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17 diciembre 2018

Las verdaderas luces de la Navidad

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La Navidad es una de las celebraciones más extendidas en todo el mundo. A ello ha ayudado la religión, el cine y las grandes campañas de marketing. Las calles de las ciudades, comercios y casas se llenan de la decoración típica navideña, que intenta recordar la fría noche en la que se conmemora el nacimiento del niño Jesús en Nazaret. Sin embargo, las raíces de esta fiesta ahora global son más astronómicas que religiosas. Recordamos ese origen y lo celebramos con una guía para observar el cielo de diciembre, uno de los más espectaculares de todo el año.

Entre el 21 y el 22 de diciembre tiene lugar todos los años el solsticio de invierno, cuando las noches dejan de crecer y comienzan a menguar, y el momento de la noche más larga y el día más corto de todo el año. En la actualidad, unas horas más o menos de luz, o el cambio estacional de temperaturas, ha llegado a ser algo casi trivial gracias a luz eléctrica y la calefacción, pero para los pueblos que vivían en latitudes intermedias del hemisferio norte —donde esta variación de horas es máxima—, era un asunto importante. Se trataba del final de un ciclo natural, en el que la oscuridad dejaba de crecer y comenzaban a aumentar las horas de luz; un triunfo en una batalla entre luz y sombra.

Alumbrado navideño en una ciudad. Crédito: Borja Tosar

Mucho antes de que se llegara a celebrar la Navidad, cuando la luz del día aumentaba después del solsticio de invierno, los romanos celebraban el festival del Sol Invictus (Invicto), donde el dios Helios (o Sol) triunfaba sobre las tinieblas. Los germanos y escandinavos celebraban el nacimiento de Frem, dios nórdico del Sol Naciente. Los aztecas celebraban la llegada de Huitzilopochtli, dios del Sol, y los incas el renacer del dios Sol o Inti. La relación entre estas celebraciones y el solsticio parece clara.

Las constelaciones más espectaculares

Sin embargo, el solsticio no es el único protagonista astronómico en estas fechas. En esta época se dan las noches más largas del año en el hemisferio norte, y también las más frías. Esto favorece la inversión térmica, un fenómeno meteorológico que permite ver las estrellas en las mejores condiciones de transparencia y estabilidad. Las noches estrelladas en lugares con poca contaminación lumínica son realmente sobrecogedoras. A las buenas condiciones de observación del hemisferio norte, se suman —sobre el horizonte sur en el hemisferio norte y sobre el norte en el hemisferio sur— desde principio de la noche las más espectaculares constelaciones del cielo:

  • A primera vista, capta toda la atención la constelación de Orión, el cazador, con su estrella más brillante, Betelgeuse —de color rojo—, y las tres estrellas de su cinturón. Bajo este, a simple vista, podremos ver un borrón, pero con unos prismáticos o un pequeño telescopio aparece una forma reconocible: la gran nebulosa de Orión (M42, según la nomenclatura de objetos Messier). Es como una guardería cósmica de estrellas recién nacidas.

  • Hacia el norte de Orión se puede ver la constelación de Tauro, con otra estrella roja como insignia: Aldebaran. En la zona, es fácil reconocer un pequeño cúmulo de estrellas: M45 o el cúmulo de las Pléyades. Al sur de Orión podremos encontrar con facilidad la estrella más brillante que se puede ver en el cielo en todo el año: Sirio, en la constelación del Can Mayor.

    Astrofotografía (izquierda) y diagrama del Hexágono de Invierno. Crédito: Óscar Blanco / Borja Tosar
  • Según vaya pasando el tiempo, mientras disfrutamos de las estrellas, un planeta marcará el final de la noche. Venus, el astro más brillante en el cielo después del Sol y la Luna, avisa del inminente final de la noche, anticipándose un par de horas en el lugar justo por el que va a salir el sol.

  • Ya en el crepúsculo del amanecer, justo cuando el sol sale, los observadores más avezados pueden intentar localizar Mercurio. Está un poco más arriba de Júpiter y se puede ver cuando ya no quedan estrellas en la zona, debido a la luz del alba.

Un acercamiento entre la Luna y Marte

Además, en 2018 tenemos una estrella de Belén actualizada, que nos avanza la llegada de la Navidad: el cometa 46P/Wirtanen, que puede llegar a ser visible a simple vista, desde ambos hemisferios, a mediados de diciembre. Las noches del 14 al 18 pasará muy cerca del cúmulo de estrellas Pléyades, en la constelación de Tauro, y será el mejor momento para verlo, tanto por su brillo como por la ayuda que supone la cercanía a un objeto fácilmente localizable.

Diagrama que muestra la conjunción Luna-Marte a principio de la noche el 14 de diciembre. Crédito: Borja Tosar

Esas mismas noches también se produce una de las lluvias de estrellas fugaces más espectaculares del año: las Gemínidas, con una actividad máxima el día 14 de unos 100 meteoros, o fugaces, por hora en condiciones ideales. La luna creciente molestará a primera hora de la noche, pero se pondrá en pocas horas, permitiendo la observación en el mejor momento de la noche.

Además del cometa y las estrellas fugaces, este año merece la pena destacar en la misma noche del 14 de diciembre la conjunción entre la luna creciente y Marte, un acercamiento aparente entre ambos astros que será todo un espectáculo —visible a primera de la noche.

Las próximas semanas tenemos la oportunidad de disfrutar de las luces de la Navidad. Podemos quedarnos bajo las bombillas artificiales de la decoración navideña, o podemos aventurarnos un poco, alejarnos de las iluminación de las ciudades buscando un cielo oscuro y disfrutar de las verdaderas estrellas de la Navidad: las del cielo, que casi tenemos olvidadas.

Borja Tosar

@borjatosar

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