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05 enero 2018

Max Born, el físico cuántico que creía que “Dios juega a los dados”

Einstein | Física | Historia
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Quien introduzca el nombre de Max Born (11 de diciembre de 1882 – 5 de enero de 1970) en un buscador de internet encontrará que muchas de las referencias destacan de él dos hechos: se carteaba con Albert Einstein —siendo el destinatario de una de las citas más famosas del autor de la teoría de la relatividad— y fue el abuelo de la actriz y cantante Olivia Newton-John.

La figura de uno de los físicos más importantes del siglo XX a menudo aparece desenfocada, casi en consonancia con lo que fue un tratamiento injusto durante su vida: Born estuvo a punto de desaparecer legalmente, fue ignorado por el Comité Nobel de Física hasta recibir un premio “escoba” cuando ya pocos lo esperaban, e incluso la Wikipedia le cita erróneamente.

A comienzos del siglo XX, científicos como Einstein estaban reconvirtiendo la física clásica de Newton, mientras que otros como Max Planck, Niels Bohr, Werner Heisenberg, Erwin Schrödinger o Louis de Broglie impulsaban una revolución científica con el nacimiento de una física de aplicación exclusiva al átomo, la cuántica.

Max Born dejó huella en la relatividad, la física química, la óptica o la elasticidad. Fuente: Wikimedia

Aunque Einstein se sirvió de la cuántica para explicar el efecto fotoeléctrico, lo que le valdría el premio Nobel en 1921, pronto comenzó a imponerse una corriente de esta nueva física con la que el alemán no estaba de acuerdo. La llamada Interpretación de Copenhague abandonaba el determinismo en favor de una visión probabilística. Einstein pensaba que la incertidumbre postulada por los cuánticos realmente no era tal, sino que revelaba la incapacidad de encontrar las variables con las que construir una teoría completa.

Uno de los impulsores clave de esta interpretación probabilística fue Born. Este hijo de un embriólogo nacido en Breslau (hoy Wroclaw, en la actual Polonia) dejó huella en campos variados de la física, desde la relatividad a la física química, la óptica o la elasticidad. Pero sobre todo, su trabajo en la Universidad de Gotinga (Alemania) logró situar esta institución entre las primeras del mundo en física. Bajo su amparo surgieron figuras como Heisenberg, Edward Teller, Robert Oppenheimer, Max Delbrück, Enrico Fermi o Wolfgang Pauli, entre otras.

Su aportación a la cuántica

La primera gran aportación de Born a la cuántica se produjo en 1925, en colaboración con su ayudante Heisenberg. Ambos introdujeron en la cuántica el álgebra matricial, un enfoque que Born conocía gracias a sus estudios de matemáticas y que por entonces no solía emplearse en la física. En 1926, Born aplicaba el mismo tratamiento a la ecuación de onda de Schrödinger para transformar los orbitales de los electrones en nubes de densidad de probabilidad.

Naturalmente, este carácter cada vez más neblinoso de la física atómica iba a encontrar respuesta por parte de quien veía toda aquella indefinición como un conocimiento a medias. El 4 de diciembre de 1926, Einstein escribía en una carta a Born: “la mecánica cuántica es ciertamente impresionante. Pero una voz interior me dice que aún no es la realidad. La teoría dice mucho, pero realmente no nos acerca más al secreto del ‘viejo’. Yo, en todo caso, estoy convencido de que Él no juega a los dados”. Einstein no era creyente, pero empleaba la metáfora de Dios para referirse al funcionamiento de la naturaleza en una discusión que mantendría durante años con su colega, y que él mismo resumiría de manera ejemplar en otra misiva a Born fechada años más tarde, en 1944: “Tú crees en el Dios que juega a los dados, y yo en una total ley y orden en un mundo que, de manera salvajemente especulativa, estoy tratando de capturar”.

Ignorado por el Comité Nobel

Pero pese a su relevancia y peso en la elaboración de una interpretación mayoritaria de la cuántica que perdura hasta hoy, durante décadas a Born se le negaron los honores merecidos. Como tantos otros científicos judíos en la Alemania de los años 30, tuvo que huir del régimen nazi, que le privó de su ciudadanía y hasta de su doctorado, casi llegando a borrar legalmente su existencia y su obra. Pero por la misma época el físico era víctima de un desdén más inesperado: en 1932 Heisenberg recibía el Nobel y un año después se le concedía a Schrödinger. Año tras año, el nombre de Born no aparecía en el fallo de la Real Academia Sueca de Ciencias.

Born (segundo por la derecha en la segunda fila) en la Conferencia Solvay, en 1927, con otros científicos como Albert Einstein. Crédito: Benjamin Couprie, Institut International de Physique de Solvay

Por fin se hizo justicia en 1954, cuando Born, ya retirado de su puesto en la Universidad de Edimburgo, había regresado a Alemania para el descanso de su jubilación. En octubre de aquel año se le comunicaba la concesión del Nobel por su tratamiento probabilístico de la función de onda. Born aceptó el premio con la humildad con la que había encajado la falta de él; la misma humildad que, según la Wikipedia, le inspiró para decir en su conferencia Nobel: “la creencia en una única verdad y en ser el poseedor de ella es la raíz más profunda de todo el mal del mundo”.

Sólo que tal frase no figura en la conferencia Nobel de Born, la escribió años más tarde, en 1969, en su libro Physics in My Generation. Siempre desenfocado, pero hoy por fin reconocido y admirado.

Javier Yanes

@yanes68

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