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17 octubre 2015

La última supernova de la Vía Láctea

Astrofísica | Ciencia | Espacio | Física
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Astrónomos de todo el mundo esperan impacientes la aparición de la primera supernova en la Vía Láctea desde hace cuatrocientos años. La última fue la “Estrella de Kepler”, que en 1604 pudo observarse a simple vista sobre la constelación de Ofiuco. Aunque lleva el nombre de Johannes Kepler (1571-1630), no fue él quien la descubrió. Sin embargo el astrónomo alemán, más conocido por sus leyes del movimiento planetario, fue quien realizó la observación más exhaustiva de esta supernova, durante un año desde que la detectó el 17 de octubre de 1604. Kepler creyó haber detectado una nueva estrella, que brilló más que ninguna otra por la noche e incluso fue visible de día durante más de tres semanas.

Imagen compuesta (rayos-X, infrarrojos y óptica) del remanente de la supernova de Kepler. Crédito: NASA/ESA

Hoy sabemos que lo que Kepler observó no fue el nacimiento de una estrella sino más bien su muerte súbita, en forma de violenta explosión. Con estas explosiones explicamos que en la Tierra haya elementos más pesados que el hierro, imposibles de producir durante la vida normal de una estrella. Además, las supernovas dejan un remanente estelar tras de sí, y su estudio ayuda mucho tanto a ampliar los conocimientos sobre los mecanismos que las producen como a que surjan cuestiones derivadas de estas investigaciones.

Una de ellas, por ejemplo, fue la de la energía oscura. Estudiando las supernovas, un grupo de científicos llegó a la conclusión de que, al contrario de lo supuesto hasta entonces, la expansión del universo se estaba acelerando (y por ello obtuvieron el premio Nobel de Física en 2011). El problema es que la masa del universo no puede explicar tal aceleración. Había que suponer que la gravedad actuaba de una forma distinta: alejando las masas entre sí, no atrayéndolas.

Una nueva energía entraba así en acción, una energía «oscura» que reside en el espacio vacío. Y como la energía es equivalente a la masa, esta energía oscura significaba una nueva aportación a la masa total del universo, distinta, eso sí, de la materia oscura. Ahora sabemos que alrededor del 3% del universo está formado por materia ordinaria, el 30% de materia oscura y el 67% de energía oscura.

Pese a que la supernova de Kepler no fue un fenómeno único (solo 30 años antes se vio una muy similar en la constelación de Cassiopeia), ninguna otra supernova que haya ocurrido en nuestra galaxia ha sido observada desde entonces. Según los astrónomos, hay unas cuantas estrellas candidatas en la Vía Láctea a convertirse en supernovas, como Eta Carinae, situada a unos 7.500 años-luz de la Tierra. Quizás ya haya explotado. Si lo hubiese hecho en el Neolítico, podríamos verla en un futuro próximo. Pero si se convirtiera hoy en supernova, la humanidad tardaría 7.500 años en poder observarla.

Más información sobre la ciencia de las supernovas en “El mundo después de la revolución: la física de la segunda mitad del siglo XX”, de José Manuel Sánchez Ron

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