sus pertrechos. Para conseguir material de investigación, visitaba a los granjeros locales y les pedía huevos fecundados para alimentar a sus hijos (que no tenía). En 1943 y ante el avance de las tropas nazis, la familia se vio obligada una vez más a huir hacia el sur, donde Rita rehizo su laboratorio en un sótano de Florencia.

Levi-Montalcini en su laboratorio, a principios de los años 1960. Crédito: Becker Medical Library

Levi-Montalcini en su laboratorio, a principios de los años 1960. Crédito: Becker Medical Library

Cuando por fin la guerra terminó, Levi-Montalcini ya había sentado las bases del que sería el gran descubrimiento de su vida. Durante aquellos años había replicado algunos experimentos del embriólogo alemán Viktor Hamburger, de la Universidad Washington de San Luis (EEUU). Hamburger había observado que los embriones de pollo privados de sus miembros no desarrollaban los nervios destinados a estas regiones, lo que el científico interpretaba como una falta de diferenciación en esas neuronas. Levi-Montalcini coincidía en los resultados, pero no en la explicación: la italiana proponía que estos nervios sí se diferenciaban, pero morían por falta de algún factor que debía suministrarle el miembro ausente.

El Factor de Crecimiento Nervioso

Cuando Hamburger supo del trabajo de Levi-Montalcini, la invitó a su laboratorio para lo que en principio iba a ser una colaboración de unos pocos meses. Se quedó allí 30 años y el afamado neuroembriólogo tuvo que rendirse a la evidencia de que la hipótesis correcta era la de aquella científica refugiada que había mendigado huevos en las granjas.

En los años 50 y en colaboración con el bioquímico Stanley Cohen, Levi-Montalcini aisló el Factor de Crecimiento Nervioso (NGF, por sus siglas en inglés), una proteína esencial para la supervivencia de las neuronas. En 1986, Levi-Montalcini y Cohen recibieron el Nobel de Fisiología o Medicina “por sus descubrimientos de factores de crecimiento”.

Pero por importante que sea el NGF, la contribución de la científica adquiere un alcance infinitamente más profundo al situarla en su contexto. El NGF fue el primero de lo que luego ha sido una extensísima familia de mensajeros de comunicación entre células, un campo que hoy permea todas las áreas de la biología. Al hallar el primero de estos factores, la longeva investigadora –vivió hasta los 103 años– hizo mucho más que descubrir una biomolécula crucial, en palabras del Instituto Karolinska con ocasión de la concesión del Nobel—, “creó un concepto a partir de un aparente caos”.

Javier Yanes

@yanes68