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16 julio 2016

Los inventos son para el verano

Ciencia | Historia | Innovación | Tecnología
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De la Grecia clásica a las playas de California. Tras años de ardua investigación o de forma accidental. Bendecido por los dioses o por las estrellas de Hollywood. En una estación de tren o en los laboratorios de la NASA… Así nacieron y evolucionaron algunos de esos inventos imprescindibles cuando llega el verano.

Aire acondicionado: aire + agua

El 17 de julio se conmemora el aniversario de uno de esos inventos que hacen menos largo y duro el verano para los habitantes del primer mundo: el aire acondicionado. Ese día, en el año 1902, el joven ingeniero de la Buffalo Forge Company Willis Haviland Carrier completaba los dibujos con el diseño para un equipo con un objetivo inicial muy diferente. Pretendía ser la respuesta a la demanda planteada por el responsable de una imprenta: un sistema para controlar las condiciones de humedad y temperatura ambientales. Su variabilidad provocaba la expansión y contracción del papel, lo que afectaba y perjudicaba a la calidad del resultado.

Según el relato del propio Carrier, la solución se le presentó una desapacible noche de niebla primaveral en la estación de tren de Pittsburgh. Entonces cayó en la cuenta de cómo la presencia de agua en la atmósfera enfriaba el ambiente. Una idea que plasmó en su “aparato para tratar el aire”. En esencia, se trataba de una enorme cámara en la que unos ventiladores generaban una corriente que atravesaba una ducha o cortina de agua procedente de una tubería. El aire saturado salía de la cámara a través de una rejilla que atrapaba las gotitas a la temperatura deseada.

Poco después, la primera unidad, de 30 toneladas, era instalada en la imprenta. El resultado fue tan satisfactorio que el 16 de septiembre de 1904 Carrier solicitaba la patente de su invento. Un ingenio que encontró un próspero negocio en las fábricas, especialmente las textiles, donde la falta de humedad ambiental provocaba que las fibras se cargasen de electricidad estática, lo que dificultaba su manipulación.

Willis Haviland Carrier, con una de sus máquinas de aire acondicionado. Crédito: Williscarrier.com

A partir de 1924 los equipos de aire acondicionado, todavía de grandes dimensiones, comenzaron a utilizarse para el confort de los clientes de cines, teatros y grandes almacenes. Y hubo que esperar hasta después de la Segunda Guerra Mundial para que aquellos aparatos rebajaran lo suficiente su tamaño y coste para poder ser instalados en las viviendas familiares.

Gafas de sol: Luz… cámara… y ¡acción!

El origen de las gafas de sol se remonta a la China del siglo XIII. Incorporaban unas lentes oscuras (ahumadas, que no tintadas) que mitigaban la luminosidad pero que no protegían frente a la radiación. Ni falta que hacía, porque fundamentalmente eran empleadas por los jueces para evitar traslucir sus emociones durante el ejercicio de su cargo. Fue en torno a 1430 cuando las gafas con lentes oscurecidas aparecieron en occidente, en Italia, para aliviar la fotosensibilidad. Ya a mediados del siglo XVIII, James Ayscough experimentó con lentes tintadas, que obtenía introduciendo distintos compuestos en la composición del cristal, bajo la errónea suposición de que con ellas podía tratar problemas visuales.

Las gafas de sol en su moderna concepción no hacen acto de presencia hasta principios del siglo XX, gracias al trabajo efectuado por el eminente científico británico William Crookes. En 1908 el gobierno británico, preocupado por los numerosos deslumbramientos y lesiones oculares provocadas por el uso y abuso de las recién inventadas lámparas eléctricas y otros aparatos eléctricos radiantes, instó a sus científicos a dar con una solución. Tras ocho años de denodados esfuerzos, el octogenario Crookes conseguía una lente ligeramente tintada que filtraba el 90% de la radiación infrarroja y toda la ultravioleta. Crookes tardó mucho menos en darse cuenta de que su invento podía tener infinitas aplicaciones, tanto en los más diversos oficios como para el disfrute al aire libre. Y ensayó con cientos de formulaciones, cada una para un uso determinado. Así, por ejemplo, la Crookes Glass 414 estaba destinada a los sopladores de vidrio. Era una lente de un verde pálido por incorporar oxalato ferroso que eliminaba el 98% de la radiación infrarroja incidente.

Publicidad de la compañía de Sam Foster, que lanzó al mercado las gafas de sol en 1929. Crédito: Fosta- Grantly

Las gafas de sol se popularizaron en la década de 1930 cuando los actores de Hollywood comenzaron a usarlas para protegerse de los potentes focos de los estudios y también –tal y como hacían los jueces chinos– para no mostrar emociones y excesos. Sam Foster fue el primero en lanzarlas al mercado en EEUU en 1929. Su despegue definitivo llegó en 1936 cuando, en demanda de una petición del ejército, Ray Ban introdujo las lentes polarizadas inventadas por Edwin Land para las cámaras Polaroid en unas gafas ideadas para proteger la vista de los pilotos cuando volaban a gran altitud. Y sólo un año después se comercializaron para el gran público: cualquiera podía presumir de sus gafas de sol modelo aviador.

Crema solar: El bronceado se pone de moda

La crema solar fue inventada en la década de los 1930 por cuatro químicos distintos de forma independiente. Y es que en un mundo menos globalizado los nuevos inventos y productos tenían una repercusión mucho más localizada. A raíz de que Coco Chanel pusiese de moda el bronceado tras unas estupendas vacaciones en la Costa Azul, con lo que el moreno pasó de ser el color de los campesinos a un indicador de estatus. Y acabó de afirmarse con la invención de las películas en color, en las que las estrellas cinematográficas –convenientemente maquilladas– lucían bronceado.

Por orden cronológico la primera crema solar se la debemos al químico australiano Milton Blake, en el arranque de la década. En 1936 Eugene Schuelles, fundador de L’Oreal, lanzaba al mercado francés su bronceador Ambré Solaire, un aceite que incorporaba un protector solar. Sin embargo, ninguno de ambos era realmente efectivo a la hora de filtrar la radiación solar.

Anuncio de una de las primeras cremas solares, en 1958. Crédito: Coppertone

El primer protector solar auténtico tuvo que esperar hasta 1938. Fue creado por el joven químico austriaco Franz Greiter, el mismo que en 1962 introdujo el concepto de factor de protección solar, quien tras sufrir severas quemaduras escalando el Piz Buin comenzó a experimentar hasta obtener un producto que incorporaba compuestos que absorbían la radiación UV reemitiéndola en una forma menos energética. En 1946 saldría por fin a la venta.

El primer bloqueador, es decir, una sustancia que aplicada sobre el cuerpo reflejaba la radiación incidente, fue inventado por el farmacéutico Benjamin Green durante la segunda guerra mundial a fin de evitar que los marines destinados al Pacífico sur se quemasen. Su Red Vet Pet  (Red Veterinary Petrolatum) era una espesa y poco atractiva pasta de parafina de color rojizo.  Poco después, en 1944, el mismo Green lanzaba al mercado un nuevo y refinado producto: la crema bronceadora Coppertone que se convirtió en un éxito de ventas.

Máquina expendedora: Un invento bendecido

Las máquinas expendedoras puede que no sean un invento típicamente veraniego pero, del mismo modo, es innegable que encontrar una de ellas durante la visita al parque temático o zoo de turno es una asfixiante jornada estival supone una bendición.

Ironías del destino, la primera máquina expendedora de la historia dispensaba… agua bendita (o bendecida). Fue creada por el genial Herón de Alejandría en el siglo I de nuestra era para su empleo en los templos. No con afán recaudatorio, sino para controlar la cantidad agua que se llevaban los fieles tras pagar religiosamente.

Herón de Alejandría, inventor de la primera máquina expendedora de agua bendita. Crédito: Wikimedia

La máquina en cuestión era una especie de caja o receptáculo con una ranura por la que se insertaba la moneda, que se depositaba en la ranura de una barra  tipo balancín o palanca. El peso de la moneda inclinaba la barra hacia delante de tal suerte que el extremo opuesto, al elevarse, tiraba de una cuerda que abría el depósito de agua permitiendo su salida.  Cuando la moneda caía bajo la acción de la gravedad, la barra recuperaba su posición original cerrando el grifo. Un sofisticado mecanismo que se mantuvo en las primeras máquinas expendedoras modernas, hasta la llegada de los modelos eléctricos.

Esas máquinas aparecieron  a finales del siglo XIX en Inglaterra. En 1883 Percival Everett diseñaba una máquina que dispensaba postales. Y poco después el librero Richard Carlisle las adaptaba para ofrecer libros. Las  actuales máquinas expendedoras de chuches, golosinas, snacks, refrescos, etc. tienen sus precursoras en las máquinas de chicles instaladas por la Thomas Adams Gum Company en las estaciones de metro neoyorquinas a partir de 1888.

Manguitos: Nadar a pleno pulmón

Como muchos otros artilugios genuinamente playeros, los manguitos fueron inventados, o al menos introducidos, en las playas de California. En 1931 los primeros ejemplares, hechos de caucho e hinchables, comenzaban a verse por aquellas latitudes. Probablemente como una lúdica adaptación de un diseño similar surgido durante la Primera Guerra Mundial para que los equipos de buceadores pudiesen transportar con mayor facilidad sus utensilios y equipo. El actual diseño de los manguitos, a modo de triángulo con dos lados hinchables, fue introducido en 1964 por el alemán Bernhard Markwitz con el nombre comercial de Bema Schwimmflügel.

Publicación en octubre de 1931 donde aparecen, por primera vez, los manguitos. Crédito: Modern Mechanix

La invención del balón o pelota de playa hinchable está acreditado a Jonathon De Longe en 1938, asimismo en California. Una ocurrencia que dio paso a un lucrativo mercado de juguetes y accesorios inflables, desde flotadores hasta piscinas. Estas se hicieron muy populares a partir de 1947 cuando la Plastic Division de la compañía Douhboy comenzó a producirlas a gran escala.

Super Soaker

El ingeniero de la NASA Lonnie G. Johnson con su invento, la pistola de agua. Crédito: Thomas S. England

No es un juguete hinchable pero si un superventas todos y cada uno de los veranos desde su aparición en el mercado. La pistola de agua Super Soaker. Fue inventada a principios de los 80 por Lonnie G. Johnson, ingeniero de sistemas de la NASA, que participó en las misiones Galileo, Cassini y Mars Observer. Y que en su tiempo libre se dedicaba a trabajar en proyectos propios. Entre ellos una bomba de calor ecológica con agua en lugar de freón. En 1982 y tras completar el prototipo se encerró en el baño de su casa para probarla, regando toda la estancia con un potente chorro. Como bomba tal vez no sirviese pero como base para un juguete resultaba perfecto. Así, en 1989 y bajo el abrigo de Hasbro, se convertía en la pistola de agua definitiva. Gracias a ello, Johnson se hizo millonario y fundó su propia empresa tecnológica, la Johnson Research and Development, para no tener que encerrarse más en el baño.

Ventana al Conocimiento

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