Los nuevos marcos de la edición electrónica

Siempre hemos leído o tendido a leer en rectángulos. Ellos han sido el tipo de marco predominante para la lectura a lo largo de la historia. Eran rectangulares la mayoría de los papiros y pergaminos de la antigüedad. También muchos de los muros donde se inscribieron los jeroglíficos o las primeras fijaciones de conceptos. Incluso las paredes rupestres podían tener similitudes con ellos, pues algunas son enormes paralelogramos alargados y deformes. Pero sobre todo las hojas de los libros son rectangulares, y sus formas geométricas han marcado y enmarcado los caracteres sobre los que nos hemos abstraído y donde hemos fijado nuestro pensamiento. En abril de 1921, ya Ortega reflexionaba sobre la importancia del marco en la pintura (Meditación sobre el marco), y quizás estas líneas no sean más que una extensión del mismo.

Por alguna misteriosa razón los televisores, que fueron cuadrados en sus inicios, y tendientes momentáneamente a lo circular, han terminado siendo también rectángulos. Y ahora, también podemos leer en ellas, pero sobre todo leemos en las nuevas tabletas, los teléfonos móviles y en las pantallas de las computadoras. En todos estos dispositivos, casi sin excepción, el marco tiene esta proporción; y la disposición pareciera ser hacia el rectángulo áureo. ¿Por qué este tipo de figura? ¿Son solo razones prácticas las que animan sus dimensiones? Quizás la causa es más estética que práctica, como sugiere Marcus du Sautoy en Simetría. Un viaje por los patrones de la naturaleza.

La explicación, o una de ellas, es que la imagen ha tendido hacia el rectángulo gracias a aquellos formatos sobre los que mejor nos hemos concentrado. El cine marcó la pauta inicial pues las pantallas eran rectangulares, y luego el televisor ha copiado su forma. Y por otro lado —dando un giro de noventa grados a la pantalla cinematográfica— el folio sigue mandando en la tradición lectora, lo cual ha potenciado el rectángulo en posición vertical.

Hemos pasado de un marco a otro en las últimas décadas. Leíamos y veíamos cine o televisión en lugares específicos hasta que llegaron las tabletas y los móviles. Ahora, a mi manera de ver, todo se va haciendo más natural, aunque lo más natural para el acto de la lectura haya sido el libro desde mediados y finales del siglo XX, y lo seguirá siendo en muchos casos. El momento clave fue la aplicación del giroscopio en las pantallas de algunos dispositivos. Lo que suponía un cambio físico de plataforma visual durante el siglo XX está pasando a ser una acción inmediata. Cuando el espectador deja de ver cualquier video en su teléfono móvil y gira el mismo para leer una novela, una revista o el periódico, estamos ante un cambio crucial en la historia de la lectura.

Y aquí vienen algunas de las preguntas acerca de la edición del futuro. Creo que un error común es pensar que hay una mera congruencia entre la edición física y la electrónica. A partir de ello hacemos una incorrecta analogía con el libro físico y sus posibilidades. Los grandes temas de la edición electrónica han sido hasta ahora los formatos de publicación, los derechos de autor y la comercialización de los libros electrónicos. Son todos ellos asuntos para seguir dialogando. Pero pienso que la edición electrónica nos lleva a otros mundos desconocidos en la misma Galaxia Gutenberg. Aunque al final todo se reduzca a lo mismo; al acto mismo de leer, como recuerda Robert Bringhurst en What is Reading For?, nuestras capacidades deben atender también a otros asuntos que tal vez no parecieran ser de nuestra incumbencia. Hoy las editoriales no solo deberían estar preocupadas sobre la programación web, los añadidos a los contratos tradicionales o los tipos de archivos que soporten los libros de siempre. También deberían centrar sus análisis en la composición y funcionamiento de los nuevos rectángulos en los que leemos. Esto significa que un factor crucial para la edición del futuro es conocer la estructura, nitidez y potencia de las pantallas que usamos y de los procesadores que las manejan. Quizás los marcos dependan del mensaje más de lo que suponemos y entonces las editoriales también deberían idear sus propios marcos, pero para ello se necesita un tipo de conocimiento que los editores no poseen aún. En otras palabras, algunos de los nuevos editores del presente son, sin saberlo, los fabricantes de teléfonos móviles, tabletas y ordenadores.

 

Ángel Pérez Martínez

Profesor Investigador, Universidad del Pacífico, Lima (Perú)