NewSpace, los chicos nuevos del espacio

El pasado 27 de febrero, la compañía SpaceX anunciaba su propósito de lanzar en 2018 una nave espacial que rodeará la Luna llevando dos pasajeros de pago. Será el regreso del ser humano al espacio profundo desde la misión Apolo 17 en 1972. Esta es hasta hoy la última de las audaces apuestas del ingeniero y magnate de la tecnología Elon Musk, fundador de SpaceX y una de las cabezas más visibles del fenómeno conocido como New Space.

Musk no está solo en esta corriente. Junto a él se encuentran el fundador de Amazon Jeff Bezos, con su empresa Blue Origin, Sir Richard Branson con Virgin Galactic o el hotelero Robert Bigelow con Bigelow Aerospace. Son solo algunos ejemplos de la multitud de compañías con todo tipo de aspiraciones enfocadas más allá de la Tierra, desde recoger basura espacial hasta explotar yacimientos extraterrestres, pasando por la colonización de otros planetas.

Una de las naves de Blue Origin despegando. Crédito: Blue Origin

Una de las naves de Blue Origin despegando. Crédito: Blue Origin

La participación de compañías privadas en el sector aeroespacial no es algo novedoso: la carrera espacial de los años 50 y 60 no habría existido sin la participación de numerosos contratistas. Pero el New Space es diferente. El analista del sector Matthew Weinzierl, profesor de la Harvard Business School, lo definió como un conjunto de startups dispuestas a “perturbar el sector espacial estadounidense con nuevas tecnologías, enfoques de gestión y presión competitiva”. Sin embargo, Weinzierl admite a OpenMind que “New Space es un término controvertido”, incluso dentro del propio sector. “La distinción no es realmente público versus privado, o ni siquiera joven versus establecido”, apunta. “Yo diría que las diferencias clave están en la mentalidad y el modelo de negocio”.

El espacio, nuevo objetivo de las startup

El ahora llamado Old Space ha sido tradicionalmente un universo muy centralizado; EE. UU., con la NASA en el centro, ha forjado relaciones duraderas con compañías privadas. Y aunque ciertos observadores del sector lo han acusado de lento, burocrático y vacilante, se trata de un modelo que ha aportado grandes logros, “un dato a menudo ignorado por los entusiastas del New Space”, advierte Weinzierl. Esta nueva corriente surgió cuando EE. UU. retiró del servicio sus transbordadores espaciales tripulados sin tener aún preparada una alternativa. “Un grupo de emprendedores vio una oportunidad de intentar un enfoque nuevo”, dice el economista.

Aquí es donde entra en juego una cultura empresarial diferente, nacida con el espíritu del Silicon Valley: compañías startup convencidas de que las nuevas ideas y la competencia conseguirán reducir drásticamente los costes en la conquista de hitos hoy todavía lejanos para el Old Space, como los viajes a la Luna o Marte. “Tienen una visión, y se han mostrado capaces de asumir riesgos para realizarla”, resume a OpenMind el profesor de propulsión hipersónica de la Universidad de Queensland (Australia) Michael Smart, excientífico de la NASA.

El astronauta Dale A. Gardner sujeta el cartel de "Se vende" en referencia a dos satélites recuperados. Crédito: NASA

El astronauta Dale A. Gardner sujeta el cartel de “Se vende” en referencia a dos satélites recuperados. Crédito: NASA

Entre esas nuevas ideas está la de que la NASA no tiene por qué ser su principal cliente, sino sólo uno entre varios. De hecho, un rasgo común de varias compañías del New Space es el ánimo de rentabilizar su negocio enfocando sus servicios al cliente particular. Virgin Galactic o Blue Origin ofrecerán vuelos espaciales al público. Por su parte, Musk no sólo pide la Luna, sino también Marte: en septiembre de 2016, el fundador de SpaceX anunció su intención de establecer una colonia en el planeta vecino en la próxima década.

Algunos proyectos del New Space ya son mucho más que ideas. En la primera línea del avance se encuentra SpaceX, que ya emplea su cohete Falcon 9 para enviar su cápsula Dragon 1 a la Estación Espacial Internacional en misiones de transporte de carga no tripuladas. Pero si en esto SpaceX se ha igualado con los operadores tradicionales, en cambio los ha superado en la recuperación y reutilización de sus cohetes, algo nunca antes intentado por las agencias estatales.

La NASA apoya al Old y New Space

Todo esto no implica, advierten los expertos, que vaya a inaugurarse una nueva carrera espacial, en esta ocasión entre Old Space y New Space. Según expone Weinzierl, la NASA reaccionó inicialmente con cautela, pero posteriormente fue adaptando su marco regulatorio para establecer lazos comerciales con estas nuevas compañías, a condición de que asuman parte de los costes de desarrollo y ayuden así a reducir la factura pública del programa espacial. Por otra parte, las compañías del Old Space se han sumado también a estos nuevos enfoques. El resultado, valoran los analistas, debería beneficiar a todas las partes y a la actividad humana en el espacio.

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Uno de los cohetes de Space X, reutilizado, se prepara para despegar por segunda vez. Crédito: Space X

El pasado febrero, el diario The Wall Street Journal reveló un correo electrónico en el que un miembro de la NASA abogaba por una competición entre Old y New Space para determinar cuál podía garantizar un regreso a la Luna en la próxima década. Este episodio insinúa que el encaje entre ambos modelos aún tiene recorrido por delante.

Otra duda es la viabilidad de los ambiciosos proyectos que las compañías del New Space están anunciando con gran impacto en los medios. “Fijarse objetivos elevados es parte de su mantra; serán los inversores quienes decidan si el bombo es real”, dice Smart. Por el momento, Virgin Galactic ha retrasado sucesivamente el comienzo de sus operaciones, y SpaceX debía haber estrenado su cohete Falcon Heavy a principios de este año, cosa que no ha ocurrido. Weinzierl considera que hoy es muy difícil saber si el New Space cumplirá sus expectativas. El experto juzga que algunos de sus modelos de negocio “no son viables por sí mismos”; a nadie escapa que el sueño marciano de Musk está muy lejos de ser hoy costeable. Según Weinzierl, aún deberán surgir los avances clave que hagan viables los proyectos. “Pero soy optimista”, concluye. “¡Me gustaría vivir para poder alojarme en un hotel espacial!”.

Javier Yanes para Ventana al Conocimiento

@yanes68