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29 mayo 2018

Lo que esconde la conquista del Everest

Ciencia | Cuerpo humano | Historia | Innovación | Sostenibilidad y ecología
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No fueron los primeros en intentarlo pero sí en conseguirlo. El neozelandés Edmund Hillary y el sherpa nepalí Tenzing Norgay alcanzaron la montaña más alta de la Tierra, de 8.848 metros de altura, la mañana del 29 de mayo de 1953. Atrás quedaban 31 años de intentos, en los que expediciones de distintos países perdieron a 11 alpinistas mientras trataban de llegar al techo del mundo, el imponente Everest.

Un ascenso en condiciones extremas que, en su tramo final, presenta temperaturas medias de -35º C y vientos racheados que cambian constantemente de dirección. Desde aquel día de mayo, han hecho cima más de 4.000 personas gracias a su pericia y, también, a los avances científicos y técnicos que permiten una escalada muy dura, pero más asequible.

Una hazaña que cumple 65 años

Después de una última caminata de cinco horas al límite, sin apenas aire en sus pulmones, Edmund Hillary (1919 – 2008) y Tenzing Norgay (1914 – 1986) alcanzaron la cima del Everest hace justo hoy 65 años. No estuvieron solos en el desafío, más de 400 personas, entre alpinistas, sherpas, ingenieros, científicos y militares, los empujaron hasta la cima durante 90 días: las 43 jornadas que tardaron en transportar 4,5 toneladas de material desde Katmandú (capital de Nepal) hasta la base de la montaña, más los 47 días que invirtieron en abrir una ruta y montar el último campamento –el número 9–, a 8.500 metros de altitud. Allí pasaron la noche Hillary y Norgay antes de hacer cumbre.

Tenzing Norgay and Edmund Hillary después de completar con éxito el ascenso al Monte Everest. Crédito: Jamling Tenzing Norgay

El Reino Unido llevaba décadas buscando ser el primer país en conquistar el Everest. La expedición de 1953, la novena de los británicos en ese lugar de la cordillera del Himalaya, estaba liderada por el coronel John Hunt y disponía de todos los medios al alcance del país, entre ellos los mejores alpinistas de su imperio.

Una de las innovaciones con la que contaban, respecto a expediciones anteriores, era el sistema de oxígeno. Por primera vez usaron uno que incorporaba aire atmosférico a la mezcla que respiraba el escalador. Aunque no lo aislaba totalmente (como los de circuito cerrado que se habían utilizado hasta el momento), eran más sencillos de manipular y se estropeaban con menor frecuencia. Provistos de este sistema, a las 11:30 de aquella mañana del 29 de mayo, Hillary y Norgay llegaron a la cima del mundo.

La ciencia de escalar a miles de metros de altitud

A medida que se asciende en altura, la presión de la atmósfera disminuye y, con ella, la de todos los gases que la componen, como el oxígeno. Cuanto más alto estamos, menos masa de aire queda encima de nuestras cabezas y, por tanto, la presión que ejerce sobre nosotros es menor. Esa presión es la que permite a los pulmones absorber aire a través de la tráquea.

Por encima de los 8.000 metros, en la llamada “zona de la muerte”, respirar se vuelve una tarea muy complicada porque la presión desciende a un tercio de la que hay al nivel del mar. A partir de ahí ya no hay manera de que el cuerpo humano se aclimate al ambiente extremo. Solo puede soportarse durante un periodo de tiempo limitado. Si un alpinista sufre ahí cualquier accidente que no le permite moverse por sí solo, su rescate resulta prácticamente imposible.

La cara norte del Monte Everest, como se ve desde el camino al campamento base en el Tíbet. Crédito: Luca Galuzzi

La mejor forma de aclimatarse es ir ascendiendo poco a poco y pasar días a diferentes alturas crecientes. Así, el cuerpo encuentra la forma de conseguir la cantidad de oxígeno que necesita en un ambiente distinto al que está acostumbrado: sube el número de veces que inspiramos por minuto, con el fin de conseguir más volumen de aire en los pulmones; aumenta la frecuencia cardíaca, para llevar oxígeno de forma más eficiente a todos los tejidos, y crece la cantidad de glóbulos rojos en la sangre, que aumenta su capacidad de carga de oxígeno. A algunas personas les cuesta más acostumbrarse a la altitud, su cuerpo no se aclimata bien, y sufren mal de altura, con síntomas como dolor de cabeza, fatiga y náuseas

La dificultad para respirar, las bajas temperaturas y la orografía del terreno hacen que cada paso a más de 8.000 metros consuma 3 respiraciones de un alpinista experimentado. Para los sherpas, nativos del Himalaya, ese ambiente es más soportable. Con una fisiología muy particular, su cuerpo consume oxígeno de una manera más eficiente que el de personas que habitan lugares más próximos al nivel del mar. Desde 2017 sabemos que esta habilidad es debida a una mutación genética ventajosa por la que tienen un metabolismo único. Las mitocondrias (las fábricas de energía de la células) de un sherpa son un 30% más eficientes transformando el oxígeno del aire en energía, y da igual que esté a 8.000 metros que a 200.

El turismo alcanza la cima del mundo

El Everest atrae a muchos alpinistas de perfiles muy distintos, desde la persona más anciana en coronarlo, un japonés de 80 años, hasta el escalador más joven que lo ha culminado, un norteamericano de 13. Alcanzar la cima del mundo requiere tiempo y dinero, al menos dos meses en el Himalaya y alrededor de 80.000 €. Para intentar alcanzar la cumbre hay dos rutas posibles: una se acerca desde el sureste en Nepal (la más transitada) y la otra desde el norte en el Tíbet.

Durante los primeros 25 años después de la hazaña de Hillary y Norgay, solo se subió en 70 ocasiones al Everest. Sin embargo, para 1999 ya se había alcanzado el ascenso número 1.000. En la actualidad, hay más de 4.000 personas que han logrado llegar a la cima. Todo ese trasiego de gente ha dejado tras de sí más de 50 toneladas de basura, que contaminan el medio y podrían ser focos de enfermedades. Para intentar reducir el impacto medioambiental de este tipo de turismo, el gobierno nepalí multa con más de 3.000 € a los escaladores que bajan sin al menos 8 kilos de basura encima. Además cada mes de mayo, la expedición Eco Everest sube a recoger basura.

Las tiendas de campaña han perdido peso, son más fáciles de transportar y resguardan mejor de las bajas temperaturas y los vientos fuertes. Crédito: ilker ender

Alcanzar el Everest es una popular actividad turística gracias, en buena parte, a los avances científicos y técnicos que permiten soportar mejor la difícil escalada. Mientras Hillary iba abrigado a base de pesada ropa de lana, los alpinistas de hoy en día se mueven más ligeros gracias a capas sintéticas y trajes de plumón. Las tiendas de campaña también han perdido peso. En 1953 estaban hechas con pesados lienzos, pero ahora las conforman tejidos de nailon y varas flexibles de fibra de carbono. Además de ser más fáciles de transportar, estos materiales también resguardan mejor de las bajas temperaturas y los vientos fuertes. En la actualidad, más del 95% de los escaladores utilizan sistemas de oxígeno con un recipiente que pesa cerca de 4 kilos, mientras que los de 1953 alcanzaban los 8 kg.

¿Qué pasa con los que no vuelven?

Casi 300 personas han muerto intentando hacer cumbre en el Everest. Los accesos a la cima están plagados de cuerpos que han quedado congelados en el punto donde fallecieron. Es imposible reconocerlos a todos, así que los escaladores les han dado nombres para usarlos como puntos de referencia.

Casi 300 personas han muerto intentando hacer cumbre en el Everest. Crédito: WorldNavigata

Uno de los más famosos, y de los primeros que se encuentran en el ascenso, es «El Saludador». Apodado así por la posición de sus brazos, está allí desde 1997. Un año antes, en 1996, el escalador indio Tsewang Paljor perdió la vida en una tormenta. Su cuerpo, conocido como «Botas Verdes», descansa a tres horas de la cumbre por la ruta norte. Junto a muchos otros, estos cadáveres señalan el camino al final del mundo.

Bibiana García Visos

@dabelbi

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