Nos estamos comiendo el planeta

2016 está siendo un año fundamental para el clima: la cumbre de París o COP21 (diciembre de 2015), puso sobre la mesa el asunto del cambio climático con una contundencia hasta entonces nunca vista por parte de las instituciones políticas con ese nivel de consenso internacional. Comienza así una era histórica para el Planeta Tierra: la de la lucha contra el cambio climático y sus devastadores efectos medioambientales. Al mismo tiempo, los termómetros siguen batiendo récords históricos, pues según alerta la NASA, 2016 va camino de convertirse en el año más cálido de la historia. En esa misma línea van las conclusiones del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente PNUMA, que presentaba este verano el informe GEO-6 y que avalan la decisión tomada en la COP21: hay que actuar cuanto antes para frenar el cambio climático.

La alimentación es inevitablemente uno de los factores clave y uno de los principales campos que han de ser revisados si queremos construir un sistema de existencia sostenible en la Tierra. Por eso, en 2016 la ONU ha decidido enfocar el día mundial de la alimentación desde la perspectiva del clima. Agricultura y ganadería son actividades primordiales para generar el alimento que sustenta a la población, y es fácil imaginar la repercusión que esto tiene en el medio ambiente. Desde esta perspectiva también es necesario analizar por qué el mundo debe replantearse qué comer, pues no solo es esencial para erradicar el hambre y acabar con la malnutrición, las muertes por inanición o la creciente incidencia de las enfermedades cardiovasculares, sino porque, literalmente, nos estamos comiendo el planeta.

La cantidad de alimentos desperdiciados per cápita por los consumidores asciende a un total de entre 95 y 115 kg al año en Europa y América del Norte, mientras que esta cifra es mucho menor en otras regiones del planeta (de 6 a 11 kg por año en el África subsahariana y Asia meridional y sudoriental) según la FAO.

Un tercio de la comida que se produce nunca es consumida por los seres humanos.

Esta otra visión numérica del problema, mucho más ilustrativa, la aporta el programa Save Food, una iniciativa para erradicar la pérdida y el desperdicio de alimentos en el mundo, que aúna gobiernos, industria, sociedad civil y todos los agentes implicados en el proceso. Nuestros patrones de alimentación actuales no son sostenibles y el cambio tiene que producirse a distintos niveles, pues implica una transformación de los valores y los propios parámetros de consumo de comida. La racionalidad ecológica debe incorporarse a la lógica que domina la demanda de alimentos. La concienciación social es sin duda un paso esencial en ese proceso.

Además, este tercio de alimentos desperdiciados provoca unas pérdidas económicas que ascienden a 940.000 millones de dólares y un 8% de las emisiones anuales de gases de efecto invernadero, según indican desde el mismo programa. Si este es el punto de partida, el futuro será todavía más oscuro: la población aumentará hasta 9.600 millones de personas en 2050.

Alimentación sostenible = agricultura sostenible

Inevitablemente la producción agrícola debe aumentar, hasta un 60% (para 2050), si el planeta quiere alimentar a una población de tal envergadura, según estima la FAO. ¿Cómo es posible desarrollar una agricultura más productiva y que al mismo tiempo respete y fortalezca el ecosistema?

Por primera vez, el informe Global Risks 2016 del Foro Económico Mundial sitúa el fracaso en la lucha por la mitigación del cambio climático a la cabeza de su ranking y señala el sector de la agricultura como uno de los más sensibles a las variaciones del clima. Además de ser muy vulnerable a dichos cambios, el sistema mundial de alimentos es en sí mismo un importante motor del cambio climático, al que contribuye con un cuarto de las emisiones de gases de efecto invernadero del mundo (figura 1). Otro dato ilustrativo aportado por la Universidad de Queensland: prácticamente el 60% de los gases de efecto invernadero producidos a partir de alimentos se genera a través de productos de origen animal.

Imagen: Oxfam (2014) Standing on the Sideliness

Imagen: Oxfam (2014),  Standing on the Sideliness.

Cualquier alimento producido en el planeta tierra tiene una huella ecológica. Oxfam ha desarrollado una herramienta online que permite comprobar la marca que dejan en el planeta algunos de los alimentos más consumidos en el mundo (arroz, maíz, soja…). ¿Son todos los alimentos “verdes” igual de sostenibles? No basta con eliminar la carne y los derivados de los animales, así como los productos procesados industrialmente de nuestra dieta. Hay que elegir muy bien qué cultivamos. A este respecto, la ONU ya ha dado una pista: 2016 ha sido declarado año Internacional de las Legumbres. ¿Por qué?

Se calcula que, en todo el mundo, alrededor de 190 millones de hectáreas de legumbres aportan entre cinco y siete millones de toneladas de nitrógeno a los suelos, por lo que necesitan menos fertilizantes que la mayoría de los cultivos. Contribuyen así las legumbres al mantenimiento de la seguridad alimentaria, pues reducen las emisiones de gases de efecto invernadero y, al mismo tiempo, proporcionan el aporte nutricional necesario.

Puedes conocer más datos sobre las legumbres en esta colección de infografías que la FAO ha preparado para difundir toda la información en el Año Internacional de las Legumbres.

Dory Gascueña para OpenMind

@dorygascu