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23 diciembre 2015

Reaccionar ante una situación de emergencia: con números

Catástrofes naturales | Energía nuclear | Matemáticas | Sociología
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“En las primeras horas no se piensa, se actúa”

 “Una respuesta tan pobre ante los accidentes de Chernóbil o Fukushima sería muy, pero muy improbable en Europa”

Profesor Simon French, Universidad de Warwick, Reino Unido

French comenzó su trayectoria como investigador de “pizarra y tiza” en materia de estadística y análisis probabilísticos, pero tras ser invitado a Chernóbil, cuatro años después del accidente, sus intereses dieron un giro importante y hoy es uno de los mayores expertos en la toma de decisiones en situaciones de emergencia. Y no sólo nucleares, porque también estuvo implicado durante la crisis de las “vacas locas” y otras alarmas relacionadas con la salud alimentaria. Su enfoque se ha vuelto “muy multidisciplinar” desde entonces. Es “mitad profesor y mitad consultor de riesgos” y, aunque puntualmente ha trabajado con grandes empresas, su trabajo consiste en el desarrollo de procedimientos y métodos para ayudar al gobierno del Reino Unido y otros gobiernos europeos en los procesos de gestión de emergencias relacionados con el medio ambiente, la salud pública, la energía y la industria nuclear.

“El dinero nunca entra en la toma de decisiones durante las primeras horas”

Después de Chernóbil todos los países invirtieron mucho dinero en el análisis de riesgos, y cuando la catástrofe de Fukushima llegó en el 2011, muchos de estos modelos fueron muy útiles, aunque otros no resultaron tan eficaces como se esperaba porque se trataba de centrales y accidentes muy diferentes. Hoy podemos estar tranquilos, “una respuesta tan pobre ante los accidentes de Chernóbil o Fukushima sería muy, pero muy improbable en Europa”. La mayoría de las centrales están construidas en los noventa, tras intensos estudios, teniendo en cuenta planes generales de ordenación del territorio, etc., y todas cuentan con unos protocolos de emergencia muy rigurosos y estudiados, que contemplan múltiples combinaciones de posibles fallos y la acción de contención asociada. La prioridad “uno” es siempre la seguridad de la población y, en una situación de emergencia real las decisiones no dependerán del ingeniero que esté de turno. “No, durante las primeras horas no se piensa, se actúa”; para un escape determinado habría una evacuación en un radio establecido, sople por donde sople el viento, porque la densidad de población es mucho mayor en Europa que en EE UU, o puede que el protocolo mande cerrar la producción y la salida de determinados alimentos, o incluso se plantee importar agua potable… Y seguramente nada de eso es necesario, pero aun así, no habrá sido una mala decisión, porque en el primer momento no se sabía cómo se iba a resolver la situación. Los planes contemplan mucho margen y, además, el coste económico nunca entra en la toma de decisiones durante las primeras horas, el dinero no es una variable. Semanas o meses después, cuando se haya evaluado la situación de forma objetiva, sí se podrá valorar si compensa limpiar una escuela o si es mejor construirla de nuevo en otro lugar.

“Lo más difícil es hacer comprender a los políticos que, aun haciéndolo todo bien, todavía hay cierta incertidumbre”

Hoy se cuenta con muchísimo más conocimiento para pronosticar las consecuencias de la radiación tras un accidente nuclear y hacer unos planes de emergencia muy eficientes. Hace 10 años no se podría haber pronosticado el “movimiento” de una radiación más allá de las 4 ó 5 horas siguientes al accidente. Pero hoy se dispone de previsiones meteorológicas realmente precisas a tres días vista y no a tres horas; las implicaciones sobre la cadena alimentaria se pueden predecir, así como el comportamiento de la contaminación. Los gobiernos pueden tener pronósticos muy fiables en pocas horas y están preparados para articular una gran cantidad de dispositivos de forma inmediata; servicios médicos, evacuaciones, abastecimiento de alimentos, etc. Y es que, el avance en este campo de las matemáticas ha permitido desarrollar modelos y predicciones capaces de reducir al máximo la incertidumbre, pero los responsables políticos siguen pidiendo una certeza absoluta durante la gestión de un proceso de emergencia, y esto hace que el hecho de comunicarles la incertidumbre, sea casi más complicado que hacer la estimación del riesgo en pocas horas.

Lucía Durbán Carmona

Este artículo es un extracto de un texto original publicado en ICMAT

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