Lo que los animales saben del mundo que nosotros no sabemos

La mayoría de los humanos no suelen preguntarse si la realidad es verdaderamente tal como la conocemos. Pero esta pregunta ha fascinado a los filósofos desde la antigüedad; y si Platón o Kant vivieran hoy, probablemente se quedarían atónitos ante todo aquello que la ciencia ha revelado sobre la realidad a nuestro alrededor que nosotros no percibimos, pero sí muchas otras especies. Este es un repaso a algunos de los sentidos animales que son lo más parecido a auténticos superpoderes, y que dan a sus poseedores una versión del mundo muy diferente a la nuestra.

Un mapa de sonidos

La habilidad de los murciélagos de hacerse un mapa de su entorno mediante el sonido es uno de los sentidos animales más estudiados. Contrariamente a la idea popular, estos mamíferos voladores no son ciegos, pero sus ojos les sirven de poco cuando capturan insectos al vuelo por la noche. Sus chillidos, inaudibles para el oído humano, rebotan en el entorno y en sus presas en movimiento. El tiempo de la señal de retorno, la dirección y el cambio de frecuencia –debido al efecto Doppler, como cuando una ambulancia con la sirena encendida pasa a nuestro lado– les permiten cazar con un tino increíblemente certero.

Visión con rayos X

El sonar de los delfines y las ballenas dentadas es en realidad el mismo sistema de ecolocalización de los murciélagos, pero bajo el agua. Los sonidos producidos por estos mamíferos marinos les permiten formarse un mapa mental de su entorno en tres dimensiones. Pero no solamente eso: las ondas sonoras emitidas por los delfines pueden penetrar a través de ciertos objetos y de los tejidos blandos, ofreciendo al animal también una especie de visión de rayos X de sus posibles presas o amenazas. Hoy los ingenieros tratan de copiar esta capacidad para mejorar los detectores de sonar.

 El narval caza gracias a la precisión del sonar que tiene en su apéndice frontal. Crédito: Torley/Flickr

El narval caza gracias a la precisión del sonar que tiene en su apéndice frontal. Crédito: Torley/Flickr

Un caso particular es el del narval. Este unicornio marino, cuyo apéndice frontal es realmente un colmillo izquierdo muy especializado, vive y caza bajo las enormes extensiones de hielo del Ártico, encontrando siempre cualquier pequeño resquicio para salir a respirar. ¿Cómo lo hace? Un estudio reciente ha descubierto que el sonar del narval es el más direccional de todos los que se conocen, lo que le confiere una enorme precisión.

Según explica a OpenMind la coautora del estudio Kristin Laidre, de la Universidad de Washington (EEUU), se trata de un mecanismo “altamente evolucionado” que permite a estos animales obtener información detallada para sumergirse rutinariamente hasta más de 1.500 metros. “Su uso del sonido es crítico para encontrar comida, navegar en el denso hielo marino y comunicarse”, dice Laidre.

Receptores para encontrar sangre

Si acercamos la mano a una vitrocerámica encendida, somos capaces de sentir el calor sin tocarla, gracias a las neuronas sensoriales en nuestra piel. Pero solo percibimos temperaturas superiores a los 43 oC. Para otras especies, la percepción del calor o termorrecepción es un sentido esencial que les ayuda a reconocer su entorno. Los murciélagos vampiros cuentan en su nariz y su labio superior con receptores de calor que les permiten detectar temperaturas de 30 oC a una distancia de hasta 20 centímetros. Esto les facilita la localización de sus presas e incluso de las zonas de la piel que recubren los vasos sanguíneos, para saber dónde perforar en busca de sangre.

Las serpientes detectan el calor de sus presas gracias a sus fosetas.Crédito: Steve Kharmawphlang.

Las serpientes detectan el calor de sus presas gracias a sus fosetas. Crédito: Steve Kharmawphlang.

Algunas víboras y boas detectan el calor de sus presas gracias a unas fosetas especializadas en el hocico. La dirección de la fuente viene dada por la parte de la foseta que percibe el calor y la presencia de fosetas a ambos lados de la cabeza permite medir la distancia.

Tráfico eléctrico

La electricidad es invisible para nosotros, pero para algunas especies es como una señal de tráfico que las guía hacia su objetivo. Los tiburones y otros peces pueden detectarla gracias a un conjunto de canales rellenos de un material gelatinoso, que se abren al exterior a través de poros en la piel. Estos órganos, que los tiburones poseen en la cabeza, se denominan ampollas de Lorenzini. Un sistema parecido está presente en el curioso pico de los ornitorrincos, con el que pueden localizar a sus presas en aguas profundas y turbias. Es el único caso conocido hasta hoy de un mamífero capaz de sentir la electricidad.

Los tiburones detectan la electricidad gracias a sus ampollas de Lonrezini. Crédito: Albert Kok/Wikimedia Commons

Los tiburones detectan la electricidad gracias a sus ampollas de Lonrezini. Crédito: Albert Kok/Wikimedia Commons

Un caso peculiar es el de los abejorros. En 2016, un estudio descubrió que estos insectos acumulan una carga positiva durante el vuelo, y que la atracción hacia la carga negativa de las flores mueve los pelos de sus patas, lo que ayuda al abejorro a ubicar su objetivo. Las flores ya polinizadas cambian su carga, evitando a otros insectos que visiten la misma flor.

Navegar a través de la luz

Los ojos de algunos insectos, y también de otros animales como los pulpos, tienen una virtud de la que los nuestros carecen: son capaces de distinguir la luz polarizada, aquella que tiene una orientación vectorial concreta en el espacio. Poder aprovechar estas orientaciones diferentes de la luz en el cielo sería útil para la navegación. Y esto es exactamente lo que logran las hormigas o las abejas capaces de recorrer grandes distancias para después regresar a sus hormigueros o colmenas gracias a que el borde dorsal de sus ojos percibe la luz polarizada. El descubrimiento de este mecanismo de los insectos sirve hoy de inspiración a los ingenieros en busca de nuevos sistemas de navegación que no dependan de la captación de señales de satélites.

Flores ultravioletas

Tal vez pueda parecernos que las flores están ahí para decorar la naturaleza, pero lo cierto es que compiten entre sí por atraer los favores de los insectos, sus polinizadores. Los colores que nosotros podamos ver en ellas son irrelevantes; lo que realmente importa es llamar la atención de los insectos, y ellos no ven lo mismo que nosotros. Muchas flores que para nosotros tienen una coloración lisa esconden un llamativo patrón sólo visible en la franja ultravioleta del espectro, algo que las abejas sí pueden ver.

Brújulas naturales

Las primeras observaciones de que ciertos animales tienden a alinear sus cuerpos con el eje norte-sur del campo magnético terrestre datan de hace décadas, pero durante años los científicos no encontraron explicación a esta capacidad que, según se ha confirmado, está presente desde las bacterias hasta los vertebrados.

Las abejas poseen en su abdomen un anillo de gránulos de magnetita que actúa como brújula natural. Crédito: JRxpo/Flickr

Las abejas poseen en su abdomen un anillo de gránulos de magnetita que actúa como brújula natural. Crédito: JRxpo/Flickr

Hoy se piensa que diferentes especies emplean distintos sistemas. Por ejemplo, existe un tipo de pigmento llamado criptocromo que está presente en el ojo de algunas especies y que se activa con la luz azul por un mecanismo cuántico sensible al magnetismo, lo que permitiría a estos animales ver el campo magnético terrestre en forma de pista azul. Sin embargo, también se han encontrado partículas magnéticas en el pico de algunas aves. Las abejas poseen también en su abdomen un anillo de gránulos de magnetita que actúa como brújula natural y que les permite orientarse durante sus vuelos lejos de la colmena.

Por Javier Yanes para Ventana al Conocimiento

@yanes68