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26 marzo 2018

La tecnología vikinga que conquistó el mundo

Evolución | Historia | Movilidad | Tecnología
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Los vikingos son conocidos por ser guerreros crueles y hábiles navegantes que, durante siglos —del VIII al XI—, salieron de su Escandinavia natal para explorar y saquear otras tierras. La clave de sus exitosas incursiones estaba en sus barcos, los veloces drakkar, superiores técnicamente a los de sus rivales. Además eran capaces de orientarse en el mar sin brújula, con piedras solares que les permitían saber dónde estaba el sol en días cubiertos. Gracias a su tecnología y a su afán conquistador, alcanzaron las costas de casi toda Europa, África del Norte, Oriente Medio, Asia Central y el nordeste de América del Norte. También colonizaron Islandia y Groenlandia.

Expansión vikinga entre los siglos VIII y XI. Crédito: Max Naylor

Vikinguear era el “trabajo de verano” que empezaron a hacer estos escandinavos del siglo VIII. Fara í víking significaba “ir de expedición” en nórdico antiguo, algo que hacían en los meses estivales: abandonaban temporalmente sus pueblos, dejando atrás sus ocupaciones como agricultores y ganaderos, para buscar nuevas tierras y hacerse con flamantes botines. Los que cada temporada se embarcaban en esta tarea comenzaron a autodenominarse “vikingos”, sin saber que estaban acuñando el término que daría nombre a su propio pueblo y que, por extensión, denominaría toda una época.

Barcos adaptados a cualquier mar

El saqueo se convirtió en una especialidad gracias a sus versátiles navíos: “Sus barcos de guerra eran ligeros y estaban diseñados para poder navegar hasta en un metro de profundidad, por lo que podían incursionar ríos, marismas o acercarse hasta la misma playa. Había carpinteros de ribera, bajo el mando de un experto que elegía personalmente los árboles que había que talar. Nunca se usaba la sierra”, relata el experto Manuel Velasco, autor de más de diez libros de temática vikinga.

Drakkar recuperado en el fiordo de Roskilde (Dinamarca). Credito: Casiopeia

Aunque también usaban otro tipo de embarcaciones, el navío vikingo más característico fue el drakkar, “dragón” en nórdico antiguo. Largo y estrecho –el más grande recuperado tiene 35 metros de eslora –, el drakkar les permitía moverse en sitios donde había muy poca agua gracias a un bajísimo calado de apenas medio metro, una innovación para la época. Superponer las tablas que conforman el casco del barco, a la hora de construirlo, hacía que fuese muy flexible. También eran naves simétricas, iguales por la proa que por la popa, algo que facilitaba virar a gran velocidad. Eran barcos hechos para transportar personas e ir muy rápido, que en condiciones favorables podían alcanzar cerca de los 30km/h (16 nudos).

Los drakkar se convirtieron en el mayor exponente militar de los escandinavos, ya que sus características les permitían navegar tanto por aguas del Atlántico como del Mediterráneo. “Hasta bien entrada la Edad Media, los barcos de las civilizaciones mediterráneas no pudieron navegar de forma fiable en el Atlántico, mientras que los vikingos tenían naves adaptadas a cualquier mar desde mucho antes”, recuerda David Fernández Abella, arqueólogo subacuático experto en historia medieval.

Piedras solares para orientarse

Además de la ventaja que les daban sus embarcaciones, los vikingos alcanzaban sus objetivos con rapidez porque sabían ubicarse por el sol incluso en días nublados. “El uso de una piedra solar lo conocemos por los escritos de monjes, que lo citan al hablar de los vikingos. Esta piedra refleja la luz del sol y, dependiendo de hacia dónde, permite conocer su ubicación”, explica Irene García Losquiño, experta en edad vikinga, recién llegada a la Universidad de Alicante desde la de Upsala en Suecia. Losquiño continúa: “Si tú ves el sol es fácil orientarte. Esta piedra solar era para situaciones en que había nubes en el mar, pero también cuando las había mientras caminaban entre montañas o en un bosque”.

Así, aunque no disponían de brújula, “en alta mar podían situarse gracias al espato de Islandia —una variedad de calcita—, que funciona como polarizador, dejando ver un ligero brillo allá donde está el sol”, profundiza Manuel Velasco. En sus viajes por el Atlántico Norte, los vikingos también solían llevar jaulas con cuervos, para soltarlos y comprobar si había tierra cerca. Si las aves no volvían es que la habían encontrado. “Los pilotos expertos incluso sabían interpretar detalles como el color del mar para orientarse”, afirma Velasco.

El espato de Islandia funciona como polarizador y deja ver un ligero brillo donde está el sol. Crédito: ArniEin

Sus innovadores barcos y su facilidad para ubicarse dieron a los vikingos un factor sorpresa decisivo en la primera ronda de ataques. También les proporcionaba ventaja, en el momento del combate, asaltar a sus enemigos ferozmente. “Cuando atacaban producían un terror inmenso, porque no tenían miedo a morir. Ellos aspiraban a llegar al Valhalla –el cielo vikingo– con sus dioses, pero allí solo accedían los guerreros muertos de forma honorable en la batalla. Solo a esos los recogían las valkirias”, dice Losquiño, describiendo la característica actitud escandinava en la guerra.

Resistentes espadas

A su natural disposición a la guerra sumaron las espadas tipo Ulfberht, resistentes armas importadas desde Renania (región en la actual Alemania), que tenían una proporción de carbono tres veces mayor a la de otros metales del momento. “Son espadas que encontramos por todas partes donde hubo diáspora vikinga. Se pusieron de moda”, asegura Losquiño. Su fama de grandes guerreros llegó hasta Bizancio donde los contrataron para dar cuerpo a la guardia real permanente de emperadores. Losquiño detalla: “Eran mercenarios de élite que formaban la guardia varega, conocida por ser un cuerpo militar compuesto sobre todo por vikingos”.

La clave de la exitosas incursiones vikingas estaba en sus barcos. Crédito: Peter Hardy

Grandes exploradores, los vikingos han pasado a la historia sobre todo por sus despiadados ataques. “Dieron lugar a la leyenda negra de la época por atacar recintos religiosos cristianos, siendo los monjes los únicos que sabían escribir, y por lo tanto sus crónicas, sin ser falsas, tal vez fueron un poco exageradas”, opina Velasco.

Respecto a la extendida idea de que llevaban cascos con cuernos, Abella rompe el mito: “con eso de que eran el demonio, como diablos… pues de ahí a ponerles cuernos y rabo fue fácil, pero arqueológicamente no hay ninguna evidencia de nada ni parecido”.

Bibiana García

@dabelbi

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